La portadora de la luz Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El rito se extendió durante poco más de dos horas.

La luz natural que los iluminaba se fue debilitando a medida que Argantonio, en vano, realizaba elegantes movimientos con los brazos hacia el animal, cambiando el venablo de una mano a otra.

El buey, desconcertado, rehuía la figura del hombre cuando este se acercaba demasiado.

De vez en cuando, repetía los bramidos desorientados a la espera de que las otras bestias le contestaran.

El animal perdía vitalidad a medida que consumía sus fuerzas corriendo y huyendo.

De golpe, dejó de dar vueltas en círculo y se quedó quieto cerca del muro opuesto a aquel en el que se sentaban los espectadores.

Soltó un resoplido profundo y arañó el suelo de arena con la pezuña delantera, levantando una suave nube de polvo rojizo alrededor de sus patas.

Bajó la cabeza y se dispuso a embestir al rey.

Saore aguantó la respiración cuando su padre cruzó el venablo frente a su pecho.

El buey se dirigió hacia el centro del patio en dirección a Argantonio, mas sin aumentar apenas la velocidad de su movimiento, por lo que el rey esquivó el embiste caminando unos pasos hacia delante y arqueando la espalda sin esfuerzo.

Repitieron aquella coreografía tediosa sin aportar ningún ápice de emoción ni agitación a los allí presentes, como si ambos danzaran solo para el deleite de un dios que, con seguridad, estaría aburrido de aquel espectáculo.

Por fin, al buey lo abandonaron las fuerzas y se acostó sobre la arena.

Argantonio se acercó a él con movimientos cuidados, se desenrolló la cuerda de la muñeca y ensogó al animal, que, sumiso, se dejó llevar hasta una de las columnas laterales del patio, la única que tenía grabadas las leyes tartesias, y volvió a postrarse en el suelo.

En un enfrentamiento entre bestia y hombre, este pone a prueba ante el dios su agilidad, pues jamás podrá darse un combate en igualdad de condiciones.

El mismo Argantonio amarró al buey de Baal a la columna para iniciar el sacrificio de sangre.

La suma sacerdotisa colocó sobre la arena, a escasos codos de ellos, un pequeño altar portátil en forma de piel de buey extendida y encendió el fuego sagrado con el que finalizar el rito y augurar un buen trato comercial.

A continuación, se arrodilló al lado del animal y le palpó el cuello meticulosamente hasta dar con el lugar exacto para hacer la incisión.

La piel de la bestia ardía, pues todavía no conseguía respirar con normalidad.

La mujer sacó un puñal de la faltriquera y lo hundió en la carne del cuello.

La sangre, oscura y espesa, empezó a brotar sin prisa.

Entonces colocó bajo la herida la crátera de cerámica negra que había llevado el próxeno Agathon como ofrenda.

Introdujo un hisopo formado por ramas trenzadas de hinojo fresco y roció la figura del rey con la sangre del buey.

Repitió la misma operación con la crátera en la mano, salpicando la arena del patio, alrededor del altar, en la puerta de la galería y en la columna donde todavía yacía atado el animal exhausto.

Introdujo la mano en el recipiente hasta localizar un pedazo de sangre coagulada, que depositó con solemnidad en las manos de Argantonio.

El rey amasó el coágulo hasta formar una pasta con él, con la que tiñó su barba argéntea mientras recitaba una oración en la lengua de sus antepasados.

La ceremonia llegaba a su fin. La suma sacerdotisa vertió la sangre restante sobre el altar.

Las llamas bajas crepitaron y el fuego se consumió poco después.

Aplicó una cataplasma a base de flores de caléndula, miel y arcilla sobre la herida del cuello del buey de Baal y la cubrió con un pedazo de tela limpia de lino.

Argantonio condujo al animal, cada vez más recuperado del ejercicio en el patio del templo, al interior junto con los otros tres ejemplares.

Los asistentes se levantaron de las gradas para descender hasta la arena.

