Capítulo 5 #2
Con el rostro descompuesto por la ira, se incorporó de su asiento para dirigirse a toda prisa hacia el lugar donde estaban los esclavos tracios.
El gobernador Hadad lo seguía unos pasos por detrás.
A un lado, un soldado mantenía apresado con las muñecas a la espalda a un chico alto y musculado, con una firmeza en su ademán que hizo irritar todavía más a Ataralki.
El esclavo no forcejeaba y miraba a los gobernadores con la seguridad del que no tiene nada más que su vida para ofrecer.
O perder, en cualquier caso. Ataralki aferró al chico por el brazo y lo obligó a arrodillarse ante él.
Saore recordó la actitud del gobernador con el niño farero y se incorporó para asir a su padre por la manga de la túnica para pedir una intervención, aun sin tener del todo claro cuáles eran las intenciones del gobernador.
El monarca mandó llamar a la palestra al esclavo.
El chico era muy joven, pero llevaba sobre los hombros el peso de haber vivido situaciones que ninguno de los presentes podía concebir jamás.
Argantonio se acercó hasta encontrarse cara a cara con el muchacho, que no bajó el rostro ante la presencia del rey hasta que Ataralki volvió a forzarlo a agachar la cabeza.
—Deja al chico.
El gobernador dio unos pasos hacia atrás y el esclavo, por iniciativa propia, hizo una pequeña reverencia hacia el rey.
El chico tendría la misma edad que el príncipe Hiram, unos dieciséis años, pero era una cabeza más alto que él.
A diferencia del resto de los esclavos, de rasgos similares a los de los helenos que solían visitar Tarteso, el chico tenía el pelo del mismo color de las brasas antes de apagarse.
Parecía que su rostro fuera a encenderse de un momento a otro.
Pese a tener la piel de la cara curtida por el trabajo al aire libre, una nube de pecas rojizas se extendía de una mejilla a otra.
—¿Cuál es tu nombre, niño?
—Se le conoce como el Escita, rey Argantonio —interrumpió el gobernador Hadad.
El esclavo se giró para clavar una mirada iracunda sobre el fenicio.
—¿Conoces a este muchacho, Hadad?
—Sí, tiene algo de indómito en su naturaleza.
Sin embargo, no hay carácter que no pueda domarse a base de constancia…
O fuerza —contestó el gobernador de Gadir, pero titubeó antes de justificarse—.
Rey Argantonio, mis mercaderes eligieron en concreto a este esclavo por sus grandes aptitudes en el trabajo minero, a pesar de no ser especialmente dócil.
Argantonio ignoró las últimas palabras del gobernador y volvió a preguntar al joven por su nombre.
—Me llamo Aspar, mi señor —contestó, y se giró desafiante hacia Hadad—, pero todos me conocen como el Escita, como bien ha dicho el gobernador.
—¿Acaso eres escita?
—No, mi señor, soy tracio, pero mi madre venía de las estepas del norte.
—Y, además, veo que conoces bien las lenguas helenas.
Hablas eolio tan bien como mis hijas —dijo Argantonio, señalándolas con el brazo.
El esclavo las saludó del mismo modo que había hecho con el rey momentos antes.
La princesa Nora no movió ni un músculo ante la presencia del esclavo ni le devolvió el saludo—.
Ahora quiero saber qué pretendías decir con tus hirientes palabras.
Habla claro y alto, sin miedo a represalias, que todo el mundo pueda oírte.
Aspar habló claro, mas no alto, pues su alegato lo dirigió solamente a Argantonio.
Cuando se corrió la voz de quién sería el nuevo amo de los esclavos en el mercado de Etruria, muchos de ellos se sintieron aliviados por primera vez en su vida.
Algunos habían nacido libres en Tracia, Ática o en tierras de la Jonia continental, y los helenos los habían tomado como prisioneros de guerra.
Otros, los más jóvenes, eran hijos de esclavos y conocían el trabajo en las minas desde la primera infancia.
Generaciones de hombres que explotaban los minerales de las minas a lo largo del río Despatis, en su Tracia natal, y conocían a la perfección los secretos del vientre de la tierra.
Generaciones de hombres que abandonaban su existencia antes de llegar a ver encanecer sus barbas, como las del rey Argantonio.
Entre la multitud expectante por conocer su destino en aquella nueva tierra, se encontraban algunos muchachos jóvenes, tracios en su mayoría, pero también penestes de Tesalia y kilirios de Siracusa, reflotados desde el mismo corazón de los infiernos: las minas del Laurion.
Si bien Aspar no había llegado a pisar jamás aquellas minas, se tomó la licencia de hablar al rey en nombre de los que sí habían sobrevivido a los años de trabajo forzado en el infame lugar.
Las minas del Laurion eran las minas de plata más conocidas de Oriente, pero cualquier esclavo prefería la muerte antes de ser enviado ahí, pues, de una forma u otra, aquel lugar era su antesala.
