La Plaga Austral URGENCIA #2
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URGENCIA #2

Nicolás se acercó. Entonces el monitor cambió. El sonido fue inmediato. Nicolás comprobó al paciente.

—Pulso.

Nadie contestó. Volvió a verificar.

—No hay pulso.

La respuesta del equipo fue automática. Se activó la alarma interna de paro. Esteban inició las compresiones. Aguilera se colocó al otro lado. Sebastián continuó en la vía aérea. Verónica coordinó el material necesario. Lorena consiguió el acceso vascular. Nicolás observó el monitor.

—Fibrilación ventricular.

Miró a Eduardo.

—Desfibrilador.

Eduardo ya estaba preparándolo.

—Listo.

Se realizó la descarga indicada. Esteban reanudó inmediatamente la reanimación. El monitor continuó mostrando un cuadro crítico.

Sebastián fue el primero en ver el cambio.

—Nicolás.

Rojas seguía concentrado en la reanimación.

—Dime.

—Está saliendo líquido.

Nicolás miró. Habían aparecido secreciones anormales por boca y nariz. También había humedad sanguinolenta en torno a los pabellones auriculares. No era abundante al principio. Después aumentó. Sebastián se quedó mirando.

—Cada vez hay más.

—Continúa —ordenó Nicolás.

La reanimación no se detuvo. La piel del paciente comenzó a mostrar un moteado violáceo mucho más evidente. Las lesiones del cuello y los brazos parecían deterioradas. Verónica percibió algo.

—¿Sienten eso?

Aguilera levantó la cabeza. Había aparecido un olor fuerte. Fétido. No correspondía a lo que esperaban encontrar en un paciente que acababa de sufrir un paro. Eduardo miró hacia Nicolás. Nadie comentó nada. Continuaron.

Se realizó una nueva evaluación. No había recuperación. Siguieron los esfuerzos de reanimación. El resultado no cambió. Nicolás observó el monitor. Después al paciente. Volvió a comprobar. Nada. Sabía cuándo una reanimación dejaba de tener una posibilidad razonable de éxito.

—Detengan.

Esteban dejó de comprimir. Sebastián permaneció en la cabecera. El silencio dentro del box fue casi inmediato. Nicolás miró nuevamente al hombre. Habían atendido muertes antes. Ninguno de ellos era ajeno a eso. Pero aquello no era normal. Aguilera fue el primero en hablar.

—¿Hora?

Verónica registró el término de la reanimación. Nicolás preguntó:

—¿Sabemos si hay familia?

Eduardo negó.

—No venía nadie.

—Claudia puede revisar.

—Lo haré.

Nicolás miró a los demás.

—Cúbranlo.

Colocaron una sábana sobre el cuerpo.

El equipo comenzó a retirarse. Nicolás permaneció allí. Marcela apareció en la puerta.

—¿Qué pasó?

—No respondió.

Ella miró hacia la camilla. Nicolás salió al pasillo y la llamó discretamente.

—Marcela.

—¿Sí?

Bajó la voz.

—¿Tenemos bolsas para cadáver?

Marcela lo miró.

—Sí.

—Necesito una.

—¿Ahora?

Nicolás volvió la cabeza hacia el box.

—Quiero que ese cuerpo quede aislado.

Marcela entendió.

—¿Crees que sigue representando riesgo?

—No sé cómo se transmite esto.

—Epidemiología todavía no define nada.

—Por eso.

Nicolás habló más bajo.

—Hasta que nos digan lo contrario, nadie manipula ese cuerpo sin protección.

Marcela asintió.

—Voy.

Antes de alejarse volvió a mirar el box. La sábana comenzaba a humedecerse en algunas zonas por las secreciones que continuaban apareciendo. No dijo nada. Se fue a buscar lo necesario.

