La piel de una gota La piel de una gota #7
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La piel de una gota #7

Celso Malpica mira la pantalla de su móvil como si fuera la primera vez que ve ese extraño artilugio.

—Disculpadme un segundo.

—Antes, Anchorena ha dicho algo que nos hemos tomado a cachondeo, pero no paro de darle vueltas —retoma Sara—. Algo así como una mascletá radioactiva. Vale. ¿Y si Gavilán se hubiera hecho con más fuegos artificiales del almacén ese de Madrid que hizo desaparecer del mapa?

El pelirrojo se acaricia la nuca pensativo.

—Pongamos que sí. Sigue.

—Es que le daría sentido a eso de la traca final, ¿no? Él funciona de esa manera: todo tiene que encajar. Mete las cápsulas en las carcasas y fiuuuuu —dice acompañando esta última expresión con un gesto.

—Bien. Pero si fuera de ese modo tendría que lanzarlas desde algún lugar elevado, no creo que monte el tenderete de los fuegos en la calle Santiago.

Sara abre mucho los ojos.

—Espera, espera, espera...

Sara abre la carpeta y empieza a pasar folios buscando las transcripciones.

—En una de las primeras conversaciones que mantuvo contigo, cuando te contó la movida de su perra, mencionó que veía la ciudad divirtiéndose o algo así. Eso significa que estaba en un punto elevado. Aquí está, lee.

—«En las últimas ferias salí a pasear con Kivu, mi perra, el único ser vivo que me importaba.

Lo único que me quedaba. Y por culpa de sus malditos fuegos artificiales la perdí.

Ustedes me la arrebataron. Y mientras yo sostenía su pequeño cuerpo sin vida, contemplaba desde lo alto cómo Valladolid entera se divertía.

Ese desequilibrio hay que corregirlo, y como ustedes no piensan hacerlo, me tengo que encargar yo. »

—Y luego te cuenta lo de cambiar la ley y bla, bla, bla.

Celso Malpica regresa con semblante fúnebre.

—La hemos cagado bien cagada —anticipa—. Era Fernández Villanueva, mi jefe. Hemos abatido a un hombre en el Duque de Lerma durante la visita de Márquez.

—¿Abatido? —pregunta Sancho.

—Está muerto. Se ordenó un disparo no letal, pero estaba a cierta altura, y, al caer, adiós.

Sara Robles resopla.

—Pero ¿había alguna amenaza? —pregunta.

—Creyeron que podía tratarse de Gavilán porque iba con pasamontañas y llevaba algo sospechoso en la mano, tal vez un dispositivo para detonar un explosivo. Los de seguridad del presidente se pusieron nerviosos y fin de la historia.

—¿Y ahora qué?

—Villanueva nos ha convocado en la sede de la Delegación del Gobierno para ver cómo afrontamos esta crisis. Me tengo que ir.

—Todo mal, joder —comenta Sancho.

—Pero todavía puede ir a peor: la gira triunfal del presidente continúa. Hablamos.

Sara y Sancho observan alejarse a Celso Malpica como reo al cadalso.

—Y nosotros, ¿qué? —se pregunta Sancho.

Sara consulta el reloj del móvil.

—Aún nos queda una hora y media de niñera: seguimos. Creo que estamos cerca.

—¿Cerca de qué?

—No lo sé, pero cerca. Pídeme otra mierda poleo de estas, que me siento inspirada.

En algún lugar del subsuelo

Dos horas y cincuenta y cinco minutos

para la traca final

Ha tardado más de una hora en desplazarse hasta el punto que ha fijado para salir al exterior.

Al carecer de plano ha tenido que deshacer el camino dos veces, pero por fin está en el colector correcto, que le lleva hasta la arqueta ubicada en la calle Monasterio de la Santa Espina, a los pies del cerro de Las Contiendas.

Tenía varias opciones, pero ha mantenido la que eligió y marcó en su día porque está frente a un solar sin edificar.

Su reloj marca las 15.16, por lo que aún le queda tiempo.

El tiempo que le queda.

Se sienta en el cemento y apaga la linterna para ahorrar batería, pero, principalmente, para llenarse de la oscuridad placentera que necesita para reflexionar sobre un pensamiento, una idea que no ha dejado de perseguirle desde que ha hablado con el inspector Sancho.

«Estoy convencido de que ella no deseaba de verdad que usted se convirtiera en su brazo ejecutor.»

—¿Qué tienes que decir a eso, Cris? ¿Era o no era lo que querías que hiciera por ti?

El silencio devora sus palabras.

—¿O solo querías vaciarte? Igual tu diario era eso: una carta que nunca tenías pensado enviar. Porque, si yo no te hubiera mandado ese mensaje por nuestro aniversario, no me habría presentado en tu casa y jamás lo habría encontrado.

Una risa hueca choca contra la humedad de las paredes.

—¿Entonces? ¿Crees que tu voz la hice mía para tener una excusa que diera sentido a mi vida? Puede que solo quisieras que te dejara marchar y que ahora te estés avergonzando otra vez más de mí.

