La piel de una gota Adroa y Adro #2
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Adroa y Adro #2

—Bueno, un alivio —comenta el militar.

—Hasta cierto punto —corrige el de subsuelo—, porque de forma indirecta podría acceder a casi todos.

—Explíquese, por favor.

—Claro —confirma Llanes—. Con una buena lanza térmica, como nos hicieron en el Museo Nacional de Escultura, ¿verdad, Sancho?

El pelirrojo tuerce la boca.

—Hay que asumir que hasta que no lo detengamos seremos muy vulnerables —interviene Malpica—. Por eso es vital que esta noche tengamos éxito.

—¿Por qué están tan seguros de que lo encontraremos ahí abajo? —quiere saber Pablo Jimeno, secretario de Estado de Seguridad.

—El inspector Sancho se lo explica —responde Malpica.

—No tenemos la certeza, eso que quede claro, pero en la última conversación telefónica con él, y después de analizar la grabación, a todo el equipo nos pareció que quería eludir el tema a pesar de que yo insistía.

Ya sabemos que en el subsuelo se mueve como pez en el agua, está formado para ello y tiene experiencia en combate subterráneo, y ahora que su cara está en todos los medios, no creo que se arriesgue a que alguien lo reconozca.

—Podría ocultarse en cualquier piso franco.

—Podría —responde Sancho con indiferencia—, pero no hay ningún arrendamiento ni propiedad a su nombre, lo hemos comprobado.

Y aunque lo hubiera hecho con documentación falsa, correría el riesgo de que le hubiera visto entrar o salir alguien, o la persona a la que se lo alquiló lo reconociera...

Un tipo como él minimiza al máximo las probabilidades de errar por intervención de terceros.

—Y no lo olviden —interviene de nuevo Malpica—: tampoco tenemos más vías abiertas.

El resto de las observaciones las resuelven en poco más de una hora, por lo que concluyen la reunión encomendándose a santos benefactores que no existen.

Cuando todos se han marchado, Celso Malpica consulta su reloj —un Casio de los años ochenta—, como si quisiera asegurarse de que sigue funcionando.

—Ahora tengo que reportar con las altas estancias y luego he quedado en hablar con Anchorena.

—Dele recuerdos.

—De su parte. Por cierto, creo que hemos cruzado esa línea invisible que separa el usted del tú, así que si está de acuerdo...

—Lo estoy.

—Dispones de un par de horas, ¿por qué no las usas en condiciones?

Sancho le ofrece la mano.

—Eso tenía pensado hacer. Y te voy a pedir que, por si acaso nos sonríe la suerte y lo trincamos esta noche... En fin, que me gustaría estar ahí abajo.

Malpica se alivia un picor que le acaba de nacer en el brazo mientras le aguanta la mirada.

—Cuenta con ello, pero entrarás en la fase dos e irás acompañado. No es negociable.

—Me sirve. Gracias.

En algún lugar del subsuelo de Valladolid

Su intuición no suele fallarle, y un susurro que oye en la cabeza le está diciendo que va a suceder algo importante. Se lo escuchó decir a Arube Mbemba: «Cuando el bosque calla, las serpientes bailan», y la voz de la sabiduría popular rara vez se equivoca.

Hay demasiada calma.

Y no es tranquilizadora, sino de esas que preceden a las tempestades.

Lo único que se mueve ahí abajo es la colonia de ratas que anidan a unos trescientos metros de su madriguera y que, de momento, se mantienen alejadas de ese otro depredador de gran tamaño que se ha establecido cerca de ellas.

La única gran molestia es que cada vez que tiene que alimentarse debe alejarse bastante, porque si huelen la comida le perderán el respeto en un abrir y cerrar de ojos.

La frontera la establece el halo de luz que proyectan las dos lámparas LED que tiene conectadas a las baterías, pero las oye moverse en la oscuridad que las cobija y, aunque no son las vecinas ideales para la convivencia, hasta cierto punto le hacen sentirse acompañado.

La jornada de ayer la ocupó en recorrer una y mil veces el itinerario que tiene que seguir justo antes de que empiece el toque de queda, y en la última, sin ayuda del plano, consiguió completarlo en once minutos y nueve segundos.

No obstante, sabe que la clave no está en el cronómetro, sino en no equivocarse, porque cualquier mínimo error podría provocar que todo desembocara en un estrepitoso fracaso.

Sentado sobre la esterilla, busca y encuentra en su mochila la mejor forma de matar el tiempo: el diario de Cristina. Tiene decidido el pasaje que va a volver a leer, y es uno de los más dolorosos.

Además, él recuerda ese día a la perfección porque fue la penúltima vez que la vio.

Valladolid, 3 de mayo de 2020

Querido diario:

Vaya puente de mierda que me han dado entre todos. Pero, como dice mi psicóloga, es mejor asumir que es culpa de uno si no quieres volver a repetir los mismos errores.

Y yo he cometido muchos.

El primero fue decirles que sí a Carlos y a Mamen.

Para que lo entiendas, son unos vecinos con los que mantuvimos una muy buena relación durante los años que viví en Almería.

En realidad, eran los únicos con los que nos llevábamos bien, porque Marco no tragaba a nadie, ni había nadie que lo tragara a él, claro.

