Adroa y Adro #4
En algún lugar del subsuelo de Valladolid
Abre la marcha Felipe Gámez, policía de la Unidad de Subsuelo de Madrid.
Un compañero suyo cierra el equipo amarillo.
Detrás de él, tres miembros del GEO, dos militares y un tédax.
Por ahora, sin novedad. El silencio solo se rompe por el chapoteo irregular de las botas y el zumbido constante de los equipos de transmisión.
Gámez tiene la impresión, vaga, incómoda, de que el aire está más cargado que unos metros atrás, como si el colector se estrechara con cada metro que avanzan.
Han alcanzado tres de las ocho estaciones que tiene marcadas en su ruta hasta el destino que han fijado, en la iglesia de San Benito.
El resto de los equipos tampoco han reportado ningún contacto y, por el momento, la única dificultad que se han encontrado está relacionada con la adaptación al medio de quienes no están acostumbrados como ellos.
A su espalda, los jadeos que escucha son cada vez más cortos y entrecortados, síntoma evidente de que el cansancio está empezando a causar efecto.
También él nota cargados los gemelos por el hecho de caminar encorvado sobre los talones, y ya ha tenido que acuclillarse varias veces para aliviar la tensión acumulada en las cervicales.
—Equipo verde alcanzando la cuarta estación de su ruta —oye por el equipo de transmisión—. Esperamos órdenes.
—Esperen a que el binomio cuatro del equipo verde asegure ese punto y continúen —escucha decir a Malpica.
—Entendido.
Calcula que a ellos les quedan unos ciento veinte metros hasta el siguiente, cuya equivalencia en tiempo no debería superar los cinco minutos. Más que el olor, le molesta el sudor que le gotea por la frente y que no piensa enjugarse con los guantes cubiertos de inmundicia.
—Gámez, ahí atrás tenemos un problema —le hace saber uno de los miembros del GEO, cuyo nombre no es capaz de recordar.
—¿Qué pasa?
—Uno de los zapadores parece que no puede seguir —le informa.
—Echaos a un lado.
Al llegar hasta donde está el militar comprueba que sufre los mismos síntomas que ha visto tantas veces: dificultad para respirar, fatiga y desorientación. Gámez no duda.
—No puede seguir. Usted —le dice a su compañero del Ejército—, acompáñelo hasta el anterior punto asegurado y que lo evacúen. Después reúnase de nuevo con el equipo en el siguiente, que está al final de este colector.
—Entendido.
Felipe Gámez permanece unos instantes para comprobar que pueden retroceder antes de regresar a su puesto.
—Sigamos.
Centro de mando de la operación Jaula Subterránea
—El jefe del equipo amarillo informa de que uno de sus miembros tiene que ser evacuado en el punto tres de su ruta —informa Inés de Marco a Celso Malpica.
Este la mira como si le hubiera mencionado un cambio en el parte meteorológico.
—Otro más.
Son ya cinco los integrantes de los equipos primarios que han dejado sus respectivas formaciones, y aún no han completado la mitad de las rutas establecidas.
Sin ser un contratiempo demasiado relevante, maldice por dentro no haber previsto esta contingencia, dado que no cuentan con efectivos suficientes para suplir esas bajas.
A su lado, Ramiro Sancho le hace una solicitud formal con la mirada que él entiende a la primera.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Ya he estado ahí abajo y...
—Que sí, que esa película ya me la sé.
Malpica resopla.
—Ya me advirtió Anchorena que eras más terco que una mula. Ve a que te equipen y que te trasladen a... ¿a cuál? —le pregunta a Nacho Llanes.
Este menea la cabeza dubitativo.
—Al equipo azul le faltan dos miembros, pero el punto de encuentro está lejos. Habría que decirles que esperaran.
—No podemos parar.
—Entonces al verde. El punto de evacuación está aquí al lado, en la calle Doctrinos.
—Pues hala, echa a correr —le dice.
Hospital Campo Grande
Se desplaza de un lado a otro de la habitación mientras lee de nuevo las transcripciones de las conversaciones telefónicas con Marco Antonio Gavilán.
No lo hace con la esperanza de encontrar algo que ayude a finiquitar el caso, ni por satisfacer vicios adquiridos en una vida anterior; lo hace por mantener la cabeza ocupada, distraída en otra cosa que no sea prestar oídos a esa voz que le ha bisbiseado un mal augurio.
No es la primera vez que le sucede. No lo considera un superpoder, pero ha de admitir que le suele otorgar bastante credibilidad.
La ha escuchado justo en el momento en que Sancho se ha marchado de la habitación bromeando sobre la posibilidad de que le volaran sus pelirrojas pelotas, y de improviso, la voz le ha preguntado: «¿Y si fuera esta la última vez que lo ves?
». Al principio no le ha dado demasiada importancia a esa remota posibilidad, pero inmediatamente después ha deducido que si es una posibilidad —por muy remota que sea—, podría suceder.
