La piel de una gota Adroa y Adro #6
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Adroa y Adro #6

En el centro de la estancia hay un amasijo orgánico que se ha dispersado en todas direcciones, como si el hombre hubiera tratado de huir de sí mismo.

Se intuyen vestigios de su primigenia naturaleza humana por las extremidades, que aún están conectadas al cuerpo de forma morfológicamente grotesca.

El resto del mosaico lo componen fragmentos de vidrio, gres y madera mezclados con restos biológicos de distinto tamaño que se superponen a los fluidos corporales y a la sangre en proceso de coagulación.

Incluso él, que ha sido testigo del daño que provocan las explosiones en decenas de atentados, se ve obligado a retirar la mirada para mantener cierta higiene mental.

—Por favor... —es lo único que consigue decir.

Peteira le hace una seña a un miembro de la Científica embutido en su mono de trabajo que está de rodillas introduciendo algo en una bolsa, y que a continuación se pone en pie y se aproxima con paso fatigado.

—Santiago, él es Celso...

—Sí, ya sé, ya sé. Esto no está pagado, la madre que me parió.

—Le comprendo. Dígame, ¿qué saben hasta el momento?

—Hemos recogido restos de lo que creemos que era el detonador y del explosivo plástico, que le introdujo en el cuerpo por vía anal.

Como se ve, el hombre estaba maniatado a una silla con los brazos a la espalda.

Al producirse la explosión reventó la zona ventral y dividió el cuerpo en dos... O en doscientos, como prefiera.

—Qué barbaridad.

—Y poco más le puedo decir. Ah, sí, el simbolito ese suyo lo pintó en un azulejo de la pared que no puede verse desde aquí. Y si me disculpa, todavía tengo mucho tajo ahí dentro, hay restos hasta en el interior de los malditos enchufes.

—Sí, por supuesto.

El teléfono de Malpica le vibra en el bolsillo de la chaqueta.

—Dime, Inés.

—Acaba de salir el equipo verde, pero hay un problema.

Derrotado, inclina la cabeza.

—A ver.

—Sancho no está.

—¿Cómo que no está?

—Que no ha salido. Su binomio ha dicho que se metió en una galería y que él no pudo seguirle.

—¿En una galería? ¡Coño, pues que bajen a buscarlo!

—Es que resulta que ahora no encuentran a su binomio y no saben a qué galería se refería.

—¿Su binomio también ha desaparecido?

—Eso me dicen.

—Vamos, no me jodas... Voy para allá.

Hospital Campo Grande

Levanta la vista del papel como si leer esa fecha le hubiera provocado algún daño.

—¡Coño, pero si esto es mañana! —se dice Sara a sí misma.

Tiene que contárselo a Sancho de inmediato. Comprueba la hora en el teléfono. Son las ocho y diez de la mañana, y se supone que la operación tenía fijado como límite el final del toque de queda. Ya debería estar libre.

Pero la voz vacía y metálica de su contestador le dice que no.

—Joder, Sancho, joder —protesta al tiempo que arroja de nuevo el móvil sobre la cama.

—¿Se puede?

La sonrisa de María asoma por la puerta de la habitación.

—Pero bueno, ¡qué sorpresa!

—Acabo de terminar mi turno y he pensado: ¿qué narices hago yo ahora marchándome a casa teniendo una preciosidad a la que ver dos plantas más arriba? ¿Qué tal está mi niña bonita?

—Tú sí que eres bonita. Está muy bien.

—Hola, Greta. Uy, ¿está más grande?

—Ciento ochenta y cuatro gramos desde la última vez. Y Asia ya pesa dos kilos novecientos.

—Dos tiarronas. ¿Y tú cómo estás?

El timbre del teléfono hace que posponga el clásico «cansada, pero bien».

—Tengo que contestar.

—Claro, claro.

La decepción llega al comprobar que es Peteira quien le llama.

—Álvaro —contesta.

—Sara, te llamo solo porque sé que andabas preguntando por Sancho.

—Dime.

—Seguramente sea una chorrada, pero aún no ha subido.

Algo muy afilado le atraviesa el pecho.

—¿Cómo que no ha subido?

—No, al parecer le perdieron la pista cuando se metía por una galería, y en este preciso instante están formando un equipo para ir a buscarlo.

Con la atención puesta en Greta, que acaba de despertarse, Sara no sabe qué decir.

—El tema es que ahora no encuentran al tipo que le vio por última vez, por lo que no saben muy bien dónde carallo buscar.

—¿Es el único que falta?

—Sí, el único.

Sara busca a María con la mirada.

—No puede ser casual. ¿Dónde estáis?

—En San Benito. Pero, Sara, escúchame, que seguro que está bien y todo tiene una explicación, yo solo te llamaba para que... ¿Sara?

Madriguera del Témpano

Diría que está despierto, pero no es del todo consciente de ello.

Un intenso dolor lo ha hecho reaccionar, pero Sancho sigue creyendo que esa densa oscuridad que le rodea no puede ser real.

Tampoco puede ser cierto que el corazón se le haya trasladado del pecho a la mano izquierda, pero es justo ahí donde nota un latido punzante que parece nacer del mismo tuétano del hueso.

