La piel de una gota La piel de una gota #10
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La piel de una gota #10

—Allí, ¿ves? —señala hacia arriba—. Algún imbécil está tirando fuegos artificiales. Como si hubiera algo que celebrar.

Una flor de color carmesí se abre como una herida en el firmamento.

De repente, Pablo da dos palmadas cargadas de esperanza.

—¡Coño, pon la tele, que igual se han cargado al mierda de Márquez!

Mirador de la Dehesa

Ocho segundos después de la traca final

—Hay que joderse —murmura desde el suelo al ver que un párpado incandescente de color violáceo se abre fugazmente en el cielo para desaparecer en la negrura instantes más tarde.

Ha fracasado.

Ha contado cuatro composiciones pirotécnicas; cuatro. Como el número de cápsulas radioactivas desaparecidas en el hospital.

No necesita más.

No le queda un átomo de energía en el cuerpo, pero algo en su interior, que tiene que ver con la dignidad —o la ira—, le llena el depósito lo suficiente como para ponerse en pie y sacar su arma reglamentaria.

Todavía no ha recuperado del todo la nitidez en la visión, pero con cada paso que da está más seguro de que hay alguien sentado en uno de los bancos de madera.

Y ese alguien no puede ser otro que Gavilán.

A unos diez metros de distancia, levanta el revólver del 38 y le apunta al pecho.

El aire trae olor a pólvora, y al percibir ese matiz se pregunta si no estará inhalando partículas radioactivas. Si no estará ya condenado.

La voz de Sara resuena de nuevo en su interior: «¡Que me prometas que tendrás cuidado, joder!».

Evalúa si apretar el gatillo directamente o seguir acercándose cuando un objeto cae a sus pies. Es una pistola.

—¡Inspector Sancho! —le llama el hombre—. Acérquese, estoy desarmado.

—¡Hijo de puta! ¡Lo ha hecho! ¡Tírese al suelo!

Gavilán gira la cabeza. En su mirada no hay duelo, solo paz.

—Eso no va a ser necesario. Le repito que estoy desarmado —le dice mostrándole las manos.

—¡Maldito sea, Gavilán!

—Ha estado a punto de lograrlo, inspector. Lo ha dado todo, pero al final le han fallado las fuerzas. Le he visto subir por el camino.

—¡Si no se tira al suelo le voy a meter dos cartuchazos ahora mismo!

—No se precipite, le interesa escuchar lo que tengo que contarle. Confíe en mí como yo confío en usted.

Su tono de voz, sosegado y firme, seductor, le invita a escucharle.

—Si está preocupado por usted y los suyos, y por sus conciudadanos, permítame mostrarle algo.

—No trate de jugármela, que no estoy yo para muchas hostias.

—Voy a meter la mano en el bolsillo, ¿de acuerdo?

—Hágalo muy despacio.

Gavilán lo hace, y al extender los dedos aparecen tres pequeños cilindros metálicos que Sancho no es capaz de identificar.

—Estas dos son las cápsulas de cesio, y esta de aquí —señala— es la de iridio. Las voy a dejar sobre el banco, pero de momento no se acerque más. Es por su seguridad.

Incrédulo, sorprendido, el pelirrojo niega con la cabeza.

—¿Entonces? ¿Los fuegos?

—Es mi forma de homenajear a Cristina. Las carcasas estaban limpias, se lo juro por su memoria.

No sabe el motivo, pero Sancho tiene la certeza de que dice la verdad. Una sensación de alivio le inunda por dentro.

—Pero... ¿Por qué?

—No tiene que haber un porqué, inspector, pero sí tiene que haber un sentido. Déjeme que se lo explique de otro modo. ¿O tiene prisa?

Sancho, que sigue apuntándole, se encoge de hombros.

—No mucha, la verdad.

Gavilán deja que su mirada se pierda en el horizonte.

—Al principio de los tiempos, cuando Adroa creó el mundo, hizo a los hombres de agua de lluvia para que su existencia tuviera un sentido: nutrir la tierra.

Pero por aquel entonces el sol nunca se ponía, y a lo largo del día los derretía por completo convirtiéndolos en ridículos charcos, por lo que tenía que crearlos una y otra vez.

