Capítulo 5 #3
Saore sintió una punzada en el esternón que le dejó sin aliento durante unos segundos.
Escuchaba con atención las palabras que el esclavo pelirrojo le dedicaba a su padre, a pocos codos de distancia de ella y sus hermanos.
Se había hecho un retrato mental de la esclavitud, del comportamiento de un esclavo, y en aquel momento las enseñanzas de Anthousa adquirían unos matices nuevos que jamás habría entendido de no haber sido por aquello que Aspar le explicaba a su padre con una confianza demasiado arriesgada.
No era un hombre libre, porque su padre lo había comprado.
Sin embargo, hablaba como ella esperaría que lo hiciera un hombre libre, con el respeto del vasallo hacia el rey, pero sin denigrarse hacia categorías inferiores al ser humano.
Saore se había enfadado con su padre aquella mañana porque estaba indignada con el hecho de importar la esclavitud a una tierra de gentes libres.
No obstante, ahora dudaba, pues Argantonio hablaba con Aspar del mismo modo que lo hacía con los trabajadores de los astilleros, con los sirvientes de palacio, con cualquiera que pidiera audiencia con él.
El joven habló con una firmeza que jamás habría esperado de un ciudadano tartesio, y menos aún de un esclavo, cuando se refirió a las pobres jóvenes tracias que formaban un grupo hermético al fondo del recinto.
¿De verdad estarían asustadas ante la incertidumbre de su destino?
Saore tan solo había pensado en su futuro, de manera individual, cuando Anthousa le recordaba que llegaría a ser una pieza clave para el reino de Tarteso.
Sin embargo, no era capaz de proyectar una imagen de ella misma acompañada de nadie más que no fuera su familia.
A sus doce años, no se había planteado hasta aquel instante que en algún momento un pretendiente, muy posiblemente algún noble fenicio, llegaría al palacio real para pedir su mano.
Asumió aquella probabilidad y una agitación se extendió desde sus entrañas.
Nora, Anthousa, sus hermanos… ¿Ellos la verían tan desdichada como lo eran aquellas muchachas si su pretendiente no fuera de su agrado?
Conocía bien sus aptitudes sociales, se veía a sí misma en colaboración estrecha con el rey en los asuntos de Estado, pero no con las obligaciones de una mujer casada.
Ni tampoco dedicando su vida al culto en un templo.
Miró a su padre, que seguía hablando con cierta cordialidad con Aspar y Ataralki.
El chico sobresalía entre los tartesios, tanto por la altura como por el color de la piel y el pelo.
Era como la llama controlada dentro de una lámpara, que iluminaba todo a su paso.
La lumbre cuyo vaivén hechizaba con cada contorneo, aun sabiendo del irremediable poder del fuego.
Tampoco su hermana Nora le quitaba el ojo de encima; lo observaba como el que ha descubierto a un ave de presa descansando en la rama de un árbol recio.
Antes de que Saore pudiera darse cuenta, la joven princesa salió corriendo hacia Aspar, que regresaba hacia el lugar al que pertenecía.
Lo retuvo tirándole de la túnica. El esclavo se giró y, ante la imprevisible aparición de la princesa, se arrodilló con el mismo respeto tranquilo que le había profesado al rey.
Nora aprovechó la posición de Aspar para inclinarse sobre él y susurrarle unas palabras.
El chico la miró fugazmente a los ojos, volvió a bajar la cabeza con una sonrisa en los labios y le hizo una reverencia antes de retirarse.
Hadad se aproximó hacia el lugar que ocupaban los príncipes. Mantuvo una cordial y trivial conversación con Hiram y Abissabar, y desvió la atención hacia Saore. Esta evitó una interacción directa con Hadad hablando con su hermana:
—¿Qué le has dicho al esclavo escita, Nora?
—Nada importante —se sonrojó—, tan solo que nuestro padre se encargaría de que las cosas fueran…
—Espero que la recepción haya sido de tu agrado, princesa Saore —interrumpió el gobernador de Gadir, ignorando a Nora—. Me alegra sobremanera coincidir contigo. Hacía mucho tiempo que no te veía en un acto de Estado. Estás muy cambiada desde la última vez.
Los ojos verdes de Hadad refulgían con una intensidad más peligrosa de lo habitual.
Saore sentía un malestar inexplicable ante la presencia del fenicio, que la miraba a los ojos sin desviar la vista hacia otros lugares de su cara o cuerpo; sin embargo, ella se notaba estudiada desde todos los ángulos.
La túnica y el chal que llevaba, sin motivo aparente, le parecieron insuficientes para cubrir la superficie de su piel.
Notaba las suelas de las sandalias ancladas sobre la tierra prensada del suelo del campamento, pero no podía moverse ante el hechizo de la mirada de Hadad.
