La portadora de la luz Capítulo 1
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La portadora de la luz

La portadora de la luz

Por Anna Brunet

© inepub.com

Capítulo 1

—¡Yo cazaré la mosca de plata! —gritó Anthousa estirando los brazos hacia delante.

—Tú la cazarás, pero no la atraparás —contestaron a la vez Saore y Nora.

Las dos niñas empezaron a zumbar imitando el sonido de una mosca alrededor de su mathetria , la institutriz helena que el rey Argantonio había designado para que se hiciera cargo de su educación.

Anthousa intentaba alcanzarlas en vano, con cuidado de no tropezar.

Seguía el rastro de la risa de las princesas, que pretendían que se metiera dentro del agua para despistarla.

Nora era una chiquilla dulce de diez años, dos menos que su hermana.

Quiso tirar de la tela de la túnica de la mujer para que no atrapara a Saore, pero aquella pequeña sacudida fue su perdición, pues Anthousa se giró veloz y cogió en brazos a la criatura.

La mujer se quitó la venda de los ojos y pidió descansar sobre la arena unos minutos para recuperar el aliento y respirar con normalidad.

Anthousa era partidaria de impartir muchas de las lecciones de las princesas Saore y Nora al aire libre, como había hecho años atrás su mathetria , Corina, con ella y sus compañeras en su Cumas natal.

La playa era uno de los lugares predilectos para estas clases, pero también los jardines de la residencia de la familia real o las dehesas emplazadas al norte de la isla, donde los animales sagrados del reino pacían sin perturbaciones.

Las jornadas al aire libre, por lo general, comprendían actividades físicas diversas, la lectura de poesía de autores helenos y el perfeccionamiento del arte de tocar la forminge y la pandura.

En el palacio, en cambio, las princesas tenían habilitada una cámara para que Anthousa llevara a cabo la formación en Aritmética, Retórica e Historia, asignaturas que requerían más concentración y menos creatividad.

Miró a las princesas con afecto. La mujer había dejado de ser joven hacía lustros.

Eso decía su mirada: los párpados se habían vuelto con los años más grandes y pesados; las bolsas bajo los ojos, más oscuras, y las pequeñas arrugas de expresión se asemejaban al rastro de las olas al despedirse de la fina arena de la orilla.

Sin embargo, Anthousa no envejecía como lo hacían las otras mujeres, pues su carácter jovial se colaba por todas las estancias de la residencia de Argantonio en Isla de Gerión.

Anthousa era una mujer eolia de las sandalias al tocado.

Pese a la extravagancia de sus ropas en aquella tierra forastera, mandaba confeccionar sus túnicas a la manera de los peplos de Esmirna, sujetados con fíbulas sobre los hombros y, pese al buen tiempo en aquel lado del mundo, se cubría parcialmente la cabeza con un himatión de lana fina.

Sentada sobre la arena, Anthousa sacó la forminge de la bolsa de cuero y se la colocó sobre el muslo para agarrarla por uno de los brazos. Comenzó a tañer una melodía que trasladó a las dos niñas a la tierra lejana de su mathetria.

—Algunos mitos cuentan que Orfeo fue el primero en tocar la forminge, otros mencionan a Apolo como aquel que recibió esta pequeña lira de la mano de Erato. Princesa Saore, ¿recuerdas la historia de Erato?

—¡Sí! Erato la Deseada era la musa de la poesía lírica. La inspiración de Erato acompaña a los poetas para componer versos de amor y deseo, como los que cantó Orfeo a la puerta de los infiernos para recuperar a Eurídice. ¿Lo he dicho bien?

La mathetria asintió. Saore disfrutaba recitando las historias de los mitos helenos, que conocía tan bien como las tradiciones de su pueblo, los tartesios.

—Anthousa —prosiguió Saore—, he aprendido un poema muy breve para cantarlo con la forminge. ¿Me la prestas?

La mujer le acercó el instrumento a la niña y se acomodó el manto sobre los hombros. Esta acarició las cuerdas del instrumento y entonó unos acordes simples y repetitivos como acompañamiento a los versos compuestos en la lengua eolia:

Lo más bello que abandono es,

por una parte, la luz del sol;

segundo, los astros brillantes y la cara de la luna,

y, también, los maduros higos y las manzanas y las peras.

Anthousa y Nora aplaudieron una vez que Saore hubo entonado los últimos acordes de la canción.

—Princesa Saore, sigue cultivándote como hasta ahora y llegarás a ser una de las mujeres más cultas del reino.

Vosotras dos tenéis una suerte inmensa de haber nacido en un lugar como Tarteso.

Debéis ser conscientes de la situación que vive nuestro sexo a lo largo del Gran Mar.

En la tierra de donde yo vengo, las gentes se llaman a sí mismas hombres libres.

Y es cierto, pues solo los hombres gozan de libertad.

Las mujeres helenas, al menos las afortunadas a las que se les permite instruirse, como a vosotras, comparten charlas y creaciones en la intimidad del gineceo. ¿Sabéis a lo que me refiero?

Las niñas negaron con la cabeza y Anthousa prosiguió con la explicación:

—El gineceo son las estancias reservadas para el uso de las mujeres.

En ese lugar, ellas pueden expresarse, leer poesía o tocar algún instrumento sin miedo a censuras.

Lo mismo que hacemos nosotras en los jardines de palacio, o aquí, en la playa.

Princesas, las mujeres helenas son muy distintas a vosotras, tartesias y fenicias.

En Oriente, las mujeres han perdido la ingenuidad necesaria para ver la belleza de las pequeñas cosas, que son el germen de la poesía.

Todo esto a cambio de disfrutar de discretos placeres en la oscuridad de la vida privada, una vez libres de las ocupaciones domésticas.

