La piel de una gota La piel de una gota
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La piel de una gota

Hospital Campo Grande, Valladolid

Diez horas y veinticuatro minutos para la traca final

Lleva un tiempo indeterminado observándola dormir.

Acurrucada como una niña pequeña en el sofá para acompañantes y agarrada a un cuaderno de tapas marrones, Sara respira de forma rítmica y sosegada.

Contemplándola, no parece que afuera todo se esté derrumbando.

Si alguien le concediera un único deseo, Sancho pediría entrar en el sueño que ella esté viviendo para quedarse ahí el resto de sus días.

Y lo haría sin dudarlo, aunque se tratara de una pesadilla, ya que lo onírico no puede ser peor que su realidad presente o su futuro cercano.

Conserva recuerdos parciales de las últimas horas que ha vivido desde que lo rescataron en el subsuelo.

Sabe que en algún momento perdió la consciencia y la recuperó en el hospital de campaña que han habilitado en la Feria de Muestras, donde le trataron las múltiples heridas provocadas por las ratas.

En resumen: treinta y siete puntos repartidos por todo el cuerpo y un cóctel de antibióticos en vena.

Más tarde, cuando consiguieron una cama libre, lo trasladaron al Hospital Campo Grande para poder realizarle las pruebas que exigía la fuerte contusión que presentaba en la parte posterior de la cabeza: tomografía, resonancia magnética y radiografías.

Después de eso, los calmantes hicieron su efecto y se sumió en un letargo del que acaba de regresar con un estado de ánimo bastante ambiguo.

Por un lado, le encantaría poder trasladarse en la línea temporal —no le importa hacia qué momento— y disfrutar de una larga temporada de descanso; por otro, siente la necesidad de agarrar a Gavilán por los testículos y obligarle a cantar Doce cascabeles .

Pero para ello tiene que levantarse de esa cama, y en ese preciso instante no encuentra ningún motivo que le prive del placer que le genera contemplar dormir a Sara.

El hechizo lo rompe una enfermera con el rostro demacrado que irrumpe en la habitación como lo hacen las enfermeras que están hasta la cofia de que el turno de tarde se les junte con el de mañana.

—Buenos días —dice sin ningún entusiasmo—, enseguida viene el desayuno. El doctor pasará a verle en cuanto pueda.

Al seguirla con la mirada, Sancho se percata de que tiene un compañero de habitación.

—Buenos días —responde él.

—Buenos días —oye contestar a Sara.

A Sancho le cambia la expresión solo con verla desperezarse. La enfermera se marcha sin despedirse tras subir la persiana, revisar los monitores y tomarles a ambos pacientes la temperatura.

—¿Qué tal te encuentras? —pregunta Sara.

—De maravilla —miente.

Ella se levanta, toma el mando de la cama para subirle el cabecero y le da un beso en los labios.

—Por la noche he hablado con el doctor... Gracia o García, no me acuerdo.

Sancho no puede evitar acordarse de Gracia Galo, pero acto seguido elimina su imagen de la mente.

—Los resultados de las pruebas no han revelado daños —continúa Sara, que habla arrastrando cierta somnolencia—, pero como te vuelvas a golpear la cabeza igual te quedas tonto para toda la vida.

—Mira, eso mismo me dijo Anchorena después de lo del Duque de Lerma y aquí sigo. ¿Las niñas?

—Con María.

—¿La matrona?

—La misma. Ahora mismo está con Greta otra vez.

—Es la bonhomía en persona. A este paso le van a dar la patria potestad.

—Merecida la tiene. Te lo conté ayer, pero ya veo que estabas un poco grogui. Ella estaba conmigo cuando me llamó Peteira contándome que habías desaparecido y le pedí que se quedara con la peque.

—¿En serio?

—Si quieres me quedo aquí haciendo calceta en lo que te encuentran o no.

—Entonces, ¿fuiste tú la que...?

—Sí. Le comí la cabeza a Malpica para que me dejara unirme al grupo de búsqueda y, ya ves, me tocó a mí dar contigo hecho una mierda. La verdad es que no tardamos ni media hora en encontrarte. Tuviste suerte.

—Bueno, suerte, suerte..., no sé yo. Casi me comen unas putas ratas después de que Gavilán me perdonara la vida.

—Suerte es que estés vivo, Sancho —dice ella en un tono severo.

—Tienes razón, disculpa. Pensé que no lo contaba.

No sé qué pasa por la cabeza de ese tío, pero en ningún momento me dio la sensación de estar frente a un enfermo mental.

Todo lo contrario, sus argumentos, a pesar de que no podamos estar de acuerdo, son muy cabales.

Él está convencido de lo que hace y no va a parar hasta llegar al final.

—A mí nunca me ha parecido alguien que esté fuera de control, sino alguien que ha decidido tomarlo.

Sancho chasquea los dedos y señala a Sara con el índice.

—Por cierto, ¿encontraron al militar al que suplantó? —pregunta él.

—Sí, casi ileso. Maniatado y con un golpe similar al tuyo, pero en la nuca. Desde luego, sabe cómo dejar KO a alguien de un culatazo. Y después de pasar horas leyendo eso —señala al cuaderno con tapas marrones—, creo que lo conozco como si lo hubiera parido.

