Capítulo 6
Una pequeña flota de navíos mercantes foceos llegó a Asta un poco antes del mediodía.
Entre ellos, el barco del capitán foceo Norfeus, un conocido mercader con el que el reino llevaba a cabo sus negocios desde hacía lustros.
Con él también habían viajado Agathon e Irenio tras unos meses de intensas acciones diplomáticas en tierras jónicas y en la apoikia de Masalia antes de su regreso a Tarteso.
Ataralki había ordenado que lo advirtieran de la llegada de los diplomáticos helenos.
Al poco de que las naves hubieran atravesado el faro de Tarteso, el gobernador mandó un carro para que los recogiera en el mismo puerto y los trasladara a su residencia en la ciudad de forma diligente para que dejaran sus equipajes y se adecentaran para la audiencia real en la misma Isla de Gerión.
El rey Argantonio quería reunirse con ellos lo antes posible para abordar las nuevas situaciones políticas y económicas de las tierras de levante.
Habían pasado casi dos años desde que la gloriosa flota de pentecónteros construidos en Tarteso había surcado el Gran Mar para protegerse de los persas, pero las noticias que estaban recibiendo en los últimos meses no auguraban un buen destino para los comerciantes foceos ni para los jonios en general.
Ataralki acompañó en barco al próxeno y a su asistente hasta la isla, donde Argantonio los esperaba en la sala de recepciones del palacio. En una de las estancias contiguas al recibidor, Ataralki oyó una voz más alta de lo aceptado, fruto de la desesperación, y se asomó para ver qué ocurría.
Gharatar, el hijo del farero Lirnestaakun, agarraba por los antebrazos a uno de los sirvientes del palacio del rey.
Gritaba, exigía ver al monarca lo antes posible, y el criado, con las maneras con las que le hablaría a un muchacho más joven, intentaba explicarle que su señor se pondría en contacto con él en cuanto zanjara las cuestiones de Estado que lo tendrían ocupado aquella tarde.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —interrumpió Ataralki, alzando la voz para hacerse escuchar.
Gharatar soltó al sirviente y bajó la cabeza para hablar con el gobernador.
La sola presencia de este en la misma habitación provocaba en el muchacho una combinación de pavor e ira controlada que se le extendía por el vientre despacio, como una masa de lava.
En las noches de frío y mala mar, alguna de las cicatrices de su espalda todavía palpitaba como si la carne siguiera abierta.
—Tengo que hablar con el rey —dijo sin ningún atisbo de la firmeza con la que había hablado al sirviente unos instantes atrás.
—El rey te atenderá a su debido momento. ¿Quién se está ocupando del faro? Dentro de un rato ya será noche cerrada.
—Mi padre, señor. Las fiebres no han remitido, pero puede levantarse. Yo he tenido que venir a Asta para…
—¿Cómo? ¿Tu padre sigue enfermo? —interrumpió Ataralki. El muchacho asintió—. ¿Tú ya tienes todos los conocimientos necesarios para hacerte cargo del faro en el momento en que tu padre falte?
—Sí, señor —contestó, con el orgullo herido.
Habían pasado dos años desde el incidente con las barreras de seguridad ante la llegada de la comitiva helena.
La salud de su padre no había hecho más empeorar de manera paulatina, pero todavía no había llegado al punto de postrarlo en cama.
La última vez que Gharatar regresó a Asta para aprovisionarse de víveres y vino, el rey le había prometido que mandaría a uno de los médicos de la ciudad para que diera parte del estado de salud de Lirnestaakun.
—El rey Argantonio aprecia a tu padre, muchacho. No dudes de su palabra cuando te dijo que enviaría a un médico —dijo Ataralki para tranquilizarlo—. De todos modos, hoy no es buen momento para molestar al rey, pero yo mismo le recordaré el estado de salud del farero. Confía en mí.
Gharatar no confiaba en Ataralki ni en nadie que no fuera él mismo. Sin embargo, se resignó y no tuvo más remedio que creer lo que le había prometido el gobernador.
Saore y Anthousa salieron del recinto palaciego para dar un largo paseo mientras Nora descansaba en su cámara.
A Saore le había llamado la atención que su padre no les hubiera comunicado la comparecencia de sus invitados ni a ella ni a sus hermanos.
En los últimos meses no habían hecho más que llegar noticias relacionadas con la situación política de la otra orilla del mar.
Saore y los príncipes habían llegado a conocer quiénes eran los babilonios, los persas y los medos y qué intereses tenía cada uno de ellos.
El rey Argantonio llevaba días ansioso esperando la llegada del próxeno foceo.
Sin embargo, en aquella ocasión no había hecho llamar a ninguno de sus hijos para entrevistarse con Agathon.
Anthousa y Saore bajaron la pendiente cerca de los despeñaderos hasta llegar a la playa principal de la isla.
La princesa encontraba a su mathetria menos habladora de lo habitual.
Sonreía como siempre, pero contestaba con monosílabos.
