La Plaga Austral LA CAÍDA
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LA CAÍDA

LOS QUE FALTABAN

Urgencias había caído. El resto del hospital todavía resistía por sectores, pero la separación entre ambos estados era cada vez más difícil de sostener.

Al otro lado de una puerta interna se escuchaban golpes, alarmas y personas corriendo. Nicolás miró a los que habían conseguido refugiarse con él: Marcela, Verónica, Lorena, Eduardo, Sebastián, Esteban y el doctor Tomás Aguilera.

Francisca y Mónica habían quedado en cirugía menor con pacientes que no podían mover.

Paula y Teresa habían sido vistas por última vez ayudando a trasladar a dos personas inmóviles.

Constanza se había separado del grupo durante la irrupción en urgencias.

Claudia había abandonado admisión cuando el acceso principal dejó de ser seguro.

—Nos falta demasiada gente —dijo Marcela.

—Y no sabemos quién puede cruzar esos pasillos —respondió Aguilera.

Nicolás miró la puerta. No había una forma segura de volver a urgencias. Tampoco podían quedarse encerrados indefinidamente.

—Primero tenemos que saber qué sectores siguen operativos.

EL HOSPITAL SE DIVIDE

Los teléfonos internos comenzaron a sonar desde distintos servicios.

Algunas llamadas entraban. Otras se cortaban antes de establecerse.

Pediatría mantenía sus puertas bloqueadas.

Obstetricia había restringido el acceso.

Medicina pedía instrucciones. Desde otro sector informaron de una persona desorientada golpeando una puerta.

Marcela respondió las llamadas que pudo. No había una jefatura presencial que asumiera el control del edificio.

—Mantengan a los pacientes dentro de sus servicios. No abran hacia corredores comprometidos.

Desde medicina preguntaron si habría evacuación.

—Todavía no —respondió Nicolás.

—¿Y si entran?

Nicolás miró a Aguilera.

—Cierren el acceso y mantengan a los pacientes alejados del corredor.

La llamada terminó.

—No tenemos un plan de evacuación —dijo Aguilera.

—Todavía no.

—Entonces estamos comprando tiempo.

—Sí.

MATÍAS CÁRDENAS

El sistema interno todavía mostraba datos del box donde había quedado Matías Cárdenas. Nicolás reconoció el nombre en una pantalla, aunque la información llegaba de forma irregular.

—Está solo.

—No sabes eso —respondió Aguilera.

—Precisamente.

Nicolás intentó comunicarse por teléfono con el sector lateral. Nadie contestó. Volvió a mirar la puerta.

Aguilera se colocó delante antes de que Nicolás pudiera acercarse.

—No vas a cruzar ahora.

—Es mi paciente.

—Y hay infectados en ese corredor.

Un golpe fuerte se escuchó al otro lado. Nicolás no abrió.

PEDIATRÍA

Pediatría consiguió comunicarse por una línea interna. El problema no había entrado desde afuera. Ya estaba dentro del servicio.

Había varios niños con fiebre y lesiones cutáneas. Una niña permanecía somnolienta. Otro paciente estaba desorientado. Un tercero había presentado un episodio convulsivo sin lesiones externas graves.

—¿Antecedentes familiares? —preguntó Nicolás.

—Sí. En varios hay familiares enfermos o contactos vinculados con La Recta.

Aquello terminaba de ampliar el mapa del brote. Ya no se trataba solo de adultos que habían asistido a una feria. La enfermedad estaba entrando a los hogares.

—Tenemos que llegar hasta ellos —dijo Marcela.

—El corredor no está despejado —respondió Aguilera.

—No podemos dejarlos aislados para siempre.

—No. Pero tampoco podemos perder al único grupo médico que todavía puede moverse.

OBSTETRICIA

Obstetricia informó por teléfono que tenía más pacientes sospechosas que al inicio del cierre. Una embarazada presentaba fiebre y lesiones cutáneas. Los controles obstétricos mostraban alteraciones que preocupaban al equipo. Otra paciente había referido disminución de movimientos fetales.

—Todavía no podemos hablar de transmisión fetal —dijo Nicolás.

—No está confirmada —respondieron desde el servicio—. Pero tenemos que considerarla.

Aguilera esperó a que terminara la llamada.

—¿Eso también?

—Es una posibilidad. Nada más.

—Entonces que siga siendo una posibilidad hasta tener evidencia.

—De acuerdo.

AFUERA

La caída de urgencias comenzó a tener consecuencias en toda la ciudad. Las primeras versiones circularon por teléfonos y redes sociales: disparos en el hospital, pacientes atacando al personal, Carabineros heridos, urgencia cerrada.

Algunas versiones hablaban de decenas de muertos. Otras aseguraban que el hospital completo había sido tomado. Ninguna era exacta, pero bastaron para cambiar el comportamiento de la gente.

Las filas aumentaron en estaciones de servicio y supermercados. Algunas personas intentaron salir de Coyhaique. El tránsito se volvió más lento y una ambulancia tuvo que modificar su ruta porque varios vehículos bloqueaban parcialmente una calle cercana a un comercio.

El hospital ya no era el único servicio sobrepasado.

EL CARRO CELULAR

Los funcionarios que permanecían fuera de urgencias comenzaron a comprender la dimensión del error cometido antes. Varias personas contenidas por conducta agresiva habían sido introducidas en el carro celular como si el problema fuera únicamente de orden público.

