La Plaga Austral
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SEIS LAGUNAS
CUATRO DÍAS ANTES
—Qué mierda...
Fue por una pala. Intentó levantarlo, pero una de las patas estaba atrapada entre una pieza metálica y la pared del bebedero.
Cambió el ángulo de la pala. No funcionó.
Matías miró el animal. Era un visón. El pelaje estaba completamente mojado.
No veía heridas evidentes. Probó una vez más. Nada. Se quitó el guante derecho.
—Vamos...
Metió la mano en el agua. El frío le produjo dolor inmediato en los dedos.
Sujetó la pata atrapada, intentó liberarla y, al no conseguirlo, tomó al animal por la cola.
Tiró. El cuerpo salió bruscamente. Agua del bebedero salpicó su mano y parte de la manga.
Matías sintió ardor cerca del pulgar. Tenía una pequeña grieta en la piel.
No era nueva. Durante el invierno se le abrían las manos con frecuencia.
Se secó contra el pantalón y observó nuevamente al visón.
Sergio Almonacid apareció desde el otro lado del corral.
—¿Qué encontraste?
Matías señaló el suelo. Sergio se acercó.
—¿Un visón?
—Estaba dentro.
—¿Se ahogó?
Matías lo miró.
—Estos animales saben nadar.
Sergio se inclinó un poco.
—Puede haberse enfermado.
—Puede ser.
Matías volvió la vista hacia el bebedero.
—Hay que vaciarlo.
Abrieron el drenaje. El agua comenzó a salir. Después el flujo disminuyó hasta detenerse. Sergio golpeó la tubería.
—Otra vez se tapó.
Intentaron liberarla con una herramienta. El agua volvió a correr durante unos segundos y volvió a detenerse. Matías negó.
—No quiero dejarlo así.
—No tenemos otro bebedero operativo en este potrero.
—Entonces llevamos agua.
Sergio lo miró.
—¿Para todos?
Matías sabía la respuesta. No era práctico. Sacaron manualmente parte del contenido, limpiaron el recipiente y volvieron a habilitar el suministro. El nivel comenzó a subir. Los primeros vacunos se acercaron. Matías se quedó mirando. Sergio recogió las herramientas.
—No es la primera vez que aparece un animal muerto en un campo.
—Dentro del agua sí es la primera que veo.
—Porque normalmente no miras tanto.
Matías sonrió.
—Y normalmente tú trabajas.
Sergio le respondió con un gesto y se alejó. Los animales comenzaron a beber. Matías permaneció unos segundos más. Después regresó al trabajo.
El visón fue colocado dentro de un saco vacío de alimento. Matías lo dejó junto a un cobertizo. Pensaba deshacerse del cuerpo cuando terminara la jornada. No volvió a pensar seriamente en él durante varias horas.
Cerca del mediodía detectó un novillo apartado.
Número 47. Matías llevaba años trabajando con ganado.
No necesitaba acercarse demasiado para saber que algo estaba mal.
Los animales enfermos no siempre caían. A veces simplemente dejaban de comportarse como el resto.
El 47 permanecía inmóvil mientras los demás comían.
Matías silbó. El novillo levantó la cabeza.
—Vamos.
No se movió. Sergio apareció detrás.
—¿Qué pasa ahora?
—Este no está comiendo.
—Quizá ya comió.
Matías negó.
—Llevo rato mirándolo.
Se aproximaron. El animal tenía los ojos enrojecidos. Respiraba más rápido de lo normal. Cuando giró la cabeza, Matías vio saliva acumulada alrededor del hocico.
—Eso tampoco me gusta.
Sergio observó.
—¿Tiene algo en la boca?
Matías dio un paso más. Había pequeñas elevaciones alrededor de los labios.
—Parecen ampollas.
Sergio cambió de expresión.
—Sepáralo.
Entre ambos condujeron al novillo hacia un pequeño corral de aislamiento. Matías no tuvo que luchar con él. Eso también era extraño. El animal avanzó lentamente y quedó de pie junto a la barrera. Sergio llamó a Patricio.
Patricio Mella administraba Seis Lagunas desde hacía años. Había visto epidemias animales, accidentes, temporales, partos complicados y pérdidas suficientes como para no alarmarse con facilidad. Observó al novillo.
—¿Desde cuándo?
—Lo vimos recién —respondió Matías.
—¿Ayer estaba bien?
—Sí.
Patricio revisó al animal desde fuera del corral.
—Lo dejamos separado.
Matías preguntó:
—¿Llamamos a Fernanda?
Fernanda Oyarzún era la veterinaria que atendía habitualmente el predio. Patricio negó.
—Si sigue así durante la tarde, la llamamos.
—Tenemos animales que van a La Recta.
—Y esos animales están bien.
Matías miró el lote seleccionado para la feria.
—Por ahora.
Patricio lo miró.
—No vamos a suspender un traslado porque un novillo dejó de comer.
No lo dijo con desprecio. Era simplemente la manera en que funcionaba un predio. Los animales enfermaban. A veces sin relación entre ellos. Matías lo sabía. Aun así volvió a mirar al 47.
Durante la tarde sintió molestia en la mano. Se quitó el guante. La grieta cerca del pulgar estaba enrojecida. Sergio lo vio.
—Te quedó irritada.
—Agua helada.
—Límpiala.
—Ya lo hice.
—Hazlo bien.
Matías sonrió.
—Mi mamá vive lejos. No necesitas reemplazarla.
—Tu mamá probablemente tendría más paciencia.
Matías se lavó la zona. La molestia disminuyó. Siguió trabajando.
Antes de terminar la jornada fue a buscar el saco. Seguía donde lo había dejado. Tano estaba sentado cerca. Era uno de los perros más antiguos de la estancia. Grande, tranquilo y acostumbrado a acompañar a Matías durante buena parte del día. El perro olfateó el saco.
