La Plaga Austral URGENCIA
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URGENCIA

ONCE

—Once.

Aguilera miró a Lorena.

—¿Once sospechosos?

—Hasta ahora.

Horas antes había uno. Matías Cárdenas. El amanecer no había resuelto el problema de dotación.

El relevo previsto tampoco había logrado completarse y las rutas seguían dificultando el acceso al hospital.

Nicolás y Aguilera continuaban al frente de una urgencia que ya trabajaba por encima de su capacidad.

Ahora las camillas ocupaban sectores que normalmente debían permanecer despejados y los pacientes seguían llegando.

La primera ambulancia dejó a una mujer febril acompañada por su marido.

La segunda trajo a dos integrantes de una misma familia.

Un adolescente llegó caminando detrás de ellos. Fiebre. Cefalea. Cansancio.

Una pequeña flictena en un brazo. Marcela observó la entrada.

—Sepárenlos de los demás.

Mónica y Constanza comenzaron a reorganizar el espacio.

Francisca recibió a uno de los pacientes.

Esteban desplazó una camilla hacia el sector que habían improvisado como área de sospechosos.

Paula e Teresa retiraron equipos y material innecesario del corredor.

Sebastián permaneció cerca de reanimación.

Verónica revisaba pacientes que horas antes habrían sido considerados prioritarios y que ahora estaban siendo desplazados por personas con un cuadro que nadie comprendía.

Claudia continuaba en admisión. El hospital seguía recibiendo pacientes comunes.

Traumatismos. Dolor abdominal. Crisis respiratorias. Accidentes.

El resto de las enfermedades no había desaparecido porque existiera un brote. Esa era parte del problema.

Nicolás salió del box de Matías. El trabajador permanecía nuevamente agitado.

Había tenido otro breve periodo de lucidez, pero ya no reconocía a Sergio.

Sergio seguía cerca del box. Cuando Matías volvió a mirarlo sin reconocerlo, entendió que ya no podía ayudar allí.

Patricio lo llamó desde Seis Lagunas: el predio seguía aislado y necesitaban reconstruir movimientos y contactos.

Sergio avisó que regresaría al sector rural y salió antes de que el acceso al hospital comenzara a restringirse. Marcela se acercó.

—Necesito hablar contigo.

—Dime.

—No puedo seguir metiendo pacientes aquí.

—¿Cuánto queda?

—Nada.

Nicolás miró el pasillo. Marcela no exageraba.

—¿Otro sector?

—Estoy buscando.

—¿Jefatura?

—Voy a llamar.

Marcela se alejó. Marcó el número de su jefatura directa. Esperó. No hubo respuesta. Volvió a intentarlo. Nada. Probó nuevamente.

—Vamos...

Nadie contestó. Verónica pasó cerca.

—¿Nada?

Marcela negó. Fuera del servicio todavía no parecían comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

—Nosotros tampoco.

Marcela miró hacia la entrada.

—Pero estamos acá.

Guardó el teléfono. Esperar ya no era una opción.

SIN CAMILLAS

Otro paciente necesitaba acostarse. No había dónde. Marcela llamó a un servicio hospitalario.

—Necesito camillas o catres clínicos disponibles.

La respuesta fue inmediata.

—¿Cuántos?

Marcela observó el corredor.

—Todo lo que puedan liberar sin comprometer a sus pacientes.

—¿Qué está pasando abajo?

—Tenemos múltiples personas con un cuadro infeccioso que todavía no está definido.

—¿COVID?

—No.

—¿Entonces qué?

—No lo sabemos.

Hubo silencio.

—¿Van a subir pacientes?

Marcela respondió:

—No. Y quiero que mantengan restringido el tránsito hacia urgencias.

—¿Cómo?

—Mantengan las puertas controladas. Que nadie entre desde acá hasta nueva indicación.

—Marcela, eso no lo podemos decidir nosotros.

—Yo tampoco quería decidirlo.

Miró nuevamente la urgencia.

—Pero no tenemos jefatura presencial, epidemiología sigue evaluando y los pacientes continúan llegando. Hasta que alguien nos diga algo distinto, eviten el tránsito innecesario.

La voz del otro lado cambió.

—¿Es tan grave?

Marcela tardó un segundo.

—Todavía no sé.

Después añadió:

—Por eso quiero que cierren.

Hizo otra llamada. Después otra. Los servicios comenzaron a liberar lo que podían. No llegó una solución. Llegaron recursos dispersos. Una camilla. Dos catres. Una silla clínica. Después otro catre. Era poco. Pero permitía continuar. Durante un tiempo.

Aguilera vio entrar una de las camillas.

—¿De dónde salió eso?

—Otro servicio.

—¿Cuántas más tienen?

Marcela respondió:

—No suficientes.

—¿Jefatura?

—No contesta.

Aguilera miró a Nicolás.

—Entonces estamos solos.

Marcela corrigió:

—Estamos sin jefatura presencial. No solos.

Señaló al personal trabajando en el pasillo.

—Y quiero que siga siendo así.

OTRO PATRÓN

Los pacientes no evolucionaban igual. Eso complicaba todo.

Una mujer llevaba horas con fiebre y cefalea sin deteriorarse.

Otro paciente tenía lesiones cutáneas, pero seguía completamente orientado.

Matías, en cambio, había pasado en pocas horas desde una consulta aparentemente estable a convulsiones, edema cerebral, alteraciones circulatorias y episodios neuroagresivos.

Nicolás no encontraba una progresión uniforme. Lorena se acercó con varias fichas.

—Mira esto.

