Capítulo 3
Argantonio se despojó de la túnica de lino blanco y la colocó con cuidado encima de un saliente en la pared de adobe del hekal, la sala de cultos, que estaba iluminada con lucernas de aceite.
Se miró las manos, manos de rey, suaves al tacto cuando recorrían la espalda de su amante; firmes y tranquilas al empuñar las armas que ya solo utilizaba en los rituales religiosos.
Ya no eran lozanas, pero aún no habían empezado a marchitarse; tenían los dedos anchos y las uñas recortadas.
Tomó una muestra de la pasta de olíbano colocada en el altar y se ungió con ella los brazos.
La resina quedaba adherida al vello oscuro de los brazos y los hombros del rey a medida que este la extendía.
Las únicas joyas que iba a llevar Argantonio en aquel ritual eran los dos brazaletes dorados del tesoro del templo, del mismo modo que los habían llevado su padre y el padre de su padre.
Se los ajustó por encima del codo, y la piel flácida de los bíceps se arrugó en un pequeño pliegue sobre las joyas.
Cruzó los brazos sobre el pecho y recorrió el relieve de los brazaletes con la yema de los dedos.
Hileras de rosetas con incrustaciones de jaspe verde se alternaban con semiesferas soldadas sobre láminas de oro.
A continuación, se vistió con un faldellín que apenas le cubría los muslos, amarrado a la cintura con cintas de tela recia, y se colocó el lebbede en la cabeza, sujetado con una tira de cuero a modo de corona.
Cogió otra muestra de resina del tamaño de una nuez para acabar de ungir el cuerpo para el ritual y la extendió realizando movimientos circulares sobre el pecho.
Argantonio seguía siendo un hombre robusto y vigoroso, de grandes pectorales de pezones hundidos, de abdomen abultado, resultado de los años de paz de su reinado.
Por último, se quitó las sandalias y salió del hekal para dirigirse al patio norte del templo.
Caminaba en penumbra, con la vista al frente a través de la galería de paredes de adobe, pavimentada con conchas marinas que marcaban el relieve con suavidad en el pie desnudo del rey.
Argantonio quedó cegado durante unos segundos hasta acostumbrarse de nuevo a la luz del sol.
El suelo de conchas, de un paso a otro, se convirtió en un pavimento de tierra batida del color de la arena de playa en una tarde de invierno.
Los tartesios eran un pueblo comerciante desde que el pastor Gerión, hijo del gigante Crisaor y la reina del océano, Calírroe, decidió asentarse a orillas del lago de Tarteso y establecer relaciones con los pueblos más allá de este.
Los reyes tartesios que precedieron a Argantonio se reunían en el templo de Baal para jurar fidelidad al pueblo, ser juzgados por infringir los deberes que tenían impuestos o para cerrar un trato comercial de suma importancia, como en el caso de la venta de la flota de pentecónteros.
Tras los actos de jura, los rituales finalizaban con una lucha cuerpo a cuerpo entre el rey y el buey sagrado que el dios Baal determinara.
Tras la muerte de Gerión, sus hijos juraron proteger los bueyes sagrados ante la llegada de extranjeros cuyo objetivo era borrar la cultura de los hombres del lago de Tarteso.
Los tartesios habían sido un pueblo abierto con sus vecinos y socios comerciales.
Muchos de sus dioses y costumbres provenían de la permeabilidad fruto del trato cercano con albioneses, oestrimnios y fenicios, y, tras el paso de las generaciones, los habían hecho suyos.
Sin embargo, los bueyes sagrados de Gerión eran el legado vivo que unía a los tartesios con sus ancestros.
Estos animales eran el símbolo del espíritu fecundador transmitido al rey para consolidar las relaciones fértiles entre pueblos amigos y, del mismo modo que este puede engendrar vínculos fuertes, también representa el fuego, el trueno y la destrucción de estos lazos si fuera preciso retornar a los orígenes.
En el patio esperaban cuatro bueyes sin ningún tipo de atadura, de pelaje rojizo, de un color similar al de la arena en la que estaban recostados.
La suma sacerdotisa aguardaba al rey al lado de los animales.
