Capítulo 4 #2
Desde los albores de la civilización, los fenicios habían sido un pueblo con la mira puesta sobre el mar y las vías comerciales más allá de sus fronteras.
Aquella naturaleza, junto a un emplazamiento en un territorio tan disputado por unos y otros a lo largo de la Historia, había impedido la consolidación de una autoridad que aunara las diferentes ciudades independientes fenicias del oriente del Gran Mar.
Ni siquiera en tiempos convulsos. Tras el largo asedio acontecido dos décadas atrás, la ciudad de Tiro consiguió liberarse del yugo babilonio, pero a un precio demasiado alto para sus arcas.
Durante los años de bloqueo, el único abastecimiento que logró mantener a Tiro en una defensa pasiva llegó por mar de manos de los dirigentes de Cartago, la ciudad meridional fenicia más importante del Gran Mar.
Mientras persas y babilonios batallaban por el dominio de las tierras fértiles del levante, los ejércitos cartagineses, mercenarios de fidelidad aleatoria, modulaban las pautas de lo que, en un primer vistazo, se vislumbraba como una especie de imperio que aglutinaba las colonias fenicias australes, junto con los pueblos autóctonos de tradición agrícola.
Ataralki se mostraba desconfiado frente a Hadad por el inevitable avance de los cartagineses hasta las tierras emplazadas al otro lado del estrecho.
—Los cartagineses no son más que nuestros hermanos desagradecidos.
—Hadad se dirigió a Ataralki por primera vez en la reunión—.
Han acabado por olvidar de dónde vienen, y las únicas relaciones que profesan hacia todos los hijos de Tiro que se han asentado a este lado del mar están teñidas de una altivez que no vamos a tolerar.
—Y, sin embargo, las informaciones que nos llegan afirman que los cartagineses han abierto nuevas rutas comerciales hacia el norte y pugnan con los helenos por el control de Sikelia.
—Todo eso es cierto. —Hadad miró con franqueza a los tartesios—.
Rey Argantonio, somos afortunados de vivir al otro extremo de los conflictos de intereses que, en algún momento u otro, cambiarán el devenir del Gran Mar.
Nosotros no aspiramos a extender nuestras fronteras, sino a vivir de la mejor manera en este rincón que los dioses nos han otorgado.
Hadad, insuflado por la confianza del buen gobernante, se atrevió a dejar a un lado la diplomacia y abordar sin ambages la situación que los había llevado a reunirse en Gadir.
El gobernador se sentía dolido, no traicionado, por la transacción de la flota de pentecónteros para Focea, pues temía que el abastecimiento de estaño en las Casitérides al final acabara monopolizado en su totalidad por los helenos.
En aquel momento, Hadad era consciente de que no podía comprar el estaño tartesio al precio que los foceos le pagaban a Argantonio.
Por ese motivo, una vez que se aseguró del miedo de Ataralki a comercializar un único producto a un solo socio, Hadad convenció a Argantonio de negociar la compraventa de metales autóctonos e importados.
El estaño que obtenían de las expediciones anuales a las Casitérides se lo habían vendido en exclusividad a los helenos.
El gobernador Hadad propuso un trato: venderían una parte de estaño a Gadir, a un precio algo menor al que pagaban los foceos, y Hadad se aseguraría de invertir en el fomento de la minería del territorio, así como en la compra de plata, cobre y hierro procedentes de la explotación de las minas tartesias o, en su defecto, de productos metálicos manufacturados.
El fenicio conocía la situación de las minas de plata y plomo emplazadas al norte del río Tar, así como la escasez de mano de obra cualificada para llevar a cabo la extracción del mineral a su máximo rendimiento.
Hadad estaba convencido de que esa misma tarde tartesios y fenicios firmarían un acuerdo que marcaría un nuevo rumbo encaminado a estrechar de nuevo los lazos entre vecinos y que, gracias a ello, Gadir volvería a navegar hacia Oriente con las bodegas de las embarcaciones de carga a rebosar de lingotes y armamento de bronce.
