La portadora de la luz Capítulo 4
13%

Capítulo 4

Argantonio y Ataralki conversaban en la cubierta de la barca real durante el trayecto hasta Gadir, de la que se decía que era la perla de Occidente.

Aquella mañana de primavera el cielo estaba despejado de nubes y soplaba un viento suave de poniente que refrescaba a ratos la travesía a mar abierto una vez que cruzaron el destacamento de Aipora.

La costa a partir de entonces era menos agreste, pero también menos fértil, formada por lenguas de arena dorada que confluían en la ciudad.

En una racha de viento llegó hasta la tripulación de la barca real de Argantonio el hedor a marisco putrefacto.

A Ataralki le fastidiaba viajar hacia Gadir, y aquel era uno de los motivos.

Era una ciudad que se olía mucho antes de divisarla.

A las afueras se concentraban las industrias relacionadas con la pesca: los astilleros, algo más humildes que los de Tarteso; la factoría de salazones o los talleres de ánforas destinadas a transportar los productos fenicios por todo el Gran Mar.

No obstante, era la industria del púrpura la que asqueaba al gobernador tartesio.

Del mismo modo que se realizaba en Tiro desde siglos atrás, los fenicios de Gadir obtenían el púrpura machacando las conchas de los múrices para, después, teñir el lino de las telas con las que los ilustres personajes fenicios y tartesios gustaban de vestirse, como el propio Ataralki.

—Mi señor, no hay duda de que en breve habremos fondeado en la ciudad —dijo Ataralki cubriéndose la nariz y la boca con un pañuelo de lino impregnado en perfume—. He aquí el misterio de lo innecesarias que son las murallas en Gadir: ningún enemigo realizaría asedio alguno con tal pestilencia.

Argantonio rio campechano ante el comentario.

El gobernador no bromeaba jamás, y su sobriedad le resultaba jocosa al rey en ocasiones como aquella.

El monarca viajaba con un humor estupendo, fruto de la tranquilidad de haber cerrado días atrás el trato comercial más importante de toda la historia de su reinado.

A diferencia de los fenicios, los foceos pagaban los productos al precio estipulado sin regateos.

En las forjas tartesias se elaboraba el mejor armamento para combatir a babilonios y persas.

Los barcos foceos volvían hacia Masalia cargados de trabajos en bronce, plata, plomo y cobre extraídos de las minas del norte del reino de Tarteso o estaño importado de las islas Casitérides, y también de hurones, un animal tan codiciado en las islas helenas.

Con las arcas del reino llenas, Argantonio se sentía seguro ante todos los tejemanejes que pudiera acarrear la negociación con el gobernador de Gadir, un personaje turbio, tan opuesto a Ataralki en cuanto a la administración de sus territorios.

—Mi señor, yo no confío en el truhan de Hadad —admitió tras unos minutos en silencio, una vez que se hubo acostumbrado al olor de los múrices—.

No hay duda de que pretende hacerse con el estaño a precio de ganga.

¡Y con el cobre y la plata! Más nos conviene dejar las minas sin explotar que regalarle el metal.

—Yo tampoco confío en Hadad. Sin embargo, ya me recordaste que no podemos extraer la miel de un solo panal.

—Pero, mi señor, yo…

—La realidad es que muchas de las minas del río Rojo, y también las del norte, no rinden con la productividad para la que estarían preparadas. Míralo así, Ataralki: esta transacción también revierte en un mayor contento con las exportaciones a Focea.

—¿Y serán aptos para trabajar con nuestros mineros? —dudó Ataralki—. ¿No temes que causen más problemas que beneficios?

—¿Y qué problemas crees que puede causar esta pobre gente, mi buen Ataralki? —Argantonio, divertido, sacudió la mano para dar por zanjados los recelos del gobernador.

Frente a ellos apareció el pequeño archipiélago de islas que formaba el estado de Gadir.

En los días como aquel, de cielos limpios y con la luz potente del sol reflejada sobre el agua, la ciudad podía pasar desapercibida a navegantes poco familiarizados con las costas más allá del estrecho de las columnas de Heracles, como lo nombraban los foceos.

Gadir se extendía hacia el interior con la misma fina elegancia con la que las dunas controlaban la línea de costa, ausente de colinas y acantilados.