OTRA VEZ EL HELICÓPTERO

Después de todo el ruido de reanimación, el sonido de las turbinas volvió a hacerse evidente. Eduardo levantó la cabeza. Sebastián se quedó escuchando. El helicóptero estaba aumentando potencia. Alguien dijo desde el pasillo:

—¿Irán por otro paciente?

Eduardo miró hacia la dirección del helipuerto.

—No avisaron nada.

La aeronave despegó. El sonido se alejó.

No hubo ninguna comunicación posterior inmediata.

Nadie sabía si respondía a otra evacuación, a una emergencia distinta o simplemente a una orden externa.

Pero después del paciente que acababan de recibir, la posibilidad de que fuera por otro enfermo quedó instalada.

DEMASIADOS

La cantidad de consultas siguió aumentando. Ya no había una camilla para cada persona que la necesitaba. Los catres pedidos a otros servicios comenzaron a ocuparse. Marcela llamó nuevamente a jefatura. Nada.

—Contesta...

Silencio. Guardó el teléfono. No había tiempo para insistir. Verónica se acercó.

—¿Qué hacemos con la sala de espera?

Marcela miró.

—Separar todo lo posible. Febriles y lesionados por un lado. El resto, tan lejos como podamos.

—Ya no existe “tan lejos”.

—Entonces hacemos lo que podamos.

Mónica y Constanza comenzaron a organizar pacientes en un corredor lateral.

Francisca recibió a una mujer con fiebre que apenas podía mantenerse sentada.

Esteban estaba nuevamente con otro paciente.

Lorena seguía intentando registrar antecedentes epidemiológicos.

Eduardo apenas había terminado de retirar equipo de reanimación cuando lo llamaron desde otro box.

Sebastián fue requerido por un paciente con deterioro respiratorio.

Paula e Teresa ya no alcanzaban a mantener despejadas todas las áreas.

Los llamados internos empezaron a acumularse.

Un teléfono sonó. Obstetricia. Nicolás atendió. Había una paciente embarazada con fiebre y lesiones cutáneas. Después informaron de una segunda.

—¿Antecedente con La Recta?

—Una sí. La otra vive con alguien que estuvo ahí.

Nicolás cerró los ojos.

—Mantengan el servicio cerrado y no trasladen hacia urgencias salvo necesidad crítica.

—¿Qué está pasando?

Nicolás observó su propia urgencia.

—Todavía lo estamos definiendo.

La comunicación terminó. Aguilera lo escuchó.

—¿Obstetricia también?

—Sí.

—¿Y pediatría?

—Dos sospechosos.

Aguilera miró el pasillo.

—Esto ya está en todo el hospital.

Nicolás negó.

—Los pacientes están llegando desde la comunidad. No es lo mismo.

—Todavía.

Nicolás no respondió.

CLAUDIA

Claudia apareció en la entrada interna. Marcela la vio inmediatamente. Claudia no acostumbraba abandonar admisión durante un turno con tanta demanda.

—¿Qué pasó?

—Se cayó el sistema.

—¿Admisión?

—Todo lo que estoy intentando usar. No puedo ingresar pacientes nuevos. No cargan antecedentes. Algunos registros desaparecen antes de terminar.

Nicolás se acercó.

—Pasamos a papel.

Claudia lo miró.

—Ese no es el problema principal.

—¿Qué más?

Claudia señaló hacia la sala de espera.

—Está llena.

Marcela frunció el ceño.

—Ya estaba llena.

—No. Se volvió a llenar.

—¿Cuántos?

—No sé.

Claudia respiró.

—Hay gente afuera porque ya no entra.

Desde la puerta llegó un golpe. Después otro. Claudia continuó.

—Están llegando familias completas. Muchos tienen fiebre. Algunos tienen las mismas lesiones.

Nicolás miró hacia el acceso.

—¿Seguridad?

—No da abasto.

Otro golpe. Esta vez más fuerte. Alguien gritó desde el exterior.

—¡Déjenos entrar!

Una segunda voz:

—¡Mi mamá está adentro!