—Tu proposición conlleva una serie de riesgos que habrá que meditar y valorar —dijo Ataralki con cierta reticencia, a la espera de que su homólogo solucionara las dudas que no se atrevía a pronunciar.
—Tu incertidumbre te honra como responsable del bienestar de Tarteso, y entiendo que sea difícil confiar en mi palabra.
—No es una cuestión de confianza o falta de ella —rebatió Ataralki—, sino la novedad que comporta este acuerdo. La población de Tarteso es vasalla del rey Argantonio, así como de la realeza que se remonta hasta Gerión.
—Vasalla pero libre —dijo el monarca con solemnidad.
—¿Y qué es la libertad, si lo piensas?
—La libertad es la capacidad de elegir.
El gobernador Hadad soltó una carcajada corta, sonora. Forzada.
—Rey Argantonio, hablemos como lo que somos.
Vivir la vida según las elecciones de cada uno es una quimera que ni tan siquiera nosotros, los poderosos, podemos permitirnos.
Desengáñate: la libertad no es la capacidad de elegir, sino más bien la capacidad de saber elegir.
Y nada más que eso. Dime: entonces ¿en qué difieren un pescador, un artesano, un minero libre de uno privado de su libertad?
De un modo u otro, el pueblo nos pertenece y somos responsables de él, como padres, de garantizar el bienestar de los nuestros.
Los hombres fijan su propio precio según les conviene.
Un campesino es esclavo de su tierra, y un esclavo, de su rey.
Y el resultado no difiere en ninguno de los dos casos.
—Sí, en el trato que reciben uno y otro.
—Ataralki, me ofendes con tus vacilaciones.
No somos bárbaros. Ni tampoco helenos. —Hadad hizo una breve pausa; sonreía tan solo con los ojos—.
Has paseado con anterioridad por las calles de Gadir.
Y, si fuera tu deseo, podrías visitar personalmente los talleres y comercios que se te antojaran.
Estoy más que seguro de que no serías capaz de distinguir a un ciudadano libre de un esclavo.
Tratamos a nuestros esclavos del mismo modo que a un ciudadano extranjero, con sus derechos y sus obligaciones.
Y, si así lo quisieran, incluso podrían comprar su libertad y regresar a su lugar de origen.
—Entonces, Hadad —dijo Argantonio—, ¿esta partida de esclavos sería apta para el trabajo que requerimos?
—Por supuesto, rey Argantonio. Nuestros proveedores se han encargado de que esta «mercancía» sea la óptima para las necesidades de los tartesios.
Conocen el trabajo que van a realizar a la perfección, son cuidadosos y, por lo general, imponen el raciocinio en sus quehaceres.
Aléjalos del vino y serán los mejores trabajadores que tengas en tu reino.
En una de las islas aledañas a la isla mayor de Gadir, los esclavos esperaban a ser trasladados al reino de Tarteso.
Tras meses de búsqueda, los comerciantes fenicios habían conseguido aglutinar en puerto seguro a más de un millar de esclavos, hombres jóvenes y también mujeres, provenientes de los afamados mercados esclavistas helenos de Mileto, Sikelia y Etruria.
Hadad afirmaba haber descartado aquellos individuos procedentes de razias o hijos de la piratería, y todos aquellos a los que sospechaban que habían raptado a la fuerza para saldar cuentas pendientes.
Los mercaderes fenicios acataban órdenes de las más altas esferas de Gadir, por eso se aseguraron de las compras una a una.
La mayoría de los varones procedían de las montañas de Tracia o de las zonas rurales circundantes de influencia helena.
Entre los esclavos había un número elevado de obreros tracios llegados de las minas del territorio del río Despatis.
A otros, a su vez, los habían trasladado a propósito desde las minas de plata del Laurion, convencidos de la prosperidad que encontrarían bajo la tutela del rey del mundo emplazado en los confines de la tierra.
