Capítulo 5 #4
»De los dos hijos de Medusa, los helenos solo han querido darle continuidad a uno de ellos.
Pegaso, el noble caballo alado, voló hasta el Olimpo para sentarse a la vera de Zeus.
¿Y Crisaor? Crisaor, prescindible para los dioses, se valió de su discreción; atravesó mares y desiertos hasta llegar aquí, a los confines del mundo, donde decidió asentarse.
Crisaor, padre de titanes, padre de atlantes, pero invisible en la Historia.
Igual que lo hemos sido nosotros durante tanto tiempo.
»Nosotros, los tartesios, hemos pasado eras protegidos bajo el manto de la invisibilidad.
Somos lo que hoy somos gracias a nuestra propia evolución a lo largo del tiempo.
Bajo la dinastía de los Geriones nuestro pueblo aprendió a usar y respetar a los animales para nuestro provecho, a explotar los metales que las entrañas de la tierra nos regalan; con Gárgoris, los beneficios de la miel.
Con el rey Nórax construimos embarcaciones y nos decidimos a surcar mares y océanos.
Habis fue el primer monarca que ofreció las leyes universales al pueblo, las que perduran hasta nuestros días grabadas en las columnas del templo de Baal, pero también enseñó a sus gentes a arar la tierra con bueyes, a conocer el tiempo de siembra y cosecha de los alimentos.
Argantonio hizo una pausa en su monólogo.
El sol cada vez estaba más bajo; en breve el farero encendería la hoguera en la torre vigía.
El rey perdió la mirada entre los bueyes sagrados, que pacían ajenos a cualquier contratiempo.
Recorría con las yemas de los dedos el relieve del tronco del olivo, como si viajara a través del tiempo por los surcos leñosos del árbol y absorbiera conocimientos inasequibles para el resto de los seres humanos.
Saore respetó su silencio y lo que quería decir también con él.
—Esta invisibilidad a veces ha sido la herramienta indispensable para protegernos —prosiguió el monarca—, pero somos el fruto de nuestro tiempo y, desde hace décadas, sabemos que el progreso es incompatible con permanecer aislados del resto de los pueblos.
Tarteso es el resultado de haber sabido preservar nuestras raíces, pero también de tomar prestadas las influencias necesarias de otros pueblos que se han asentado junto a nosotros para así florecer y convertirnos en lo que somos.
Sin embargo, que quede entre tú y yo, este halo de misterio que nos rodea extramuros siempre nos va a beneficiar, de un modo u otro, pues descolocamos a nuestros socios.
»Parece que las cosas con los foceos, y también con los fenicios, avanzan tal y como desean los dioses.
Recuerda que nuestro pueblo no entiende de rencores, hija mía, pero que también somos gente con memoria.
Ayer mismo, el crápula de Hadad nos recordó por enésima vez la gesta fallida del rey Cerón de Tarteso.
Saore se estremeció al escuchar el nombre del gobernador de Gadir.
No entendía qué clase de sentimiento de repulsa se despertaba en su interior cuando aquel hombre estaba cerca, incluso cuando alguien lo mentaba.
Ella, que vivía rodeada de mar, sabía los peligros que conllevaba navegar en aguas de tormenta, esa misma que se desencadenaba sin motivo aparente en los ojos de Hadad cuando avistaba una presa, un objetivo que alcanzar, sin que importaran el camino o el precio que pagar.
Conocía la leyenda forjada alrededor de la figura de Cerón, el rey de la antigüedad que decidió ampliar las fronteras tartesias más allá de las columnas de Heracles.
Y, como bien decía su padre, hay que ser cuidadoso a la hora de conocer la propia historia a través de las voces de otros.
Los fenicios contaban que Cerón, cegado de furia ante la presencia de los tirios en la recién fundada colonia de Gadir, navegó por el lago de Tarteso con una flota de barcos de guerra para conquistar el templo de Melqart y Astarté de la ciudad fenicia.
A su vez, los tirios atacaron en respuesta con sus navíos.
En pleno combate, sin ningún motivo claro, las naves tartesias ardieron consumidas por un repentino incendio.
Los supervivientes, prisioneros de los fenicios, declararon haber sido testigos de la presencia de unos leones que lanzaban rayos desde los navíos que defendían la ciudad del ataque.
—¿Y no te molesta que tanto helenos como fenicios hablen con tanto desprecio de nuestros ancestros? —preguntó Saore.
—Nosotros nos encontramos por encima de eso, pues estamos conectados con nuestros orígenes y debemos conocer cuál es nuestro lugar entre los mitos y también en la Historia.
Mira a tu alrededor, Saore. En esta isla se estableció el primer Gerión y, desde entonces, es la morada de los reyes y las reinas de este pueblo.
Los fenicios intentaron desvirtuar la gesta de Cerón y los helenos han usado la misma táctica para convertirnos en un socio pasivo y confiado.
