Adroa y Adro #5
Y así, en silencio, conquistan las siguientes tres estaciones sin que se produzca el contacto, tan ansiado por unos y desdeñado por otros.
El agotamiento físico y mental es patente en los integrantes del equipo verde cuando están a punto de llegar a su destino final, justo bajo los imponentes muros de piedra caliza de la iglesia de San Benito.
Siguiendo el antiguo ramal norte del cauce del río Esgueva —soterrado a principios del siglo XIX —, el grupo encabezado por Gámez se detiene, como si se tratara de una visita turística, para contemplar los techos abovedados de más de cuatro metros de altura.
La estructura de ladrillo del antiguo puente de San Benito se convierte en el foco de atracción principal de los haces de luz que revolotean en la oscura inmensidad cual luciérnagas aturulladas.
—¡Atención! —reclama Gámez—, vamos a inspeccionar bien este espacio. Quiero cuatro binomios. Dos en esa dirección —señala— y otros dos en aquella. Ojos muy abiertos. Armas preparadas. Ya conocen las instrucciones.
Crespo le hace una indicación para que le siga.
Sancho infiere que está muy acostumbrado a dar órdenes y a que otros las cumplan.
Cuando se separan del grupo y las luces se dispersan, el espacio se agiganta aún más.
Allí el hedor parece haber desaparecido, o al menos se ha repartido en los muchos metros cúbicos de aire que tiene la estancia.
El militar, confiado, va delante, inspeccionando la pared contigua al puente. Por el reflejo de la luz sobre la roca húmeda da la impresión de que está sudando.
—Si yo tuviera que esconderme durante un tiempo, elegiría este lugar —observa el sargento Crespo.
Y no le falta razón. De todas las estaciones por las que han pasado esta es sin duda la más habitable.
—Yo estuve aquí hace unos años —dice Sancho—, y no ha cambiado nada.
—En el infierno el paso del tiempo no tiene ningún valor —filosofa el militar—. Esto llevará a algún sitio, digo yo.
Tras un saliente, a la altura del suelo, se abre una boca negra y cuadrada de ladrillo.
—Diría que está cegada. ¿Usted qué dice?
Sancho se arrodilla para comprobarlo.
—Sí, eso parece. Por aquí debe de haber bastantes, y algunas son transitables, porque incluso se estaban planteando rehabilitarlas para hacer una ruta turística.
Sancho se cambia de mano el arma para sacar una linterna con mayor potencia y cerciorarse.
—Lo sé muy bien —añade Crespo.
—¿Ah, sí? ¿Y eso?
—Lo sé porque mi mujer se dejó la piel en ese proyecto.
Parálisis momentánea.
Breve, pero suficiente como para que el sargento Crespo —que ni es sargento ni se apellida así— aproveche la iniciativa.
Dispuesto a reaccionar, Sancho se gira para encontrarse con otra boca negra, esta vez redonda y de acero que le mira a los ojos.
—Suelte ese hierro, inspector.
Centro de mando de la operación Jaula Subterránea
—Equipo amarillo en estación de destino. Contacto negativo.
Celso Malpica se quita el auricular y se sienta por primera vez desde que empezó la operación.
—Joder de Dios —se queja con amargura.
—Todavía queda el equipo verde —le informa Inés de Marco.
Su jefe eleva la mirada con cierto desdén.
—Esa estación está llena de túneles y galerías, por lo que yo diría que aún van a tardar bastante —aporta Nacho Llanes.
—Se ha intentado —comenta el teniente coronel Álvarez de la Vega en un tono derrotista que tampoco contribuye a mejorar el ánimo de Malpica.
—Yo, con vuestro permiso, me voy a reunir con mis hombres —interviene el jefe del GEO, Marcos Domingo.
Celso Malpica está a punto de mandar a los presentes a algún sitio sin billete de vuelta cuando el jefe superior de policía, Martín Pisón, se levanta de su silla de un respingo con el móvil pegado en la oreja.
—¡¿Están seguros?! Virgen santa... Sí, enseguida voy para allá.
Todos le miran como al teniente Colombo antes de la resolución de un caso.
—Han encontrado muerto en su casa al concejal de Urbanismo —desvela Pisón.
—¿En qué circunstancias? —quiere saber Malpica, suspicaz.
—Reventado.
Madriguera del Témpano
—Aparte esos ladrillos. Y, por favor, no haga ninguna estupidez.
Con el estómago arrugado por el miedo, Sancho ha recorrido los doce metros de la galería a cuatro patas. En ningún momento ha pensado —no está en las mejores condiciones para ello— en hacer algo que revierta la situación en la que se encuentra, a merced del hombre al que pretendían atrapar.
Tras destaponar la salida y ponerse de pie, el pelirrojo se percata de inmediato de que está en el lugar en el que Gavilán se ha ocultado los últimos días. Este, sin dejar de apuntarle, se quita la mascarilla que le enmascaraba la voz y la capucha del buzo.
—Bienvenido a mi madriguera, inspector. Póngase cómodo, aunque me temo que no tenemos mucho tiempo.
Sancho se descubre el rostro.