Además, a plena luz del mediodía, apenas se distinguía del paisaje lindante debido a los tonos dorados de la roca sedimentaria con la que, desde los primeros asentamientos, se levantaron los edificios de la antigua colonia de Tiro.

Sin embargo, ahí estaba, con la misma actividad frenética que Asta.

La barca real atracó entre dos de sus islas, en un fondeadero natural cubierto por algas pardas.

Seis soldados fenicios esperaban la llegada del rey y del gobernador de Tarteso.

Los tartesios montaron en un carruaje de madera de doble eje pintado de azul y amarillo, tirado por dos caballos jóvenes.

Cerca del fondeadero corría un pequeño arroyo que abastecía de agua potable aquella zona de la ciudad.

Siguieron el curso inverso del agua por calles anchas pavimentadas de arcilla roja en las que el conductor sorteaba el ganado y el resto del tráfico rodado hasta detenerse frente a la vivienda más lujosa de la vía.

Hadad, el gobernador de Gadir, recibió a los dos tartesios en la sala de audiencias del palacio gubernativo.

Saludó a Argantonio con franca efusividad, pero no así a Ataralki, su igual.

El gobernador tenía alma de comerciante sin escrúpulos, pese a provenir de una de las familias aristócratas más antiguas de Gadir y tan solo haber navegado a pocas millas de sus fronteras.

En un primer vistazo llamaba la atención la perfecta redondez de su cara, enmarcada con una barba negra salpicada de hebras rubias y pelirrojas.

Si bien el pelo raleaba a la altura de las sienes, las ondulaciones de su cabello se marcaban con firmeza alrededor de la cabeza gracias a una mezcla de aceite de oliva y miel.

Al igual que a Argantonio, a Hadad le gustaba hablar con la franqueza del que no da lugar a confusiones.

Sin embargo, Ataralki no confiaba en sus buenas maneras.

La ciudad de Gadir, próspera durante eras, había vivido un periodo de decadencia económica del que se vislumbraba una salida certera, mas todavía lejana.

Las ventas de aceite de oliva se mantenían estables en las rutas comerciales del norte y sur del Gran Mar; sin embargo, la cerámica helena estaba desplazando la fenicia, y sus vecinos tartesios pactaban la venta de estaño y otros metales con los foceos a un precio con el que a ellos, los fenicios, les resultaba difícil competir.

Por ese motivo, el gobernador Hadad se proponía negociar con Tarteso un nuevo pacto de comercio: para recuperar a un precio razonable la provisión de estaño que se requería en Oriente para trabajar el bronce.

Ataralki observó la actitud de Hadad con el rey.

Si bien sonreía con amabilidad, intentaba ocultar los ademanes ansiosos colocándose una vez y otra los mechones de pelo tras la oreja.

Cuando Argantonio tomó asiento a su lado y Ataralki frente a ellos, los ojos del gobernador brillaron como la luz del rayo en una noche de tormenta.

—Espero que la travesía hasta Gadir haya sido tranquila, rey Argantonio.

—Los vientos han sido muy favorables en esta ocasión.

—Tengo entendido que el viento no ha sido lo único favorable últimamente en vuestro reino —dijo Hadad con un deje de sorna mal disimulado.

Ataralki crispó las manos sobre su túnica y se mantuvo callado, a la espera de la respuesta del rey. Ante el silencio que se había adueñado de la sala, reanudó la conversación sin esconder el hastío hacia su interlocutor.

—Has sido informado con precisión, Hadad. Sin embargo, hasta el babanca más desprevenido de estas islas habrá sido testigo del paso de la flota de pentecónteros rumbo a Focea.

—Por supuesto, Ataralki; tengo ojos en la cara.

—Los persas del rey Kuros están amenazando con atacar el continente —interrumpió Argantonio para paliar la hostilidad entre los gobernadores.

—Y no podéis daros el lujo de perder a un socio tan acaudalado.

—Hasta hoy, las relaciones con los helenos nos han sido muy favorables a ambas partes, del mismo modo que lo son con los fenicios, Hadad.

—No en los tiempos presentes, rey Argantonio.

—Y presumo que este es el motivo de tu invitación: volver a establecer alianzas entre nuestros pueblos.

—Vuestros socios cartagineses son inestables y también peligrosos —dijo Ataralki—. Nuestra desconfianza está totalmente justificada. Hace tiempo que dejaron de ser comerciantes; ahora los mueve la avidez de conquistar nuevas tierras.