Los más afortunados trabajaban en la superficie, en las muelas o en los lavaderos, y en las fundiciones de plata.
Sin embargo, no corrían la misma suerte los picadores.
De todos era conocido que las galerías eran tan estrechas que solo podían arrastrarse a través de ellas los esclavos menos robustos, niños todavía.
Los picadores, al frente del corte, trabajaban al calor de las lámparas, picando las vetas de galena argentífera en cuclillas, de rodillas o tumbados sobre el suelo.
Si un esclavo moría en las galerías, los porteadores debían arrastrar el cadáver del compañero hacia el exterior antes de transportar el metal acumulado en la mina.
Cuando los fenicios se interesaron por los mejores esclavos de las minas del Laurion, los trasladaron a Etruria, junto con el resto de los mineros de Tracia.
Allí, pasaron el tiempo necesario para recuperar la forma física y alimentarse en condiciones hasta adquirir el aspecto saludable que un comerciante esperaría para hacer una buena compra.
Aspar realizó una pausa antes de seguir hablando. Apretó los puños y los labios, y volvió a mirar directamente a Argantonio, pese a la evidente incomodidad de Ataralki:
—Mi señor, aunque veas a hombres fornidos frente a ti, algunos de ellos ya nunca más podrán hacer esfuerzo alguno con el ímpetu necesario sin dejar de toser el polvo de mineral acumulado en su interior.
—Gracias por tu franqueza, joven Aspar. —Argantonio miró de reojo a Hadad, que se crispó en su asiento—. Vuestros nuevos capataces tendrán el cometido de adecuar el trabajo en las minas a la salud de cada trabajador.
—Mi señor, no esperábamos menos; vuestro nombre es bien conocido allende el Gran Mar.
Aspar le explicó al rey que algunos de aquellos hombres y mujeres, a su vez, sabían leer y escribir, y los que no, conocían las historias que se transmitían en la intimidad de los hogares sobre el misterioso reino de los hijos de Poseidón, un lugar donde los bosques de ribera se alternaban con montes infinitos y fértiles tierras de cultivo.
Y tal abundancia nacía de sus tierras, en las que poblaban en concordia animales de distintas procedencias.
Un lugar cuyo rey, que llevaba más de un siglo gobernando, era célebre por sus bondades y su hospitalidad.
Tal era su benevolencia que había perdonado a los descendientes de Heracles y les tendía la mano como un hermano; un rey que abogaba por la importancia de la familia y que vivía en un palacio recubierto de marfil, plata y oricalco, emplazado en una gran isla rodeada de jardines, protegida desde el continente, pero también por miles de islas circundantes con un destacamento militar en cada una y dársenas repletas de trirremes a la espera de una orden concreta.
Argantonio no pudo reprimir una carcajada tras escuchar la descripción que de su tierra había traspasado tantas fronteras para acabar siendo una exótica parodia de la realidad.
—Todo eso que cuentas no son más que fábulas.
Nosotros somos hombres y mujeres tartesios, no dioses.
Mis barbas son canas, pero aún no soy un anciano —dijo divertido—.
Y mi palacio está levantado en piedra, como el resto de los edificios de Asta.
De todos modos, los tartesios somos gente de paz y vivimos en armonía con los nuestros, por lo que, como podréis ver todos vosotros, tanto el palacio real como las mismas ciudades no cuentan con más protección que la necesaria.
¿Y qué más sabéis, vosotros los tracios, de Tarteso?
—Que es el lugar donde los hombres trabajan sus tierras, extraen minerales sin llegar a escarbar en el vientre de las montañas, viajan a tierras bárbaras y viven libres, como libres vivieron sus antepasados.
—Esto sí es totalmente cierto, muchacho, y también puede ser vuestra tierra si así lo queréis. Vuestros hijos —dijo apoyando la mano en el hombro de Aspar— tendrán los mismos derechos que cualquiera que desee establecerse en Tarteso.
El joven suspiró con resignación, pero Argantonio no lo tomó como una muestra de descortesía. Había un rasgo de nobleza gallarda en el esclavo que el rey captó de manera sutil.
—¿Puedo añadir algo más, mi señor? —Argantonio asintió—.
Nosotros somos mineros, artesanos, fundidores…
¿Y las mujeres? No son más que niñas y jóvenes asustadas que desconocen lo que el sino les depara.
Nos desprecian desde antes de subir al barco que nos trajo hasta aquí, aunque entonces no conocieran su destino.
Y este sentimiento, por desgracia para ellas, es tan insignificante que ni lo tenemos en cuenta.
Serán esposas y madres a la fuerza. Esposas por imposición y madres de una generación liberada.
Para ellas, Tarteso no significa nada, pues ya eran esclavas en Mileto.
Pero, ahora, serán doblemente esclavas: de un hombre y de un reino.