La Plaga Austral LA RECTA #2
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LA RECTA #2

La noticia comenzó a circular entre trabajadores antes que cualquier comunicado formal.

Hay animales enfermos. Después la frase cambió.

Son los de Seis Lagunas. Y finalmente: Dicen que murieron animales en el predio.

Cada persona agregaba algo. Un trabajador afirmó que se trataba de intoxicación.

Otro habló de una enfermedad respiratoria.

Alguien dijo que probablemente era producto del temporal.

Fernanda escuchó una versión donde supuestamente habían muerto veinte animales.

—No difundan cosas que no saben —dijo.

Un hombre respondió:

—Entonces díganos qué pasa.

Fernanda sostuvo la mirada.

—Todavía no tenemos diagnóstico.

—¿Es contagioso?

—No lo sabemos.

—¿Para nosotros?

Esa pregunta produjo silencio alrededor. Fernanda respondió:

—Tampoco lo sabemos.

El hombre retrocedió un paso.

UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Se reunió brevemente con los responsables del recinto. El encargado abrió la conversación.

—Tenemos animales enfermos en un lote que ya está retenido. Podemos suspender movimientos de ese sector.

Fernanda negó.

—No sabemos qué ocurrió antes de aislarlos.

Otro hombre respondió:

—Tampoco tenemos evidencia para cerrar todo.

—No estoy hablando de cerrar indefinidamente. Estoy hablando de detener movimientos mientras se evalúa.

—Hay transportes programados.

—Lo sé.

—Animales de otros predios que no tuvieron contacto con ese lote.

—Compartieron infraestructura.

—Eso no significa transmisión.

Fernanda respiró hondo.

—¿Qué necesitan para aceptar que no tenemos información suficiente?

El hombre respondió:

—Una instrucción sanitaria.

Fernanda miró su teléfono. Todavía no llegaba. No había mala intención. Nadie quería causar daño. Había normas, responsabilidades y consecuencias que debían considerarse. El problema era que la enfermedad no necesitaba esperar a que terminaran de hacerlo.

OTRO SIGNO

Un golpe metálico llegó desde el corral. El animal más afectado había chocado contra una división. Rubén se acercó.

—Está asustado.

Fernanda observó. El bovino volvió a golpear. No parecía estar atacando a nadie. Estaba desorientado y reaccionaba de forma anormal al entorno.

—No entren.

—Se puede lastimar.

—No entren.

Otro golpe. Después el animal se quedó quieto. Respiraba con dificultad. Fernanda miró al encargado.

—Ahora quiero el sector completamente cerrado.

Esta vez nadie discutió.

EL HOMbrE DEL DOLOR DE CABEZA

Uno de los trabajadores se sentó cerca de la oficina. Rubén lo vio.

—¿Qué tienes?

—Nada.

—Entonces levántate.

—Me duele la cabeza.

—Dormiste cuatro horas.

—Por eso.

Fernanda estaba cerca y escuchó.

—¿Trabajaste con el lote de Seis Lagunas?

El hombre levantó la vista.

—Ayudé a abrir una reja cuando llegaron.

—¿Tocaste animales?

—No recuerdo.

—¿Te sientes febril?

—No.

—¿Algo más?

—Hambre.

El hombre sonrió. Fernanda observó sus manos. No había lesiones. No tenía dificultad para hablar. No estaba confundido. Nada permitía considerarlo un caso.

—Come algo, descansa y no te vayas todavía.

Él frunció el ceño.

—¿Por un dolor de cabeza?

—Por haber estado trabajando en este sector mientras investigamos.

—Me duele la cabeza todas las semanas.

—Entonces hoy tienes mala suerte.

El hombre aceptó. Fernanda no sabía si estaba viendo una exposición relevante o simplemente a alguien agotado. No intentó decidirlo sin datos.

EL PRIMER FRENO

La instrucción llegó. Se suspendían temporalmente determinados movimientos mientras se investigaba el evento y se completaba la evaluación de los animales.

El efecto fue inmediato. Un camión que se preparaba para salir tuvo que esperar.

Los trabajadores comenzaron a cerrar accesos internos.

Personas que estaban terminando negocios preguntaron qué pasaba.

Algunos se molestaron. Otros decidieron marcharse antes de quedar atrapados en una espera indefinida.

—¿Pueden salir las personas? —preguntó un funcionario.

Fernanda respondió:

—No tengo una orden para retenerlas.

—Entonces se van.

—Registra a quienes puedas.

El hombre miró la cantidad de personas.

—No vamos a alcanzar.

—Hazlo igual.

