EL TURNO
EL PRIMER PACIENTE
Matías miró a Sergio.
—Encontré un visón muerto.
Nicolás dejó de escribir.
—¿Dónde?
—En un bebedero de los vacunos.
—¿Lo tocó?
—Sí.
—¿Lo mordió?
—Estaba muerto.
—¿Usó guantes?
Matías dudó.
—Al principio sí.
—¿Al principio?
—Se quedó atrapado. Me tuve que sacar uno para sacarlo.
Nicolás miró nuevamente la mano.
—¿Tenía esa lesión?
—Tenía una grieta pequeña. Del frío.
Sergio intervino.
—Después empezaron las ampollas.
—Flictenas —corrigió Nicolás sin apartar la vista—. ¿Cuándo comenzó la fiebre?
—Ayer.
—¿Dolor de cabeza?
—Sí.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Vómitos?
—No.
—¿Dolor muscular?
—Un poco.
—¿Alguna convulsión?
Matías soltó una risa.
—No.
Nicolás continuó.
—En admisión dice que estuvo confundido.
Matías perdió la sonrisa.
—No estoy confundido.
Sergio habló desde atrás.
—Me preguntó varias veces lo mismo.
—Estaba cansado.
—También olvidaste por qué íbamos a Coyhaique.
Matías giró hacia él.
—Por unos segundos.
Nicolás observó a ambos.
—¿Había ocurrido antes?
Sergio negó.
—Nunca.
—¿Consume algún medicamento?
—No.
—¿Alcohol hoy?
Matías negó. Nicolás siguió preguntando.
El paciente respondió correctamente dónde estaba, su nombre, el lugar donde trabajaba y los acontecimientos recientes.
Recordaba el visón, el novillo 47 y la tormenta.
Estaba orientado. No presentaba dificultad para hablar.
No había alteraciones motoras evidentes.
La fiebre era moderada. Su presión y frecuencia cardíaca no llamaban especialmente la atención.
Si Nicolás hubiese visto solo los signos vitales y los exámenes iniciales, Matías habría parecido uno de muchos pacientes febriles atendidos durante un invierno. Las lesiones eran lo que no encajaba.
—¿Qué pasó con los animales?
Sergio explicó. El novillo 47 había enfermado antes de la tormenta. Después aparecieron otros. Seis vacunos habían muerto cerca de un alambrado tras una descarga eléctrica. El 47 había muerto separado de ellos.
—¿Veterinario?
—Veterinaria —respondió Matías—. Fernanda Oyarzún.
—¿Los revisó?
—Sí.
—¿Hay diagnóstico?
—No.
Nicolás anotó el nombre.
—¿Y los animales que estaban sanos?
Sergio respondió:
—Los mandaron a La Recta.
Nicolás levantó la mirada.
—¿A la feria?
—Sí.
EL TURNO
Urgencias seguía funcionando con relativa normalidad.
Era una noche exigente, pero todavía reconocible.
Una mujer esperaba evaluación por dolor abdominal.
Un hombre había sufrido una caída. Había pacientes con cuadros respiratorios y dos personas derivadas desde sectores rurales.
El problema principal estaba en la dotación médica.
Las condiciones de las rutas y otras contingencias habían impedido que varios profesionales programados llegaran al hospital.
En urgencias estaban Nicolás Rojas y el doctor Tomás Aguilera.
Aguilera era cirujano y en ese momento se encontraba ocupado con una emergencia quirúrgica.
Durante buena parte de las primeras horas Nicolás quedó prácticamente solo para resolver la demanda médica.
Con ellos estaban Verónica, Lorena, Marcela y Eduardo.
Francisca, Mónica, Esteban y Constanza cumplían funciones como TENS.
Paula e Teresa trabajaban como auxiliares.
Sebastián era kinesiólogo. Claudia continuaba en admisión.
No había jefatura presencial durante el turno nocturno.
Marcela llevaba buena parte de la coordinación práctica de lo que iba ocurriendo.
Hasta ese momento no había nada que justificara una alarma general.
Matías seguía siendo un paciente extraño. Solo uno.
Nicolás solicitó una evaluación amplia. Se obtuvieron muestras para hemograma, función renal, electrolitos, pruebas hepáticas, coagulación y parámetros inflamatorios, además de los estudios que consideró pertinentes para un paciente febril con lesiones cutáneas y un antecedente epidemiológico poco habitual.
Después esperaron. Matías permaneció en observación.
Con el paso del tiempo la fiebre disminuyó.
El dolor de cabeza persistía, pero era tolerable.
No volvió a presentar episodios claros de desorientación. Eduardo pasó junto a la camilla.
—¿Cómo estamos?
Matías levantó el pulgar sano.
—Quiero irme.
—Eso no depende de mí.
—Entonces dígale al doctor que estoy espectacular.
Eduardo miró las flictenas.
—No parece espectacular.
Matías sonrió.
—He estado peor.
—Esa frase siempre termina mal.
Matías soltó una risa breve. Nicolás escuchó desde el mesón. Aquello tampoco parecía el comportamiento de un paciente con compromiso neurológico grave.
Los resultados comenzaron a aparecer. Nicolás los revisó. Después volvió a revisarlos. Verónica se acercó.
—¿Algo?
—Nada que explique esto.
—¿Inflamatorios?
—Sin una alteración que me haga pensar en una infección sistémica grave.
—¿Hemograma?
—Tampoco.
Verónica observó la pantalla.
—Entonces ¿qué hacemos con él?
Nicolás miró hacia Matías.
—Lo vuelvo a evaluar.