Tenían una situación parecida a la nuestra, Carlos también era militar (aunque no pasaba tanto tiempo fuera como Marco) y Mamen trabajaba solo por las mañanas.

Así que ella y yo pasábamos mucho tiempo haciéndonos compañía y encajamos muy bien.

Tampoco tenían niños, por lo que los fines de semana hacíamos muchos planes juntos.

Desde que yo me marché de allí había perdido algo el contacto con ellos, y cuando Mamen me llamó para que fuera no me pareció mala idea.

El caso es que durante la cena Carlos me soltó la bomba: «A Marco lo han licenciado del Ejército hace tres meses».

¡Boooom! Tenía que pasar. Que no andaba bien de la cabeza y se dieron cuenta.

¡No te fastidia! Marco era así de serie, pero cuando regresó del maldito Congo estaba hecho trizas.

¿Y qué hicieron? Nada, esperar a ver si se arreglaba solo y que lo aguante su mujer, que para eso está. Pues no. Y mira que lo intenté.

—Lo intentaste, sí, pero yo no quería arreglarme.

Bueno, que me lío. Entonces me di cuenta de que me habían hecho ir para ver si yo podía hacer algo por él.

Que lo notaban muy raro (más de lo normal) y que lo único que hacía era pasar tiempo con Kivu.

¡Me lo contaban como si no lo hubiera sufrido yo los cinco años que aguanté con él hasta que no pude más y me vine a Valladolid, no te digo!

¡Si me hubiera dado a mí una centésima parte de las caricias que le regalaba a su perra, igual hubiera aguantado otros cinco!

Lo que querían era que al día siguiente me viera con él y charláramos un rato. Al principio dije que ni de coña, pero estuvieron dándome la matraca hasta las tantas de la madrugada y después de varias copas les tuve que decir que sí.

Segundo error.

Mamen me acercó a la playa y allí estaba Marco, cómo no, paseando con Kivu.

Hacía más de un año que no lo veía y me dio un vuelco el corazón.

Era como si hubiera envejecido de repente.

El pelo cano, la barba descuidada (lo cual era impensable antaño) y mucho más delgado.

Me dio el abrazo más frío que he sentido jamás y le noté algo extraño en la mirada. Como apagada, ausente.

—Cris: estaba tan avergonzado de mí mismo que no me atrevía a mirarte a la cara.

Costaba sacarle las palabras y yo, la verdad, tampoco es que tuviera nada que contarle.

En ningún momento reconoció que estuviera tan hecho polvo.

Solo decía que estaba pasando una mala racha y ya.

Yo que pensaba que todo aquello era porque Marco me iba a proponer que le diera una segunda oportunidad...

Qué ilusa. No sé si lo hubiera hecho, ojo, que yo no tenía esa opción en la cabeza, pero es que ni siquiera me dijo que me echara de menos.

Y yo solo quería escuchar eso, que me echaba de menos, al menos, tanto como yo.

Pero no. Nada. ¡¿Te parece normal, querido diario? ! ¡Anda y que te den, Marco!

—Lo siento mucho —musita.

Así que nada. Después de dos horas paseando como dos auténticos desconocidos nos despedimos y ya.

Encima, cuando se lo conté a estos, Carlos tuvo el valor de decirme que podría habérselo propuesto yo.

Pero ¿los tíos son idiotas profundos o qué les pasa?

El resto del fin de semana estuve tan ida, tan descompuesta y tan harta de todo que contaba las horas para que me llevaran a la estación y dejar atrás todo aquello.

Otra vez.

Y aquí estoy, de nuevo en casa, sola, encantada de la vida con mis planos del subsuelo, tratando de acondicionar lo inacondicionable para que el mermado de Gustavo Cuadrado no me aburra, que ya me ha dado un aviso: «Ponte las pilas, Cris, que tu nómina no se paga sola».

¿Cris? Pero ¿quién demonios se cree para llamarme Cris?

Ojalá algún día ese gordo asqueroso reventara por dentro. Tragaldabas.

A la mierda el que lo lea.

A la mierda Gustavo Cuadrado.

Pero, hoy más que nunca, a la mierda tú, Marco.

—Aquel día ya estaba en la mierda, cariño. Ahora les toca a otros.

Hospital Campo Grande

—¿Te duele? —le pregunta Sara refiriéndose a la cicatriz de la cabeza.

—Me molesta más el costado, pero estoy mejor.

Sancho la besa en la boca. Antes la ha puesto al día, sin ahorrar detalles, de las últimas novedades del caso, información que ella ha escuchado con atención y, como acostumbra, sin interrupciones.

—Y de la mujer de Copito, ¿qué se sabe?

—Sigue ingresada con pronóstico reservado. No he podido hablar con él, pero sé que el hombre anda jodido.

—Lógico. Hace un rato me ha llamado mi padre. He estado a punto de colgarle el teléfono varias veces, porque mira que está pesado con que pida el traslado hospitalario a otra provincia.

—Bueno, es normal. Desde la distancia los problemas tienden a verse más grandes. Y este que nos afecta lo es, así que...

—Pues nada, le pido que vuelva otra vez y listo.