SEIS LAGUNAS #2
Matías también lo creyó. La ubicación. La tormenta.
El alambrado. Todo encajaba. No solucionaba la pérdida económica, pero explicaba las muertes.
Por primera vez desde que había aparecido el novillo enfermo, Matías sintió que quizá habían relacionado cosas que no tenían relación.
Un visón muerto. Un animal enfermo. Una tormenta.
Podían ser coincidencias. Continuaron recorriendo el potrero.
Encontraron otro vacuno muerto bastante más lejos. Matías llamó a Patricio.
—Hay uno acá.
Patricio miró la distancia hasta el alambrado.
—El terreno estaba empapado. Una descarga puede afectar animales alejados del punto de impacto.
Matías asintió. No estaba seguro, pero era posible. Sergio señaló hacia los corrales.
—Falta revisar al 47.
El novillo seguía vivo. Eso duró poco. Había desplazado parte de la barrera y estaba fuera del espacio donde lo habían dejado.
Respiraba con dificultad. La saliva le cubría el hocico.
Las lesiones eran más grandes. Matías se acercó.
El animal dio un paso. Después otro. Una pata cedió.
Cayó. Intentó incorporarse. No consiguió levantarse.
Patricio permaneció a varios metros. El novillo dejó de moverse.
Nadie habló durante unos segundos. Matías fue el primero.
—Ese no murió por el rayo.
Patricio no respondió.
—Estaba enfermo desde antes.
—Lo sé.
—Y estaba aislado.
—También lo sé.
Sergio miró hacia el resto de los animales. El alivio de hacía unos minutos desapareció. Las seis muertes junto al cerco podían deberse a la tormenta. Pero el 47 no. Ahora tenían al menos dos problemas. Y todavía no sabían si estaban relacionados.
Durante el regreso Matías sintió frío. Se subió el cierre de la chaqueta. Sergio lo observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Estás sudando.
Matías se pasó una mano por la frente.
—Estuve moviéndome.
—Muéstrame la mano.
—Otra vez no.
—Matías.
Se quitó el guante. La flictena había aumentado. Más arriba había aparecido una segunda lesión. Sergio dejó de bromear.
—Hoy vas a consultar.
—Primero que me vea Fernanda.
—Después te llevo.
Matías volvió a ponerse el guante.
—No soy un niño.
—Entonces deja de actuar como uno.
Matías iba a responder. No lo hizo. Le dolía la cabeza.
FERNANDA OYARZÚN
Fernanda llegó antes del mediodía. No apareció esperando encontrarse con una enfermedad desconocida.
Su primera hipótesis era mucho más simple.
La tormenta. Pidió que le mostraran los animales encontrados junto al alambrado.
Revisó el terreno. Preguntó dónde habían caído las descargas. Miró las marcas del cerco.
—Estas muertes pueden ser compatibles con electrocución.
Patricio asintió.
—Eso pensamos.
—Muéstrame el que encontraron lejos.
Lo revisó. No descartó la misma causa. Después preguntó:
—¿Dónde está el animal enfermo?
La llevaron hasta el novillo 47. Fernanda observó primero el cuerpo. Después el hocico. Se acercó más.
—¿Estas lesiones estaban antes de la tormenta?
Matías respondió.
—Sí.
—¿Cuánto antes?
—Desde el día anterior.
—¿Y la salivación?
—También.
Fernanda miró a Patricio.
—¿Estuvo aislado durante la tormenta?
—Sí.
—¿Cerca de algún cerco electrificado o estructura afectada?
—No.
Fernanda se incorporó.
—Entonces con este no puedo usar el rayo como explicación.
Su tono cambió. No alarmado. Más serio.
—¿Hay otros con síntomas?
Patricio le mostró el segundo animal. Tenía fiebre. Fernanda revisó después otro vacuno. Encontró lesiones incipientes cerca del hocico.
—¿Esto estaba ayer?
Sergio negó. Fernanda tomó nota.
—Ahora sí tenemos un problema sanitario que no está explicado por la tormenta.
Patricio preguntó:
—¿Qué crees que es?
—No lo sé.
—¿Alguna enfermedad conocida?
—Hay varias posibilidades. No voy a ponerle nombre sin información.
Eso era precisamente lo que preocupaba a Patricio.
—Doce animales deberían salir a La Recta.
Fernanda giró inmediatamente.
—No los muevas.
—No presentan síntomas.
—Tenemos más de un animal enfermo y no sabemos la causa.
—Los seleccionados están normales.
—Normales a la observación no significa que podamos asegurar que no tienen nada.
Patricio cruzó los brazos.
—¿Estás ordenando una cuarentena?
—No. Te estoy dando una recomendación profesional mientras informo la situación.
—No es lo mismo.
—No.
Fernanda mantuvo la mirada.
—Pero si fueran mis animales, no los movería.
Patricio no respondió. No era un hombre que quisiera provocar una crisis. También tenía trabajadores, compromisos comerciales y una venta importante que podía perderse. Fernanda entendía eso. No cambió su recomendación.
Matías se frotó la mano. Fernanda lo vio.
—¿Qué tienes ahí?
—Nada importante.
—Déjame ver.
Matías se quitó el guante. Fernanda observó las dos flictenas.
—¿Cuándo apareció la primera?
—Ayer.
—¿Alguna quemadura?
—No.
—¿Productos químicos?
—No.
—¿Tuviste contacto directo con alguno de los animales enfermos?
—Lo normal.
Sergio habló desde atrás.
—Encontró un visón muerto en un bebedero.
Fernanda giró.
—¿Qué visón?
