La portadora de la luz Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Agathon había anunciado que, a lo largo de los días siguientes, llegaría al puerto de Asta la pequeña flota de naves comerciales provenientes de Masalia con el personal de marina encargado de fletar los pentecónteros hasta las costas de Focea.

Ataralki así lo había comentado con el farero Lirnestaakun.

El islote donde vivían el hombre y su hijo era el primer acceso por mar al lago de Tarteso, a medio camino entre Asta y el destacamento militar de la pequeña ciudad de Aipora.

Lirnestaakun custodiaba con celo el único punto de acceso por mar al reino.

La atalaya que servía de guía a los navíos era una torre de unos cuarenta codos de altura en cuya cima el farero mantenía ardiendo, en tiempos de paz, una hoguera durante la noche y los escasos días nublados de aquel lugar.

En días claros, la atalaya era visible desde la costa de Gadir.

De todos modos, para facilitar el acceso al lago a la guardia de Aipora, a una señal específica del faro, se repartía a lo largo de la línea de costa un conjunto de fuegos de canalizo lo bastante visibles para guiar a los barcos hacia la atalaya y no pasar de largo cuando la niebla impedía la navegación segura.

Una vez que los barcos sorteaban los bancos de arena acumulados en el primer tramo, el farero retiraba la barrera acuática que se había instalado en la zona navegable sin escollos en la época en que el rey Argantonio designó por primera vez el puesto de farero real.

Se trataba de una malla de cuerda trenzada con filamentos de bronce que funcionaba a modo de cancela, sujeta a dos balizas adecuadas a la manga de la mayoría de los barcos que entraban y salían del lago.

Sin embargo, pasaba desapercibida desde la cubierta de una nave de un calado superior al de una barca de pesca.

Cualquier navío a una velocidad considerable podría romper sin problema aquella malla, pero ningún capitán de barco se había arriesgado a entrar sin tomar precauciones.

Una vez localizados en la costa los navíos que esperaban ser guiados hasta Tarteso, un hombre fuerte y con la pericia suficiente para retirar la malla con antelación podía dejar vía libre sin complicación.

Ataralki y Agathon se personaron en la isla para exigir las explicaciones pertinentes al farero.

Para sorpresa del gobernador, los tres barcos masaliotas estaban parados en la entrada al lago.

Uno de ellos se había atascado con la malla de cuerda.

Debido a ese inconveniente, las otras dos naves habían intentado sortear las balizas sin éxito, pues la proa de la primera había chocado con los escollos.

En la isla los recibió un aterrorizado Ghatarar.

Lirnestaakun llevaba días aquejado por fiebres altas y estaba tan débil que no pudo salir del jergón en el que deliraba en una de las habitaciones en la base del faro.

Su hijo había mantenido vivo el fuego encima de la atalaya, pero cuando vio los tres navíos sorteando los bancos de arena y los escollos del acceso, no consiguió llegar a tiempo para avisarlos y que se detuvieran.

El rey Argantonio llegó al islote acompañado de sus hijos.

Nada más pisar la orilla, vieron a Gharatar apoyado en la pared del faro, con la espalda al descubierto y la túnica rasgada.

Ataralki lo estaba azotando con un pedazo de cuerda de pesca cubierta de algas y verdín.

Las heridas, tumefactas, ya habían tomado el color de las ciruelas maduras, pero la sangre todavía no conseguía brotar al exterior.

Gharatar permaneció quieto, con los ojos cerrados, un instante después de que Argantonio diera el alto.

Las lágrimas que no pudo contener dejaron dos surcos limpios en las mejillas llenas de churretes.

Saore quedó horrorizada ante las muestras de violencia al niño farero, de la misma edad que ella. Después de las incriminaciones del gobernador y del próxeno por el mal proceder, Saore pidió permiso al rey para hablar y tomó la palabra:

—Padre, se está responsabilizando a este muchacho del accidente de los tres navíos foceos.

Sin embargo, no toda la culpa es suya. —Argantonio levantó la mano para silenciar la réplica de Ataralki e instó a su hija a que continuara hablando—.

Antes de nada, el próxeno Agathon ya había comunicado la llegada de los marineros de Masalia en los próximos días.

Ya sé que han arribado antes de lo que se tenía previsto, pero estas últimas no han sido jornadas de niebla ni mala mar.