Se le ocurrió por tanto entregarles una gota de su divinidad para que pudieran hacerse una piel que los protegiera.

Ese regalo convirtió a los hombres en inmortales y, por tanto, en los seres más fuertes de la creación, y con el tiempo se volvieron crueles con el resto.

Decepcionado, Adroa le encargó a Adro que les diera una lección para restablecer el equilibrio.

—La puta armonía... —comenta el pelirrojo en voz baja.

A Gavilán le nace una sonrisa limpia, infantil.

—Una noche, Adro bajó a la tierra disfrazado de viento, y con sus uñas hizo un rasguño invisible en la piel de los hombres, y por ella perdían su vitalidad poco a poco.

Cuando empezaron a morirse con el paso de los años fueron a rogar a Adroa, y este, benevolente, le exigió a Adro que les diera una solución.

Adro aceptó, pero les advirtió de que les iba a costar esfuerzo.

Gavilán imposta la voz, como lo hacía Arube Mbemba.

—«Elegid al mejor de vuestros cazadores y yo le proporcionaré los medios.

» Adro le entregó al elegido un arco sagrado y unas flechas y le dijo: «Sube a la montaña más alta, desde allí podrás alcanzar al sol y dejaréis de morir con el paso del tiempo».

El cazador empleó toda la jornada en alcanzar la cima.

Desde allí disparó la flecha, y al rato vio como el sol moría lentamente y nacía otro astro más pequeño que daba luz sin calor, al que llamaron luna.

Esta trajo días de frío y oscuridad. Los cultivos dejaron de crecer por falta de luz y los hombres empezaron a morir de hambre.

Cuando fueron a protestar a Adro, este le dio al cazador otras flechas distintas para matar a la luna.

«Sube a esa otra montaña, desde allí podrás alcanzar a la luna. »

Sin darse cuenta, Sancho baja el arma.

—El cazador cumplió con su cometido. Así, durante el día los hombres cumplían con su función de nutrir la tierra y por la noche su agua de lluvia se recargaba.

Sin embargo, el cazador tenía que subir dos veces a las montañas más altas para matar primero al sol y luego a la luna.

No pasó mucho tiempo hasta que este fue a hablar con Adro y le dijo: «No puedo más con este castigo, estoy cansado de subir y bajar las montañas más altas y nunca veo a mis seres queridos».

Y el dios le contestó: «Entrega tu arco sagrado a tu hijo y que se encargue él.

Cuando se canse, que se lo dé a su hijo, y así hasta el final de los tiempos».

El cazador se negó, pues no quería trasladar su condena a su descendencia, así que le pidió otra solución, y Adro le dijo: «La única solución es que hables con el sol y la luna y los convenzas para que se dividan el día en dos».

«Pero eso no puede ser, porque cuando uno está vivo el otro está muerto.

¡Es imposible que se pongan de acuerdo!», le gritó.

Y Adro le respondió: «Eso lo tendrías que haber pensado antes de disparar la primera flecha al sol».

Sancho, confundido, no sabe qué decir.

—Como el cazador, yo también me he cansado de subir a las montañas más altas para disparar flechas que solucionen la vida de otros, inspector. Ya no tiene sentido.

—¿Y así termina la historia?

Gavilán, que no ha dejado de sonreír, introduce la mano en el otro bolsillo y le muestra algo que sostiene entre el índice y el pulgar: la cuarta cápsula.

—No, la fábula no termina de esa manera.

El cazador, agotado, condenado, decidió hablar primero con el sol y después con la luna, y a ambos les ofreció lo mismo: su vida a cambio de que se repartieran el mundo en día y noche.

Los dos aceptaron. Al día siguiente el cazador se disparó una flecha en el corazón, y, desde entonces, el sol y la luna, la luna y el sol, se entienden y se respetan.

Sancho se anticipa mentalmente a las intenciones de Gavilán.

—Iridio. Esta es mi flecha, inspector.

—¡No lo haga! ¡No es necesario!

—Sí, lo es. Duele menos convertirse en un ridículo charco que seguir siendo un cazador.

Y sin dejar de mirarlo, la abre, se la introduce en la boca y se la traga.