—¿Qué va a hacer conmigo? —se atreve a preguntar.
El Témpano lo mira con incredulidad.
—Pensé que ya lo había comprendido. Yo no puedo matarle.
A no ser que me obligue —aclara—. Es cuestión de equilibrio, y si se rompe desaparece la armonía.
Adroa y Adro. Las dos caras de una misma moneda que unos llaman justicia y otros orden.
Uno sostiene el mundo, el otro lo endereza.
A mí me toca desempeñar un papel, a usted otro.
Podría ser al revés, pero eso no lo elegimos nosotros.
Se expresa con la clarividencia de quien cree lo que dice, y, por algún motivo, Sancho nota que el nudo que oprime su estómago se está aflojando.
—Puede que no me crea —continúa—, pero no soy un vulgar asesino, solo una consecuencia. De hecho, al hombre al que pertenecía esta ropa lo encontrarán vivo dentro de unas horas.
—Está muriendo mucha gente antes de tiempo.
—¿Se refiere en esta ciudad en concreto o en todo el planeta?
—Ya sabe a lo que me refiero.
—Orden, inspector, orden. El caos no destruye por sí solo, destruye la necesidad de restablecer el orden, pero alguien tiene que hacerlo.
Sancho se da por vencido.
—Tengo que reconocer que no me esperaba que bajaran aquí tan pronto. ¿Ha sido cosa suya?
—Digamos que sí —reconoce.
—Bravo. Imagínese mi sorpresa cuando he visto a varios hombres armados bajando.
Tenía que llegar aquí y he tenido la suerte de encontrarme al sargento Crespo mientras evacuaban a su compañero.
Lo que no podía esperar es que fuera usted su reemplazo.
No puede ser casual, es evidente que existe un vínculo entre usted y yo, ¿no cree?
—Yo ya no sé qué creer.
—Ese es el gran problema de hoy, que el mundo ha dejado de creer. Me encantaría contarle una historia que habla de la fragilidad del ser humano. La piel de una gota lo explica todo, pero no dispongo del tiempo que requiere. Ahora póngase de cara a esa pared y no se mueva.
Sancho se paraliza.
—Tranquilo, una cosa es que no vaya a matarle y otra es que le facilite la tarea.
Por lo que recogen sus oídos, Sancho deduce que está buscando algo entre sus pertenencias.
—Usted y yo somos muy parecidos, inspector. No se dé la vuelta —le detiene agarrándole del hombro—. La diferencia es que yo soy más disciplinado. Ya queda muy poco para la traca final. Disfrute del espectáculo, me aseguraré de que ocupa un asiento en primera fila.
Un terrible golpe en la cabeza es lo último que siente antes de caer desmadejado al suelo.
Calle Juan de Juni
Ha insistido él en acudir al escenario del crimen. Concluida la operación Jaula Subterránea sin obtener el resultado que esperaban, y a pesar del cansancio acumulado, Celso Malpica considera que aún queda noche para cosechar más malas noticias en primera persona.
—Creemos que ya estaba dentro cuando la víctima regresó a casa —le informa el subinspector Peteira en el rellano de la escalera.
Desde allí se percibe un olor parecido al de las antiguas carnicerías, pero con algún matiz que le cuesta identificar.
—Le tengo que advertir de que lo que se va a encontrar en la cocina es lo más desagradable que yo he visto en mi vida. De hecho hay dos compañeros que han echado hasta la primera papilla, y yo he estado a punto.
—¿Quién dio el aviso? —pregunta el de la Comisaría General de Información.
—El vecino de arriba. Dice que algo más tarde de las diez oyó una especie de petardazo, pero que no le dio importancia porque pensó que venía de la calle.
Hace una hora bajó a buscar algo al trastero por las escaleras y, al ver que la puerta estaba entreabierta, entró preguntando por él. Lo conocía de toda la vida.
—¿Anda por aquí?
—No, lo han trasladado a urgencias con un fuerte ataque de ansiedad.
—¿De la víctima qué se sabe?
—Gustavo Cuadrado, cincuenta y nueve, concejal de Urbanismo. Se decía que era la mano derecha de Omar Fuentes. Y la vinculación con este asunto ya la sabemos.
—Sí, la sabemos, la sabemos. Vamos.
Álvaro Peteira suelta un suspiro abnegado.
—Todo recto.
Por el pasillo se cruzan con un miembro de la Científica que se quita la mascarilla y boquea buscando inhalar aire puro.
Según se acercan se intensifica el olor dulce y metálico que emana del lugar.
Las salpicaduras de color púrpura que han impregnado la pared frente a la puerta son un prólogo de la película de terror en la que está a punto de sumergirse.
—No se puede entrar —le advierte el subinspector—, todavía están trabajando en el escenario.
A Celso Malpica le cuesta mucho procesar el primer fotograma que registra su cerebro.
Su mente, incapaz de aceptar la escena, intenta convencerle de que aquello es un montaje, una burda imagen retocada con inteligencia artificial.
Con el paso de los segundos, los distintos elementos que la componen van cobrando sentido y la conclusión respecto del castigo se hace evidente: ausencia total de dignidad en la muerte.