Capítulo 2
Asta, la capital del reino de Tarteso, se hallaba a poco más de una hora en barca de Isla de Gerión, la pequeña isla donde residía la familia real.
La ciudad contrastaba en todos los sentidos con Isla de Gerión.
Desde su cámara, Saore podía distinguir los brillos de un lugar cuyas gentes no parecían descansar jamás.
Las luces de fraguas, tabernas y lumbres del hogar hacían de Asta un paisaje humano tan diverso que a la niña la atraía y repelía a partes iguales.
Saore visitaba con frecuencia la ciudad, pero aquella sería la segunda vez que lo haría en calidad de comitiva real, junto a sus hermanos, Hiram y Abissabar.
Nora y Anthousa se habían quedado en la isla a petición de Argantonio al considerar que la pequeña todavía era demasiado joven para presenciar formalmente la importante transacción que estaba teniendo lugar entre foceos y tartesios.
Eran tiempos de cambios en el reino. Argantonio ya no era el vigoroso rey de antaño, aquel que había desconcertado a los gobernadores de las ciudades de Tarteso cuando abrió las puertas del reino a negociaciones con diplomáticos y comerciantes helenos de la mano de aquel marinero de la isla de Samos que prometió llevar el nombre de Tarteso a lo largo del Gran Mar.
Ahora Argantonio quería asegurarse de que sus hijos e hija fueran conscientes de los nuevos aires que tomaba su reinado, integrándolos en el funcionamiento del gobierno a medida que los veía capacitados para asumir alguna tarea diplomática, de consejo o, como en este caso, de acompañamiento formal.
Hiram y Abissabar ya eran dos muchachos versados en ese tipo de actos.
Hiram, que había cumplido los dieciséis años hacía pocas semanas, era el príncipe heredero del trono de Tarteso.
Era un chico estilizado y atractivo, de rostro armonioso con ciertas líneas afeminadas en los labios y la barbilla, pero cubierto en su totalidad por una barba cerrada de vello suave y castaño.
Abissabar, sin embargo, era un año menor, pero aún conservaba el aspecto prepuberal de quien todavía no ha desarrollado las gracias del cuerpo de adulto.
Mostraba buenas maneras y una mirada clara; por eso la corte le auguraba un próspero futuro al lado de su hermano Hiram una vez que a este lo coronaran como el nuevo rey de Tarteso.
Los dos príncipes adoraban a sus hermanas, pero Hiram asumía un papel más protector con ellas.
Aquella especie de paternalismo que se había impuesto el primogénito hacía que Saore se sintiera más cercana a Abissabar, que tenía un carácter más risueño y menos rígido, más prudente en las conversaciones; podría confiarle cualquier secreto sin miedo a que su hermano tuviera la descortesía de desvelarlo a algún adulto.
Argantonio se había asegurado de que los cuatro hermanos crecieran juntos en el palacio residencial para forjar entre todos los fuertes vínculos de la familia.
Pese a que todavía eran demasiado jóvenes, el rey conocía las virtudes y los defectos de sus hijos.
Hiram aún era impulsivo e irreflexivo en exceso, a diferencia de Abissabar, pero tenía la misma nobleza de Argantonio al anteponer el bienestar de los suyos a cualquier provecho personal.
Y, en cuanto a Saore, era sabido que Argantonio sentía una debilidad desmesurada por su primera hija.
La profecía del oráculo regresaba de vez en cuando del mismo modo que lo hacían las grullas con la llegada del buen tiempo.
Las palabras de la sacerdotisa retumbaban en los oídos del rey: «Hija de la sangre de la diosa, guiará a su pueblo hacia el origen y la paz».
Saore había nacido hacía doce otoños y, aunque todavía era una niña, todos hablaban de su gran parecido con la difunta reina.
Ella no conservaba ningún recuerdo de su madre, pero en los grabados que mandó realizar Argantonio para sus funerales Saore veía una mujer de ojos grandes, cejas pobladas y pómulos marcados.
Una punzada de narcisismo la invadía entonces y se enorgullecía de que, pasado tanto tiempo, se siguiera alabando la belleza de la reina de la que, tarde o temprano, sería heredera.
La princesa ya caminaba con el porte altivo de Argantonio, con la barbilla en alto y el cabello oscuro recogido parcialmente con horquillas de marfil a la altura de las orejas.
El rey veía en la forma de hablar de su hija las maneras dulces de su esposa y, en cierto modo, también la simpatía y el juicio de Anthousa.
Cuando Saore sonreía, mostraba el diastema entre los incisivos y su rostro quedaba estancado en el recuerdo de los primeros años de niñez.
La chiquilla solía despertar afectos entre los sirvientes de la residencia real y los funcionarios del reino, pero también entre la gente corriente con la que trataba de manera ocasional.
Aquella mañana partieron de Isla de Gerión con las primeras luces del día.
