La portadora de la luz Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

»Sabes muy bien que, a medida que hemos crecido como sociedad, nuestra economía se ha ido diversificando.

Atrás quedó la época en la que cada uno producía lo que consumía.

Fuimos, como todos a nuestro alrededor, un pueblo de agricultores, pescadores y ganaderos.

Y, poco a poco, desarrollamos la artesanía necesaria para que los productos de la tierra se trataran con la mayor eficiencia.

El mundo, tal y como lo conocemos, empezó a cambiar.

Vinieron gentes de Oriente y nosotros nos aventuramos a las tierras del norte.

Entre unos y otros hicimos que la economía cambiara.

Y, con ella, la sociedad ha ido evolucionando a su vez.

Saore, recuerda siempre que la anatomía de una sociedad madura es el fruto de la política económica que hay tras ella.

Esta madurez se consigue mediante el trabajo conjunto de todas las capas que forman esta sociedad.

»No obstante, mi niña, seamos realistas.

No hay que ser muy perspicaz para saber que hay unos estamentos más privilegiados que otros.

Nosotros, la familia real, los funcionarios, los comerciantes…

; nuestro éxito, en parte, radica en el trabajo físico que han hecho otras personas.

A mayor trabajo acumulado, mayor beneficio; eso será siempre así.

Los hombres y las mujeres libres usan esta libertad para tomar todas las decisiones que condicionan su vida: dónde salir a pescar, qué cosecha sembrar en una estación, cuáles son los mejores pastos para sus animales; pero también cómo educar a sus hijos e hijas, en qué tipo de casas vivir, a qué dios o diosa dirigir sus oraciones y cuál es el mejor remedio para curar sus dolencias.

»Por un momento, ponte en la piel de los esclavos que acaban de llegar.

Hombres y mujeres nacidos en un lugar remoto donde su vida no tiene más valor que la de las bestias de carga.

Hombres y mujeres reemplazables, sin rostro, sin nombre, sin vida propia.

Nosotros precisamos de brazos fuertes para potenciar el trabajo en las minas, y ellos, de una identidad ligada a la dignidad.

Todos ganamos en este trato, ¿no lo ves?

Ellos serán esclavos porque pertenecen a un reino, no lo discuto; pero, al fin y al cabo, ¿acaso no acatan todos los tartesios una autoridad impuesta que los enraíza a una cultura, a un lugar, a unas normas que los hacen iguales?

Con estos esclavos y esclavas quiero que suceda lo mismo, solo que yo, como máximo soberano, voy a tener una función protectora para con ellos, voy a encargarme de que trabajen las horas necesarias para garantizar su bienestar, voy a ofrecerles un techo seguro y los voy a curar cuando caigan enfermos.

Voy a ser lo más parecido a un padre que hayan tenido nunca.

Y, según el punto de vista desde el que se mire, van a tener más derechos, van a estar más protegidos que un ciudadano libre de Tarteso.

Porque, Saore, así somos nosotros. Hay que buscar el bienestar de todos los que viven y trabajan en nuestra amada tierra.

Aquella noche, Argantonio no pudo conciliar el sueño.

Abrió el cofre que había mandado depositar en la cámara real, con los regalos que había enviado Hadad para él y sus hijos.

Agarró una túnica negra confeccionada con vaporosa seda, que se desdobló ante la vista del rey cuando este extendió los brazos para apreciar su exótico diseño.

Una nube de ira paterna ensombreció el rostro del rey.

¿Qué pretendía Hadad agasajándolo con esos ropajes?

La mujer que dormía bajo las sábanas cambió de posición, tal vez buscando el calor del cuerpo de Argantonio.

La ira desapareció al recordar las caricias que le había prodigado su amante momentos atrás.

Se acercó al cuerpo de la mujer, con la túnica de seda todavía en la mano.

Le apartó el cabello de la cara para descubrir su rostro.

Le pareció que hasta en sueños era capaz de sonreír y hacer que él sonriera a su vez.

Argantonio se agachó para besarle el hombro.

La mujer se desveló al notar el contacto de la barba del rey en la espalda.

—¿No puedes dormir, mi señor? —Argantonio negó con la cabeza y siguió besando el hombro y el cuello de su amada—. ¿Qué llevas en la mano?

El rey se incorporó de la cama para mostrarle la túnica.

—¿Te gusta?

La mujer arrugó la nariz en desaprobación. Pasó la mano por encima del vestido para valorar la calidad del tejido.

—A mí no me gusta. De todos modos, ya sabes que yo voy cómoda con mis peplos. Además, por el corte y la tela, parece persa. Sería una ofensa para mi linaje que una eolia llevara ropajes persas. ¿De dónde has sacado esa túnica?

Argantonio volvió a colocar la prenda dentro del cofre, agarró la joya que había encima de la mesa auxiliar y se sentó al lado de Anthousa.

—Hadad ha hecho llegar una serie de obsequios para la familia.

Puñales con empuñaduras talladas para los príncipes, una lira de mano para Nora.

Y, para Saore, esto —dijo Argantonio, mostrando un collar de cuentas de oro y cornalina del que además colgaban dos medallones dorados que representaban un ánfora y la cabeza de un carnero—.

Y la túnica de seda, además. No me gusta cómo la mira, Anthousa.

No sé qué intenciones tiene agasajándola con ropas de mujer.

—A sus ojos, es una mujer.

—¡Todavía es una niña! —protestó con poca convicción.

Anthousa se incorporó y besó al rey en los labios. Le colocó detrás de las orejas los mechones de pelo gris que le caían a ambos lados del rostro y se lo sujetó con las manos.

—La princesa Saore todavía es una niña y le queda mucho tiempo para formarse.

Pero es una cuenta atrás que cada vez corre más deprisa: en pocos años, será una joven preparada y muy valiosa para aquellos que la acojan.

Mi señor, deberías saber qué futuro vas a decidir para la princesa antes de que los acontecimientos aceleren una decisión menos premeditada.

—Mi amada Anthousa, soy su padre, pero no su dueño. Yo no soy quién para decidir sobre el futuro de mi hija. Gracias a tus enseñanzas y al amor que todos le profesamos, ella será capaz de conocer cuál es el lugar que le corresponde.

«Crisaore, hija de la luna, llevará la luz blanca de su estirpe».

Las palabras del oráculo resonaban en la mente de Argantonio cada vez que el destino de Saore adquiría nuevos matices para él.

Confiaba en la educación que se le estaba impartiendo y era consciente de que su hija era una persona inteligente y ligada a su familia.

Que sabría elegir con sabiduría el camino más adecuado para ella y para el bienestar de Tarteso.

Argantonio cogió las manos de Anthousa y depositó un beso en cada palma.

La dicha lo rodeaba en todos los ámbitos de la vida.

Llevaba las riendas de un reino próspero, sin mano dura, con relaciones comerciales y diplomáticas firmes y estables.

Vivía en un lugar rodeado de riquezas y privilegios; tenía una familia unida y comprometida, y a él le quedaban muchas fuerzas para seguir gobernando durante años.

Además, de un tiempo a esa parte, compartía el lecho con una mujer bella y soberbia, que le había recordado que no existe una edad para amar de nuevo.

Miró a su amante y el recuerdo de la pasión acontecida horas atrás volvió a apoderarse de Argantonio.