La piel de una gota #4
—Márquez va a aterrizar ya —anuncia con aire cansado—. Me doy por invitado. Avisadme si hay algún avance de... lo que sea.
De repente, Anchorena frunce el ceño al ver a una mujer caminar directa hacia ellos con el rostro crispado.
—Joder, Sancho, ¿para qué coño tienes móvil? —se queja la recién llegada.
—¡Sara! —se sorprende el pelirrojo—. ¿Qué haces aquí?
—¡Venir a buscarte en persona a la Delegación del Gobierno porque no hay forma de contactar contigo! —le reprende—. Una mujer me ha dicho que veníais aquí.
Sancho comprueba que tiene el móvil silenciado desde que Malpica le dijo que entrara en la reunión del CECOP.
—Lo siento, tienes razón. Ella es la inspectora Robles, mi mujer. Celso Malpica y Antón Anchorena, de la Comisaría General de Información.
Sara les estrecha la mano antes de sentarse y se apropia de la taza de Sancho.
—Encantado, pero yo ya me marchaba —se despide Anchorena—. Lo dicho.
—¿Eso es...? —dice Malpica señalando lo que Sara sostiene en la mano.
—Sí, el diario de Cristina, por eso he venido. Pero antes necesito un café.
Sancho se encarga.
—¿Las niñas están con...? —se arriesga a preguntar.
—Con su verdadera madre, sí —completa Sara—. Están perfectamente atendidas hasta las cinco, cuando María empieza su turno. Ahora atiéndeme tú.
Para desesperación de sus oyentes, Sara invierte unos segundos de más en remover el azúcar con la cucharilla.
—He terminado de leer el diario. Como le dije a Sancho esta mañana —se dirige a Malpica—, hay muchos pasajes que están relacionados con los actos de Gavilán. Todo tiene un porqué, y los porqués están todos aquí —asevera posando su mano con delicadeza sobre el diario.
Sara se toma el café de un sorbo.
—Durante la lectura, pensé que Gavilán había interpretado esos pasajes a su manera, pero me equivocaba.
—¿Entonces? —pregunta Sancho nervioso.
—Lo último que escribió Cristina es del día 11 de diciembre de 2021, supongo que justo antes de meterse en el cuerpo esa cantidad de pastillas mezcladas con alcohol. O durante, porque la escritura es un poco diferente, más dispersa.
Sara coge el diario, busca la página y se lo entrega a Sancho.
—Lee desde aquí —dice ella marcando con el dedo un pasaje—: «Marco, si alguna vez volviera a verte...».
Malpica se inclina para leerlo al mismo tiempo.
Al cabo de unos segundos, el de la Comisaría General de Información toma aire y mira al firmamento arrobado, como si estuviera esperando que algún amable celícola le proporcionara ayuda divina.
—Madre de Dios —evalúa.
Sancho termina de leer en ese instante, cierra el diario y se lo devuelve a Sara.
—Ahora sí que estamos jodidos.
Calle de Teresa Gil
Cinco horas y dos minutos para la traca final
Los reportes de cada uno de los jefes de equipo que componen el operativo en la calle no dejan de sonar por los transmisores. «Sin novedad» son, por suerte, las palabras más repetidas.
El zumbido discreto pero constante de los ventiladores e inversores de corriente es la banda sonora que acompaña a Antón Anchorena y a las tres personas que componen su equipo.
El habitáculo de la furgoneta táctica es un rectángulo comprimido pensado para ser oficina, cuartel y puesto de mando móvil a la vez.
La atmósfera que impera, a pesar de los sistemas de ventilación, le sigue recordando a las que respiraba cuando le empezaron a poner al frente de distintas operaciones de vigilancia e intervención en el País Vasco.
Eso sí, sin el persistente olor a humo de tabaco que dominaba el reducido espacio que compartía con sus compañeros.
Lo que ha cambiado radicalmente son los medios técnicos con los que cuenta.
Tres estaciones diferenciadas —proceso de datos, comunicaciones y mando de operaciones—, pantallas de seguimiento, de recepción de imágenes en vivo, de gráficos y otras vainas de naturaleza táctica a las que Anchorena no presta ninguna atención.
Bastante tiene con haber aceptado subirse de nuevo al cuadrilátero para afrontar este segundo asalto.
Pero, claro, los pesos pesados como él son de los que hay que noquear si pretendes llevarte el cinturón.
Y si de algo puede presumir el navarro es de su capacidad para encajar golpes.
—Jefe Alfa al puesto de mando —escucha Anchorena—. Salimos de plaza de España en dos minutos. Equipo Alfa preparado para iniciar el recorrido hasta la catedral.
—Jefe Águila, recibido. Por arriba todo despejado.
—Jefe Subsuelo, recibido. Sin novedad.
—Jefe Uno. Nos ponemos en marcha hacia el punto de control dos —comunica Anchorena—. Seguimos atentos.
La mujer que opera en la estación de comunicaciones se gira para llamar la atención de Anchorena.
—Tiene una llamada urgente de la comisaría de Delicias.
—Pásamela.
—Soy el subinspector Matesanz. Tenemos a la espera a Adro.
Escuchar esas cuatro letras le supone un directo al mentón que no puede esquivar.
—Lo hemos verificado —continúa escuchando—, es él. Quiere comunicarse con Sancho, y no sabemos si sigue en el hospital o ya está operativo.
—Sí, lo está.
—Pues tiene el móvil apagado.
