Adroa y Adro #3
—Tampoco te pases. Por cierto —dice cambiando de tercio el pelirrojo—, de camino me he dado cuenta de que no te he preguntado si has vuelto a tener noticias de Asuntos Internos.
—No, ni falta que hace. Supongo que la inspectora jefe Nieto se estará afilando las uñas, pero eso ahora mismo me importa muy poco, la verdad. Me preocupan otras cosas, cosas como esa.
Sara desvía la mirada hacia la mesilla donde reposan los informes que le ha facilitado Sancho.
—Después de zamparme todo ese tocho me ha dado por pensar algo: tú dices que Gavilán está haciendo todo esto porque tiene sed de justicia, pero al mismo tiempo sabemos que no anda muy bien de la cabeza, tal y como apunta el diagnóstico psicológico.
Sin embargo, está claro que ha trazado un plan muy meticuloso, con un principio y un desarrollo cargado de simbolismo: los fuegos artificiales como causa de la muerte de su perro, el alcalde como causa de la muerte de su mujer, el excompañero que le delató y Valladolid entera como responsable de todos sus males.
—Te sigo.
—El final.
—El final qué.
—Habría que ponerse en su lugar y pensar en el final que ha diseñado para que el mundo entienda sus porqués. Gavilán no parece de esos que improvise finales, sino más bien de los que los tienen muy ensayados.
El pelirrojo se acaricia la barba.
—Pues tiene mucho sentido.
—Lo digo porque no creo que el final que él ha pensado tenga mucho que ver con dejarse atrapar en una jaula.
—Ya, joder, ya, pero es que no contamos con que intuya que esta noche vamos a bajar a por él.
—¿Y si es precisamente lo que ha pensado como su final —remarca— y os tiene preparada una trampa del copón bendito en la que se lleve por delante a todos los que estéis ahí abajo?
—En los equipos hay tédax expertos en la detección de posibles artefactos.
—Sí, eso ya me lo has dicho, pero mira lo que pasó en el Duque de Lerma.
—Algún riesgo hay que asumir, Sara, ya lo sabes.
—Sí, pero...
—Dilo.
—Ya sabes lo que quiero decir, no me hagas verbalizarlo.
—Tengo que bajar, pero te prometo que me mantendré a salvo en todo momento.
—Más te vale, porque como me toque criar a estas dos bicharracas yo sola te voy a estar maldiciendo hasta el fin de mis días.
—Lo tendré muy presente, no querría estar removiéndome en mi tumba hasta entonces.
—Eso quería yo escuchar.
Sancho se levanta para estirar las piernas.
—Le estoy dando vueltas a lo que has dicho del final y del simbolismo. Encaja bastante en su forma de proceder, pero no consigo meterme tanto en su cabeza como para saber qué tiene pensado.
—Bueno, quizá se te encienda la bombilla en el momento menos esperado. Pero en ese instante lo único que te tiene que preocupar es cumplir con tu palabra, por la cuenta que te trae.
—A mí y a ellas, porque no quiero ni pensar la adolescencia que les espera con una bicharraca de madre como tú...
Sara fuerza un gesto de indignación y lo apunta con el dedo.
—Márchate ahora mismo, a ver si con un poco de suerte te vuelan tus pelirrojas pelotas...
Sancho, al que le encanta que Sara le hable de ese modo, se acerca para darle un último beso.
—Si así fuera, ordenaré que te las guarden en una bonita urna —se despide.
Calle Juan de Juni
Faltan once minutos para que empiece el toque de queda cuando regresa a casa malhumorado y con evidentes signos de agotamiento. Igual que ayer, anteayer y todas las noches precedentes desde que ese desalmado decidió poner Valladolid en el punto de mira. Podría decirse que vive por inercia.
Para colmo de males, con el toque de queda ya no puede cenar en el Mesón Julio como acostumbra a hacer desde hace más tiempo del que puede recordar.
Y ahora no le queda otro remedio que ver qué tiene en el frigorífico y prepararse algo, porque cocinar, lo que se dice cocinar, no ha cocinado en su vida.
Ni falta que le ha hecho.
En el ayuntamiento sigue reinando el descontrol absoluto.
Desde que ingresaron a Fuentes no ha habido un solo día en el que haya podido desarrollar sus funciones, pero lo que más le desgasta es tener que tomar decisiones para las que no está capacitado.
Por lo menos él lo reconoce, no como el resto de los concejales, que piensan que han sido tocados por la mano de Dios y juegan a ser los arcángeles de sus conciudadanos.
Malditos estúpidos engreídos. Él, sin embargo, lo único que quiere es que todo vuelva a la normalidad, aunque el hecho de haber perdido a Fuentes, su máximo valedor, impide que nada vuelva a ser normal .
Si hace balance, lo único bueno que le ha sucedido en las últimas semanas ha sido enterarse de la hospitalización de su exmujer.
Todavía recuerda las discusiones que tenía con ella por su empeño en consumir agua embotellada.
Lo gracioso no es que ella se opusiera por cuestiones económicas ni de logística, sino porque le molestaba el espacio que ocupaban las garrafas en la galería de la cocina.
Pues toma agua, Mari Carmen.