Sancho frunce el ceño al tiempo que ladea la cabeza.

—Es un diario que escribió Cristina, su exmujer, y que han encontrado entre las pertenencias que tenía ahí abajo.

Ayer, cuando vino Malpica a verte, tú estabas muy medicado y no te enteraste.

Como en teoría vas a estar ingresado unos días, te lo ha traído para que te entretengas como si fuera la última aventura del capitán Alatriste.

—Un diario, ¿eh? Entretenido de cojones.

—Pues lo es, créeme. Lo empecé ayer y me queda el último cuarto, y la verdad es que se aprecia muy bien el deterioro progresivo de ella: empieza a escribirlo por prescripción médica y acaba convirtiéndose en una especie de refugio.

Marco, ella lo llama así, es un personaje omnipresente.

Lo menciona un montón de veces, siempre con aire de reproche, pero se nota que lo echa de menos.

No se arrepiente de haber tomado la decisión de dejarle porque tiene toda la intención de rehacer su vida, pero la pobre tiene el mundo en su contra.

—Vaya.

—Como conclusión provisional, lo que tengo claro es que ese diario tiene mucha importancia. Cristina habla de todos sus fracasos, de los culpables de que su vida se convirtiera en un infierno, y todo ello está muy relacionado con lo que Gavilán está haciendo ahora.

—Joder, pues sigue leyendo, a ver si nos desvela dónde va a ser su siguiente golpe o contra quién, porque creo que se nos está agotando el tiempo.

Sara camina por la habitación y de manera sutil se cerciora de que el paciente de la otra cama sigue dormido o inconsciente.

—Hay algo que tengo que contarte, aunque he dudado si... En fin, ahí va.

A Sancho se le modifica el rictus.

—Por lo que aparece en los informes y corrobora este diario, es evidente que Gavilán tiene un plan desde el principio y lo ha ido cumpliendo paso a paso.

Ya hemos verificado que existen varias conexiones con Cristina.

El tema de las fuentes, el alcalde, la torre de la catedral, el excompañero que vivía en el Duque de Lerma y que le tiraba los tejos cuando se separó de él...

, y, ayer mismo, lo del concejal de Urbanismo.

—¿Cómo? Esa no me la sé.

—Pues casi mejor. Lo encontraron en su casa reventado. Literalmente. Le metió explosivo plástico en el culo y adiós muy buenas.

Sancho tarda en asimilar la noticia.

—Hay que joderse.

—Sí, sobre todo el concejal. Yo no lo he visto ni lo pienso ver, pero Peteira dice que no va a poder dormir en meses. El caso es que todo lo que ha hecho Gavilán tiene un porqué. Todo —recalca—. Y ese porqué tiene que ver con Cristina.

—Y con su perro. Acuérdate del encendido de las luces.

Sara ladea la cabeza.

—Me acuerdo, me acuerdo.

—Perdona, sigue.

—Bien. He descubierto que hay dos fechas que coinciden y no nos habíamos dado cuenta, porque... ¿quién repara en la fecha de boda de nadie?

—¿De quién?

—De Gavilán y Cristina. Su fecha de boda coincide con la muerte de ella. Vamos, que la tipa tuvo el detallazo de suicidarse en su aniversario de boda.

—¡No me jodas!

—Sí te jodo, sí.

—Pues, si no recuerdo mal, fue a mediados de diciembre, ¿no?

—Un poco antes. El día 11, concretamente.

—El día 11 —repite.

Sara alza las cejas.

—Hoy.

En algún lugar del subsuelo de Valladolid

Nueve horas y cuarenta y tres minutos

para la traca final

Oscuridad total y silencio absoluto.

Aislamiento por obligación.

No sabe con exactitud dónde se encuentra.

Diría que no muy lejos del paseo de Zorrilla, a la altura de la plaza de toros.

Tampoco es que le importe demasiado. Hasta ahí ha llegado de forma errática tras comprobar que, como esperaba, su madriguera ha sido ocupada por sus enemigos después de haber dejado al inspector Sancho con vida.

Todavía metido en el papel del sargento Crespo, le bastó con informar a su jefe de grupo de que Sancho se había empeñado en explorar una galería que le pareció peligrosa y que no se encontraba en condiciones físicas de seguirle.

Luego lo único que tuvo que hacer fue aprovechar un descuido para dejarse engullir por la oscuridad del subsuelo y esperar a que levantaran el dispositivo policial, cosa que ocurrió poco más tarde.

Sentado en un cauce seco, casi puede escuchar su propio latido mientras desgrana las horas, los minutos y los segundos que quedan para la traca final.

Una cuenta atrás exenta de ruidos. Está tranquilo a pesar de que es muy consciente de que ha estado más cerca de lo que esperaba de ver truncado su plan.

Sin embargo, nada de lo que ha dejado en la madriguera lo va a necesitar en las próximas horas, y la mochila que tiene a sus pies contiene todo lo que precisa: unas latas de conserva, cuatro botellines de agua, la Glock 19, el mono azul de trabajo, el chaleco, la pala plegable y, sobre todo, las cápsulas selladas de iridio y de cesio.

Es entonces cuando nota una punzada helada.

—No, no, no —repite con desesperación.