La piel de una gota La constelación del miedo #8
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La constelación del miedo #8

—Gavilán es un tipo extremadamente preparado y con unos valores muy marcados que le hacen ganarse el respeto de los suyos.

Las continuas intervenciones en conflictos bélicos armados le terminan afectando, y su desaparición es el detonante que le provoca el trastorno de la personalidad esquizoide.

Esos valores los sustituye por los dogmas de la religión lugbara, y cuando regresa a su cotidianidad todo ha cambiado para él.

Pierde a Cristina, más tarde lo licencian del Ejército y lo apartan de lo que él consideraba su familia.

La muerte de Kivu, que era lo último que le quedaba, cuando aún no había pasado el duelo por el suicidio de su mujer, es esa gota que colma un vaso que llevaba con el agua a punto de desbordarse bastante tiempo.

—Se lo compro. ¿Alguien quiere añadir algo más?

—Justicia —dice Sancho—. Lo que cree estar haciendo Gavilán es justicia, lo cual le convierte, aún si cabe, en más peligroso.

—Totalmente de acuerdo —coincide Malpica—.

Bien, si les parece vamos a hacer un descanso de quince minutos y regresamos con el plan de acción.

Inés, cuando tenga un minuto haga el favor de hacerle llegar toda la documentación a Antón Anchorena por el cauce no oficial y le dice que le llamaré a última hora.

Tan perpleja está la de la CGI que esta vez es ella quien se sobresalta cuando un uniformado golpea la puerta dos veces y, algo azorado, asoma la cabeza por la puerta.

—Disculpen por la interrupción. Inspector Sancho, estamos intentando localizarle, pero tiene el móvil fuera de servicio. Tenemos a Gavilán al teléfono. Quiere hablar con usted.

El pelirrojo hace el ademán de levantarse, pero la presión que nota sobre el antebrazo le detiene.

—Dígale, por favor —se dirige Malpica al agente—, que vuelva a llamar en unos veinte minutos.

El policía no oculta su sorpresa.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

A las 16.20, con los objetivos claros pero sin saber muy bien cómo alcanzarlos, Ramiro Sancho se sienta en una silla de la misma sala en la que atendió la primera llamada del Témpano.

De eso solo han transcurrido cuatro días, pero él tiene la sensación de que han sido cuarenta.

Entre ambos momentos, su enemigo ha seguido avanzando en su plan de sumir a Valladolid en el caos y la destrucción, logrando tirar abajo el edificio más alto de la ciudad e intoxicando el agua.

Decenas de muertos, centenares de heridos, miles de afectados.

Ellos, por su parte, han podido identificarle y radiografiarle, pero les queda rematar la faena, y para ello deben averiguar de forma prioritaria si de verdad se esconde o no en el subsuelo como él y Malpica creen.

El otro propósito, menos concreto, más etéreo, es dar la vuelta a las cartas que están sobre la mesa y, de algún modo, arrebatarle el turno: «Aunque no nos toque, tenemos que tirar nosotros primero», le ha dicho Malpica.

Por eso ha rechazado la llamada inicial, para incomodarle, y de paso exprimir ese tiempo para trasladarle a Sancho lo que él considera que deben conseguir durante la conversación.

El de la CGI está sentado frente a él, con la escucha en el oído y con un cuaderno en el que le irá escribiendo notas solo si lo ve necesario.

Sancho, con la mente en blanco, se aprieta las manos, como si así pudiera eliminar el ligero temblor que se ha apoderado de ellas, pero para su desgracia apenas si dispone de unos segundos antes de que el móvil le diga que acaba de empezar la partida.

—Sí.

—Le paso con él —le comunica una voz.

—Buenas tardes, Adro. O prefiere que le llame Marco, Marco Antonio o Témpano.

—Solo mi círculo más íntimo me llamaba Marco, pero supongo que eso ya lo sabrán, porque les ha dado tiempo de sobra para contactar con muchas personas que me conocían en mi anterior vida.

Malpica anota en su cuaderno «anterior vida» y lo subraya.

—Así que, menos de esa forma, llámeme como prefiera. ¿Le he pillado ocupado antes, inspector?

—Sí, la verdad es que de un tiempo a esta parte andamos todos muy ahogados en el trabajo —confiesa con sorna—. ¿Quiere saber dónde estaba?

—Tengo la impresión de que me lo va a contar de todos modos.

—Estaba en la planta potabilizadora de la calle las Eras.

—Le felicito, inspector, pero no tiene demasiado mérito. Era una o la otra, y esta tenía más probabilidades, ¿verdad?