Escuchó su nombre y vio a su padre haciéndole un gesto con la mano para que se acercara a él.
El gobernador de Gadir respiró hondo durante unos segundos antes de retomar sus obligaciones diplomáticas con sus vecinos.
Una vez acabado el acto, a los dirigentes, funcionarios y mercaderes se les había convocado al tradicional banquete de cumplimiento del trato comercial en el palacio de Argantonio en Isla de Gerión. Antes de embarcarse hacia la isla, el rey llamó la atención de su gobernador:
—Ataralki, espera un momento.
—Mi señor.
—El esclavo ha dicho que el palacio real estaba levantado en oricalco. ¿Qué metal es ese?
—No tengo ni la más remota idea.
Saore contemplaba los bueyes sagrados pacer en la dehesa de Isla de Gerión. Había sido un día largo e intenso en Asta y agradeció volver a encontrarse en su palacio, con su familia y sus quehaceres rutinarios con Anthousa y Nora.
Oyó un carraspeo tras de ella. Argantonio estaba apoyado en uno de los olivos de la dehesa, el más recio de todos ellos. El rey escudriñaba la expresión de la niña con ojos curiosos y una sonrisa paternalista que hacía recelar a Saore. Se acercó a su padre, que la besó en el nacimiento del pelo.
—¿Cómo te encuentras, mi niña?
—Te debo una disculpa por el comportamiento de esta mañana. Estaba enfadada contigo por permitir la esclavitud y ahora… —titubeó, sin encontrar las palabras adecuadas para continuar.
—Ahora estás confusa por lo que has visto. —Saore asintió—. Estás confusa porque tu idea de la esclavitud se basa en las historias que has aprendido con Anthousa y te cuesta entender lo que has vivido hoy en el campamento.
»Saore, mi querida niña, hemos creado un mundo que no conocemos a través de imágenes ajenas, fruto de las historias que han vivido otros.
A veces no hay más remedio que confiar en ellas, pero debemos abrir la mente ante nuevas situaciones y ser capaces de asumir otras realidades que no siempre invalidan lo aprendido, sino que aportan distintas luces para crear una definición más completa.
»¿Recuerdas cómo ha hablado el esclavo escita de nosotros?
Los tartesios somos un pueblo conocido por todo el Gran Mar.
Y yo te pregunto: ¿qué saben en realidad de nosotros?
Nos tratan con respeto porque nos creen atlantes, nos ven como los hijos e hijas de su dios Poseidón.
Su respeto, incluso su miedo hacia nosotros, se basa en las historias que han ido transmitiéndose de generación en generación, dotándonos de unos atributos de los que carecemos.
Cuentan su historia y nos tratan acorde a ella.
No te niego que ese halo de misterio nos beneficia en cierta manera, pues nos tienen como unas gentes hospitalarias, pero recelosas de sus costumbres.
Y esta visión nos ayuda a mantenernos seguros, incorruptos y también autosuficientes.
»No somos dioses, somos un pueblo formado por gentes diversas que nacen, que comen, que trabajan, que mueren. Que aman. Y son estas gentes, y no nuestros dioses, las que conforman la grandeza de nuestro pueblo.
»Por otro lado, Saore, ¿qué podemos aprender de los mitos ajenos? ¿Podemos conocer la historia de nuestro pueblo, aunque sean otros los que la cuenten en nuestro lugar? No, debemos interpretarla una segunda vez y volver a hacerla nuestra, con nuestras palabras.
»Tú llevas con orgullo el nombre de Crisaor, el portador de la espada de oro, hijo de temidos y lejanos dioses que nada tienen que ver con nosotros.
Sin embargo, Crisaor también fue hijo del dolor, y desde el dolor creó su estirpe.
Y a ti, que tanto conoces los mitos helenos, ¿no te ha hablado tu mathetria de la impunidad con la que los dioses helenos trataban a las mujeres?
Conociendo a nuestra querida Anthousa, estoy convencido de que así es.
Habrás oído hablar entonces de la gorgona Medusa, marcada por la vileza de Poseidón.
»El dios del mar, al que nuestros socios foceos reverencian antes de embarcarse, ultrajó a Medusa, sacerdotisa del templo de Atenea.
Esta, furiosa por la profanación de su hogar, la castigó a ella, y no a él, convirtiéndose así en la mayor cómplice del abuso de poder de Poseidón.
Medusa, la bella sacerdotisa, se transformó en el monstruo que ha pasado al imaginario popular, exiliada en la boca del inframundo, embarazada de Crisaor y Pegaso.
Pese a ello, la ira de Atenea era infinita y mandó a Perseo para que asesinara a Medusa.
El destino de los mellizos era vivir eternamente en el vientre de su madre, pues no tenían cabida en ninguno de los universos ya diseñados, pero germinaron cual semilla a partir de la sangre derramada de su madre, decapitada por Perseo.