Matías respondió correctamente a las preguntas. No había rigidez evidente ni déficit focal. El examen neurológico básico no mostraba algo que justificara una urgencia neurológica. La fiebre estaba controlada. La presión era adecuada.
—¿Cómo está la cabeza? —preguntó Nicolás.
—Mejor.
—¿Ha vuelto a olvidar algo?
Matías negó. Sergio respondió desde atrás.
—No desde que llegamos.
Nicolás miró nuevamente las lesiones. Seguían siendo anormales. Pero tampoco podía hospitalizar indefinidamente a un paciente estable únicamente porque el origen de unas flictenas no estaba claro.
—Quiero que consulte nuevamente si aumenta la fiebre, aparecen nuevas lesiones o vuelve a desorientarse.
Matías asintió.
—Perfecto.
—No he terminado.
Matías guardó silencio.
—Si presenta vómitos, dificultad para hablar, pérdida de conciencia, movimientos anormales o cualquier empeoramiento, vuelve inmediatamente.
—Vivo bastante lejos.
—Por eso se lo estoy diciendo.
Sergio preguntó:
—¿Lo va a dejar ir?
—En este momento está estable, los exámenes no muestran criterios de gravedad y no ha vuelto a presentar alteraciones neurológicas.
Nicolás añadió:
—No significa que sepamos qué tiene.
Sergio no parecía convencido. Nicolás tampoco lo estaba del todo. Pero una sensación no era un diagnóstico.
Ya era avanzada la noche. El problema era cómo devolver a Matías hasta su domicilio.
El transporte particular no era una buena opción por las condiciones de los caminos y Sergio llevaba demasiadas horas despierto.
Se coordinó su traslado en ambulancia. Mientras esperaban, Matías se puso la chaqueta.
—Mañana estoy trabajando.
Sergio lo miró.
—Mañana vas a estar en la cama.
—Apostemos.
—No.
Nicolás pasó junto a ellos.
—Yo tampoco recomendaría que trabaje mañana.
Matías levantó las manos.
—Dos contra uno.
—Tres —dijo Eduardo desde el otro extremo.
Matías sonrió. Durante unos segundos la escena fue completamente normal. Eso sería lo que más recordarían después.
La ambulancia llegó. Matías subió sin dificultad. Sergio se quedó en el hospital porque debía regresar posteriormente por otro medio y necesitaba hablar con Patricio.
—Llámame cuando llegues —dijo.
Matías hizo un gesto.
—Sí, mamá.
Las puertas se cerraron. El móvil salió. Nicolás observó cómo desaparecía desde el acceso. Marcela se acercó.
—¿El de las flictenas?
—Sí.
—¿Qué tenía?
—No lo sé.
—Gran respuesta.
—Es la respuesta correcta.
Marcela sonrió.
—Eso sí.
Después ambos regresaron al trabajo.
LA SIRENA
Pasó poco tiempo. Nicolás estaba escribiendo cuando escuchó una sirena.
No levantó la cabeza. Otra ambulancia. Nada extraordinario.
Claudia continuó atendiendo en admisión.
Lorena revisaba una ficha. Francisca y Constanza estaban terminando cuidados en distintos box.
Eduardo movía una camilla. Entonces la sirena se hizo más fuerte.
No disminuyó al acercarse. Marcela miró hacia la entrada.
El sonido terminó prácticamente encima de ellos.
Las puertas automáticas se abrieron. La camilla entró rápidamente.
El paramédico que la empujaba habló antes de que Nicolás pudiera acercarse.
—¡Doctor!
Nicolás reconoció al paciente. Matías. Se detuvo durante una fracción de segundo.
El hombre que había salido conversando poco antes ya no tenía el mismo aspecto.
Estaba muy pálido. La piel de las manos mostraba una coloración violácea irregular.
Tenía el rostro cubierto de sudor. Respiraba rápido.
Los ojos estaban abiertos, pero no fijaban correctamente la mirada.
—¿Qué pasó?
—Convulsionó durante el traslado.
—¿Cuánto duró?
—Fue breve. Después quedó desconectado y empezó a deteriorarse.
—¿Trauma?
—No.
Matías intentó incorporarse. No pudo. Nicolás habló cerca de él.
—Matías.
No hubo respuesta.
—Matías, míreme.
Los ojos se movieron hacia Nicolás.
—¿Sabe dónde está?
Matías abrió la boca. Tardó demasiado.
—Casa...
Sergio, que todavía permanecía en el hospital, escuchó su voz desde unos metros.
—Matías.
El paciente giró. Durante unos segundos pareció reconocerlo. Después la expresión desapareció.
—A reanimación —ordenó Nicolás.
EL REGRESO
Verónica revisó los signos vitales.
—Está mucho peor.
La temperatura había aumentado. La perfusión periférica se había deteriorado. Las lesiones de la mano parecían más extensas. Habían aparecido otras zonas violáceas. Lorena se acercó con material.
—¿Este es el que dimos de alta?
—Sí —respondió Nicolás.
—¿Hace cuánto?
—Poco.
Eduardo entró. Miró a Matías.
—No puede ser.
Marcela apareció detrás.
—¿Qué tenemos?
—Convulsión durante traslado, deterioro neurológico agudo y compromiso circulatorio —respondió Nicolás.
Marcela miró las lesiones. Después las protecciones que estaban utilizando. Todavía no dijo nada.
El doctor Aguilera regresó desde pabellón.
—¿Qué pasó?
Nicolás señaló la camilla. Aguilera reconoció a Matías.
—¿Ese no es el paciente que se fue?
—El mismo.
—¿Convulsionó?
—En la ambulancia.