La piel de una gota #2
La imagen del diario de Cristina junto a la esterilla provoca que se le acelere la frecuencia cardíaca, y que su respiración, hasta el momento lenta y profunda, sea cada vez más rápida y superficial.
El aumento de la temperatura corporal hace que se le enrojezcan las mejillas y las glándulas sudoríparas se activen.
El enfado se convierte en ira, y como carga explosiva que es de lo emocional, decide detonarla a través de sus cuerdas vocales.
En su obsesión por recuperar las cápsulas y salir de allí cuanto antes no reparó en el diario. Se siente como si hubiera abandonado a Cristina desnuda, indefensa, a merced del enemigo. Es un traidor, un estúpido, un auténtico mierda. Y se odia por ello.
Se odia tanto y con tanta intensidad como el día que murió Kivu.
Grita de nuevo y golpea el hormigón con la parte blanda del puño.
—Perdóname, Cris, perdóname —balbucea—. Perdóname, por favor.
Camina de un lado a otro sin saber qué hacer, desorientado. Sin rumbo. Como si estuviera pensando en tomar alguna decisión importante. Pero sabe que nada puede hacer por recuperarlo, y que es muy probable que alguien lo esté leyendo en ese preciso instante.
Eso le indigna.
Le irrita.
Porque cuando terminen de hacerlo conocerán toda la verdad.
Es un maldito Judas, y lo que le pide el cuerpo es poder castigarse. Meterse el cañón de la pistola en la boca y apretar el gatillo. Volarse la cabeza sería lo justo, lo ideal para restablecer el equilibrio; sin embargo, no puede hacerlo, porque entonces la estaría traicionando dos veces.
No cumpliría con su juramento.
Empeñado en recuperar la armonía, cae en la cuenta de que no necesita balas para castigarse.
Solo tiene que ejercitar la memoria, porque los recuerdos amargos siempre encuentran grietas por las que colarse.
Se traslada por tanto al momento en el que se encontraba pescando en el embalse de Los Barrios de Luna, en la provincia de León.
Se había levantado al alba y, para ser diciembre, fuera de temporada de trucha, no se le estaba dando mal la jornada.
Había enganchado dos barbos, tres carpas y un lucio de buen tamaño, capturas que, como era su costumbre, devolvió al agua.
Trataba de no pensar demasiado en la fecha, ni en lo que implicaba para él, pero la pesca en solitario favorecía la fabricación de recuerdos, y tras varios momentos de indecisión, resolvió encender el móvil y enviar un mensaje a Cristina.
Hoy sigue siendo un día especial para mí, espero que, a pesar de todo, para ti también. Feliz aniversario.
La respuesta no tardó en llegar.
Fíjate si es especial para mí que he elegido este día para que sea mi último día.
Lo tuvo que leer varias veces para entenderlo.
Con el alma en un puño, la llamó, pero el teléfono ya no daba señal.
No se lo pensó. Arrancó el motor de la lancha neumática y en menos de diez minutos ya estaba al volante de la California rumbo a Valladolid.
Recorrió los ciento sesenta y cinco kilómetros en poco más de una hora.
Estaba anocheciendo cuando clavó el freno frente a la casa de Cristina.
Con el dedo pegado en el timbre, y sin obtener ninguna respuesta, decidió que no se iba a marchar sin asegurarse de que ella estaba bien.
Entró por las bravas, gritó su nombre en cada estancia que recorría hasta que llegó al salón y la descubrió tirada como un trapo viejo en aquel incómodo sofá.
Sobre la mesa, varios blísteres de pastillas vacíos, una botella de ron y el diario.
—¡No, no, Cris, no! —gritó.
En cuanto se acercó supo que había llegado tarde.
Su rostro carecía de expresión y la tez, blanquecina, se había perlado con minúsculas gotas de sudor agorero.
Tenía los ojos cerrados y los labios resecos, perfilados en un tono violáceo aterrador.
Respiraba. Casi de forma imperceptible, pero respiraba.
Dudó unos instantes entre intentar reanimarla o llamar a emergencias, pero se decantó por lo segundo al tiempo que la zarandeaba como si así pudiera limpiarla por dentro.
De repente, a ella le temblaron los párpados y los entreabrió para dejar escapar un brillo mortecino, como el de una bombilla que está a punto de apagarse.
—Cris, ¿qué has hecho? —la reprendió.
—¿Marco, eres tú? —balbuceó.
—Sí, cariño, soy yo. Ya viene una ambulancia, te pondrás bien.
Ella negó con la cabeza y desvió la mirada, avergonzada.
—Escúchame —musitó—. Escúchame, por favor.
Cristina tragó saliva y tomó aire por la nariz.
—Déjame irme en paz, por favor.
Las siguientes palabras que pronunció Cristina son tan nocivas para él, tan dolorosas, que se niega a revivirlas.
No todavía.