El Témpano nota que se le humedecen las mejillas.

—Mis dioses ya no me hablan. Hace tiempo que me dieron la espalda. No lo hagas tú, por favor. Si me he equivocado, amor mío, házmelo saber de algún modo. Tenemos margen todavía.

Cafetería Papillon

Dos horas y cuarenta y un minutos para la traca final

Con dos dedos, Sara amplía y reduce el mapa sobre la pantalla del móvil para desesperación de Sancho. Se la nota excitada, como una adolescente cuando sabe que tiene razón.

O por una sobredosis de menta poleo.

—A ver. Si nos fiamos de lo que Gavilán te contó, salió a pasear con el perro...

—La perra —la corrige Sancho.

Sara le atraviesa con la mirada.

—La perra. Sabemos que esos días se alojaba en casa de Cristina, en Girón.

Aquí —señala con el índice—. Lo lógico es que no fuera hacia el centro porque siendo ferias estaría petado.

Vale. Aquí enfrente tiene un descampado, pero si nos fiamos de lo que te dijo, contemplaba desde lo alto cómo la ciudad se divertía. Desde lo alto, joder.

Sara da una fuerte palmada.

—¡Tiene que ser aquí! Tiene que ser en el cerro de Las Contiendas.

—Puede ser, sí.

—¡Pues claro! Tiene sentido que sacara al perro, a la perra —rectifica—, a pasear por aquí, pero es que esto lo enlazo con la traca final y la chorrada que dijo Anchorena de la mascletá.

—Gavilán pudo llevarse el material del almacén perfectamente, y cuadra con su manera de actuar. Encaja a la perfección, pero la zona es enorme —juzga Sancho.

Saca su teléfono y abre una sesión de Google mientras Sara sigue examinando el mapa.

—Aquí dice que tiene sesenta y seis hectáreas y diecisiete kilómetros de caminos y senderos —aporta él.

—¡Sí, pero si hay un sitio ideal para lanzar unos fuegos, ese es el mirador de la Dehesa!

—¡Joder, claro! Desde ahí se ve la ciudad. Habría que poner en marcha un operativo cagando leches.

Sancho busca el contacto de Celso Malpica.

—Mierda, lo tiene apagado.

—Dijo que iba a la Delegación del Gobierno, ¿no?

—Eso dijo.

—Pues, hala, vuela.

Y eso hace.

O lo intenta. De hecho, le encantaría poder volar sobre la marabunta de personas que rodean ese edificio.

El grito de «Asesinos, asesinos» es lo más repetido por la multitud, por lo que Sancho deduce que la noticia de la trágica muerte de ese civil ha corrido como la pólvora.

Hay gente de todas las edades, pero lo que se aprecia por encima de todo es indignación.

Sus expresiones faciales parecen sacadas de La carga de los mamelucos de Goya.

De algún modo, Sancho empatiza con ellos.

Tienen todo el derecho del mundo a manifestar su irritación.

Son muchos los fallecidos, mucha la destrucción, y cuando una población entera se siente indefensa, suele tardar muy poco en tomar medidas.

Y él, por la parte que le toca, se siente culpable.

No obstante, tiene que hablar con Malpica como sea.

Primero se echa a un lado y vuelve a llamarle por teléfono con idéntico resultado.

Acto seguido dedica unos segundos a analizar la situación.

Hay un cordón de agentes de la Unidad de Intervención Policial —Grupo VII, indicativo Reno— intentando que la gente mantenga la calma, pero en sus ojos se puede leer el miedo a que la situación se descontrole en cualquier instante.

Tratar de llegar hasta la puerta e identificarse no es la mejor opción, pero es la única, por lo que no se lo piensa y se filtra como el agua entre las rocas.

No obstante, ni él es líquido ni los cientos de personas que se interponen en su camino están estáticos, y cada vez que entra en contacto con alguno se acuerda de las mordeduras de las malditas ratas.

—¡Mierda, joder!

Una botella que vuela como un proyectil balístico por encima de sus cabezas estalla a los pies de uno de los uniformados.

Se escuchan varios «tenemos que entrar» que son jaleados por los más alborotados, mientras que otros, menos entusiastas, buscan con la mirada posibles rutas de escape.

Alguien sopla un silbato —un pitido largo— y, de repente, se forma una muralla orgánica de policarbonato y metal.

Hombro con hombro, a pasos cortos, los policías avanzan en dos filas al tiempo que conminan a los presentes a retroceder a través de un megáfono.

Pero eso no va a pasar.

Desde donde está, Sancho ve que comienzan los empujones en la primera línea de frente y los procesa como una oportunidad.

Sabe que los agentes no van a tardar en recibir la orden de cargar, y los que le rodean también, porque cada vez rugen más y más fuerte, cual fieras antes de lanzar la primera dentellada.

Más objetos impactan contra los escudos, pero no es hasta que cae el primer adoquín cuando Reno 11, subinspector al mando del grupo de antidisturbios, da la orden.

Defensas arriba y abajo.

Calor negro indiscriminado.