Saore miró a su padre sin comprender sus palabras. ¿Acaso no habían celebrado las transacciones con los foceos como las más ventajosas de los últimos tiempos?
—Sí, mi niña sagaz —dijo Argantonio, adivinando sus pensamientos—.
Los tratos con los foceos, hoy día, son los que más nos han beneficiado en cuanto a vías económicas, pero también en las diplomáticas.
Los helenos nos toman por un socio ingenuo, para ellos somos el cofre de plata que no tiene fondo.
Yo, como soberano, lo único a lo que aspiro es a que mi pueblo viva en la suficiencia.
Sabemos poner límites a las pretensiones de los comerciantes extranjeros en nuestra tierra, pero de la manera más amigable posible.
»Recuerdo hace años aquella vez en la que un comerciante de Cumas intentó agasajarme con un ánfora en la que se representaba la lidia entre Gerión y Heracles.
Como bien sabrás, el personaje de Heracles, tan admirado por los helenos, no era más que un ser sanguinario y egoísta.
Tuvo que asumir la penitencia de doce trabajos para purgar la locura que lo llevó a asesinar, a sangre fría, a su mujer y a sus hijos.
Uno de aquellos trabajos era robar los bueyes sagrados del rey Gerión para ofrendarlos a la diosa Hera.
El rey intentó en vano proteger sus animales y pereció bajo las flechas de Heracles.
La pieza que nos regalaba aquel comerciante era bellísima, no lo niego, de más de un codo de altura.
Representaba la dinastía de los Geriones como un gigante de tres cuerpos unidos desde el ombligo.
El padre de Ataralki, que entonces era el gobernador de Tarteso, montó en cólera cuando el heleno colocó, con orgullo, la pieza sobre la mesa.
Pensé que la estamparía contra el suelo para romperla en mil pedazos.
Ante el desconcierto del comerciante y el enfado de mi gobernador, medié entre ambos y le expliqué al heleno con buenas maneras que, de haber tratado con algún otro noble tartesio, aquel acto habría sido una ofensa con consecuencias.
Nuestra función es preservar nuestro bienestar sin cerrar las puertas a nadie.
Y, con el tiempo, estoy convencido de que tú sabrás tratar a los foceos con mejores armas diplomáticas que tus hermanos.
»Saore, nuestro cometido es seguir protegiendo nuestros bueyes, que no son más que la mayor alegoría de nuestro pueblo y sus gentes. Protegerlos con la vida si hiciera falta, pero sin renunciar a los aires de futuro que se respiran a lo largo del Gran Mar.
»Acércate a este olivo y obsérvalo con detenimiento.
Recorre los surcos que forman el tronco, observa el recorrido y la forma final que adquiere.
Durante los primeros años de vida, la savia recorría su camino a través de un tronco firme y jugoso.
En un momento determinado, el olivo se retuerce sobre sí mismo para elevarse una vez que se ha asegurado de que sus cimientos son firmes.
Entonces, y solo entonces, empieza a crecer fuerte, sin prisa.
Los fenicios cuentan que, al otro lado del Gran Mar, existen olivos que han visto nacer, pero también morir, civilizaciones enteras y que, a diferencia de ellas, los olivos se han mantenido en pie.
Este árbol es fuerte y todavía joven, Saore, pero aspiro a que esté dotado de la misma perennidad que nuestro pueblo.
Y yo, como máximo representante, me identifico hoy con este tronco.
He sido cauto y precavido durante unos años y he adquirido la fortaleza que le faltó a mi padre, el anterior rey Argantonio, para crear unas raíces firmes que sean capaces de obtener agua hasta en terrenos secos.
Y ahora siento cómo se retuerce en mis entrañas este tronco sinuoso, que gira sobre sí mismo trenzando nuestro pasado y nuestras tradiciones con los vientos de cambio, para no perder ni un ápice de nuestra esencia.
Una naturaleza en constante evolución, pero que nos hace reconocernos entre nosotros.
»Ahora cultivamos frutos que nos vienen importados; usamos el torno para configurar las piezas de cerámica necesarias para las rutinas domésticas o escribimos a la manera fenicia. Y no por eso hemos dejado de ser tartesios, Saore.
»Sé que te debates sobre la legitimidad de que yo, como monarca, disponga de la vida de tantas personas venidas a nuestra tierra.
Y, aunque tú creas que no, te entiendo. La esclavitud, como concepto, conlleva mucha dureza implícita.
Al fin y al cabo, no dejan de ser hombres y mujeres privados del derecho fundamental a decidir por ellos mismos, ¿verdad?
Pero, hija mía, miremos todo desde otra perspectiva para que, de este modo, tú también puedas llegar a entenderme a mí y comprender la decisión que hemos tomado acerca de las nuevas explotaciones mineras.