La piel de una gota La piel de una gota #6
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La piel de una gota #6

—Puesto de mando a todos los indicativos. Nivel rojo —ordena—. Evacuamos a Principal-1.

—Jefe Alfa, recibido.

—¿Es él? —pregunta Anchorena en voz alta—. ¿Y qué es eso que sobresale de la mochila?

—Imposible saberlo —responde alguien.

—Fijando objetivo con cámara EO —comunica la operadora del dron—. Amplío el zoom y cambio a visión térmica.

Silencio.

—El objeto es metálico —confirma.

—¿Podría ser el cañón de un rifle de precisión? —pregunta Anchorena.

—El zoom está al máximo, pero no es posible precisarlo.

—Aquí Águila Tres en azotea, a setenta y ocho metros del objetivo. Objetivo a tiro. Espero instrucciones.

—El sospechoso está sacando algo del bolsillo —advierte la operadora.

—¡Podría ser un detonador a distancia! —elucubra Julio Garrido alterado.

—Aquí Jefe Alfa. Principal-1 en el vehículo. Procedemos a la evacuación.

Antón Anchorena evalúa la situación mientras en el interior de la furgoneta táctica se produce un intenso debate sobre la amenaza.

—¡Podría tener un explosivo de gran magnitud preparado para cuando pase el convoy! —se reafirma Garrido—. ¡Por eso se ha colocado en altura, para verlo mejor! ¡Hay que abatirlo!

—Diría que el sospechoso está apuntando con el dispositivo al convoy —informa la operadora.

Anchorena chasquea la lengua.

—No tenemos confirmación de que sea Gavilán, ni de que eso que sostiene en la mano sea un detonador.

Airado, Garrido se incorpora, se quita las gafas y se acerca a un palmo de la pantalla. Mientras examina la imagen, respira de forma entrecortada.

—¿No se puede mejorar la calidad de la imagen?

—Está al máximo de resolución —responde la operadora—, pero puedo capturar la imagen y ampliar.

La operadora tarda tres segundos en hacerlo.

—Nada, no se ve una mierda —evalúa Garrido—. Pero ¡¿qué demonios iba a hacer alguien ahí subido?! ¡Tiene que ser él!

—Jefe Alfa a puesto de mando —se escucha por el equipo de transmisión—. Tenemos problemas para evacuar. Una concentración de protesta nos impide el paso. Buscamos ruta alternativa.

—¡Joder! —protesta Garrido—. Se lo estamos poniendo a huevo. Yo asumo la responsabilidad como responsable de la seguridad del presidente.

—¿Está seguro? —pregunta Anchorena.

—¡Dé la orden!

—Puesto de mando a Águila Tres. Tiene permiso para realizar un disparo no letal.

—Águila Tres. Recibido.

Escombros del edificio Duque de Lerma

Tres horas y cuarenta y siete minutos

para la traca final

No puede decirse que a Gerardo Méndez le haya sonreído la vida ni que sea un tipo con suerte.

De hecho, nació muy estrellado, y a lo largo de su histórico vital nunca ha logrado revertir esa tendencia que le ha hecho cosechar muchas más derrotas que victorias.

Quizá por ello su cabeza no funcione como la del resto de los mortales.

Su padre, buscavidas de profesión, decidió cruzar el charco y probar fortuna en las Américas el día después de que Paloma, su novia de toda la vida, le dijera que estaba embarazada.

Apareció muerto en una pensión de Río de Janeiro con nueve cuchilladas, una por cada mes de gestación del hijo del que quiso desentenderse.

El pequeño Gerardo creció en el barrio de Lavapiés viendo cómo las distintas parejas que iban pasando por la cama de su madre le consideraban una carga.

No destacó en los estudios, ni en el deporte, ni en ninguna otra faceta que le facilitara escapar del pozo de carencias en el que le había tocado desarrollarse.

Cuando él tenía trece años, su madre empezó una relación con un hombre que acababa de heredar una casa en Valladolid y que tenía una hija dos años mayor que Gerardo.

El inicio de la pubertad y el tamaño de los pechos de su hermanastra le pasaron por encima como una apisonadora, y desde entonces nació en él la necesidad de gustar a las chicas sobre todas las cosas.

Como no era muy agraciado en lo físico, resolvió que debía hacer uso de un superpoder que él llamaba persistencia, y el resto era cuestión de dar la chapa .

El problema era que no se veía capaz de decidirse solo por una, por lo que tiraba los trastos a todas las que le trataban con cierta amabilidad y, por supuesto, tenían curvas pronunciadas.

Gerardo ahorraba las propinas para invertirlas en regalos, que acompañaba de notas en las que expresaba su sentir.

Aquello le hizo estar en boca de todos sus compañeros de clase, ya bautizado como el Chapa.

No consiguió su objetivo hasta los diecisiete, cuando Asun se cruzó en su camino y cedió ante su tozudez durante los casi dos minutos que duró el coito.

No repitió. Él, sin embargo, lo vio como un refrendo de su estrategia y se lanzó a tumba abierta a por la chica que desde siempre más le había llamado la atención: Cristina.