—La madre que... Intentadlo con Celso Malpica o con Sara Robles, que están con él.
—Gracias.
Cafetería Papillon
Cuatro horas y cuarenta y un minutos
para la traca final
Celso Malpica se ha pasado al agua con gas y Sara Robles a la menta poleo, mientras que Sancho ha seguido con el café.
Han abierto un interesante debate en el que los tres parecen coincidir en algo: no creen que el presidente del Gobierno sea un objetivo de Marco Antonio Gavilán.
Se basan en que su nombre no aparece en ningún momento en el diario, lo cual es un argumento de mucho peso; sin embargo, el de la Comisaría General de Información no termina de fiarse del todo.
—Que no lo haya programado no significa necesariamente que no vaya a aprovechar la ocasión que le estamos brindando en bandeja de plata —opina Malpica—. Ya nos ha demostrado que también es capaz de improvisar si la situación lo requiere, y tampoco es que se le dé mal del todo.
—No, nada mal —coincide Sara.
Celso Malpica atiende una llamada.
—Pero el caso es que no ha hecho nada que no esté aquí escrito —interviene Sancho—. Nada. Además, y esto creo que es lo más importante, ella no...
—¡Un segundo! —le interrumpe Malpica agitando su móvil—. Es de comisaría. Gavilán quiere hablar contigo.
El pelirrojo pestañea varias veces, incrédulo, y tensa la mandíbula.
—¿Lo están grabando? —pregunta Sancho.
—Seguro.
El pelirrojo toma aire al tiempo que extiende la mano.
—Inspector Sancho —contesta después de activar el manos libres y dejar el teléfono sobre la mesa.
—Me alegro de escuchar su voz, inspector. Espero que no tardaran demasiado en encontrarle.
—Bueno, antes de que lo hicieran mis compañeros me encontraron las ratas, y la experiencia no resultó nada agradable.
—¿No me diga? Le prometo que no fue mi intención —dice con aparente sinceridad—. Siento que tuviera que pasar por algo así, sé muy bien cómo se ponen esos bichos cuando se alteran.
—Más lo sentí yo, créame, pero aquí sigo. Dígame qué es lo que quiere.
—Me debe una, inspector. Una gorda.
—¿De verdad cree que estoy en deuda con usted?
—Sí, así lo creo. Otro en mi situación habría acabado con usted.
Sancho mira a Sara, y esta le indica que le haga hablar dibujando una rueda en el aire con los índices. Malpica asiente.
—Bien, y si así fuera, ¿cómo podría pagarle?
—Tienen algo que me pertenece y que quiero recuperar.
Las miradas de los tres convergen hacia el mismo sitio: el diario.
—Tenemos muchas cosas que le pertenecían, en efecto. Como no sea más concreto...
—Lo único que tiene valor sentimental para mí.
Silencio.
—¿Se refiere al diario de su mujer?
—Sí —reconoce.
—Es cierto, lo tenemos.
—Quiero que me lo devuelvan.
—Sabe que no está en la tesitura de exigir nada. Aunque a mí me haya perdonado la vida, yo no puedo tomar esa decisión.
—Entonces que la tomen los que la tengan que tomar.
—No funciona así. Me tiene que ofrecer algo a cambio.
—¿La vida del presidente le parece bien?
Plaza de Portugalete
Cuatro horas y treinta minutos para la traca final
El zumbido constante dentro del habitáculo se sincroniza con el que suena en su cabeza.
Tiene muy presente que algo pasa con Gavilán cuando quiere comunicarse de nuevo con Sancho, pero, embarrado hasta las cejas en el operativo que debe coordinar, no es capaz de sacar un segundo libre para averiguar qué está pasando.
De momento, a punto de agotarse el tiempo de visita en la segunda etapa fijada, la catedral, no se han presentado más problemas que los derivados de la coordinación de tantos intervinientes.
La aparición del nombre de Celso Malpica en la pantalla de su móvil le invita a pensar que ese estatus de moderada tranquilidad podría cambiar de inmediato.
—Dime.
—Gavilán acaba de amenazar con atentar contra la vida del presidente. Deberías tomar las medidas oportunas y comunicarlo a Moncloa.
—¿Es creíble? Es decir, ¿te parece que hay posibilidades de que ocurra?
—Sí —contesta tajante.
—Joder de Dios. Me pongo a ello. Gracias por el aviso.
Anchorena se concede unos segundos para evaluar la situación y tomar decisiones.
—Puesto de mando a todos los indicativos —dice por el equipo de transmisión—. Pasamos a nivel naranja. Repito, nivel naranja. Quiero a Principal-1 fuera de alcance.
—Jefe Alfa, recibido. Procedemos.
Mientras llegan el resto de las confirmaciones, es el nombre de Carlota Medina, del Departamento de Seguridad de Presidencia, el que aparece en la pantalla del teléfono.
—¿A qué se debe? —pregunta directamente.
—Ramiro Sancho está hablando con Gavilán y este le ha amenazado con atentar contra el presidente. Hay que avisar a Moncloa y que nos digan cómo proceder. De momento pasamos a nivel naranja, pero deberíamos cancelar.
—De acuerdo. Te llamo en cuanto tenga noticias.
Y estas llegan a los cuatro minutos.
—Continuamos en nivel naranja —le dice—, a Moncloa no le basta una amenaza verbal. Extremamos precauciones en el Duque de Lerma y el ayuntamiento.