En el estacionamiento arrancaron varios vehículos.

Uno detrás de otro. No huían. Simplemente se iban.

Algunos habían terminado lo que tenían que hacer.

Otros no querían esperar. Un hombre guardó documentos en su camioneta y salió hacia la carretera.

Otra pareja abandonó el recinto. Un transportista recibió una llamada y decidió regresar a Coyhaique.

La feria comenzaba a detenerse. Las personas no.

EL PRIMER COLAPSO ANIMAL

El bovino más afectado perdió estabilidad. Fernanda lo observó desde fuera. El animal intentó mantenerse en pie. No pudo. Cayó dentro del corral. Los trabajadores retrocedieron. No hubo gritos. Solo silencio. Otro bovino se alejó de él. El encargado miró a Fernanda.

—¿Qué hacemos?

—Esperamos al equipo que viene en camino.

—¿Y si muere?

Fernanda no respondió inmediatamente.

—Entonces tendremos otro animal muerto sin diagnóstico.

El hombre miró hacia los otros corrales. La dimensión del problema empezaba a ser evidente.

LA LISTA

La oficina administrativa dejó de funcionar como oficina normal. Papeles sobre la mesa. Números de teléfonos. Nombres escritos a mano. Registros de vehículos. Movimientos de ganado. Fernanda revisaba una lista junto al encargado.

—Rubén sigue aquí.

—Sí.

—Los dos trabajadores de descarga.

—Uno está en el recinto. El otro terminó turno.

—Llámalo.

—Ya lo hicimos.

—¿Contestó?

—No.

Fernanda marcó una línea.

—Conductor del camión de Seis Lagunas.

—Tenemos contacto.

—Comprador que entró al corral.

—Todavía no sabemos quién era.

Otra marca.

—Transportistas que usaron la manga después.

—Estamos reconstruyendo eso.

—¿Cuántos salieron antes de suspender movimientos?

El encargado la miró.

—No tenemos el número exacto.

Fernanda dejó el lápiz.

—Necesitamos uno.

—Lo sé.

—¿Personas?

—Tampoco.

—¿Cómo que tampoco?

—La gente no registra cada vez que entra a mirar ganado.

Fernanda miró los papeles. La lista no estaba vacía. Pero estaba llena de espacios. Eso era peor.

CERCA DE COYHAIQUE

Matías despertó. No recordaba haberse quedado dormido. Miró el camino. Después a Sergio.

—¿Dónde estamos?

Sergio no respondió de inmediato.

—Cerca de Coyhaique.

Matías se incorporó.

—¿Qué hacemos aquí?

Sergio lo miró.

—Te estoy llevando al hospital.

Matías frunció el ceño. Durante unos segundos pareció no comprender. Después recordó.

—Sí.

Se pasó una mano por la cara.

—Me dormí.

—Matías.

—¿Qué?

—Mírame.

Matías lo hizo.

—¿Sabes quién soy?

—Sergio.

—¿Dónde trabajamos?

—Seis Lagunas.

—¿Qué pasó con el ganado?

Matías pensó.

—Fue a La Recta.

—Bien.

—¿Por qué me haces esto?

—Porque hace unos segundos no sabías por qué estábamos acá.

Matías miró nuevamente el camino.

—Nunca me había pasado.

Ya no sonaba molesto. Sonaba preocupado. Sergio bajó un poco la velocidad antes de una curva.

—Por eso vamos al hospital.

Matías asintió. Esta vez sin discutir.

FERNANDA LLAMA A SEIS LAGUNAS

Patricio contestó.

—Dime.

—El lote está retenido.

—¿Están enfermos?

—Sí.

Patricio se quedó en silencio.

—¿Todos?

—No. Varios muestran signos y uno ya no se mantiene en pie.

—Cuando salieron no tenían nada.

—Lo sé.

—Los revisamos.

—También lo sé.

Patricio caminó hacia el mismo bebedero donde Matías había encontrado el visón.

—Fernanda...

—¿Qué?

—Me equivoqué.

Ella tardó en responder.

—Ahora no sirve discutir eso.

—¿Qué necesitas?

—Cronología completa. Necesito nombres de todos los que trabajaron con esos animales y confirmar dónde está Matías.

—Sergio lo llevó.

—¿Hospital?

—Sí.

—Llámalo.

—Lo haré.

Fernanda agregó:

—Y que en Seis Lagunas nadie mueva animales hasta nueva indicación.

Patricio miró los potreros. Esta vez no discutió.

—Entendido.

LO QUE FALTABA

Fernanda terminó una llamada y volvió a los registros.

—¿Cuántos vehículos salieron?