Hoy habría sido denunciado por acoso, pero en aquellos días las persecuciones amorosas no se percibían igual.

Fracasó una y otra vez en cada intento de salir con ella.

Pero él, pico y pala, a lo suyo. Conocía a la perfección su rutina y los lugares que frecuentaba, por lo que se hacía el encontradizo con la esperanza de que en alguna ocasión sucumbiera a sus encantos.

Y así estuvo hasta que ella se licenció en Arquitectura y se marchó a hacer prácticas a Almería.

Fue entonces cuando quiso dar un giro a su vida y se alistó en el Ejército.

Allí descubrió que su constancia sí tenía cabida en aquel mundo, y poco a poco se fue ganando un espacio en un lugar en el que no destacaba, pero en el que al menos no sentía rechazo.

Su capacidad para no gastar más de lo estrictamente necesario le hizo ahorrar una cantidad que sumó a lo que su madre le dejó en herencia cuando falleció de cáncer, montante suficiente para pagar la entrada de la hipoteca de un piso en el mejor y más destacado edificio de la ciudad: el Duque de Lerma.

Su logro más importante, la prueba irrefutable de que la insistencia acaba dando sus frutos.

Su vida discurría por aguas mansas hasta que se enteró de que el amor de su vida había vuelto a Valladolid.

El caprichoso destino había querido que se casara con Marco Antonio Gavilán, con el que había coincidido hacía años en el Líbano.

Todo lo que había escuchado sobre él sonaba a película de Hollywood, muy lejos de su alcance, pero resultó que, de tan cierto que era, le había acabado pasando factura y le había hecho perder a Cristina, que había decidido reencontrarse con sus raíces.

Él no estaba dispuesto a dar la espalda a la nueva oportunidad que le estaba brindando el destino, pero tampoco tuvo suerte en esa etapa de reconquista —aunque, en realidad, se trataba de un territorio nunca conquistado—. Misma estrategia, idénticos resultados.

Otro fracaso sentimental.

Al enterarse de la muerte de Cristina, sufrió de un modo absurdo la pérdida de alguien a quien creyó amar pese a que jamás había establecido con ella un lazo afectivo.

Se encontraba en pleno proceso de recuperación cuando recibió la llamada de Gavilán.

No lograba salir de su asombro cuando le dijo que quería hablar con él de Cristina.

Días más tarde fue a visitarle al cuartel, y aunque intuía que no intentaba forjar ninguna amistad, no sospechó que pretendiera aprovecharse de él ni que, desde luego, tuviese la intención de volar el edificio donde él vivía.

Asistir al momento en el que su vida se convertía en un montón de escombros hizo que sus cimientos personales cedieran ante el peso de la evidencia: nada tenía.

Con su futuro profesional en entredicho hasta que se aclararan los hechos, su amor bajo tierra y él sin techo, no le quedaba otra que luchar por sus derechos y los de todos los afectados por la locura de Gavilán.

Así, autoerigido en adalid de esa causa, en cuanto se ha enterado de que por fin el presidente del Gobierno se dignaba a visitar la ciudad ha burlado el cordón policial de madrugada y ha aguardado pacientemente entre los escombros de lo que un día fue su hogar con un solo propósito: ofrecer al mundo una visión diferente sobre los terribles sucesos de Valladolid.

Gerardo Méndez no pretendía otra cosa que grabarse encaramado en lo que quedaba del edificio protestando contra la falta de medidas institucionales para resarcir los daños causados.

Por eso llevaba el palo selfi en la mochila, pero en cuanto se ha percatado de que Márquez abandonaba el lugar, ha decidido grabarle e increparle con la esperanza de que su vídeo se volviera viral.

Así funciona la cabeza de Gerardo Méndez.

O funcionaba, porque hace apenas unos segundos que ha dejado de estar operativa.

La bala de calibre 7.62 que le ha atravesado el bíceps femoral le ha hecho perder el equilibrio, y a pesar de que la caída no superaba los tres metros, su cuerpo se ha ensartado en tres varillas de hierro que sobresalían de un bloque de hormigón que le han atravesado ambos pulmones y el corazón.

Por suerte, ha muerto casi en el acto.

Si es que a eso se le puede denominar suerte.

Cafetería Papillon

Tres horas y treinta y seis minutos para la traca final

—En realidad, ni siquiera sabemos el cuándo —objeta Sara—. Es decir, pensamos, y yo creo que estamos en lo cierto, que la maldita traca final va a ser hoy. Pero el día tiene veinticuatro horas.

Hace unos minutos que han decidido trasladar el debate al interior de la cafetería. La baja temperatura, a pesar de que es llevadera, es un martillo pilón que ha ido machacando su resistencia al frío durante el tiempo que llevan ahí reunidos.

—Eso ya es pretender hilar muy fino —dice Malpica.

—Demasiado —coincide Sancho—. A mí me sigue interesando mucho más averiguar dónde lo hará.

—Bueno, y ya que nos ponemos palos en las ruedas —interviene Sara—, tampoco sabemos cómo. Tenemos claro que pretende utilizar las cápsulas radioactivas, y se supone que va a esparcir el contenido por el aire, ¿no? Pero ¿cómo?

—Hay que joderse...