Sede de la Delegación del Gobierno
Siete horas y cincuenta minutos para la traca final
—Estás horripilante, compañero —le saluda Antón Anchorena, recién llegado.
—Sí, lo sé. Dame un minuto, que voy al baño a ver si logro recomponerme —le pide Celso Malpica.
No suele ser lo habitual, pero se ha visto forzado a pedir unos minutos de descanso.
Lo necesitaba. Se sentía como si una máquina hidráulica le apretara las sienes y su cuerpo perteneciera a otra persona.
Tanto ha sido así que durante la reunión ha habido momentos en los que ha tenido que desconectar, sobre todo, cuando intervenía el delegado del Gobierno.
Es por la falta de sueño y el exceso de presión que está recibiendo desde arriba, desde abajo y de forma transversal.
Como consuelo, la evaluación final de la operación Jaula Subterránea por parte de la superioridad no ha sido tan negativa al haber localizado el lugar donde se escondía Gavilán.
Durante la jornada de ayer se encargaron de vaciarlo, y no hace falta ser un gran investigador para concluir que lo tenía todo dispuesto con bastante antelación.
Pero si hay algo, al margen de lo físico, que está minando sus capacidades es la confirmación de la visita programada para hoy por parte del presidente del Gobierno, Pablo Márquez, quien tiene prevista su llegada al aeropuerto de Villanubla a las 12.
35. Nunca es plato de buen gusto tener que organizar el dispositivo de seguridad de una fiesta de este calado, pero resulta que esta se celebra en el peor momento.
La ciudadanía se encuentra al límite de su capacidad cívica, aún bajo las tiranas condiciones del estado de excepción, la escasez en la distribución de agua y alimentos, las deficiencias sanitarias y el miedo a convertirse en una víctima más del hombre que sigue atormentándolos.
El hombre que él no consigue atrapar.
Muy a su pesar, la condenada visita presidencial es el siguiente punto en el orden del día.
Se trata de perfilar los últimos flecos, porque la tarde de ayer ya se la pasaron discutiendo la inconveniencia y la alta peligrosidad de un periplo que contempla un recorrido por los lugares más afectados de la ciudad: plaza de España, catedral y edificio Duque de Lerma, así como su paso por el hospital de campaña de la Feria de Muestras.
Por último, se ha establecido que el periplo se cierre con un acto institucional en el ayuntamiento, en el que se homenajeará a las víctimas de los atentados, con especial mención para el alcalde de Valladolid, el concejal de Urbanismo y los funcionarios públicos que han perdido la vida en el ejercicio de sus funciones.
De poco les han servido los argumentos esgrimidos en contra para tratar de cancelar o posponer la llegada de Pablo Márquez, cuyo gabinete de comunicación se ha mostrado inflexible en todo momento.
Al menos la Moncloa ha accedido a no comunicar la visita a los medios hasta las 8.
00 de hoy, y la única buena noticia al respecto para Malpica es la asignación de Antón Anchorena como responsable de planificación del dispositivo de seguridad en coordinación con el Departamento de Seguridad de Presidencia.
Por tanto, ahora lo que toca es escuchar —o fingir que escucha— y abrir la boca lo justo y necesario; es decir, nada.
Celso Malpica mete la cabeza bajo el grifo y deja que el agua resbale por un rostro que le cuesta reconocer. Dos bofetones le ayudan a sentirla más suya.
—Al lío —se anima.
Entre quienes están sentados a la mesa hay varias caras que no reconoce, pero que tampoco tiene el mínimo interés en conocer. Desde el lado opuesto, Anchorena le hace un gesto de complicidad que él devuelve con otro que pretendía estar en sintonía, pero que denota agotamiento.
El delegado del Gobierno, que vuelve a cumplir con las funciones de anfitrión, se encarga de hacer las presentaciones de los dos miembros del Departamento de Seguridad de Presidencia, Julio Garrido y Carlota Medina, que se van a encargar de hablarles del operativo que les acaban de entregar en un dosier.
Presentes, los integrantes de la operación Jaula Subterránea más Anchorena, quien estará al cargo de la coordinación de todas las unidades intervinientes desde el terreno.
Carlota Medina, comisaria principal de policía al mando del Departamento de Seguridad de Presidencia, toma la palabra.
—Buenos días, señores. A las cinco de la mañana hemos arrancado el operativo con un recorrido en vacío del itinerario establecido por vías principales que tienen en la primera hoja.
No se han registrado anomalías, ni en el subsuelo ni en tierra, y se han fijado las posiciones en las que se establecerán francotiradores del GEO y equipos EOD por si se requiriera la desactivación de explosivos.
Dos vehículos idénticos blindados conformarán el convoy en el que viajará Principal-1 acompañado por siete agentes de seguridad presidencial, todos experimentados.
La escolta la componen cuatro furgonetas de la UIP, cuatro coches y ocho motoristas del GRS de la Guardia Civil.