Las torres vigías de Aipora tendrían que haber avistado los tres barcos y haber avisado de su llegada de un modo u otro, y no lo han hecho, si no me equivoco.

Saore miró a Argantonio en busca de su aprobación.

Los príncipes escuchaban con atención las palabras de su hermana.

Hiram dio unos pasos hacia delante hasta situarse al lado de Saore.

Por un lado, conocía el potencial de su hermana en cuanto a reconocer las gamas de grises en el espectro de un acto tan arbitrario como castigar al hijo del farero sin valorar las causas previas a un error humano.

Y admiraba esa cualidad de Saore, jamás lo había negado.

No obstante, había querido apoyar el discurso de su hermana también por hacerse con parte del reconocimiento que le correspondía a él como futuro rey de Tarteso.

Apoyó una mano en el hombro de Saore y, con una sonrisa cordial, tomó el turno de palabra, pese a que la joven pensaba proseguir con más argumentaciones.

—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Saore, padre, y quiero añadir también una cosa. La responsabilidad del faro recae sobre Lirnestaakun, no sobre el muchacho. Es cierto que tarde o temprano tendrá que aprender el oficio de farero, pero es demasiado enclenque para mover la malla sin ayuda.

Hiram hablaba con los presentes sin considerar que Gharatar también estaba a escasos codos de ellos.

Saore se dio cuenta de que el chico se había erguido y los miraba con temor, pero también con un punto de ira bien controlada.

Los asistentes de Ataralki ayudaron a los marineros del navío embarrancado en los escollos a subir a las otras dos naves.

Tenía una fisura en la proa y era preciso reflotarla hasta las atarazanas para repararla.

Argantonio, en la playa, observaba sin perder detalle cómo se recomponía el desastre acontecido: dos hombres fornidos subieron a la barca del farero para retirar la malla y permitir el paso de los dos barcos foceos hasta los astilleros.

Saore se acercó a su padre y le besó la mano.

—Padre, me gustaría decirte una cosa más —siguió en un tono más comedido.

—Habla, hija; todo lo que tengas que decirme es bienvenido —concedió Argantonio con la dulzura de un padre, olvidando la firmeza del rey.

—Entiendo la importancia de las obligaciones de cada uno, pero el farero está tan enfermo que ni siquiera ha salido a presentar sus respetos al rey.

—¿Qué pretendes decirme, Saore?

—Tú nos has enseñado que la función del rey es ser el padre de todo un reino, preocuparse de todos sus hijos por igual, sin importar el cargo que tengan.

Saore bajó la vista a sus pies, pero su padre le levantó la barbilla con el dedo índice para que lo mirara a los ojos.

El rey tenía el ceño fruncido, pero no se mostraba enfadado por las palabras de su hija.

«Crisaore, hija de la sangre de la diosa, guiará a su pueblo hacia el origen y la paz», se dijo.

—Mi querida Saore, qué necesaria vas a ser en este reino. Ves más allá de la mirada corrompida de los potentados, como si no fueras consciente del gran poderío que crece en tu interior. Ojalá que Hiram sea tan sabio para no apartarte de su lado cuando tome las riendas de Tarteso.

Argantonio lanzó un largo suspiro hacia ninguna parte del lago y, ante la perplejidad de su séquito, se dirigió a la entrada del faro para cerciorarse en persona del estado de salud de Lirnestaakun.

La princesa lo acompañó hasta la entrada de la torre.

Gharatar se encorvó ante la presencia del rey dentro de su casa.

Saore tocó el hombro del niño, que levantó la cabeza unos instantes para mirarla.

Acto seguido, volvió a recuperar la postura de sumisión anterior.

—¿Te duele mucho?

Gharatar titubeó antes de contestar de forma parca y educada:

—Sí, mi señora.

—¿Cuál es tu nombre?

—Gharatar, mi señora.

—«El que desprende luz», qué apropiado —observó Saore, queriendo adoptar un tono menos solemne con el chico—. Yo me llamo Saore, no hace falta que te dirijas a mí como «mi señora».

Saore le sonrió, pero el muchacho ya no volvió a mirarla hasta que todos se embarcaron camino de Asta. A Irenio, el joven asistente del próxeno Agathon, no le pasaron inadvertidas ni la escena entre los dos niños ni la fuerza con la que Saore se había enfrentado a toda una comitiva real.