El príncipe Hiram ayudó a sus hermanos menores a bajar el último tramo, más por cordialidad que porque fueran a sufrir un percance de ningún tipo.

Saore se abrigaba bajo el chal de lana. El tiempo primaveral era agradable para pasear por Isla de Gerión, pero no así para estar al aire libre sin posibilidad de moverse durante parte de la tarde.

Se encaminó hacia el porche de columnas buscando algo de resguardo.

A pocos dedos de la base de la columna grabada, en la arena, todavía quedaban restos de coágulos de sangre del buey sagrado.

Era la primera vez que asistía al rito con los bueyes de Gerión y, tras la emoción inicial, la ceremonia le había parecido monótona en exceso.

El próxeno Agathon paseaba junto a su asistente.

Ambos conversaban de manera informal, ajenos al formulismo del resto de las personas que había en el patio.

Saore oyó a Agathon murmurar con cierta sorna en la voz:

—Por un momento he deseado con todas mis fuerzas que me abrieran la garganta como a la pobre bestia y así acabar con esto cuanto antes.

Irenio esbozó una sonrisa que trató de ocultar con la mano.

—Mañana mismo podremos embarcarnos de vuelta a Focea; hagamos las cosas tal y como se espera de nosotros, Agathon.

Cuando pasaron cerca de la princesa, la saludaron con una leve reverencia de cabeza.

Esta, sin entrar en formalidades, les preguntó en un perfecto eolio por qué la ceremonia no había sido de su agrado.

Agathon, extrañado, dejó la incómoda conversación con la niña insolente en manos de su asistente y se alejó de ellos con disimulo.

—No sabía que hablaras tan correctamente mi idioma, princesa —se sorprendió Irenio, cambiando la modulación de la voz hacia un tono más afable.

—Mi mathetria es helena, como tú. Nora y yo hablamos eolio con más fluidez que nuestros hermanos, los príncipes. Además —explicó con cierta suficiencia tras ver el interés que mostraba el foceo—, sé tocar la forminge y también componer poesía.

—Me encantaría escuchar una de esas piezas, princesa Saore.

Irenio llevaba meses asentado en Asta. Si bien Agathon, al igual que Anthousa, vestía con quitones helenos de ricos bordados y llevaba el pelo corto, con la nuca al descubierto, Irenio usaba los mismos ropajes que tartesios y fenicios, con túnicas cortas y sencillas sandalias sujetas por encima del tobillo.

Se había dejado crecer el pelo durante sus meses de estancia en Tarteso.

Saore se había fijado en sus rizos, tan menudos y abundantes, pues le recordaban a la representación del pelo de Medusa en las jarras helenas que tenían en el palacio de Isla de Gerión, y también en la altura del joven foceo, que sobrepasaba en una cabeza a casi todos los hombres del reino.

Si bien Irenio había nacido en Focea, a su padre lo habían nombrado próxeno de Masalia, donde vivió con su familia hasta que ascendió a asistente de Agathon.

Era un joven que apuntaba lejos en cuanto al tipo de diplomacia que se esperaba de los foceos en el occidente del Gran Mar.

En las altas esferas políticas de Tarteso, el joven Irenio ya era por todos conocido debido a su don de gentes y la eficacia con la que atendía las tareas para el próxeno.

Tras unos segundos de titubeo, la princesa retomó la conversación de la manera más directa que supo:

—¿Por qué no te ha gustado la ceremonia con los bueyes de Gerión?

—¿Qué te hace pensar que no me ha gustado?

—Os he oído hablar, a ti y al próxeno.

—El acto ha sido de nuestro agrado y estamos muy agradecidos con el rey Argantonio por haber firmado un pacto tan interesante para todos en muchos ámbitos.

—Irenio se agachó para ponerse a la altura de Saore e incrementar el grado de complicidad—.

Princesa, creo que has malinterpretado las palabras del próxeno.