El estremecimiento ha llegado cuando se ha preguntado hasta qué punto es remota.
Y no hay cálculos matemáticos que valgan.
No le queda, por tanto, otra opción que confiar, pero cada vez que desocupa su cerebro vuelve a pensar en ello.
Es como si el miedo supiera que tiene vía libre para causar estragos y solo estuviera esperando a que ella bajara la guardia.
Por eso ha ido dos veces a ver a Asia y ha parloteado con Greta sobre los planes que tiene cuando les den el alta; por eso ha vuelto a leer las copias de los informes que le ha entregado Sancho; por eso no para de caminar por la habitación y recorrer el pasillo de un extremo al otro.
Le tranquilizaría mucho poder hablar ahora mismo con él, cosa que no va a hacer, pero quizá alguien de la comisaría le pueda informar del curso de la operación.
Lo sopesa unos segundos y, aun a riesgo de menoscabar su imagen pétrea, busca el teléfono de Matesanz.
Agua.
Nadie que no forme parte del puesto de control de la condenada operación tiene acceso a la información que ella necesita escuchar, pero el subinspector ha quedado en llamarla tan pronto como se sepa algo en la comisaría.
Sara arroja el móvil sobre la cama y, frustrada, se refugia de nuevo en la carpeta de documentos.
—«Informe de la mitología lugbara» —lee en voz alta enfadada—. Me sirve.
Calle de los Doctrinos
—Tenga cuidado con los barrotes de abajo, que los carga el diablo —le advierte el miembro del Ejército de Tierra que acaba de intervenir en la evacuación de su compañero.
Sancho levanta el dedo pulgar y, extremando las precauciones —no hacía falta que se lo dijera el militar—, desciende los seis metros que le separan del subsuelo.
Al entrar en contacto con el firme comprueba que, en efecto, los últimos barrotes están cubiertos con una suerte de pecina de un color pendiente de bautizar.
A pesar de llevar cubierta la nariz y la boca con una mascarilla, huele como recordaba, como si una lavadora gigante acabara de desaguar después de lavar una tonelada de excrementos.
Un hombre ataviado como él —buzo oscuro, guantes anticorte, botas tácticas y visor protector— lo recibe con la mano extendida.
—Sargento Crespo —se presenta.
—Inspector Sancho.
—¿Inspector...? —El otro duda antes de estrecharle la mano—. Tenemos que darnos prisa, nos están esperando al final de este colector.
Al pelirrojo le cuesta seguir el ritmo del militar, que, por cómo se mueve, se diría que pasó toda su infancia y adolescencia en ese medio.
Se fija en que camina con las piernas muy abiertas para encontrar apoyo en los laterales del colector ovoide y que de esta manera las suelas de las botas no se adhieran al fango.
También le sorprende que no vaya encorvado, sino inclinado hacia delante, con la columna vertebral recta.
Sancho avanza como puede, y al levantar la vista no ve más que una inmensa oscuridad, rota tan solo por el haz de luz de la linterna frontal de Crespo.
El suyo apunta a la espalda del militar, cuyo buzo está tan impregnado de inmundicia que parece que se haya revolcado en el fango.
La distancia que los separa es cada vez mayor, y cuando Sancho está a punto de hacerle algún comentario, su compañero se gira y se detiene a esperarle.
—¿Su primera vez? —le pregunta.
—No, pero es evidente que no estoy tan acostumbrado como usted.
—Cuestión de veces, como todo en la vida. ¿Qué hace un inspector de Homicidios por las cloacas?
—¿Nos conocemos?
—Bueno, yo a usted sí. Soy de Valladolid, y esa barba pelirroja suya es bastante reconocible.
—Ya, bueno, no tenía otra cosa mejor que hacer esta noche.
—Le entiendo. ¿Es cierto eso que dice la prensa?
—La prensa dice muchas cosas.
—Me refiero a que ese malnacido está haciendo todo esto para conseguir que prohíban los fuegos artificiales porque molestan a los animales domésticos.
—Eso es lo que ha pedido, sí, otra cosa es que sea lo que realmente quiere —contesta Sancho entre jadeos.
—¿Y por qué creen que está aquí abajo?
—Eso es muy largo de explicar y prefiero no malgastar el aire.
—Entiendo. Ya no debe de quedar mucho.
Por suerte, Crespo no se equivoca, y algo más adelante se encuentran con el resto del equipo en un espacio que se ensancha unos metros y que cuenta con dos bifurcaciones.
—¿Todo en orden? —le pregunta el oficial Gámez a Crespo.
—Todo en orden.
Sin tiempo para presentaciones ni para recobrar el aliento, Gámez ordena reemprender la marcha.
—Nos quedan cuatro estaciones —informa—. Los demás equipos van más o menos como nosotros, pero todavía no se ha producido ningún contacto.
—A ver si nos toca a nosotros la lotería —comenta alguien.
—Pues casi mejor que les toque a otros, la verdad —responde un compañero.
—¡Silencio, coño! —ordena Gámez.