La piel de una gota La piel de una gota #9
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La piel de una gota #9

En cuanto se abre la puerta y lo ve salir de la sala, va a su encuentro.

Le nota la tez abuhada, los ojos hundidos en las cuencas orbitales y el gesto contrariado.

Camina con la vista al frente y los hombros más caídos de lo habitual, como una percha de plástico que ha soportado durante años el peso de varios abrigos.

—Celso, un minuto, por favor.

—Coño, Sancho, qué mala pinta traes. ¿Te ha pasado algo?

Se reiría si tuviera fuerzas.

—Solo estoy cansado. Tengo que contarte algo.

—Luego. Me están esperando fuera para ir al ayuntamiento. Se han cargado a Anchorena, otra vez, y a Garrido, que fue el que dio la orden de disparar.

—Hay que joderse.

—Ahora estoy yo al mando de esta gran mierda, y el presidente sigue empecinado en celebrar el acto en el ayuntamiento.

Sancho siente cómo las uñas afiladas de la garra se clavan en el estómago.

—Lo han retrasado a las diecinueve horas, así que tengo menos de una hora y media para preparar el dispositivo de seguridad junto a la tarada de Carlota Medina, que, atención, ha conseguido convencer al personal para adelantar el toque de queda a esa hora para evitar disturbios en las calles.

—No creo que esa gente se quiera ir a sus casas por su propio pie.

—Yo tampoco, pero han autorizado la intervención de ochocientos miembros más del Ejército de Tierra que ya están de camino, así que la cosa se va a poner preciosa.

—Cojones.

—Los del idiota del presidente. En serio, Sancho, me tengo que marchar.

Sancho da la batalla por perdida.

—Aunque, un minuto más o menos...

—¡Gracias! Sara y yo creemos que va a meter las cápsulas radioactivas en carcasas de fuegos artificiales y las va a lanzar desde el cerro de Las Contiendas, que es el punto más elevado que hay cerca de la ciudad.

Y donde murió su perra. Mientras esperaba he hablado con Inés para que averigüe la hora de la muerte de Cristina: es el momento que pensamos que ha elegido para la traca final.

—¿Y eso cuándo es?

—Todavía no me lo ha dicho.

Celso Malpica hincha los carrillos y los deshincha con desesperante lentitud.

—Creemos, pensamos... Sancho, ya sabes cómo funciona esto: no puedo autorizar un operativo basado en meras suposiciones.

—Estamos convencidos. Todo encaja.

—En tu mente y en la de Sara. Y puede que incluso también en la mía, pero ni con cemento encaja en la de Fernández Villanueva. Sancho, solo hay una forma de...

Haciendo alarde de su don, Inés de Marco irrumpe por un lateral sin que ninguno de los dos advierta su presencia.

—Lo tengo —anuncia.

En un acto reflejo, Sancho cierra el puño.

—No ha sido fácil, pero lo tengo.

—¡¿Que tienes qué?! —protesta Malpica.

—Uy, lo siento. Lo que me ha pedido Sancho, la hora del fallecimiento de Cristina Mendoza Asenjo.

—Dime, dime.

—Día 11 de diciembre a las 18.28 —desvela.

—¿A las 18.28? Pero eso es dentro de... ¿cuánto?

—Cuarenta y cuatro minutos —precisa De Marco.

Celso Malpica inclina la cabeza y niega. Luego se yergue y apunta a Sancho con el índice.

—Si tuvieras razón, y aunque yo pudiera autorizar un operativo, no hay tiempo material para ponerlo en marcha. Como te iba a decir antes, solo hay una forma de salir de dudas.

Y, de nuevo, Sancho vuela.

El mirador de la Dehesa

Dieciocho minutos para la traca final

Desde allí la ciudad se reduce a un enjambre infinito de luces que no parecen tener ninguna comunicación entre sí. No funciona como un todo, sino como una suma de entes independientes que creen tener identidad propia.

Odiaría pertenecer a ese mundo.

Sentado en uno de los bancos de madera, con todo montado, Marco Antonio Gavilán reflexiona mientras espera.

Ha fijado bien los tubos de lanzamiento en la tierra y los ha orientado hacia la ciudad, ha introducido las cuatro carcasas hasta que ha escuchado el clic de anclaje y ha conectado los cables y la batería al maletín de ignición.

En el display ha introducido la secuencia y ha activado el botón de carga, y solo resta apretar el pulsador, que sostiene en la mano derecha, para bajar el telón.

Catorce minutos.

Ahí empezó todo y ahí terminará. Le viene entonces a la cabeza la fábula lugbara que una noche le contó Arube Mbemba sobre la gran serpiente que se bebía su reflejo.

Cuando el mundo aún no conocía el fuego, Adroa, dios de la luz y la oscuridad, bajó a la tierra para ver cómo dormían los hombres.

En la orilla de un pequeño arroyo encontró a una gran serpiente de escamas brillantes como la luna y cientos de patas que no paraba de beber.

Al hacerlo de forma compulsiva, el agua desaparecía, y con ello su imagen espejada en el riachuelo. Adroa, extrañado, le preguntó:

—¿Por qué haces eso?

—Porque siempre tengo mucha sed, no se me calma si no bebo continuamente, pero cuando lo hago dejo de existir durante el tiempo que tarda en regresar el agua. Por eso no puedo moverme de aquí.