Los guardias intentaban mantener las puertas controladas mientras las personas se acumulaban. Algunos buscaban atención. Otros familiares. Otros simplemente información. En medio de ellos había personas visiblemente enfermas.

Marcela miró a Claudia.

—Desde ahora registro manual.

—¿Qué anotamos?

Lorena respondió:

—Nombre, contacto, síntomas y antecedente con La Recta o con alguien que estuvo ahí.

Claudia la miró.

—No voy a alcanzar.

Lorena observó la entrada.

—Anota lo que puedas.

Por primera vez, nadie estaba hablando de mantener un registro perfecto. Solo de evitar perderlo todo.

SEGURIDAD

Un guardia entró apresurado.

—Necesitamos ayuda.

Aguilera se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Están pateando las puertas.

—¿Quiénes?

—Familiares, pacientes, no sé. Hay gente muy alterada.

—No podemos dejar que entren todos.

—Ya lo sé.

Otro golpe sacudió el acceso. Marcela miró a Nicolás.

—Necesitamos Carabineros.

Aguilera tomó un teléfono. Intentaron comunicarse. La llamada no entró. Otra persona probó. Nada.

—Otra vez.

Sin respuesta. Los números de emergencia estaban saturados.

—No puede ser —dijo alguien.

Sebastián levantó la cabeza desde el sector donde estaba trabajando.

—Intentemos por SAMU.

Marcela lo miró. Sebastián señaló el equipo de radio. Durante el turno era quien habitualmente realizaba las comprobaciones de comunicación con la base.

—Puede que ellos puedan canalizar el requerimiento.

—Hazlo.

Sebastián tomó la radio.

—Urgencia Coyhaique a Base SAMU. ¿Me recibe?

Solo estática. Esperó. Volvió a intentarlo.

—Urgencia Coyhaique a Base SAMU. ¿Me copia?

Esta vez llegó una respuesta.

—Base SAMU. Adelante, urgencia.

Sebastián miró a Marcela. Ella se acercó.

—Por favor informe a Carabineros que necesitamos resguardo en el hospital. La urgencia está sobrepasada. Hay personas golpeando las puertas e intentando ingresar. Seguridad ya no da abasto y no logramos comunicarnos por teléfono.

La radio permaneció en silencio algunos segundos.

—Recibido. Se informa el requerimiento.

Marcela preguntó:

—¿Pueden confirmar que llegará apoyo?

Otra pausa.

—No podemos confirmarlo todavía.

Sebastián bajó la radio. Aguilera preguntó:

—¿Qué significa eso?

Nicolás respondió:

—Que probablemente no somos los únicos llamando.

LA ESPERA

El apoyo no llegó inmediatamente. Mientras esperaban, la situación empeoró.

Una mujer golpeaba una puerta exigiendo ver a su hijo.

Un hombre con fiebre intentaba entrar diciendo que no podía respirar.

Otro paciente estaba desorientado y empujaba a quienes tenía delante.

Los guardias intentaban separar a unos de otros.

Desde dentro, Marcela ordenó mantener cerradas las puertas.

—Solo ingresen a quienes seguridad pueda controlar y prioricen los casos graves.

—No alcanzamos a evaluarlos —respondió Lorena.

—Lo sé.

—Hay demasiados.

—Lo sé.

Verónica se acercó desde otro box.

—Marcela.

—¿Qué?

—Matías volvió a agitarse.

Marcela cerró los ojos un segundo.

—Voy.

Matías golpeaba las barandas. Eduardo permanecía afuera del box.

—No reconoce a nadie.

Nicolás entró protegido.

—Matías.

El paciente giró. La piel estaba más violácea. Las lesiones del antebrazo habían empeorado. Matías lanzó el brazo contra la baranda. Después otro golpe. Aguilera llegó.

—Los sonidos lo están empeorando.

Desde afuera seguían escuchándose gritos. Puertas golpeadas. Alarmas. Nicolás miró a Marcela.