—¿Qué?

—Tres viven en sectores distintos.

—¿Contacto?

—La Recta o familiares de alguien que estuvo ahí.

—¿Todos?

—No.

Nicolás la miró.

—¿Qué significa no?

Lorena señaló otra ficha.

—Esta señora no estuvo en la feria. Su hijo sí.

Otra.

—Este tampoco. Su pareja estuvo trabajando ahí.

Y otra.

—Este no sabe si tuvo contacto con alguien de La Recta, pero tiene fiebre y una lesión.

Nicolás dejó el documento.

—Ese último no lo clasifiquemos solo por parecido.

—Ya sé.

—Necesitamos separar lo que sabemos de lo que sospechamos.

Lorena asintió.

—Lo estoy haciendo.

Aguilera apareció.

—¿Cuánto tardará epidemiología?

Nicolás respondió:

—No sé.

—Cada vez dices más eso.

—Porque cada vez sabemos menos.

Una llamada interna interrumpió la conversación. Pediatría había recibido dos niños con fiebre y lesiones cutáneas. Nicolás escuchó.

—¿Antecedentes familiares?

La respuesta llegó desde el otro extremo. Sí. Uno tenía un familiar que había estado en La Recta. Del segundo todavía no tenían suficiente información. Nicolás cerró los ojos.

—Aíslenlos y mantengan el tránsito restringido. No envíen a nadie hacia urgencias salvo que sea imprescindible.

Colgó. Marcela estaba cerca.

—¿Niños?

—Dos por ahora.

Ninguno dijo nada más. Ya no necesitaban hacerlo.

EL HELICÓPTERO

El aviso llegó en medio de todo aquello. Había una evacuación aeromédica en curso. Un helicóptero de Carabineros trasladaba a un paciente grave desde un sector donde el desplazamiento terrestre estaba comprometido. Eduardo recibió la información.

—¿Qué trae?

—Adulto, compromiso grave. No tenemos mucho más.

Sebastián se acercó.

—Voy contigo.

Eduardo asintió. Necesitaban una camilla. La única disponible en ese momento estaba preparada junto a un depósito. Eduardo la revisó. Se detuvo.

—Falta una sujeción de la colchoneta.

Sebastián buscó.

—Acá no está.

—Revisa abajo.

Sebastián volvió a mirar. Nada.

—Es la única camilla disponible.

Eduardo observó el equipo.

—Así no.

—¿Qué hacemos?

—Conseguimos otra solución antes de salir. Si la colchoneta no está asegurada podemos provocar un accidente.

Sebastián asintió. Resolvieron el problema con el material hospitalario disponible de acuerdo con las condiciones de seguridad del equipo y salieron. Antes de avanzar hacia el sector del helipuerto, Eduardo habló con Sebastián.

—Cuando lleguemos, nos mantenemos juntos. No nos acercamos hasta que la tripulación nos indique que podemos hacerlo.

—Entendido.

El ruido de la aeronave aumentó mientras avanzaban.

Sebastián había trabajado con pacientes críticos muchas veces.

El entorno aeromédico era diferente. Eduardo estaba más acostumbrado.

Cuando recibieron la señal de la tripulación, se aproximaron.

Entonces vieron al paciente. Sebastián dejó de mirar la aeronave.

—Está muy mal.

Era un hombre adulto. Inconsciente. La piel mostraba extensas áreas violáceas y lesiones mucho más avanzadas que las que estaban viendo en urgencias.

No se parecía a Matías cuando había llegado por primera vez.

Se parecía a lo que Matías podía llegar a convertirse.

Eduardo comprobó rápidamente que conservaba pulso.

—Tenemos pulso.

Sebastián observó la respiración.

—La vía aérea está comprometida.

Recibieron al paciente y comenzaron el traslado hacia el interior. Durante el trayecto, Eduardo tuvo que concentrarse por completo en mantener la vía aérea mientras Sebastián vigilaba el estado general. La camilla requería movimiento constante. Al pasar cerca de la garita, Eduardo vio al guardia.

—Necesito ayuda para moverla.

El hombre salió inmediatamente. Sebastián se puso junto a Eduardo.

—Yo te apoyo acá.

El guardia tomó el desplazamiento de la camilla mientras los otros dos se concentraban en el paciente. Sebastián observó las lesiones del cuello.

—Eduardo.

—¿Qué?

—Mira la piel.

Eduardo la vio.

—Sí.

—Se parece a los de urgencias.

—Lo sé.

—Entonces viene de otro sector.

Eduardo no respondió. Todavía no sabían suficiente para sacar esa conclusión. Pero la pregunta ya estaba instalada.

REANIMACIÓN

Las puertas se abrieron.

—¡Paciente aeromédico!

Nicolás giró.

—A reanimación.

El hombre fue trasladado directamente al box.

Aguilera entró. Verónica se aproximó. Lorena comenzó a preparar un acceso vascular.

Esteban quedó cerca de la camilla. Sebastián permaneció en la cabecera.

Eduardo conectó la monitorización. Durante los primeros momentos, el paciente mantuvo actividad cardíaca.

Muy inestable. Pero presente. Nicolás examinó las lesiones.

—¿Identificación?

—Está en la documentación del traslado —respondió Eduardo.

—¿Familia?

—Nadie acompañó.

Aguilera miró la piel del hombre.

—Esto está mucho más avanzado.

Nicolás asintió.

—¿Fiebre?

—Sí.

—¿Alteración neurológica previa?

—La información es limitada.

Sebastián habló desde la cabecera.

—Tenemos un problema respiratorio importante.