Se apoyaba en un venablo de madera y sujetaba un fardo envuelto sobre sí mismo.
Dio unos pasos hacia Argantonio en cuanto este entró en el patio, y le ofreció el venablo.
Desenvolvió el fardo que llevaba en las manos.
Se trataba de una capa en forma de red con la que cubrió el cuerpo del rey, un rollo de cuerda que este se enrolló en la muñeca izquierda y un frontil taurino adornado con borlas de tela de color púrpura.
Argantonio levantó la vista para contemplar a los asistentes, sentados en una hilera de bancos corridos en el muro noroeste que hacían la función de grada rudimentaria en el patio del templo.
En la fila más cercana al escenario estaban sentados el príncipe Hiram junto a Ataralki y el próxeno Agathon.
Buscó la mirada de su hijo, pero este tenía la vista fija en un punto sin concretar del patio.
Horas antes le había pedido a su padre que le dejara participar en el ritual, pero este se había negado, argumentando que todavía no estaba listo para un enfrentamiento con los animales sagrados.
Un combate desproporcionado propiciaba el riesgo de desembocar en la ira de Baal y la maldición de los navíos de guerra de sus socios foceos.
Hiram acató la voluntad de su padre y actuó de anfitrión junto con Ataralki, pero con el orgullo herido por la falta de confianza de Argantonio.
Saore y su hermano Abissabar estaban sentados en la fila trasera, junto con el resto de las sacerdotisas y sacerdotes del templo y los comerciantes foceos que habían llegado el día anterior.
Irenio, el asistente de Agathon, se había colocado al lado del príncipe Abissabar.
Al igual que la princesa, era la primera vez que asistía al ritual taurino en el templo.
Irenio admiraba a Argantonio por la templanza con la que llevaba las riendas del reino de Tarteso y por la cercanía en el trato con Agathon y los demás pueblos con los que comerciaba; no obstante, durante los meses en los que había vivido en Asta, pendiente de la construcción de los pentecónteros, había acabado asqueado de la fina línea de separación entre los diferentes estamentos sociales en la capital del reino, que bebían como iguales en las tabernas del puerto, y del poco refinamiento de la corte de Argantonio.
Las piezas de cerámica ática con las que servían los alimentos los reyes de Tarteso eran las mismas que podría usar cualquier meteco rico de Masalia.
De todos modos, sentía la curiosidad del extranjero ante el rito exótico que estaba a punto de presenciar.
La sacerdotisa colocó el olíbano en los incensarios y entonó unos cánticos para llamar la atención de Baal, que apenas resultaban audibles para los presentes en el patio.
Corría una suave brisa que llevó hasta las gradas el aroma del incienso.
Saore se cubrió los brazos con el chal de lana.
De repente, uno de los cuatro bueyes se incorporó y se acercó a Argantonio; era el animal que el dios había elegido para el sacrificio de sangre.
El rey acarició el morro del animal, situado al mismo nivel de su propia cabeza.
Las astas, sin embargo, se elevaban sobre la altura de ambos en dirección al cielo sin nubes.
Le colocó el frontil a la bestia con cuidado de no rasgarlo y se arrodilló ante ella, dejando los útiles rituales sobre la arena.
La sacerdotisa, una vez retirados del patio los otros tres bueyes sagrados, se colocó detrás del rey y ambos prometieron a Baal seguir el camino que este decidiera.
Argantonio se levantó, cerró los ojos y respiró hondo hasta sentir que, en aquel momento, solo estaban él y el buey de Baal sobre la arena, imagen y símbolo de los dioses en la tierra, benefactores de la prosperidad de un pueblo hospitalario y desconfiado a su vez.
El rey miró al animal, que había permanecido quieto frente a él.
Izó la lanza y se la clavó en el lomo, con la fuerza adecuada para no abrir ninguna herida sangrante en la piel.
Saore ahogó un grito con la mano sobre los labios.
El buey, igual que la princesa, soltó un bramido de alerta y corrió en círculos alrededor del patio para alejarse de la lanza del rey, que ya no volvería a usarla en todo el ritual más que para llamar la atención de la bestia.