Al introducir la llave en el bombín piensa que igual con un par de lonchas de jamón serrano, un huevo cocido y una lata de bonito lo arregla, pero en cuanto pone un pie en la casa percibe un olor rancio que le borra de golpe las ganas de comer.
—Pero ¡¿qué mierda...?!
Un fuerte golpe en el parietal le impide terminar la frase.
Cuando despierta nota un pinchazo en la parte posterior de la cabeza y algo que le molesta en el lado opuesto de la columna vertebral, justo donde termina.
Sin embargo, de inmediato su instinto de supervivencia se hace cargo de la situación, elimina esas variables y le obliga a centrarse.
A pesar de que todavía ve algo borroso no tarda en reconocer el entorno.
Está en su cocina, sentado en una silla, maniatado y con los pies inmovilizados.
Tiene algo metido en la boca, un trapo o similar, sujeto con una cinta adhesiva que le tira de la piel de los carrillos.
Está claro que alguien ha entrado en su casa y quiere robarle, pero al no ver a nadie a izquierda y derecha trata de liberarse.
—Puede intentarlo cuanto quiera —oye a su espalda—, pero es imposible que lo consiga, créame, señor concejal.
Tras superar el sobresalto, Gustavo Cuadrado se retuerce en la silla y balbucea algo que termina absorbido por el trapo que rellena su cavidad bucal. Un hombre vestido de negro que despide un fuerte olor a amoniaco mezclado con otras fragancias inmundas se coloca frente a él.
—Voy a ser muy rápido. Mi nombre es Marco Antonio Gavilán, por lo que ya sabe quién soy y qué le va a suceder. Lo que no imagina aún es por qué. Su jefe, el alcalde, dejó este mundo sin saberlo, pero usted va a correr otra suerte. Recuerda a Cristina Mendoza Asenjo, ¿verdad?
Un carrusel de imágenes se proyecta a través de los ojos del concejal, destellos que le sirven de confirmación.
—Usted la llamaba Cris y ella lo detestaba, ¿sabe por qué?
Cuadrado niega con la cabeza.
—Porque así solo la llamaba yo, jodido payaso. Solo yo.
El otro abre mucho los ojos, como si quisiera disculparse con la mirada.
—Entre los dos la arrastraron a un lugar del que nunca pudo salir, y ambos fueron en parte culpables de que decidiera quitarse la vida.
El concejal vuelve a agitarse sin lograr ningún resultado.
—Primero lo de las fuentes, luego el proyecto de iluminación de la torre de la catedral, después lo del subsuelo y finalmente la apartan a un rincón para que no moleste.
Y en medio un trato indigno que Cris no estaba preparada para aguantar.
Y como ella ya no está para restablecer el equilibrio y usted no piensa hacerlo, me toca intervenir a mí.
Los lagrimales de Cuadrado comienzan a funcionar a pleno rendimiento.
—Mire esta foto con atención, se la he hecho cuando estaba inconsciente.
No sé si lo reconoce, pero es su asqueroso culo.
¿Y ve estos cables? Bien, pues por un lado están conectados a un supositorio de veinte gramos de PG3 que le he introducido dentro del recto en un preservativo y por el otro a este aparatito que llamamos detonador —señala en la imagen.
Gustavo Cuadrado, entregado a su destino, aprieta los párpados, y dos lagrimones hacen acto de presencia. Le encantaría poder pedir perdón, pero no sabe a quién.
—A diferencia de su querido alcalde, usted morirá en el acto, por lo que, no se preocupe, no va a sufrir como usted hizo sufrir a Cris.
Cuadrado tiembla al tiempo que niega con la cabeza.
—En el río que lleva a la otra vida, los corazones puros se mantienen a flote, los impuros se hunden. Veremos dónde acaba el suyo. Ella así lo quería. Adiós, concejal.
Gavilán sale de la cocina con el pulsador en la mano. Sabe que la explosión no va a ser gran cosa, pero lo último que quiere es verse salpicado por la lluvia de restos orgánicos que va a producirse.
En los nueve segundos que tarda en sentir un pequeño chasquido en el interior de su recto, a Gustavo Cuadrado apenas le da tiempo a asumir que va a morir por no haber tratado del todo bien a aquella mujer con la que nunca llegó a encajar, como le ha ocurrido con el resto de las mujeres con las que ha mantenido algún tipo de relación.
La acústica le confirma a Gavilán que Cuadrado no es más que un montón de carne esparcida por la cocina. Antes de salir y regresar al subsuelo, comprueba que no hay nadie en el descansillo y abandona la casa.
En la calle no se ve ni un alma, circunstancia favorable que aprovecha para llegar hasta la arqueta de la calle Curtidores, por la que tiene que descender al inframundo en el que vive condenado.
Sin embargo, el riesgo de que lo identifiquen por saltarse el toque de queda le obliga a estar muy alerta, así que camina pegado a los portales de la acera de la derecha.
Al llegar a la esquina, unos destellos azules que provienen de la plaza de Tenerías captan su atención.
Oculto tras unos contenedores, contempla cómo varios hombres armados y ataviados con trajes adaptados al subsuelo acceden a su mundo .
Entonces lo comprende.
—Mierda. Joder —murmura.