Matías explicó. Esta vez nadie hizo bromas. Fernanda preguntó exactamente cuándo había ocurrido. El día anterior a la tormenta. Matías explicó que se había quitado el guante. Que tenía una pequeña grieta en la piel. Que le había caído agua.
—¿Dónde está el cuerpo?
—No está.
Fernanda frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Lo dejamos dentro de un saco. Creemos que un perro se lo llevó.
—¿Cuál?
—Tano.
—¿Dónde está el perro?
—Desapareció.
—¿Antes de desaparecer estaba normal?
Matías miró a Sergio.
—No.
—¿Qué hizo?
—Gruñó. No dejó que me acercara.
—¿Algo más?
—Respiraba rápido. Tenía saliva en el hocico.
Fernanda dejó de escribir durante un segundo.
—¿Tano suele comportarse así?
—Nunca.
—¿Los vacunos bebieron del mismo recipiente después de que retiraron el visón?
—Sí.
—¿Consiguieron vaciarlo completamente?
Sergio respondió:
—No.
Fernanda miró hacia el potrero.
—¿Los animales destinados a La Recta utilizaron ese bebedero?
Patricio respondió:
—Algunos seguramente.
Fernanda cerró la libreta.
—No muevas ese lote.
Esta vez no lo dijo como una sugerencia casual.
Volvió hacia Matías.
—Necesitas evaluación médica.
—No tengo nada.
—Tienes lesiones nuevas, cefalea y probablemente fiebre.
Matías la miró.
—¿También eres médico ahora?
—No. Por eso te estoy diciendo que vayas donde uno.
Sergio soltó una breve risa. Matías lo miró mal. Fernanda continuó:
—No sé si tus lesiones tienen alguna relación con lo que está ocurriendo aquí. Precisamente por eso debes consultar.
Matías asintió sin demasiado convencimiento.
—Voy después.
—Hoy.
—Sí.
Fernanda entendió que no podía obligarlo.
Realizó varias llamadas. Informó animales enfermos.
Muertes. Lesiones. Cronología. El hallazgo del visón.
La posible exposición del trabajador. Le solicitaron antecedentes adicionales.
Fotografías. Identificación del ganado. Información sobre movimientos programados.
Patricio permaneció cerca. Cuando Fernanda terminó, preguntó:
—¿Qué dijeron?
—Están revisando los antecedentes.
—¿Existe una prohibición formal?
—Todavía no.
Patricio respiró hondo. Fernanda supo inmediatamente lo que estaba pensando.
—No hagas eso.
—No he dicho nada.
—No necesitas decirlo.
—Tengo doce animales sin síntomas y una venta programada.
—Y tienes varios enfermos cuya causa desconocemos.
—Si detengo el movimiento sin una orden y mañana resulta que no había ninguna relación, la pérdida la absorbo yo.
—Lo sé.
—Entonces entiendes el problema.
Fernanda respondió:
—Sí. Y tú tienes que entender el mío. Si existe relación y los mueves, el problema deja de estar dentro de Seis Lagunas.
Patricio guardó silencio. Aquello era exactamente lo que ninguno quería considerar.
Fernanda revisó el bebedero. El drenaje había sido reparado y el agua renovada. Ya no había nada evidente que examinar a simple vista.
—¿Habían visto visones cerca?
—Sí —respondió Matías—. De vez en cuando.
—¿Muertos?
—No.
—¿Dentro de bebederos?
—Nunca.
Fernanda miró hacia el sector donde Tano había desaparecido.
—Si vuelve el perro, no intenten agarrarlo.
Matías asintió.
—Y tú vas a consultar.
—Sí.
—¿Hoy?
Matías sonrió.
—Hoy.
Fernanda se fue sin creerle.
LA DECISIÓN
Durante la tarde Patricio reunió a Matías y Sergio. No intentó disfrazar el problema.
—Si detenemos el envío podemos perder la venta.
Sergio preguntó:
—¿Y si no lo detenemos?
Patricio miró hacia los corrales.
—Eso es lo que estoy tratando de decidir.
Matías habló:
—Fernanda fue clara.
—Sí.
—Entonces no salen.
—No existe restricción oficial.
—¿Necesitas un papel para saber que algo raro está pasando?
Patricio lo miró.
—Necesito tomar una decisión que afecta a todo el predio.
—También afecta a la gente que reciba esos animales.
Patricio endureció la expresión.
—No estoy mandando animales enfermos.
—No sabes si están enfermos.
Sergio intervino antes de que aumentara el tono.
—Esperemos un día.
Patricio negó.
—Si perdemos este transporte no tengo otro asegurado. Y si mañana siguen sin síntomas estaremos exactamente en la misma discusión.
Matías sabía que aquello era cierto. Eso no hacía que le gustara. Patricio continuó:
—Los revisamos nuevamente antes de cargarlos. Cualquier fiebre, lesión, salivación o cambio de conducta y el animal no sale.
—¿Y si no tienen nada visible? —preguntó Matías.
—Salen.
Matías negó.
—Creo que es un error.
Patricio sostuvo su mirada.
—Puede ser.
No había arrogancia en la respuesta. Solo incertidumbre. Eso la hizo peor.
Esa noche Matías comenzó a tiritar. Entró en su habitación y se quitó la chaqueta.
Tenía la camiseta húmeda. Fue al baño. Encendió la luz.
Sus ojos estaban irritados. Retiró el vendaje de la mano.
La primera flictena había aumentado. La segunda también.
La zona alrededor estaba roja. Sintió un mareo repentino.
Se apoyó en el lavamanos. Cerró los ojos.
Esperó. El mareo pasó. Cuando volvió a mirar el espejo no parecía gravemente enfermo.
Parecía cansado. Eso lo tranquilizó más de lo que debería. Se lavó la cara.