La piel de una gota La piel de una gota #3
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La piel de una gota #3

—En las siguientes páginas —interviene Julio Garrido, teniente coronel de la Guardia Civil— verán que se han establecido tres capas de seguridad.

En la capa externa, a las 10.00, la Policía Municipal fijará un perímetro de prohibición al tráfico rodado y a pie, con puntos de control y barreras físicas en zonas críticas.

En la capa intermedia estarán presentes, durante todo el recorrido, personal antidisturbios, UPR, equipos caninos y unidades de reconocimiento químico y radiológico.

Y en la capa interna, repartidos en ocho puntos del recorrido, cuatro equipos del GAR y otros cuatro del GEO.

Anchorena se aclara la garganta antes de tomar la palabra.

—Los puntos críticos son, como ya habrán imaginado, las localizaciones que ya hemos citado más el ayuntamiento, donde tendrá lugar el acto final sobre las quince horas.

En todas se ha reforzado la vigilancia a nivel de calle, edificios aledaños y subsuelo.

No hemos querido, o podido —reconoce—, establecer el nivel de amenaza real al que nos enfrentamos.

No contamos con precedentes, y tampoco estamos seguros de hasta qué punto un hombre en solitario puede actuar con tan poco margen por muy preparado que esté.

Dicho esto, es evidente que el riesgo existe.

Por ello se han establecido varios niveles de protección, verde, naranja y rojo, con medidas adaptadas a cada uno de ellos.

También hemos desarrollado un protocolo de actuación en el caso de que el Principal-1 o parte del convoy sufriera un ataque, con rutas de evacuación diferentes en función del tipo de daño. ¿Dudas?

Nadie mueve un músculo.

—Bien —sigue Anchorena—. Entonces ahora vamos a...

Tres golpes en la puerta preceden la aparición de la que es, a ojos del que tenía la palabra, la mayor experta en interrupciones del planeta.

—Lo siento, pero nos acaba de llegar una información sensible que tengo que compartir con el señor Malpica —anuncia Inés de Marco.

El aludido, que intuye que nada bueno puede traer su colaboradora, se incorpora muy despacio.

—Continúen ustedes.

Fuera, la expresión acongojada de su colaboradora confirma sus sospechas. Lo que no esperaba es verla acompañada por un pelirrojo barbudo con casi tan mal aspecto como él.

—Pero ¿tú no tenías que estar...?

—Me han dado el alta —miente—. Tenemos un problema.

—Dos —corrige De Marco—. Sancho ha descubierto que hoy, 11 de diciembre, coinciden las fechas de la muerte de Cristina y de su aniversario de boda.

—En realidad ha sido Sara —matiza Sancho—. Los informes y ese diario que habéis encontrado: está todo relacionado.

Malpica tuerce la boca.

—Ella eligió esa fecha para suicidarse.

—Lo hemos comprobado —confirma De Marco—. Pero hay más.

Malpica se cruza de brazos.

—Venga, si ya, total...

—Nos acaban de reportar el robo en el almacén del Hospital Clínico Universitario de varias cápsulas radioactivas de cesio e iridio. Jodidamente radioactivas —matiza ella.

El de la Comisaría General de Información desvía la mirada hacia arriba.

—«Prepárense para sufrir de verdad cuando les robe la libertad, los mate de sed y envenene el aire que respiran» —rememora Malpica—. ¿Eso se puede esparcir por el aire?

—Sí. Además, el experto al que he consultado en Canillas en cuanto me he enterado me ha dicho que no hace falta mucho material radioactivo para fabricar una bomba sucia. Y que si estalla en un área urbana los agentes contaminantes pueden tardar años en desaparecer.

—¡¿Años?! —repite Sancho.

—Eso me ha dicho, sí.

Malpica se lleva las manos a la cabeza y resopla.

—Claro, y qué mejor día para llevarlo a cabo que en el aniversario de su boda y de la muerte de su esposa —comenta el pelirrojo.

—Sin duda. Y de la visita del jodido presidente del Gobierno, aunque eso no podía saberlo. Igual tiene razón y el tipo está protegido por las deidades lugbara.

—Yo no lo descartaría —opina Sancho—. Tenemos que conseguir que pospongan la visita del presidente, porque como tenga previsto usar esa mierda, no va a haber un solo guardia del que podamos tirar para tratar de impedírselo.

Celso Malpica camina cuatro pasos pensativo. Luego se da la vuelta y deshace el camino.

—Pues, hale, valiente, entra conmigo y te encargas de convencerlos tú, que estás más acostumbrado a tratar con ratas y salirte con la tuya.

En algún lugar del subsuelo

Siete horas y tres minutos para la traca final

Necesita una bocanada de aire fresco.

Desde que se ha percatado de que le falta el diario de Cristina siente que le cuesta respirar.

Se ha administrado un castigo a medias, y el hecho de haberse librado de la pena que él considera que le correspondía le oprime el pecho.

Por ello camina buscando una salida al exterior que no esté concurrida y, aunque no tiene forma de saber con exactitud dónde está y no cuenta con ningún plano físico que le sirva de guía, se orienta tirando de sentido común: evitar los colectores principales.

