La piel de una gota #8
La multitud se defiende con insultos, patadas y empujones.
Sin embargo, también los hay que consideran que ya se han manifestado lo suficiente por hoy y se retiran.
Los agentes avanzan como un bloque, pero siguen lloviendo los objetos que los amotinados lanzan desde la retaguardia, lo cual alimenta el entusiasmo de los policías a la hora de golpear.
Buscan extremidades y costillares, pero a veces se encuentran con alguna que otra cabeza, y ya hay brechas sangrantes entre los agraciados con menos suerte.
La presencia del color rojo ahuyenta a algunos y estimula a otros, que se lanzan a por uno de los agentes, que ha cometido el error de separarse del grupo.
No tardan en tirarlo al suelo, y en el breve espacio de tiempo que invierten sus compañeros en ir a socorrerlo le caen más patadas que en un Boca-River.
Entretanto, Sancho ha avanzado, apretando los dientes para combatir el dolor de sus múltiples heridas.
Está a unos diez metros de la línea policial, que se ha visto obligada a replegarse casi hasta el punto de partida.
El subinspector que los lidera, a la espera de que le autoricen el uso de balas de goma, se limita a repetir una sola palabra: juntos , pero no es fácil repartir tantos pedidos ante el exceso de demanda.
Hay varias decenas de manifestantes dispuestos a aprovechar lo que parece un momento de debilidad de las fuerzas del orden, y, como si estuvieran sincronizados, arremeten con extrema violencia contra los agentes, que se compactan aún más.
Sancho aprovecha para desplazarse dibujando una línea curva.
Tiene fijado su destino en la mente, y verlo tan cerca le invita a abrirse paso a empujones.
De repente, escucha gritar a alguien: «Están disparando», y al alzar la mirada lo corrobora.
Dos agentes armados con escopetas Franchi SPS 350 hacen rebotar la munición contra el suelo, y esta impacta en gemelos, muslos, glúteos y, por qué no, algún abdomen.
Las andanadas surten efecto, y la masa crítica pasa de ser diamantina a calcárea en pocos segundos.
Sancho saca su placa y aprieta el paso en dirección contraria a la que huye la gente.
Esquiva a varios manifestantes, aunque no puede evitar ser arrollado por un hombre de más de cien kilos que carga contra él como un búfalo cafre.
Su experiencia sobre un campo de rugby le permite mantener la verticalidad, pero al erguirse de nuevo se encuentra de frente con un rostro crispado tras una visera empañada.
El agente de la UIP, muy metido en harina, levanta la defensa preparado para golpear.
—¡Soy el inspector Sancho! —grita.
—Coño, Sancho, soy Mikel. ¿Qué haces aquí metido?
—Tengo que entrar.
El otro sonríe y le da una palmada en el pecho.
—Pues haberlo dicho antes, colega.
Hospital Campo Grande
Dos horas y dos minutos para la traca final
—Lo siento, lo siento..., llego muy justa —se disculpa Sara al tiempo que se quita el abrigo y lo tira sobre la cama.
María, sentada en el sofá con un libro en las manos, le regala una sonrisa que le sale del alma.
—No te preocupes, no sabes lo a gustito que estaba. A partir de ahora mi día solo va a ir a peor.
—Es que la calle parece zona de guerra. Hay concentraciones y disturbios en mil sitios.
—Ya me he enterado de lo del hombre al que han disparado en el Duque de Lerma. ¡Es que no dan una!
Enseguida María se percata de su metedura de pata.
—Uy, perdona, no me refería a...
Ahora es Sara quien le devuelve el gesto amable.
—No, si tienes razón. Pero esta última creo que se la van a tener que comer otros. ¿Cómo están mis brujitas?
—De maravilla, no dan ni un poquito de guerra. Por cierto, antes le he preguntado a la doctora y me ha dicho que las últimas analíticas de Greta han salido de libro. Me ha dicho que pasará por aquí entre las cinco y las seis.
A Sara la recorre una ola cálida de emoción que rompe en el pecho.
—Mis niñas —dice con la voz tomada, pero en tono melifluo—. Lo hemos hablado antes, y la verdad es que no sabemos cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por nosotros. Cuando todo esto pase vamos a organizar algo en condiciones.
—Espero que no tarde mucho más, porque la gente está al límite.
—Yo diría que el límite ya lo han sobrepasado.
—Igual la visita del presidente no ha sido muy oportuna.
—Otros pensarán que ya deberíamos haber atrapado a Gavilán, y todos tienen razón. No se puede vivir con miedo.
La matrona se despide de las pequeñas y le da dos besos a Sara.
—Mil gracias de nuevo, y disculpa que haya llegado sobre la bocina.
—De verdad, no te preocupes. Mi abuelo, que era un impuntual crónico, siempre decía: «La muerte es la única que no lleva reloj y llega siempre a la hora convenida». Cuando termine el turno me escapo a veros.
Sara se queda rumiando la frase.
—A la hora convenida —repite—. ¡Claro, coño, claro!
Lo siguiente que hace es sacar el móvil del bolsillo del abrigo y llamar a Sancho.