Muchos de los hombres habían nacido esclavos, por lo que el carácter belicoso característico del pueblo tracio se había diluido a causa del desgaste tras pasar de mano en mano.
—¿Y en cuanto a las mujeres?
—Entran con el lote de varones, rey Argantonio. La gran mayoría son tracias, pero, a diferencia de ellos, las compramos a precio de saldo en Mileto.
—¿Cuáles son sus aptitudes?
—Ningunas, pero serán indispensables para que los mineros puedan asentarse de forma estable en vuestras tierras y no se desvíen de sus propósitos. Ninguna mujer tartesia querría tener nada que ver con estos bárbaros orientales, ¿no es cierto?
Uno de los sirvientes interrumpió con discreción la reunión para anunciar en voz baja al gobernador Hadad que el almuerzo estaba preparado en el salón principal del palacio.
—Si es de vuestro agrado, podemos pasar a almorzar antes de revisar todas las condiciones de la compra de la «mercancía».
La mesa de madera, que ocupaba buena parte del salón comedor, estaba cubierta casi en su totalidad de recipientes colmados de alimentos.
La mezcla de los distintos aromas abrió el apetito de los tartesios al instante, en especial el de las tortas de pan de cebada recién horneadas, que predominaba por encima de todos.
En uno de los extremos se emplazaban las sillas de los tres comensales, aunque cedían el honor de presidir la comida al rey Argantonio.
Dos sirvientes se encargaban de hacer llegar las viandas a los platos del rey y los gobernadores, y de mantener siempre llenas las copas de vino de pasa rebajado con agua.
Una vez que hubieron dado cuenta de las habas cocidas en aceite de oliva y del queso de oveja, los criados colocaron frente a los comensales los platos de cerámica anchos y una pequeña cazoleta en el centro, donde servirían el pescado.
Argantonio apretó los labios sin disimular su aversión una vez que tuvo la caballa en salsa emplatada, pero Hadad no reparó en el gesto.
Nunca había llegado a acostumbrarse ni al sabor ni mucho menos al olor de los guisos de pescado que preparaban en Gadir.
El rey prefería comer los peces recién capturados en el lago y cocinados de la forma más sencilla posible.
Sus cocineros separaban los lomos de los esturiones o de las anguilas y los asaban ligeramente en las brasas de la lumbre o en el horno, de tal manera que no acabaran nunca de perder el aroma a mar.
En Gadir, en cambio, hacían con ellos el garo, una salsa intensa que no era más que el resultado de la maceración en sal de vísceras y de pequeños ejemplares durante una estación entera.
Fuera caballa, sardina o róbalo, todos los platos de pescado le acababan sabiendo igual.
Tras la comida, Argantonio partió de vuelta a Isla de Gerión con la barca real.
Ataralki se quedó en el palacio del gobernador de Gadir para cerrar el trato de la venta de esclavos tracios.
Confiaba por completo en la intuición del gobernador de Asta.
Al fin y al cabo, vivía por y para Tarteso.
Se encargaría de supervisar durante el resto de la jornada los requisitos y las formalidades del contrato, y se aseguraría de que la mercancía estuviera en buenas condiciones de salud para que pudieran trasladarla al día siguiente hasta la capital.
Estaba seguro de que, a partir de entonces, se podrían retomar en fraternidad los negocios con los fenicios, explotar las minas propias y aumentar la producción de armamento con una colaboración más estrecha.
Sin embargo, cuando se negociaba con Hadad, uno siempre debía permanecer con todos los sentidos en alerta; Argantonio había notado cierta opacidad en los ojos relucientes del fenicio, y ese día más que en otras ocasiones del pasado.
Mientras todos se encontrasen en un mismo frente, no había nada que temer ante la codicia de los cartagineses, había dicho Hadad en numerosas ocasiones.
No obstante, Argantonio no acababa de creer que aquella premisa fuera cierta.