La piel de una gota #5
Anchorena encorva la espalda como si de repente su asiento se hubiera vuelto incómodo.
—Recibido.
Cafetería Papillon
Cuatro horas y veintiséis minutos para la traca final
Desde que Gavilán ha amenazado con atentar contra Pablo Márquez, Sancho ha tratado de hacerle ver que sería un grave error para él poner en marcha un plan improvisado y a la desesperada. Entretanto, Malpica ya les ha confirmado que el periplo del presidente continúa para desgracia de todos.
—Son riesgos que he de asumir, no me importa —argumenta Gavilán—. Si tengo que morir por ese diario estoy dispuesto a hacerlo. Porque supongo que el presidente no ha venido a anunciar que acepta mi propuesta, ¿verdad?
—Me temo que no.
Malpica le pone delante la pantalla del móvil, en la que puede leer: «Intercámbiaselo por las cápsulas radioactivas».
—Quizá, y solo quizá —remarca Sancho—, los mandos accederían a intercambiarlo por las cápsulas de iridio y de cesio que sustrajo del Hospital Clínico. ¿Es así como va a robarle el aire a toda una ciudad?
Silencio.
—¿En eso consiste la traca final? —insiste Sancho—. No puedo considerarme un experto en la religión que profesa, pero no creo que sus dioses aprobaran eso para restablecer el equilibrio.
—Cada uno tiene que cumplir con sus obligaciones. Eso no lo dicta ninguna religión.
Sancho detecta una oportunidad y no se lo piensa.
—Cierto, y en su caso lo dicta Cristina. Nos ha estado engañando desde el principio: sus actos no los ha llevado a cabo por iniciativa propia ni tenían el propósito que nos ha intentado hacer creer.
—Explíquese.
Sancho abre el diario por la marca.
—Leo textualmente la última anotación del diario, fechada el 11 de diciembre de 2021.
«Marco, si alguna vez volviera a verte te pediría que hicieras algo por mí.
Considéralo mi primer y último regalo de aniversario de boda.
Me encantaría que los que se han encargado de meterme en este pozo del que ya no voy a salir pagaran por ello.
Llámalo justicia, o venganza, ya me da igual.
No sé ni por dónde empezar. Sí, por el gordo repugnante de Gustavo Cuadrado, que se apropió de mis ideas para ponerse más medallas.
Medallas que no necesitaba. Puto Tragaldabas, ojalá reventara por dentro como el gordo de la escena de El sentido de la vida de Monty Python.
Y al alcalde, por consentírselo y defenderlo, le deseo una muerte lenta y dolorosa.
Pero que antes de eso asistan a la destrucción de las obras que me robaron, las fuentes que yo diseñé, la iluminación de la torre de la catedral... , todo. Que se jodan.»
El pelirrojo se humedece los labios antes de continuar leyendo.
—«Y que se muera también el chapa de Gérar, por baboso.
Bueno, no, que se muera no, pero estaría muy bien que explotara su maravilloso apartamento del Duque de Lerma, donde tantas veces quiso llevarme.
¿De verdad pensaba que se me iban a aflojar las bragas?
Imbécil. Y no me olvido tampoco de las cabronas de mis amigas y los rancios de mis compañeros de curro.
¡Qué coño! De todos mis paisanos, que jamás me dieron bola.
Mira, ahí tenías razón, no debí volver a Valladolid.
Aquí me falta el aire, ojalá supieran todos ellos lo que es vivir así, sin poder respirar.
Pero, sobre todo, Marco, me gustaría mucho que tú te fueras al infierno.
Es donde mereces estar por apartarme de ti, por priorizar siempre tu carrera, tus misiones y tus mierdas.
Por empeñarte en rescatar al mundo entero de su miseria, a todo el mundo menos a mí.
Lo confieso, tengo tanto odio acumulado en las venas que es imposible vivir de esta manera.
Por eso he tomado la decisión de terminar de una vez con este sufrimiento.
Porque no aguanto ni un solo día más. Todos a la mierda, incluida yo, y a la mierda el que lo lea. Hasta nunca.»
Sancho toma aire.
—Está cumpliendo con su mandato —remata.
Silencio.
—Así es. Así ha sido y así será —reconoce en un tono furibundo.
—No tiene por qué terminar de ese modo.
—Por supuesto que sí. Ya sabe cómo y cuándo va a terminar esta historia. El reto es averiguar dónde.
—Escúcheme, por favor. Estamos seguros de que Cristina estaba ya bajo los efectos del alcohol y los barbitúricos cuando escribió eso. Estoy convencido de que ella no deseaba de verdad que usted se convirtiera en su brazo ejecutor.
—No importa que estuviera o no en plenitud de facultades cuando lo escribió. En su fuero interno, trastornada o cuerda, lo deseaba, y por eso no voy a fallarle. No sé a usted, pero, para mí, las últimas palabras de los muertos pesan más que las leyes de los vivos.
—No puede castigar a toda una ciudad por lo que usted cree que es la última voluntad de su mujer.
—Claro que puedo, ya debería haberse convencido de ello. Fabricar una bomba sucia está a mi alcance si dispongo de los materiales, como es el caso.