Tenía la vista fija en las luces de Asta y, al parecer, también su mente intentaba pasear sin éxito por las calles de la ciudad.
La institutriz le propuso a Saore volver antes al palacio porque se encontraba algo cansada.
Caminaron hacia el embarcadero, donde estaba amarrada la barca de Ataralki, pero también el bote de Gharatar, el hijo del farero, cargado de provisiones.
No tardó demasiado en vislumbrar tras ellas la silueta del chico, que caminaba sin prisa para regresar de vuelta al faro.
Saore lo saludó levantando el brazo y este le devolvió el gesto.
A la princesa le despertaba interés la vida de los fareros, en parte también por la curiosa discreción con la que padre e hijo se relacionaban con el resto de los habitantes del lugar.
Lo poco que sabía era que Lirnestaakun, en su día, había sido una persona de confianza del rey y que había ostentado un importante cargo militar en el ejército de Tarteso.
¿Y cuál debió de ser el motivo para que alguien de tal rango hubiera acabado aislado en una minúscula isla, encargado de encender el fuego vigía cada noche hasta el final de sus días?
Saore percibió en los gestos inquietos de Anthousa que quería regresar al palacio. Ella, sin embargo, deseaba intercambiar unas palabras de cortesía con el muchacho, del mismo modo que lo hacía Argantonio amablemente con sus súbditos.
Permanecieron en la playa, mirando hacia el camino de vuelta, hasta que Gharatar las alcanzó. El muchacho se inclinó ante las dos mujeres y llevó la mano de Anthousa a pocos dedos de su frente, luego la de Saore, a modo de saludo reverencial.
—Mi señora… —empezó a decir, pero se corrigió cuando sintió que Saore le presionaba la mano con más fuerza de la necesaria—. Mis disculpas: Saore.
Ambos sonrieron. Ella estaba segura de que nunca se acostumbraría a que la llamaran de ese modo.
Observó que Gharatar había cambiado desde la última vez que lo había visto, días atrás, aunque a lo lejos.
Vestía una túnica blanca limpia, se aventuraba a decir que nueva, y llevaba el pelo y las uñas más arreglados y cortos.
Se sentía cómoda con él, no se lo negaba a sí misma.
Pese a que su vida se limitaba al faro y a los constantes viajes en barca hasta la capital, Gharatar conocía cada detalle relacionado con el pequeño mundo que habitaba.
Además, a él también le resultaba agradable compartir su sabiduría popular con la princesa, que era el único miembro de la familia real que, a su parecer, merecía toda la estima del pueblo.
Los dos tenían la misma edad, pero él sentía la necesidad extraña, como súbdito tal vez, de asegurar el bienestar de la joven, aunque fuera robándole parte de su tiempo, su atención y, quizá, también una sonrisa.
—¿Qué te trae de vuelta a nuestra isla, Gharatar?
—He venido a Asta para aprovisionarme, pero también para hablar con el rey.
—¿Ocurre algo que deba saber?
—Sí, pero no te preocupes por ello, mi… Saore —rectificó por segunda vez.
No estaba acostumbrada a que le negaran la información que había pedido, pero sabía que Anthousa quería regresar a descansar a sus aposentos. Se vio en el dilema de despedirse del chico y volver con su mathetria , o ignorarla a ella mientras ellos dos conversaban. Y decidió complacerse a sí misma:
—Anthousa, ¿puedes regresar al palacio para ver cómo se encuentra Nora?
La institutriz abrió los ojos desmesuradamente, pero no dijo ninguna palabra.
Saore se había dado cuenta de que, en el pensamiento heleno de Anthousa, no encontraba adecuado dejar a los dos muchachos a solas en la playa.
Por otro lado, la presencia del chico no representaba ninguna amenaza para ella.
—No tardo en volver, en breve te alcanzo.
El aya se resignó y se despidió del muchacho.
—¿Qué le ocurre a la princesa Nora? —preguntó el chico, preocupado.
—Está reposando en cama por los sangrados del menstruo —contestó con naturalidad—. Es la segunda vez que le ocurre y su cuerpo todavía está acostumbrándose a esos cambios.
Gharatar se mostró aún más alarmado ante la respuesta.
—Pero ¿sangrados? ¿Está herida? ¿La ha visto el médico?
Saore se puso a reír ante las preguntas del chico, pero se sintió mal al ver la reacción de él ante su risa.
¿Acaso pensaba que estaba burlándose de él?
Asumió que sí y se disculpó por su reacción.
Le sorprendió que Gharatar, que conocía tantas cosas, no supiera nada sobre el ciclo lunar de las mujeres, los dolores que derivaban de ello ni los cambios físicos a raíz del primer sangrado.
Quiso desviar la conversación hacia la verdadera razón por la que no había acompañado a Anthousa de vuelta a casa.
—Cuéntame qué te ha traído aquí.
—Mi padre… Sigue sin mejorar.
—¿Tu padre está enfermo? —preguntó extrañada Saore.