En el que ahora se encuentra es de aguas residuales, por lo que avanza siguiendo el haz de luz de su linterna, adaptando su cuerpo a la estrechez de la canalización ovoide, paso a paso, cargando con el peso de su gran error.

No tarda en dar con un pozo de registro cuyas características le llevan a pensar que pertenece a la red antigua.

Eso quiere decir que está en un barrio céntrico o cercano al centro.

En cuanto empieza a subir los peldaños metálicos fijados al hormigón de la chimenea, aprecia una sensible mejoría en la calidad del aire.

Ello le anima a acelerar el ascenso hasta que se detiene para comprobar que, en efecto, su móvil vuelve a tener cobertura.

La localización le marca que se halla en la calle Asunción, cerca de la plaza Circular, una zona bastante poblada.

—Mierda —protesta.

Por mucho que necesite respirar aire puro, no puede arriesgarse a salir al exterior a plena luz del día en una zona tan concurrida.

No tan cerca del desenlace. Pero puede aprovechar el espacio que hay entre los peldaños y la pared para apoyar media nalga y permanecer a esa altura unos minutos.

Desde ahí se pueden oír los sonidos cotidianos de la calle: el tráfico y las voces de quienes transitan por encima de la tapa del pozo.

De hecho, si aguza un poco el oído podría captar la conversación que están manteniendo los dos hombres de avanzada edad que están charlando a un volumen más elevado de lo normal.

—¡Menudo sinvergüenza que está hecho! ¡¿Ahora se le ocurre venir?! Pero ¡¿a qué?!

—A qué va a ser... ¡A hacerse la foto!

—¡A reírse de todos nosotros! A prometer cosas que no va a cumplir, como hace siempre. Mira, ahí viene tu autobús. Hale, que vaya bien.

—Lo mismo digo.

Intrigado, busca una página de noticias y enseguida despeja la incógnita.

«Pablo Márquez visita hoy Valladolid. La comitiva recorrerá los puntos de la ciudad donde se han producido los atentados y su periplo concluirá en el ayuntamiento, donde se celebrará, sobre las cuatro de la tarde, un acto institucional durante el cual se homenajeará a todas las víctimas.»

Era consciente de que hacía varios días que se hablaba de esa posibilidad, pero le resulta una burda coincidencia que se produzca hoy.

Aunque quizá no se trate de una coincidencia, sino de una señal.

Una señal de la que podría sacar partido.

Necesita cambiar de ubicación.

Cafetería Papillon

Seis horas y doce minutos para la traca final

«Un solo individuo, por mucho peligro que represente, no puede decidir sobre todo un Gobierno elegido democráticamente por la nación.

» Esa ha sido la respuesta de la Moncloa después de que Sancho y Malpica convencieran a los miembros del CECOP de hacer todo lo posible para posponer la visita presidencial a la ciudad.

Pero todo lo posible no siempre es suficiente.

A menos de media hora para que Pablo Márquez aterrice en Villanubla, hartos del líquido imposible de calificar de la máquina de la Delegación del Gobierno, ambos se han ido a tomar un café en condiciones.

Se les ha unido Antón Anchorena, a pesar de que en cuestión de minutos tendrá que estar metido en una furgoneta táctica desde donde coordinará el operativo y vivirá el desarrollo de una jornada cuyo desenlace no es capaz de prever.

Los clientes suman menos de una docena, pero hay una sola conversación, que tiene que ver, cómo no, con la noticia con la que se han despertado los vallisoletanos.

La mayoría califica la llegada del presidente como una ofensa contra la ciudadanía, otros la consideran tan necesaria como tardía, y a los menos les parece un acto de valentía.

Con el propósito de huir de tanto revuelo, los tres se sientan en una mesa del exterior, pese a que la temperatura no invita a ello.

Les encantaría charlar de trivialidades, pero tienen muy presente que el día no tiene mucha pinta de ser trivial.

—Antes me he acordado de algo que me dijo Gavilán cuando me tenía retenido en su guarida subterránea —dice Sancho—.

Algo así como que éramos muy parecidos, pero que él era más disciplinado que yo.

Que ya quedaba poco para la traca final y que disfrutara del espectáculo.

Es la segunda vez que menciona eso de la traca final.

—¿Y crees que puede significar algo? —pregunta Anchorena.

—No sé. Este cabrón nunca habla por hablar ni hace nada por hacer. Si damos por bueno eso de que su perra murió durante unos fuegos artificiales, ¿igual está pensando en algo similar?

—Si lo ha pensado, seguro que lo tiene todo presto y dispuesto —aporta Malpica.

—¿Tipo mascletá radioactiva en el ayuntamiento en honor del presidente? —bromea Anchorena.

Malpica y Sancho se miran.

—Pues ojo. El caso es que yo sigo pensando que lo de la visita de Márquez no podía tenerlo previsto. Lo que tenga preparado tiene que ser una movida diferente —conjetura Sancho.

Suena el móvil de Anchorena, y, tras atender la llamada, este se levanta de la mesa.