Sancho busca algo que decir en los rostros de Celso Malpica y de Sara, pero solo encuentra la misma carencia de ideas.
—Y ahora quiero preguntarle una cosa, inspector.
—Pregunte.
—¿Puedo confiar en usted?
—No le entiendo.
—Lo entenderá cuando llegue el momento.
—Puede confiar en que, cuando llegue ese momento, haré lo que crea que tengo que hacer.
—Eso es lo que quería escuchar. Gracias, inspector.
La llamada se corta. Sancho aprieta los párpados y permanece unos segundos callado, procesando lo ocurrido.
—¿Alguien sabe qué acaba de pasar? —pregunta.
—Solo él lo sabe —responde Malpica.
—Y ahora ¿qué? —se pregunta en voz alta.
—Él lo ha dicho —interviene Sara—. Sabemos el cómo, con las cápsulas radioactivas, y el cuándo, hoy. Solo tenemos que averiguar el dónde.
— Solo —repite Sancho—. Podría ocurrir en cualquier punto de la ciudad.
—Sí, pero debe tener sentido para él —argumenta Sara—. No le vale cualquier punto .
Inquieto, Sancho se tira de los pelos de la barba.
—Entonces... ¿Descartamos por completo que vaya a intentar algo contra el presidente Márquez?
Nadie contesta.
Escombros del edificio Duque de Lerma
Tres horas y cincuenta y dos minutos
para la traca final
Había visto decenas de imágenes de los lugares afectados por las explosiones, pero ser testigo directo de tanta calamidad le está causando mella.
Su estómago se ha petrificado y licuado casi al mismo tiempo al ver los destrozos de la plaza de España; en la catedral se le ha rasgado el alma al comprobar que los daños patrimoniales son prácticamente irreversibles; y ahora, frente a ese cúmulo de escombros que antes formaban parte de un majestuoso edificio, nota que se le está arrugando el corazón.
Ese corazón que sus detractores aseguran que no tiene.
Y puede que no les falte razón.
Pablo Márquez se arrepiente de no haber visitado antes la ciudad.
El nivel de amenaza lo justificaba de cara a la opinión pública.
Sin embargo, uno no puede engañarse a sí mismo, y en su fuero interno es consciente de que si hubiera dado un puñetazo en la mesa habría impuesto su criterio a las recomendaciones de su gente de seguridad.
Lo peor de todo es que aún no han sabido cuantificar los daños materiales, ni siquiera el número real de afectados, pero las primeras conversaciones con el Consorcio de Compensación de Seguros no han sido muy halagüeñas en cuanto a los fondos disponibles y los plazos para la resolución de las indemnizaciones.
Por eso, de algún modo comprende las concentraciones de protesta que se están produciendo en varios puntos de la ciudad.
—Como puede observar —le dice el jefe de bomberos—, solo queda en pie parte del armazón de acero y hormigón que lo sujetaba.
Al producirse esa gran explosión en el garaje se dañó la estructura e hizo que el edificio colapsara hacia el río.
Vamos a necesitar medios especiales para retirar todo el material. Y tiempo.
—Las toneladas de escombros depositadas en el lecho del río han provocado un taponamiento parcial del cauce, que a su vez ha causado una alteración del flujo.
En un futuro esto podría causar un desbordamiento de sus aguas a su paso por la ciudad.
Y este no es el mayor de los problemas, claro.
Esos materiales finos y pesados que ahora contaminan el agua podrían provocar, en un futuro, efectos catastróficos sobre la flora y la fauna acuáticas.
Pablo Márquez se gira para identificar la voz de esa persona de Medioambiente que le está advirtiendo del peligro que acecha a los peces del Pisuerga.
Este, un hombre joven con pinta de no haberse ensuciado nunca las manos, capta el mensaje oculto en su mirada y se traga las siguientes palabras que tenía pensado pronunciar.
Porque el mayor de los problemas no lo tienen los peces, que no votan; lo tiene él como no demuestre que es capaz de poner fin a esta crisis.
Abrumado, siente la repentina necesidad de marcharse del lugar, pero, al igual que ha hecho en las anteriores paradas, tiene que colocar una corona de flores en honor a las víctimas que perdieron la vida en ese punto.
—Vamos a avanzar —le susurra a Carlota Medina.
Pero ella, en vez de atenderle, presiona el auricular que tiene en el oído al tiempo que le agarra con fuerza del brazo.
—¡A los coches, rápido! —ordena.
Avenida de Salamanca, 1
Tres horas y cuarenta y nueve minutos
para la traca final
—¡Identificado un sospechoso ascendiendo por la estructura metálica del Duque de Lerma! —se escucha informar por el equipo de transmisión.
Antón Anchorena, que estaba enfrascado en una discusión con el jefe de la Policía Municipal para ampliar el perímetro de seguridad en torno al ayuntamiento, hace rodar su silla para situarse frente a las pantallas que monitorizan el exterior.
—¡Aquí! —le indica la operadora de drones.
En la imagen, encaramado al esqueleto metálico que ha permanecido en pie, un hombre con un pasamontañas y una mochila a la espalda trepa sin demasiada presteza.