La Plaga Austral LA RECTA
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LA RECTA

DOS DÍAS ANTES

Un trabajador cerró la reja.

—Listo.

El conductor revisó el vehículo antes de retirarse.

—¿Necesitan algo más?

—Nada.

Firmó. Subió al camión. Se marchó. La feria continuó.

FERNANDA

Fernanda Oyarzún llegó poco después. Estacionó y caminó directamente hacia la oficina administrativa.

—Necesito ubicar el lote de Seis Lagunas.

El encargado revisó una planilla.

—Ya ingresó.

Fernanda dejó de caminar.

—¿Ya descargaron?

—Hace un rato.

—Pedí que lo mantuvieran separado.

—Está en un corral propio.

—¿Entró por dónde?

El hombre señaló hacia las mangas.

—Por ingreso habitual.

Fernanda miró hacia el sector.

—¿Pasaron otros animales después?

—Sí.

La respuesta no significaba necesariamente que algo hubiese ocurrido. Pero complicaba cualquier intento de reconstruir contactos si finalmente resultaba que el lote representaba un riesgo.

—Quiero verlo.

El encargado caminó con ella.

—¿Qué tienen?

—No lo sé.

—Me dijeron que hubo animales muertos después de una tormenta.

—Hubo animales que probablemente murieron por una descarga eléctrica.

—Entonces...

—Y hubo otros que estaban enfermos antes de la tormenta.

El hombre dejó de hablar. Fernanda continuó caminando.

—Uno murió después de presentar fiebre, salivación y lesiones alrededor del hocico. Después aparecieron otros animales afectados.

—¿Hay diagnóstico?

—No.

—¿Alguna restricción oficial?

—Está siendo evaluada.

—Entonces todavía no podemos detener toda la feria.

Fernanda lo miró.

—No he pedido eso. He pedido que este lote no se mueva.

Llegaron al corral. Los doce animales estaban allí. La mayoría comía. Uno permanecía separado. Fernanda se quedó observando. El encargado preguntó:

—¿Qué viste?

—Todavía nada.

Esperó. El animal respiraba algo más rápido que los demás. Podía ser estrés por el traslado. Podía ser miedo. Podía ser cualquier cosa.

—¿Quién recibió el lote?

—Rubén y dos trabajadores más.

—Necesito hablar con ellos.

Rubén apareció algunos minutos después.

—Yo los descargué.

—¿Cómo venían?

—Normales.

—¿Alguno cayó?

—No.

—¿Alguno se resistió a bajar?

—Uno se quedó parado en la rampa un rato. Después bajó.

Fernanda recordó lo que Sergio le había contado sobre la carga en Seis Lagunas.

—¿Cuál?

Rubén señaló. Era el animal que permanecía separado. Fernanda observó nuevamente.

—¿Tuviste contacto directo?

—Los movimos como cualquier lote.

—¿Usaron las mismas instalaciones que otros animales?

—Claro.

—¿Después limpiaron?

Rubén la miró.

—Fernanda, todavía estaban entrando camiones.

No necesitaba más explicación. Ese era el funcionamiento normal de una feria. Nadie había sabido que debía hacer algo diferente.

—Quiero que desde ahora nadie entre a este corral sin necesidad.

Rubén miró al encargado.

—¿Es grave?

Fernanda respondió:

—Todavía no lo sabemos.

CAMINO A COYHAIQUE

Sergio manejaba. Matías permanecía junto a la ventana. Habían dejado Seis Lagunas atrás. Durante varios minutos ninguno habló. Matías tenía los ojos cerrados. Sergio lo miró.

—¿Estás despierto?

—Sí.

—Parecía que no.

—Me duele la cabeza.

—Ya falta menos.

Matías abrió los ojos.

—Podemos pasar primero por mi casa.

—No.

—Necesito cambiarme.

—Vas al hospital.

Matías giró hacia él.

—Tengo fiebre. No me estoy muriendo.

—Hace poco no recordabas una conversación que tuvimos dos veces.

—Estaba cansado.

—Y ahora tienes fiebre, ampollas y dolor de cabeza.

Matías volvió a mirar hacia afuera.

—No son ampollas.

—¿Qué son?

—No sé.

—Exactamente.

Matías no contestó. Sergio conducía con atención. El camino no estaba para apurarse. Unos minutos después, Matías preguntó:

—¿Patricio dejó salir los animales?

Sergio giró brevemente la cabeza.

—Sí.

Matías pareció recordar.

—Cierto.

Eso fue todo. Por ahora.

EL PRIMER CAMBIO

Fernanda había permanecido observando el lote. El animal separado seguía respirando rápido. Luego apareció otro detalle. Los ojos estaban más irritados que cuando llegó. Fernanda llamó a Rubén.

—¿Estaban así cuando bajó?

—No me fijé.

—Necesito que me digas si viste algo.

—No recuerdo.

Fernanda no insistió. Miró a otro bovino. Nada. Después regresó al primero. Ahora había saliva acumulándose en el hocico. Eso ya no le gustó.

—Nadie mueve este lote.

El encargado respondió:

—No pensaba hacerlo hasta que terminaras.

—No me refiero a media hora. Queda retenido hasta tener instrucciones.

—Necesito justificarlo.

—Anota: signos clínicos compatibles con los observados en el predio de origen.

—¿Compatibles con qué?

—Con lo que todavía estamos investigando.

El encargado respiró hondo.

—Eso no le va a gustar a los compradores.

—A mí tampoco me gusta.

Fernanda tomó el teléfono.

La llamada fue breve al principio. Después dejó de serlo.

Tuvo que explicar nuevamente la cronología.

Visón encontrado muerto en un bebedero. Ganado que había utilizado ese punto de agua.

Novillo enfermo antes de la tormenta. Más animales afectados.