Agathon es un hombre de otra época. Además, estos dos días han sido agotadores para nosotros.

No quiero aburrirte con temas de diplomacia, pero los ejércitos enemigos amenazan nuestras tierras, y toda esta preocupación se suma al accidente que sucedió ayer en el faro.

—Entiendo todo esto que explicas. De todos modos, mi padre nos ha contado que el daño que sufrió el barco era muy superficial y ha podido repararse con facilidad.

—Sí, porque los dioses sonrieron a nuestro favor.

—E Irenio sonrió a su vez. Notó que la chiquilla se ruborizaba, tal vez por incomodidad, y se incorporó—.

Ayer quedé maravillado con tu saber hacer con los fareros, princesa.

En breve serás una de las mejores diplomáticas del reino y nuestra función aquí no tendrá ningún sentido.

Saore rio con la broma, pese a que las últimas palabras las había pronunciado con expresión exageradamente solemne.

—Princesa —dijo en actitud cómplice—, no me ha pasado por alto tu angustia cuando el rey ha sometido al buey en la columna.

Saore tragó saliva para sopesar la respuesta que debía darle al foceo.

Sabía que ningún buey sagrado debía sacrificarse en provecho de un trato entre mortales; sin embargo, Saore sufría con el padecimiento de los demás, incluso el de los animales.

Los bueyes vivían en Isla de Gerión y ella podía pasar horas observándolos en la dehesa, con su pelaje rojo de fuego y sus andares parsimoniosos, sabiéndose protegidos y cuidados.

—A mí tampoco me gustan las ofrendas de sangre —prosiguió Irenio, adivinando lo que se ocultaba tras el silencio de la niña—. Los animales también son hijos de los dioses, y los hombres lo olvidamos según nuestras necesidades.

—Pero los helenos también hacéis servicios con animales en los templos, ¿no?

—Sí, pero estas tradiciones arcanas van desapareciendo con los nuevos tiempos y estos ritos se hacen en la intimidad de los templos, sin la presencia de laicos como espectadores.

La conversación se interrumpió cuando el rey regresó al patio del templo, desprovisto del atuendo ritual.

Se había purificado el cuerpo y retirado la sangre reseca de la barba, y ahora vestía la túnica púrpura real, ceñida con un cinturón formado por placas de oro decoradas con minúsculas esferas hundidas.

Llevaba dos figuras de bronce fundido iguales y le ofreció una de ellas a Agathon.

El foceo la examinó con curiosidad: representaba la estatua de un buey sobre una peana del mismo material y con la cabeza inclinada hacia delante, tal y como había hecho el buey de Baal antes de embestir a Argantonio.

La comitiva abandonó el templo. Bajaron la colina por un camino formado por la tierra comprimida por las pisadas a lo largo de los años hasta llegar a un pequeño saliente en la marisma.

Argantonio y Agathon caminaron, uno al lado del otro, y se adentraron en la laguna hasta que les cubrió las rodillas.

Extendieron los brazos hacia el agua para ofrendar al dios y depositar en la superficie las figuras de los bueyes sagrados.

Una vez que el agua las hizo desaparecer, los dos hombres se agarraron por los codos y juntaron las cabezas en señal de respeto.

—Mi buen Agathon —dijo el rey, en un susurro—, la ceremonia ha concluido como esperaba. Auguro un lazo cada vez más sólido entre nuestros pueblos.

—Lo doy por seguro, mi señor; pero el motivo por el que estamos preocupados es la estabilidad de las fronteras en Oriente ante el avance del ejército persa. Ojalá esta partida de navíos llegue a tiempo para evitar el asedio de nuestra ciudad.

—Rezaré a los dioses para que así sea.

Agathon asintió con la vista puesta en un punto infinito del lago, satisfecho porque la interminable jornada al lado de Argantonio había concluido. Rozó con el dedo gordo del pie la estatua del buey hundida y dio media vuelta para regresar a la orilla.