La portadora de la luz Capítulo 5
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Capítulo 5

Saore se negaba a vestirse. Sabía que su padre y sus hermanos la estaban esperando para embarcarse hacia Asta, donde tendría lugar la recepción del barco fenicio que transportaba los esclavos tracios desde Gadir.

Anthousa mantenía la calma ante la niña, pero temía no poder convencerla para que formara parte de la comitiva real, como había hecho en las últimas ocasiones.

—Anthousa, no te entiendo. Tú misma has dicho muchas veces que uno de los motivos por los que amas vivir aquí es porque todas las personas son libres ante el rey.

—Sí, princesa, así es. Sin embargo —y en ese momento su voz no sonó tan convincente como habría querido—, la situación actual así lo requiere. Tu padre es el hombre más bondadoso que conozco. Y también el más sabio. Por ello, estoy segura de que habrá meditado lo suficiente esta decisión.

Anthousa había nacido y crecido rodeada de esclavos.

En el gineceo de su tío, a las más jóvenes de la familia las atendían damas de compañía, ayudantes de cámara y camareras, todas ellas esclavas.

Una vez encontraron a las damas vistiéndose con los lujosos peplos y las joyas de Anthousa y sus primas, imitando los ademanes de las chiquillas.

Ellas lo tomaron como un juego de las esclavas y no como una ofensa, pero no así su tío, que las mandó azotar en el patio del andron ; nunca más volvieron a verlas en las estancias de la villa.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación.

El rey entró en la cámara de su hija, pero no parecía molesto por la espera que esta causaba al resto de la familia.

Argantonio hizo un leve gesto con la cabeza, señalando la puerta, para que Anthousa los dejara a solas en el dormitorio.

Cuando la mathetria pasó al lado del rey, este bloqueó con el cuerpo la puerta de salida durante el breve instante en el que susurró al oído de la mujer unas palabras de agradecimiento.

El aya se sonrojó e hizo una pequeña reverencia antes de abandonar la cámara.

—Saore, mi preciosa niña. Anthousa me ha contado tu enfado y entiendo cómo te sientes.

—No, padre, no me entiendes.

—Sí que lo hago, Saore, pero solo te pido una cosa: acompáñame a la recepción y, una vez que veas con tus propios ojos de qué trata esta empresa, retomemos esta conversación.

Ataralki había llegado a Asta con las primeras luces del día, acompañado por el gobernador de Gadir, Hadad, y los barcos de carga fenicios con los esclavos tracios.

Se había levantado un campamento provisional a las afueras de la capital del reino para alojar a los esclavos durante los trámites previos en los que se determinaría el destino de cada uno de los trabajadores.

Las minas de cobre explotadas en la orilla opuesta del lago de Tarteso funcionaban a buen rendimiento, por lo que enviarían una pequeña partida con los más jóvenes y menos experimentados, para que se incorporasen a la vida de la cuenca minera del río Rojo.

El propósito de Ataralki era potenciar la extracción de cobre, plomo y plata en la sierra, a pocas millas del templo de Baal, creando nuevas colonias mineras con los obreros tracios más diestros en aquellos menesteres.

Sin embargo, orientado por los mejores ingenieros del reino, el gobernador de Tarteso pensaba expandir la explotación de minerales al norte del territorio, aprovechando la ruta del comercio del estaño con las Casitérides desde el estuario del río Taio.

Tiempo atrás, se habían encontrado filones de este material, junto a otros de cobre y galena, a algunas millas del templo de Astarté de Peña Roja.

La llegada de nueva mano de obra haría posible materializar la gran empresa extractiva del reino de Tarteso.

La familia real llegó al campamento acompañada por los consejeros y funcionarios de las poblaciones tartesias que se harían cargo del mantenimiento de las colonias mineras y de la transformación de los metales.

Los esclavos estaban sentados en el suelo de tierra prensada, del mismo modo que podría exhibirse cualquier objeto que hubieran llevado los fenicios desde tierras orientales.

Lo primero que le llamó la atención a Saore fue el aspecto que presentaban los tracios.

Recordaba las historias de Anthousa sobre el mercado de esclavos de Mileto: filas de hombres y mujeres vestidos con harapos que apenas les cubrían el cuerpo, con la cabeza gacha, mientras los potenciales compradores los examinaban palpándolos como si fueran piezas de fruta o ganado apto para el agro.

Sin embargo, aquellas historias de Anthousa no correspondían a la realidad que se presentaba en aquel momento ante ella.

Aquellos esclavos tracios vestían del mismo modo que lo hacían los artesanos de Asta o los agricultores de los campos colindantes al río Tar.

Nada de ojos saltones, pómulos sobresalientes o pantorrillas consumidas; los hombres y las mujeres que esperaban la orden de traslado a su destino final estaban bien alimentados y parecían aptos para cualquier trabajo que se les pudiera plantear.