Un trabajador con lesiones cutáneas y fiebre.

Ahora signos similares en animales que habían salido del predio aparentemente normales. La voz al otro lado preguntó:

—¿El trabajador que manipuló el visón está en el predio?

—No. Lo están llevando a Coyhaique.

—¿A atención médica?

—Eso espero.

—Necesitamos sus datos completos.

Fernanda miró el corral.

—También necesitamos evaluar el movimiento de personas desde que este lote entró.

Hubo una pausa.

—Primero aseguren el lote y reconstruyan los contactos directos. Estamos escalando el evento.

Fernanda guardó el teléfono. El encargado esperaba.

—¿Y?

—Estos animales no salen.

—Eso está claro.

—Ahora necesito saber quién estuvo aquí desde que llegaron.

El hombre miró toda la feria.

—Eso puede ser mucha gente.

—Empecemos.

TODO LO QUE YA HABÍA PASADO

Reconstruir una mañana normal resultó más difícil de lo esperado.

Dos trabajadores habían descargado los animales.

Rubén los había recibido. Un comprador había entrado al sector brevemente.

Otro productor había preguntado por el lote.

Varias personas habían utilizado los mismos pasos laterales.

El conductor del camión ya había regresado a su ruta.

—Necesito su teléfono —dijo Fernanda.

El encargado revisó los documentos.

—Lo tengo.

—¿Los otros dos trabajadores?

—Siguen acá.

—¿Rubén?

—También.

—¿El comprador que entró?

El hombre buscó.

—No sé cuál era.

Fernanda levantó la cabeza.

—¿No está registrado?

—No para mirar un corral.

Ese era el primer hueco. No sería el último.

—¿Cuántos vehículos han salido desde que llegó el lote?

—Muchos.

—Necesito saber cuáles.

—Eso va a tomar tiempo.

—Hazlo.

El encargado la miró.

—Todavía no sabemos si esto afecta personas.

—No.

—Entonces estamos siguiendo a gente por un problema animal que ni siquiera tiene diagnóstico.

Fernanda respondió sin levantar la voz.

—Estamos intentando reconstruir movimientos antes de que sea imposible hacerlo.

El hombre entendió la diferencia. Comenzó a llamar a trabajadores.

UNA FERIA TODAVÍA NORMAL

En otros sectores nadie sabía qué estaba ocurriendo.

Continuaban las ventas. Una familia tomó café junto a su vehículo mientras esperaba a un productor.

Un hombre discutía el precio de un lote.

Dos transportistas conversaban junto a sus camiones.

Un niño miraba animales desde detrás de una reja acompañado por su padre.

Una camioneta salió del recinto. Después otra.

Un transportista entregó unos documentos antes de marcharse.

—¿Vuelve mañana? —preguntó un trabajador.

—No. De acá sigo a Puerto Aysén.

—Maneja con cuidado.

El hombre levantó una mano y se fue. Nadie lo detuvo. No había una razón para hacerlo.

Fernanda observó un camión que se dirigía hacia la salida.

—¿Ese lote ingresó después de Seis Lagunas?

El encargado revisó.

—Sí.

—¿Utilizó la misma manga?

—Probablemente.

—Deténganlo.

El hombre negó.

—No puedo hacer eso sin una instrucción.

—Acabo de decirte que tenemos un evento sanitario en evaluación.

—En el lote de Seis Lagunas.

—Y no sabemos si el problema se limita al contacto directo.

—Tampoco sabemos si existe riesgo fuera de ese corral.

Ambos tenían razón. Eso era lo peor. El camión salió. Fernanda memorizó parte de la patente y pidió que la registraran.

—Quiero todos los movimientos desde el ingreso del lote.

—Estamos trabajando en eso.

—Más rápido.

—Fernanda, esto es una feria. No un laboratorio.

—Lo sé.

Miró los vehículos que seguían entrando y saliendo.

—Ese es precisamente el problema.

MATÍAS

La fiebre estaba aumentando. Matías se quitó la chaqueta. Sergio abrió ligeramente una ventana.

—¿Mejor?

—Sí.

—¿Náuseas?

—No.

—¿Mareo?

—Algo.

Sergio lo observó.

—¿Dónde estamos?

Matías lo miró.

—No empieces.

—Dime.

—Camino a Coyhaique.

—¿De dónde venimos?

—Seis Lagunas.

—¿Quién soy?

Matías soltó una risa sin ganas.

—Eres un imbécil.

Sergio sintió alivio.

—Perfecto.

Matías cerró nuevamente los ojos.

—Sergio.

—¿Qué?

—Lo del visón...

—¿Qué pasa?

—¿Crees que tenga que ver?

Sergio tardó en contestar.

—No sé.

—Yo tampoco.

Matías miró su mano. Las flictenas se habían extendido. Una nueva lesión pequeña aparecía cerca de la muñeca.

—No debí meter la mano.

Sergio siguió conduciendo.

—No sabías.

—Sabía que estaba muerto.

—Y pensaste que era un animal muerto.

—¿Qué otra cosa iba a pensar?

Ninguno respondió.

LA FERIA EMPIEZA A CAMBIAR

El primer animal empeoró. Ya no quería desplazarse. Fernanda lo observó desde fuera del corral. La salivación había aumentado. Ahora se distinguía una pequeña lesión junto al hocico. No era idéntica a las del novillo 47. Pero se parecía demasiado. El encargado apareció.

—¿Es lo mismo?

—No voy a asegurarlo sin evaluación.

—Pero lo parece.

Fernanda lo miró.

—Sí.

Un segundo animal comenzó a presentar irritación ocular. Un tercero dejó de comer. El encargado sacó el teléfono.

—Voy a llamar otra vez.

—Hazlo.

Por primera vez ya no necesitaba convencerlo.