Uno de los detenidos desarrolló fiebre evidente. Otro comenzó a desorientarse. Después uno intentó abalanzarse sobre quienes estaban junto a él. Cuando finalmente consiguieron sacar a los ocupantes con apoyo suficiente, un carabinero observó las lesiones de uno de los hombres.

—Estos son pacientes.

—Hace media hora estaban golpeando las puertas.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

El funcionario que había disparado dentro de urgencias permanecía apartado. Su compañero había muerto y él había estado expuesto durante el ataque. Por primera vez comprendió que salir del edificio no significaba estar fuera de riesgo.

UNA VENTANA

Carabineros consiguió recuperar temporalmente un acceso secundario y un funcionario llegó hasta la puerta donde estaba el grupo de Nicolás. No podían garantizar todo el trayecto, pero habían despejado una parte del corredor que llevaba hacia pediatría.

—Es ahora o no sabemos cuándo —dijo el funcionario.

Nicolás, Aguilera, Eduardo, Sebastián y Esteban salieron con él. Marcela, Verónica y Lorena se quedaron organizando a los pacientes del sector protegido.

El hospital parecía otro. Una camilla estaba volcada en medio del pasillo. Había material clínico en el suelo y una puerta tenía el vidrio roto. Las alarmas seguían activadas sin que nadie respondiera a ellas.

No había cuerpos por todas partes. No hacía falta. Lo más difícil era no saber quién estaba detrás de cada puerta.

Eduardo escuchó una voz dentro de una habitación cerrada.

—¿Quién es?

—Personal de urgencias.

—No vamos a abrir.

—No abran. Manténganse ahí.

Siguieron.

TERESA

Encontraron a Teresa sentada contra una pared, junto a un paciente en una silla de ruedas. Tenía las manos temblorosas, pero estaba consciente.

—¿Dónde está Paula? —preguntó Eduardo.

Teresa miró hacia el corredor por el que acababan de pasar.

—Venía conmigo.

—¿Dónde quedó?

—Estábamos moviendo a dos pacientes. Se abrió una puerta más atrás. La gente empezó a correr. Yo alcancé a cruzar con él. Paula se quedó ayudando al otro paciente.

Nicolás miró hacia el corredor. El funcionario de Carabineros negó con la cabeza.

—Ese tramo todavía no está despejado.

—Tenemos que volver por ella —dijo Teresa.

—Sí —respondió Nicolás—. Pero no ahora.

Teresa apretó las manos sobre las rodillas. No discutió.

CONSTANZA

Unos metros antes de pediatría escucharon golpes desde un pequeño cuarto de apoyo. No eran golpes violentos. Tres toques, una pausa y otros tres.

El funcionario se acercó con cautela. Nicolás reconoció la voz desde adentro.

—Soy Constanza. Estoy sola.

Abrieron cuando comprobaron que el corredor inmediato estaba despejado.

Constanza salió pálida y agotada. Había logrado abandonar al paciente con el que quedó aislada cuando este comenzó a desorientarse y a levantarse de forma impulsiva. Cerró una puerta entre ambos y se escondió en el cuarto de apoyo.

—¿Te alcanzó? —preguntó Nicolás.

—No.

—¿Te mordió?

—No.

—¿Tuviste contacto con secreciones o sangre?

Constanza tardó en responder.

—No puedo asegurarlo.

Nicolás miró a Aguilera.

—Cuando salgamos, se evalúa aparte.

Constanza asintió. Estaba viva, pero su exposición quedaba sin resolver.

LOS NIÑOS

Llegaron a pediatría. La puerta estaba cerrada y el personal solo abrió cuando reconoció a Nicolás.

Dentro no había carreras ni disparos. El miedo era distinto. Los pacientes estaban separados según gravedad y los adultos permanecían junto a ellos sin saber qué estaba ocurriendo en el resto del edificio.

Una madre se acercó.

—Doctor, ¿qué pasa afuera?

—Hay una emergencia dentro del hospital.

—Escuchamos disparos.

—Hubo un incidente en urgencias.

—¿Podemos salir?

—Ahora no.

Sebastián evaluó a un niño con compromiso respiratorio. Nicolás revisó a la paciente que había presentado la convulsión. Aguilera recorrió el servicio y observó las salidas disponibles.

—No podemos sacar a todos por el mismo corredor.

—No.

—Y si ese acceso vuelve a perderse, quedan encerrados.

—Lo sé.

PAULA

Durante el regreso hacia el sector protegido, Carabineros había recuperado parte del tramo donde Paula se había separado de Teresa. Un funcionario esperaba junto a una puerta lateral.

No hizo falta que dijera nada. Nicolás vio una camilla contra la pared y un cuerpo cubierto con una sábana.

Teresa se detuvo.

—¿Es ella?

El funcionario asintió.

Paula había sido encontrada sin signos de vida junto al paciente al que intentaba ayudar. No hubo tiempo para reconstruir exactamente lo ocurrido.

Teresa bajó la mirada. Eduardo se quedó a su lado durante unos segundos.

—Tenemos que seguir —dijo Aguilera.

Nicolás miró la sábana una última vez y continuó.

SEIS LAGUNAS

Fernanda Oyarzún regresó al predio cuando las condiciones permitieron hacerlo. Esta vez no iba sola. La investigación ya no era exclusivamente veterinaria.

Patricio Mella la esperaba cerca de las instalaciones.

—Encontramos a Tano.

El perro estaba muerto cerca de un curso de agua. A poca distancia había restos del saco que Matías había utilizado para guardar el visón.