Capítulo 2 #2
—Mi señor, Oriente ahora mismo es un hervidero de pugnas y desequilibrios.
En más de una ocasión, Ataralki había criticado las medidas comerciales y diplomáticas que quería adoptar el rey.
Argantonio era el socio que cualquier pueblo mercader ansiaba.
Tras la fachada un tanto arcana del monarca, se hallaba un político conservador en cuanto al hermetismo de la sociedad tartesia, pero paradójicamente dispuesto a estrechar lazos con cualquier pueblo de forma en exceso fraternal, según el parecer de Ataralki, para preservar el bienestar social y económico de su reino.
El rey bebió un sorbo de vino en la copa de plata, del mismo brillo que la barba y el pelo, ondulado hasta los hombros y peinado hacia atrás bajo un gorro de lana blanca.
Entornó un poco los ojos para mirar a Ataralki:
—Soy consciente de los riesgos que vamos a asumir al sellar este acuerdo con Focea, si es eso lo que quieres insinuar. Sabemos con certeza que la ciudad es solvente y está preparada para la defensa de sus fronteras.
—Tiro también gozaba de solvencia y pagaba el estaño al precio que marcábamos sin regateo ninguno, mi señor.
—Ya lo sé, pero no tiene que suceder lo mismo en Focea. Una vez que los pentecónteros partan hacia allí, haz saber al gobernador de Gadir que estamos dispuestos a reunirnos para escuchar la propuesta comercial que tiene para nosotros.
La ciudad de Tiro había quedado empobrecida tras los años de asedio babilonio hasta que finalmente Nabujodonosor se erigió como máximo soberano de la ciudad tras firmar el acuerdo de paz, deponer al rey de Tiro y establecer el tributo anual que los fenicios debían pagar al monarca de Babilonia.
El auge de las colonias al otro lado del Gran Mar se vio frenado tras la caída de la capital.
La hegemonía fenicia se fragmentó y los administradores locales como Hadad, el vigente gobernador de Gadir, asumieron el funcionamiento de las ciudades, desposeídas del amparo de Tiro.
Fue entonces cuando Argantonio apuntaló la vía comercial con Focea tras unos años de contacto discreto entre ambos pueblos, con sabiduría, según algunos consejeros, o con demasiada osadía, según otros.
Argantonio llamó hermanos tanto a los próxenos como a los mercaderes foceos, e incluso les permitió asentarse a unas pocas millas de Malaca, en el Gran Mar, para crear un pequeño centro logístico de abastecimiento e intercambio.
Los barcos mercantes helenos atracaban en el puerto interior de Asta cargados con finas telas orientales, adornos de marfil y semillas de olivo, y navegaban de vuelta con las bodegas a rebosar de plata y estaño, armamento de bronce y hurones para controlar las poblaciones de conejos en las islas del Egeo.
Del mismo modo que le había sucedido a Tiro con los babilonios, Focea había perdido la soberanía como polis tras la anexión de los territorios costeros de Anatolia al Imperio lidio.
De todos modos, y a diferencia de la ciudad fenicia, el cambio de poder no representó ningún contratiempo para los mercaderes foceos.
En muchos aspectos, el rey lidio Creso era más heleno que cualquier ciudadano ático.
Consultaba el oráculo y se dejaba aconsejar por sabios extranjeros.
Bajo el gobierno imperial, el modo de vida en Focea era el mismo que años atrás.
Los mercaderes pagaban sus tributos a un rey impuesto, local o extranjero.
El comercio a lo largo del Gran Mar prosperaba a medida que los foceos fundaban colonias en la costa norte.
Sin embargo, se oyeron tambores de guerra.
El rey Kuros de Anshan, tras anexionar a Persia el territorio de Media, había fijado su interés en las áreas de influencia helena en Lidia, con el consecuente acceso al Peloponeso y al Gran Mar.
Focea, del mismo modo que las polis lidias, temía la llegada de los ejércitos persas.
Las buenas relaciones entre Focea y Tarteso estaban a punto de reforzarse tras la entrega de los pentecónteros.
Ajenas a las tribulaciones de sus respectivos padres, el gobernador y el rey, Raha descansaba con su prima Saore en el patio central del palacio de Ataralki.
Raha esperaba ansiosa cada vez que iba su prima favorita a la ciudad, y la agasajaba con fruta fresca.
No obstante, consideraba a Saore una confidente, una amiga, pese a que ella no tuviera demasiadas cosas que contar.