Adroa se apiadó de la serpiente y le dijo:

—Entonces te voy a quitar la necesidad de beber todo el rato. A cambio quiero algo que no te importe perder.

La serpiente, ilusionada, contestó de inmediato.

—Te doy mis patas, que no las uso para nada.

Adroa cumplió, pero cuando la serpiente se dio cuenta de que a partir de ese día tendría que arrastrar su vientre para moverse y, por consiguiente, dejaría de brillar, se puso muy triste.

—No te preocupes, que, como hija mía que eres, yo me encargaré de darte una piel nueva cada cuatro lunas —le concedió Adroa.

Desde entonces, todo lo que existe repite su ciclo: la serpiente muda la piel, el río vuelve a su cauce, la lluvia regresa al mar, el hijo emula al padre y los hombres cometen los mismos errores creyendo que son nuevos.

Todo lo que un día nace un día muere, y mientras tanto lo único que hacemos es repetir un ciclo que alguien estableció para nosotros.

Y su ciclo está a punto de terminar.

Once minutos.

Con la yema del pulgar acaricia el pulsador.

Avenida de Miguel Ángel Blanco

Nueve minutos para la traca final

Volar no vuela. De hecho, desde que salió de la Delegación del Gobierno ha estado mucho más cerca de arrastrarse que de alzar el vuelo.

Aun así, los primeros metros los ha recorrido con estúpido entusiasmo, con el acelerador pisado hasta el fondo y a tope de revoluciones.

Sin embargo, al cruzar la avenida de Salamanca ya ha tenido la sensación de que se le gripaba el motor, y al enfilar la siguiente calle se ha quedado sin combustible.

Ni una gota.

Solo las de sudor, que le empapan la frente.

El amor propio y, sobre todo, la creencia de estar en lo cierto le hacen caminar rápido.

Bastante tiene con seguir en pie. Está sufriendo con cada metro que recorre, casi más que en la galería, rodeado de ratas.

Además, cada vez que consulta el reloj del móvil le queda un minuto menos.

Ahora, en concreto, faltan ocho para las 18.

28. Pero lo peor no es su agotamiento físico.

Lo peor es que le queda por delante la subida al cerro.

Solo ha estado una vez allí. Hizo ese esfuerzo titánico una tarde que quiso alardear de ciudad con Erika Lopategui y Ólafur Olafsson, pero ninguno de los dos se mostró impresionado.

De eso ha transcurrido mucho tiempo, pero le da la sensación de que sigue enfangado como antes.

Como siempre.

Quedan siete minutos cuando las suelas de sus botas se hunden en la arena del camino que serpentea hasta el mirador de la Dehesa.

Hay poca luz, pero el camino no tiene pérdida.

Durante la subida, los pulmones y el corazón, hartos de funcionar al límite de su capacidad, se alían para presentar una queja formal al cerebro.

Este, diligente, la envía certificada y con carácter de urgencia, pero el usuario no parece estar en el domicilio.

No ha completado un tercio del trayecto final cuando empieza a sentir calambres en las piernas y se le nubla la visión periférica.

También le cuesta enfocar el número de la pantalla del móvil mientras continúa en movimiento, pero deduce que si esas dos últimas cifras son un dos y un cuatro es que solo dispone de cuatro minutos para completar el ascenso, lo cual le parece físicamente imposible.

Es en ese momento de máxima flaqueza cuando el cerebro traza un maquiavélico plan para tratar de salvar al usuario y activa una parte de su memoria reciente: «¡Que me prometas que tendrás cuidado, joder!». «Vale, vale. Te lo prometo.»

Sancho se detiene y levanta la vista. Se pregunta qué va a hacer si se encuentra con Gavilán ahí arriba. Ni siquiera le ha dado tiempo a pensarlo, pero si eso sucede se va a enfrentar a un tipo peligroso mucho más preparado que él y, casi con total seguridad, en mejores condiciones físicas.

—Vamos, cojones —se anima antes de emprender la marcha.

Pero los testículos no pueden hacer nada por ayudarle. Lo que necesita es más oxígeno, más piernas y, sobre todo, más tiempo.

Dos minutos.

Al completar la última curva y fijar su atención en el montículo elevado que alguien bautizó como el mirador de la Dehesa, cree ver una figura humana sentada en un banco, pero no sabe si es real o fruto de su imaginación.

Desde luego, lo que no va a hacer es pararse para salir de dudas.

Agradece que ese último tramo no sea tan pronunciado, y quizá es ese exceso de confianza lo que le hace tropezarse y dar con su maltrecho cuerpo contra la gravilla que cubre el camino.

Maldice su suerte al tiempo que da la orden de ponerse en pie, pero su cerebro, rencoroso —o quién sabe si prudente—, no le obedece. Es más, lo sabotea y les arrebata la energía a las extremidades para impedírselo.

Y en esa postura casi cómica, luchando contra sí mismo para incorporarse, sucede.

Camino del monasterio de Santa María de Palazuelos

18.28. La traca final

Desde el jardín de su casa, a los pies del cerro, Mónica no da crédito a lo que están captando sus retinas.

—¡Pablo, mira, ven! —vocifera—. ¡Rápido!

Pablo, extrañado por el exceso de entusiasmo de su mujer, acude presto.

—¿Qué pasa?