—Ni se te ocurra.
Tano levantó la cabeza.
—Eso no es comida.
Matías lo tomó suavemente del collar y lo alejó. Tano movió la cola.
—Mañana me encargo de esto.
Cerró el galpón. El perro permaneció afuera.
TRES DÍAS ANTES
Sergio encontró a Matías mirando el suelo.
—¿Qué haces?
Matías levantó un trozo de tela. El saco estaba roto. El visón había desaparecido. Sergio tomó otro pedazo.
—Tano.
—No sabemos.
—¿Quién más?
—Puede haber sido otro perro.
—Fue Tano.
Matías miró alrededor.
—Vamos a encontrarlo.
Siguieron restos de tela hasta una estructura agrícola. Matías llamó.
—¡Tano!
Nada. Volvió a llamar. Esta vez escucharon un movimiento. El perro estaba debajo de una máquina. Matías sonrió.
—Ahí estás.
Se acercó. Tano levantó la cabeza. Gruñó. Matías se detuvo.
—¿Qué pasa?
El perro respiraba rápido. Tenía el hocico húmedo. Matías habló nuevamente.
—Tano.
Otro gruñido. Más fuerte. Sergio llegó a su lado.
—No te acerques.
—Nunca me ha hecho esto.
—Entonces algo tiene.
Matías dio un paso. Tano mostró los dientes. No avanzó más. Sergio llamó al perro. La respuesta fue igual. Después Tano salió repentinamente por el otro lado de la máquina y corrió hacia los matorrales. Matías intentó seguirlo. Sergio le sujetó el brazo.
—No.
—Puede estar herido.
—También puede morderte.
Matías miró hacia donde había desaparecido.
—Lo conozco hace años.
—Y acaba de mostrarte los dientes.
Esperaron. Tano no regresó.
El novillo 47 había empeorado. No comía. Prácticamente no bebía. Las lesiones alrededor del hocico eran ahora más visibles. Patricio ya estaba junto al corral cuando Matías llegó.
—Llamé a Fernanda.
Eso sorprendió a Matías.
—¿Viene?
—Durante la tarde.
Otro bovino había comenzado a mostrarse decaído. Todavía comía, pero permanecía separado. Patricio lo hizo retirar preventivamente. Ya no era un solo animal.
Matías se quitó el guante mientras caminaba. Se detuvo. Donde antes había estado la grieta, ahora había una flictena pequeña y transparente. La observó. Sergio se acercó.
—Eso es nuevo.
—Sí.
—Ahora sí vas a consultar.
Matías volvió a ponerse el guante.
—No voy a perder medio día por esto.
—Te cayó encima agua donde había un animal muerto.
—Y estoy vivo.
—Gran diagnóstico.
Matías siguió caminando. Sergio no insistió. Todavía.
Fernanda llamó antes de poder llegar. El clima había empeorado y varios caminos presentaban dificultades. Patricio puso el teléfono en altavoz.
—El 47 está peor —dijo.
—Descríbeme los signos.
Patricio lo hizo.
—¿Hay más animales?
—Otro está decaído.
—Sepárenlo.
—Ya lo hicimos.
—¿Alguno de los animales destinados a La Recta presenta algo?
—No.
Fernanda guardó silencio unos segundos.
—Quiero verlos antes de que salgan.
—La feria tiene fecha.
—Y yo estoy intentando llegar mañana temprano.
—Si el camino lo permite.
—Si las condiciones impiden que yo llegue, probablemente tampoco sea una buena idea mover ganado.
Patricio miró a Matías.
—Los enfermos no saldrán.
—No muevas ninguno que desarrolle síntomas. Mañana revisamos el resto.
—Está bien.
La llamada terminó. Matías notó que Patricio no había prometido suspender el traslado.
La tormenta comenzó durante la noche. No era habitual ver actividad eléctrica de esa intensidad en pleno invierno.
Las primeras descargas se escucharon a distancia.
Después se acercaron. Los vacunos comenzaron a inquietarse.
Matías y Sergio aseguraban herramientas cuando una descarga iluminó completamente el potrero.
El trueno llegó casi de inmediato. Sergio miró hacia afuera.
—Eso cayó cerca.
Matías alcanzó a ver ganado desplazándose junto a un alambrado.
—Se están amontonando.
—No salgas.
—Van a golpearse.
—Matías.
Otra descarga. Las luces parpadearon. Después se apagaron. Durante unos segundos quedaron a oscuras. El generador intentó arrancar. Falló. El ganado comenzó a mugir con mayor intensidad. Un fuerte golpe metálico se escuchó desde el exterior. Matías avanzó hacia la puerta. Sergio se puso delante.
—No.
—Algo pasó.
—Hay rayos encima de nosotros.
Matías miró por una ventana. Solo distinguía lluvia, oscuridad y destellos. El generador volvió a intentarlo. Esta vez funcionó. La iluminación regresó parcialmente. Patricio entró.
—Nadie sale hasta que esto baje.
Matías señaló hacia el potrero.
—Los animales están contra el cerco.
—Lo sé.
—Podemos perderlos.
Patricio respondió sin levantar la voz:
—También puedo perder trabajadores.
Matías no discutió. Cerraron la puerta. Esperaron.
La tormenta continuó durante horas. No pudieron revisar adecuadamente el terreno hasta el amanecer.
EL RAYO
Los encontraron junto al alambrado. Seis vacunos muertos. Parte del cerco tenía marcas oscuras y el terreno estaba completamente saturado de agua. Sergio observó durante varios segundos.
—La descarga los alcanzó.
Patricio se acercó.
—Probablemente.