Habían nacido con pocos meses de diferencia y ambas estaban acostumbradas a asistir desde pequeñas a recepciones y ceremonias religiosas.
Físicamente, compartían algunos rasgos, como los ojos castaños y almendrados, o el pelo largo y oscuro separado de manera natural en suaves ondulaciones.
Sin embargo, Raha tenía una complexión física un tanto más delicada y no contaba con un rostro tan bronceado como el de Saore, fruto de las horas al aire libre con su institutriz.
Raha era más comedida en gestos y palabras que la princesa.
El gobernador había elegido una educación más sencilla y pragmática para todas sus hijas, basada en la ética religiosa y las costumbres locales.
Por un lado, Raha admiraba a su prima por el sinfín de historias que había aprendido de Anthousa; sin embargo, se empequeñecía cuando Saore argumentaba cada una de las preguntas que Raha formulaba al aire o no sabía cómo continuar los debates que proponía su prima.
Disfrutaban del buen tiempo en el patio descubierto cuando vieron en uno de los accesos a un hombre enjuto custodiado por dos sirvientes de Ataralki.
La presencia del visitante parecía llevar consigo una sombra oscura, una nube perenne de tormenta en el mar.
Mantenía la cabeza gacha, cohibido por la presencia de las niñas.
Su rostro permanecía escondido tras una barba negra y espesa que empezaba a crecer más arriba del pómulo.
El pelo, también moreno y muy rizado, estaba ensortijado a la altura de la nuca.
Vestía una túnica de lino que alguna vez fue blanca, y se cubría con un chal de lana ajado de manera insistente.
A Saore le llamó la atención su aspecto descuidado en un lugar como el palacio del gobernador de Tarteso, pero también la manera solemne con la que se le recibió.
El propio Ataralki apareció en el patio con actitud amigable hacia el invitado.
Tras el saludo, lo agarró con delicadeza del codo para acompañarlo hacia la sala de audiencias.
Raha se quedó mirando a Saore, impaciente porque su prima le preguntara quién era aquel personaje extraño, pero ella no pronunció ni una palabra.
—Es Lirnestaakun, el farero —respondió Raha a la pregunta que hubiera querido que formulara Saore—. Es un hombre huraño, que vive en el faro con su único hijo. Habla muy poco y asiente mucho.
Saore seguía en silencio, con la mirada fija en la puerta de la sala de audiencias de su tío Ataralki. El farero real estuvo poco tiempo reunido en el interior, pues, a su partida, las niñas todavía comían la fruta que había preparado el servicio del gobernador.
Lirnestaakun no salía del faro nada más que el tiempo indispensable, tan solo cuando el gobernador o el mismo rey lo requerían.
Mandaba a su hijo Gharatar hasta Asta en una barca de pesca para abastecerse de los víveres que adquiría en el mercado y las ánforas de vino de las que daba cuenta su padre a lo largo de la jornada en la torre vigía.
Lirnestaakun abandonó la residencia de Ataralki con la mirada baja, del mismo modo que había llegado.
Saore pudo fijarse de soslayo en los ojos de aquel cuya única tarea era vigilar la entrada al reino.
La sangre irrigaba los alrededores de las pupilas como los meandros del río cuando confluyen en el delta.
Aquel hombre envuelto en sombras estaba enfermo, pensó Saore.
Días después, el próxeno Agathon se presentó sin previo aviso en el palacio de Ataralki.
Había llevado a cabo la función de máxima distinción diplomática representando a Focea en diferentes ciudades occidentales del Gran Mar hasta acabar en el remoto rincón que era Tarteso.
Cruzó el patio del palacio del gobernador hasta llegar a la sala de audiencias, pese a que Ataralki no esperaba su visita.
Se levantó de su silla en cuanto vio la indignación del foceo, que palmeó con furia la mesa de su anfitrión.
—¡Exijo una explicación de inmediato! —gritó a pocos dedos de la cara del gobernador, que desconocía el motivo de tal enojo.
Ataralki instó a Agathon y a Irenio, el joven asistente del próxeno, que los observaba con expresión hierática desde el quicio de la puerta, a que tomaran asiento en la mesa de recepción y mandó a un criado que llevara una jarra de agua fresca para aquellos espontáneos invitados.
Una vez serenados los nervios de Agathon, formuló su queja y exigió una rápida respuesta a tal afrenta por medio del gobierno de Tarteso.