Saore se incomodó tras recordar la actitud ingrata que había mostrado con su padre, ya que el rey había estado pendiente en todo momento de valorar la reacción de su hija ante la visión de los nuevos trabajadores de Tarteso.

Argantonio le sonreía y ella no podía hacer más que bajar la mirada avergonzada.

El rey habló a la audiencia una vez que todos los asistentes de Gadir y Tarteso se hubieron acomodado en los bancos instalados para la recepción.

Saore y sus hermanos permanecían sentados en un lateral de la pequeña plataforma instalada a modo de palestra.

Frente a ellos, funcionarios, diplomáticos helenos y fenicios, consejeros, todos acompañados por sus respectivas familias.

La gran masa del recinto estaba ocupada por los esclavos, que se pusieron en pie antes de que el rey empezara su discurso.

Argantonio se aclaró la voz y, para iniciar su alegato, agradeció a los invitados que hubieran acudido, mencionando de forma explícita a Hadad, el gobernador de Gadir.

Saore vio que este hacía una leve reverencia con la cabeza a su padre y, acto seguido, la desvió hacia el banco donde se encontraban los príncipes y las princesas de Tarteso.

Observaba con detenimiento a sus hermanos Hiram y Abissabar.

Cuando Hadad desplazó la vista, se encontró con Saore.

El pecho del hombre se hinchó bajo la túnica púrpura y los ojos se le encendieron en llamas del mismo modo que lo habían hecho el día anterior cuando cerró con Argantonio la compraventa de los esclavos.

Saore se vio anclada a los ojos verdes del gobernador y la animadversión hacia aquel personaje se extendió por sus entrañas hasta hacer que la piel de los brazos se le erizara.

Había coincidido con él en muchas ocasiones desde que tenía uso de razón, pero aquella era la primera vez que reparaba en la presencia del gobernador como algo amenazador; quiso desligarse del contacto visual con él, pero no tuvo éxito.

Argantonio hablaba de manera solemne, gesticulando con las manos como si pretendiera que un pequeño grupo de mariposas se le posara sobre los dedos.

En los últimos tiempos, Tarteso había iniciado un periodo de esplendor y prosperidad que parecía seguir en aumento.

Una vez fortalecidos los lazos económicos con los foceos meses atrás, las relaciones con los vecinos de Gadir parecían haber tomado un rumbo favorable para ambos territorios.

A partir de aquel momento se iniciarían nuevas explotaciones mineras y mejoraría el trabajo en los yacimientos en funcionamiento.

Tras los arreglos fijados por los gobernadores Ataralki y Hadad, una vez que se dispusiera de los materiales necesarios, se iniciaría en un futuro cercano una cooperación entre artesanos y forjadores, fenicios y tartesios, en los talleres de las ciudades de Gadir, Asta, Nabrissa y Tarbos, para trabajar el bronce de manera conjunta, sin necesidad de intermediarios.

Adornó con bellas palabras el trato firmado con Gadir.

El reino de Tarteso vivía un hecho histórico, pues por primera vez convivirían súbditos libres con esclavos, como ocurría en Gadir y otras ciudades fenicias desde los albores de la civilización.

El gobernador Hadad se había asegurado de que fueran las personas más aptas para las minas de Tarteso.

El rey confiaba en que los habitantes de las cuencas acogieran con el mayor respeto y con la amabilidad característica de sus gentes a los mineros.

También confiaba en que el comportamiento de los tracios fuera ejemplar.

Pese a recalcar que eran propiedad del reino de Tarteso a perpetuidad y que, por ello, debían fidelidad y sumisión al rey vigente, prometió que no sufrirían distinción por su doble condición de esclavos y extranjeros.

Se les trataría con la misma deferencia que a un tartesio libre; vivirían en las mismas colonias mineras junto con las familias locales, evitando de este modo la segregación por su origen.

Los esclavos jóvenes que así lo desearan podrían escoger a una compañera para formar su propia familia y disponer de una casa propia después de formalizar la unión.

Si bien su condición no debería suponer ningún perjuicio, en el remoto caso de que se les movilizara en situaciones de urgencia bélica, se les premiaría a perpetuidad con la libertad individual.

Asimismo, los hijos e hijas de los esclavos mineros, por derecho de nacimiento, serían ciudadanos libres tartesios con independencia del origen de los progenitores y tendrían asignada una parcela de tierra para su usufructo.

—Entonces ¿mi hijo tendrá el derecho de comprar mi libertad? —dijo un esclavo en lengua eolia, alzando la voz desde el fondo del recinto.

—¿Quién osa hablar de esa manera al rey Argantonio? —rugió Ataralki.