De hecho, lanza una orden para que se muevan los dedos, pero estos, aferrados a algo esponjoso que se retuerce al tiempo que emite un chillido agudo, agónico, le desobedecen.

Tal es su desconcierto que, todavía sumido en ese estado de incredulidad onírica, decide acercar su presa a la cara para identificarla.

A pesar de la penumbra —solo rota por una tenue luz cuyo origen desconoce—, distingue unos pequeños ojos oscuros y brillantes como dos cuentas de obsidiana; un hocico largo y tembloroso, casi espasmódico; unas orejas pegadas al cráneo y unos incisivos desplegados, hambrientos, amenazantes.

Detalles que, sumados en un todo, le sirven para concluir que eso que tiene agarrado es una rata que está luchando por su vida.

En definitiva: una rata.

Sancho aún permanece un par de segundos examinando de cerca al animal que ha atrapado de forma inconsciente hasta que le saltan las alarmas y, con un alarido descarnado, lo arroja lo más lejos posible.

Entonces sí, un mecanismo atávico se pone en marcha con el propósito de terminar con su discinesia y defenderse ante la amenaza múltiple que corretea por encima de su cuerpo.

Lo primero que hace es tratar de incorporarse, pero no pasa del intento por el daño que ha sufrido su oído interno tras recibir el culatazo que le ha dejado fuera de juego.

Su equilibrio está afectado, por lo que deriva sus esfuerzos a espantar a las ratas, que, atendiendo a su idiosincrasia beligerante, se niegan a abandonar lo que ya habían considerado como alimento.

Tumbado en el suelo, Sancho se agita y grita como lo hacía la alimaña en su mano, luego rueda sobre sí mismo de un lado a otro hasta que se topa con una fría pared de roca viva.

Aunque tiene muy abiertos los ojos, apenas ve, y solo oye el sonido de decenas de afiladas uñas moviéndose a su alrededor.

De rodillas, utiliza las palmas de las manos con el propósito de orientarse, y es así como detecta un saliente al que agarrarse para ponerse en pie.

Necesita más luz, y apenas distingue lo que tiene a un palmo de la cara.

La solución la nota en el bolsillo del pantalón, y mientras introduce en él la mano que no presenta un mordisco de rata reza para que aún le quede batería.

Treinta y ocho es su nuevo número de la suerte.

Al accionar la linterna y enfocar al suelo distingue decenas de cuerpecillos peludos que se mueven a gran velocidad frente a otros que, erguidos, retadores, lo observan impasibles.

Enseguida llega a la conclusión de que él es el intruso, y sentirse rodeado de tanta hostilidad animal le provoca un brutal escalofrío que dispara sus niveles de adrenalina a máximos históricos.

—Vamos, joder, vamos —se anima entre dientes.

Tiene que salir de ese agujero, y tras un breve examen del lugar diagnostica que la única opción consiste en utilizar el mismo camino por el que entró. Busca y encuentra la galería, pero al ver como algunos de los roedores eligen la misma ruta de huida se lo piensa de nuevo.

—Hay que joderse.

Sin otra alternativa posible —las ratas le están perdiendo el respeto y vuelven a cercarle—, Sancho sujeta el móvil con los dientes, se tira al suelo, y, a cuatro patas, se desplaza lo más rápido que puede.

Dentro, los chillidos de las ratas, histéricas, se vuelven más estridentes.

No piensa detenerse para comprobarlo, pero tiene la sensación de que le están persiguiendo; sospecha que se convierte en certeza cuando nota mordiscos y arañazos en tobillos y gemelos.

Gruñe, pero no sabe si es a causa del dolor o por espantar el miedo que le intoxica cada una de las células del cuerpo.

Los primeros signos de agotamiento se manifiestan en forma de jadeo, y, no obstante, prefiere sufrir un colapso cardiorrespiratorio a detenerse para recuperar el aliento.

Un mordisco en el dorso de la mano derecha le obliga a gritar, provocando que el móvil se le caiga de la boca.

Al intentar recuperarlo descubre a una rata frente a él, a dos patas, majestuosa; y, como si quisiera retarle a un duelo, le muestra los dientes.

Sancho, que está para pocos desafíos, cierra el puño y le propina un directo que la desplaza un metro antes de que emprenda la retirada a la carrera.

—Púdrete, cabrona.

Espoleado por la victoria, Sancho reemprende la marcha, y pocos metros después sale por el extremo que va a dar a la gran sala de las bóvedas. Exhausto, se tumba boca arriba y extiende los brazos en cruz para inhalar el aire que le demandan los pulmones.

—¡Por aquí! —oye gritar a una mujer.

Al ladear la cabeza distingue varios haces de luz que convergen hacia su posición.

—¡Es Sancho, corred!

Diría que se trata de la voz de Sara, pero lo achaca a la crisis emocional que está atravesando. Sumido en ese tránsito enajenado, experimenta la reacción más extraña de su vida.

Ríe.

Ríe como nunca antes ha necesitado reír.

Ríe porque está vivo, y quizá no debería estarlo.