En el rostro de la mathetria , luminoso por costumbre, se había asentado una penumbra que llamó la atención de las niñas.

Pese a lo insólito que era esto y debido al tono adusto en la voz de la mujer, las dos niñas escuchaban con atención todo lo que Anthousa decía.

Para ellas, la institutriz era una fuente de sabiduría.

Jamás vacilaba a la hora de aclarar las dudas que pudieran plantearle y siempre encontraba una respuesta adecuada para la edad y el entendimiento de las niñas.

Tan solo evitaba entrar en detalles cuando le preguntaban por qué no quería volver a la tierra que la había visto nacer, y, de buen humor pero esquiva, siempre contestaba que en el reino de Tarteso tenía todo aquello a lo que aspiraba.

¡Incluso podía beber vino de miel en las celebraciones!

Aquella tarde en la playa, antes de que el cielo se hubiera teñido de los colores del atardecer, Saore y su hermana se sintieron unas privilegiadas.

Les explicó que las eolias, como ella, y también las dóricas gozaban de más laxitud en sus costumbres y educación que las áticas, pero que esa libertad la manifestaban en el interior del hogar.

Ellas dos, tarde o temprano, desempeñarían un papel importante en la corte de Argantonio, junto a los príncipes Hiram y Abissabar.

En la tierra de Anthousa, sin embargo, el destino de la mujer era vivir tutelada por su padre u otra figura masculina hasta pasar a depender del marido, por lo que, de una manera u otra, siempre iba a ser considerada una niña a ojos de la sociedad.

El ocio de la mujer noble helena fuera del gineceo se limitaba a visitar a amigas casadas y, en ocasiones, a asistir a alguna ceremonia religiosa.

El aya abrió la bolsa y les ofreció a las niñas un puñado de higos secos antes de reanudar la conversación.

Ellas, de vez en cuando, hacían alguna pregunta para asegurarse de que estaban entendiendo lo que la mathetria les contaba.

¿Y una mujer que no tiene padre, ni hermanos, ni marido ni hijos…

? ¿De qué sirve leer a Homero en la intimidad?

Anthousa contestaba que la libertad de pensamiento era un concepto que no podía retenerse entre las paredes del gineceo y que, aunque una mujer estuviera condenada a la vida dentro del hogar, seguía siendo muy importante embellecer el cuerpo y la mente.

—Saore, Nora, recordad que la belleza del cuerpo es el reflejo del alma que llevamos dentro.

—Y, si la mujer helena vive de esta manera, ¿cómo es que tú sabes tanto de todo? —preguntó la pequeña Nora, poco acostumbrada a que su institutriz le abriera el corazón a nadie.

—¡Sí, cuéntanos eso! Háblanos de tu mathetria, Anthousa!

La mente de Anthousa atravesó el lago de Tarteso y viajó a través del Gran Mar hasta llegar a Cumas.

No recordaba la fecha exacta, pero dedujo que habría sido en uno de los años de la olimpiada quincuagésima segunda, cuando el kurios de Anthousa, un hermano de su madre, la envió a una villa en las afueras de la ciudad, aislada del ajetreo de la polis y cerca del río Caicos.

En ella vivía Corina, una mujer sin esposo, acompañada de una corte de pupilas de noble linaje.

En su villa, Anthousa aprendió todo lo que ahora transmitía a las hijas del rey Argantonio.

Durante años la educaron en valores que la ayudaron a desarrollar su individualidad como mujer y ciudadana, aunque no tuviera derechos reconocidos.

Su mathetria , Corina, era una mujer sin igual.

A ella misma la instruyeron, junto a otras jóvenes, en la cercana isla de Lesbos, en el culto al espíritu y en la afabilidad de sus modales.

Su tutora fue el germen que enraizó con fuerza en sus pupilas y en las pupilas de estas, como Anthousa.

Vivió aquellos años con sus compañeras, rodeadas de aristócratas que viajaban a Cumas procedentes de todos los rincones de la Hélade, y no vio un solo varón hasta que su kurios la mandó recoger una vez finalizada su educación.

—¿Y luego qué pasó? ¿Viviste en un gineceo de esos, como lo que has contado antes? —inquirió Saore.

—En efecto, princesa. Cuando abandoné la villa, pasé a vivir tutelada de nuevo. Y, guardad el secreto —les dijo Anthousa bajando la voz con fingida intimidad—: no he vivido en un gineceo, sino en tres.

Las niñas la miraron sin entender, hasta que Saore preguntó:

—¿Es que tal vez has estado casada? —Anthousa asintió con una sonrisa en los labios—. ¿Y dónde está tu marido?

Las últimas sombras en el rostro de Anthousa desaparecieron después de escuchar la inocencia con la que la niña le preguntaba por su pasado.

Ya había recuperado por completo el buen humor con el que había bajado a la playa.

Se colocó la forminge de nuevo sobre los muslos y rasgó distraída las cuerdas de aquella especie de cítara.

—Princesas, esa es una historia muy larga para contarla ahora que el sol va a empezar a esconderse en breve por la bahía.

Además, no creo que ya os interese saber nada sobre estos temas.

Y yo prefiero enseñaros una oda que compuso Safo, la mathetria de mi mathetria , y que habla sobre cuán importante es cuidarnos entre nosotras.

Este es el estribillo que cantaremos las tres juntas:

Cantar ahora quiero

estos tiernos cantares

a mis dulces amigas

para templar mis males.

Anthousa, Saore y Nora entonaron la composición en la playa.

Las niñas bailaron sobre la arena dorada, cogidas de las manos.

Una vez que el sol tiñó el cielo y el agua del lago de naranja ardiente, la luz del faro de Tarteso inició su parpadeo y las tres emprendieron el corto camino de vuelta al palacio.