El rey había pasado la mayoría de las últimas jornadas en Asta, pernoctando en la residencia real de la capital.
Sin embargo, los detalles postreros de la importante transacción estaban legitimados y Argantonio llevaba dos noches durmiendo en la isla junto a su familia.
Desde el agua, el paisaje era un conjunto de llanuras fértiles bordeadas de pequeñas colinas y, en la posición más elevada, aparecía tras las brumas de la mañana la capital del reino.
El acceso hasta el puerto comercial se llevaba a cabo con maestría cuando se trataba de barcos de gran eslora, pues se debía sortear en un primer momento la irregular línea de costa y atravesar el cordón litoral formado por bancos de sedimento.
En el puerto esperaba Ataralki, el gobernador de la ciudad, vestido con su habitual túnica plisada y cofia teñidas en púrpura, y destacaba entre los demás asistentes a la bienvenida del rey a la ciudad.
A Saore no le gustaba el gobernador de Asta.
Ataralki era un hombre de noble linaje emparentado con la familia real por su matrimonio con la hermana menor de Argantonio.
Saore sabía que su padre depositaba toda su confianza en él y que el hombre llevaba las finanzas de la ciudad y los pequeños núcleos poblacionales de los alrededores con perfecta eficiencia.
Sin embargo, le despertaba cierta antipatía que el funcionario jamás quisiera dirigirse directamente ni a ella ni a los príncipes, ni tan siquiera por pura formalidad.
Aquella sería la segunda vez que Saore visitaría Asta en calidad de comitiva real porque, días atrás, Argantonio la había mandado embarcar con los príncipes para examinar la partida de pentecónteros que se estaba construyendo en las atarazanas reales, donde trabajaban a un ritmo frenético día y noche.
Saore quedó sorprendida por el gran número de navíos varados en la arena de la playa, por la puerta con salida al mar.
Como era habitual, Ataralki procedía con las explicaciones pertinentes sobre el ritmo de trabajo y la logística alrededor de la venta de los navíos.
Los astilleros se detenían de improviso ante la presencia del rey y su comitiva para hacer una reverencia y luego proseguían con sus ocupaciones.
El ingeniero jefe de las atarazanas presidía junto a Ataralki el séquito, por detrás de Argantonio.
Saore recibió así la primera clase de estrategia bélica de su vida.
El pentecóntero se construía en los astilleros de Tarteso desde hacía décadas, cuando Argantonio subió al trono tras la repentina muerte de su padre.
Se trataba de un barco de eslora menor que la de los navíos tartesios que llevaban a cabo las travesías hasta las Casitérides, ligero a la hora de maniobrar y de calado pequeño para llevarlo a tierra con rapidez.
A Saore y a los príncipes, acompañados del ingeniero, se les permitió subir a la cubierta de uno de los barcos que todavía permanecían en el interior.
«Aquí, frente a la escotilla, se coloca el timonel al control de las espadillas y, a lo largo de ambos costados, un total de cincuenta marineros impulsan el barco a golpe de remo», les contó el ingeniero.
La popa estaba diseñada para facilitar el varado sobre la arena y protegerse del embate de las olas; la altura superaba en algunos dedos la de la proa del barco y se curvaba sobre sí misma.
Como la cola de los camaleones que caminaban en las dunas de la playa, se dijo Saore.
El ingeniero, ayudado por cuatro trabajadores, desmontó el mástil mayor ante la sorpresa de la niña y los adolescentes:
—Una vez plegada la vela, el mástil es fácilmente abatible.
De este modo, se puede dejar en tierra firme para facilitar las operaciones de combate.
Altezas, mirad hacia aquí. —El ingeniero señaló en dirección al espolón de bronce que coronaba la proa con forma de cabeza de jabalí de ojos y colmillos desproporcionados—.
Cuando el barco acomete al enemigo, el espolón queda encajado en la cubierta y facilita de este modo el abordaje.
La partida de pentecónteros aguardaba en la playa de las atarazanas a la espera del recibimiento de los marineros foceos que la escoltarían hacia el Egeo. Cuarenta y siete navíos de guerra preparados para defenderse de las ofensivas de las tropas del rey Kuros, [1] al que ya apodaban el Grande.
Mientras tanto, en el salón de audiencias del palacio real de Asta, Argantonio esperaba con Ataralki la comparecencia de Agathon, el próxeno foceo en Tarteso, que residía en la ciudad con su joven asistente desde que había empezado la construcción de la nueva flota de barcos.
El gobernador, de naturaleza inquieta por defecto, estaba más nervioso de lo habitual.
Sujetaba la copa de vino con ambas manos, pero no llegaba a acercarla a los labios para beber.
Argantonio rompió el silencio entre ambos:
—Entiendo tu postura, querido Ataralki, y también que quieras abordarlo con prudencia.