—Como lo tengas apagado te mato —verbaliza.
Al segundo tono responde.
—Dime.
—¡La muerte de Cristina! ¡La hora! Ese es el momento.
—A ver, Sara, más despacio.
—Tienes que averiguar la hora de la muerte de Cristina. Estoy segura de que Gavilán lo hará coincidir con la traca final.
Silencio.
—Joder, lo teníamos delante de las narices. Bien pensado, preciosa. Aunque aquí tienen un jaleo que no te imaginas. Cuando he llegado había un montón de gente fuera de la delegación pidiendo sangre.
—¿Y?
—Pues que ha habido sangre.
—¿Estás bien?
—Se me han abierto algunos puntos, pero sí, estoy bien. Aquí siguen reunidos y no me dejan entrar. Están buscando a quién cargarle el muerto, que, por cierto, ¿sabes quién era?
—Pues no, Sancho, no.
—El cabo primero Méndez.
—¡Qué me dices!
—Al parecer se había encaramado ahí a modo de protesta.
—Pobre idiota.
—Y tanto. La prensa ya tiene su relato, y, claro, no van a dejar pasar la oportunidad de hacerle mártir. Bueno, ¿y las peques cómo están?
—De maravilla. María ha hablado con la doctora y le ha dicho que las últimas pruebas han salido bien. Igual en unos días...
—¡Cojonudo! No veo la hora de teneros a las tres en casa.
—Igual te arrepientes —bromea Sara—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Voy a tratar de averiguar la hora exacta de la muerte, pero me suena que cuando llegó ya era de noche, así que todavía tenemos algo de margen.
—Sancho, por favor, hagas lo que hagas, ten mucho cuidado, ¿vale?
—Oído.
—No, quiero que me lo prometas.
—¿Cómo?
—¡Que me prometas que tendrás cuidado, joder! —repite en un tono más duro.
—Vale, vale. Te lo prometo.
—Llámame cuando tengas algo. Te quiero.
—Y yo.
En algún lugar del subsuelo
Una hora y treinta minutos para la traca final
Toca salir.
Por última vez.
El tiempo que ha permanecido a oscuras y en silencio le ha parecido un pestañeo. Es posible, incluso, que se haya quedado dormido, pero sobre lo que ya no alberga ninguna duda es acerca de lo que va a hacer.
Va a cumplir.
Antes de subir por los barrotes metálicos, se pone el mono azul de trabajo y el chaleco, revisa el contenido de la mochila para cerciorarse de que tiene todo lo necesario y se pone en marcha.
Contiene la bajada de la tapa metálica de la arqueta para evitar hacer ruido y sale sin mirar atrás.
Sabe que hay muy pocas probabilidades de que alguien lo vea, pero por si acaso actúa con total normalidad.
Por el camino de tierra que asciende hacia la plaza de las Cometas visualiza el lugar donde enterró el cuerpo de Kivu y, días después, el material que se llevó del almacén pirotécnico de Madrid.
Lo hizo dentro de una caja metálica donde introdujo la consola de ignición, los tubos de lanzamiento, la batería sellada de 12 voltios y las cuatro carcasas, revistiendo todo el interior de manera cuidadosa con aislante térmico para combatir la humedad.
Con la idea de recuperar el aliento que le ha requerido el esfuerzo de la subida, y antes de adentrarse en la lengua de matorrales y encinas que tapizan de verde frondosidad el espacio central del cerro, echa un vistazo a los bloques de viviendas que proliferan en su línea de visión y calcula a vuelapluma que ahí vivirán entre veinte y treinta mil personas.
—Dime, Cris, ¿esto es lo que querías?
Sin obtener ninguna respuesta, inclina la cabeza y prosigue su camino. Al fondo escucha el ladrido de un perro que, de forma inevitable, le lleva a recordar a Kivu, a pesar de que ella jamás ladraba. El aullido lastimero que tanta gracia le hacía resuena en su cabeza.
—Mi pequeña —murmura.
Tiene marcada la encina que usó como referencia para enterrarla junto a sus raíces.
Antes de excavar, dedica unos minutos a rememorar algunos de los buenos momentos que pasó junto a Kivu y lo mucho que le ayudó a superar la fase de soledad que le tocaba vivir.
La tierra, arenosa y dócil, no le opone apenas resistencia, incluso cavando de rodillas.
Un chasquido le hace saber que la pala y la caja metálica se han encontrado.
No tiene ninguna necesidad, pero aun así extrema la precaución para terminar de sacarla.
Retira los restos antes de abrirla y se cerciora de que dentro está todo en perfecto estado.
Comprueba su reloj y sonríe por la coincidencia.
Quedan treinta y nueve minutos para que anochezca.
Y treinta y nueve más para que todo termine.
Delegación del Gobierno
Una hora y un minuto para la traca final
Está perdiendo un tiempo precioso esperando a que termine la condenada reunión, pero confía en convencer a Malpica para que le autorice a poner en marcha una operación en el cerro de Las Contiendas.
Está nervioso, y se había conjurado para interrumpirla si el de la CGI no salía en los próximos cinco minutos.
De eso han pasado ya veinte.