—Sí, está claro, pero lo meritorio no era saber cuál, sino el cómo. Qué bien le han venido esos planos del subsuelo que le entregaron a Cristina, ¿verdad?

Silencio.

—¿Lo ha averiguado usted?

Malpica afirma con la cabeza.

—Sí.

—Vaya, está claro que no me equivoqué al elegirle. Muy bien —continúa en un tono más severo—, ahora lo que quiero que me diga es cómo avanzan las negociaciones de mis demandas.

—¿Qué tal se vive ahí abajo? Sabemos que sabe moverse bien en esos ambientes, pero otra cosa muy diferente es pasar noche y día metido entre tanta inmundicia.

—Responda a mi pregunta.

Malpica niega y le hace un gesto con la mano para que le insista en lo anterior.

—Cucarachas, ratas, aire viciado, oscuridad... No sé cómo puede aguantar ahí.

—Si no responde a mi pregunta me obligará a colgar y a dar el siguiente paso, inspector, y le aseguro que no le conviene forzarme a ello.

—Pero ¿de verdad cree que vamos a lograr algún avance si desde que nos comunicó sus peticiones no nos ha dado tregua? El Duque de Lerma, el agua de toda la ciudad...

—De ustedes depende.

—No, no..., en absoluto. Depende solo de usted, así ha sido desde el principio. ¿Sabe lo que opino de todo esto?

—Le escucho.

—Que sus peticiones no son más que una excusa para distraernos y continuar con su sangriento plan. No digo que sea mentira que perdiera a Kivu y que considere que la ciudad tiene que pagar por haberle arrebatado lo que más quería, pero se equivoca si piensa que está haciendo justicia.

—El concepto de justicia es muy ambiguo, inspector.

Para la mayoría se limita a lo punitivo, a hacer pagar con la libertad a quienes contravengan las normas establecidas.

Sin embargo, para algunos pocos está vinculado con el restablecimiento de un orden que se ha roto, como es el caso.

Y el dolor causado, inspector, solo puede ser compensado armónicamente del mismo modo: con el mismo dolor —concluye.

—¿El mismo dolor? ¿Es el mismo dolor el que sufre una persona por la pérdida de sus seres queridos que el de toda una ciudad? ¡¿Qué hay de armónico en igualar la muerte de una persona con la de varias decenas?!

Celso Malpica le hace un gesto para que intente recuperar la calma inicial.

—Yo no he dicho que tenga que ser proporcional ni equilibrado. Lo que es armónico y lo que no lo deciden quienes están capacitados para ello.

—La justicia, la verdadera justicia —recalca Sancho algo más calmado—, se encarga de encontrar al responsable de un delito y, de forma proporcionada, hacerle pagar por ello.

—Eso ya lo he hecho. Al máximo responsable de que Cristina cayera en un pozo del que no pudo salir se le está apagando la vida. Lo que pasa es que a ese hombre lo pusieron ahí la mayoría de los vallisoletanos con su voto. Y no una vez, sino varias veces, por lo que ellos también son cómplices.

—¿Cree que Omar Fuentes es el responsable de que Cristina decidiera quitarse la vida?

—Lo es. Fue quien tomó la decisión de robarle su proyecto y eso la mató.

—¿Y no tiene nada que ver que la relación que Cristina creía para toda la vida se deteriorara hasta el punto de decidir separarse y poner distancia?

—También, pero mi momento de pagar por ello llegará más adelante, cuando haya restituido la armonía.

—¿Y quién le ha otorgado a usted la obligación de restituirla?

—Eso no se lo puedo decir, tendría que mentirle.

—No sería nada nuevo, ya me ha mentido una vez.

Silencio.

—Puede que no le haya dicho toda la verdad, que es muy diferente a mentir.

—No. Me mintió cuando le pregunté por qué me había elegido a mí para ser su interlocutor y me dijo que porque buscaba a alguien a su altura.

—Eso es cierto y lo sigo pensando.

—Me dijo que se había informado sobre mí, pero se le olvidó mencionar que me conocía.

Malpica levanta el dedo pulgar.

—No le dije toda la verdad, pero no le mentí. Me informé acerca de usted el mismo día que salí del interrogatorio al que me sometió como sospechoso de la muerte de mi mujer.

—No sospechaba de usted, pero mi obligación era cerciorarme.

—Así lo entendí, y por ello no le guardo ningún rencor. De otra manera, no estaría hablando con usted.

—¿Y qué es lo que realmente pretende con estas charlas?

En ese momento, Inés entra en la sala y le entrega un papel a su superior. Este lo lee y desvía la mirada pensativo. Luego modifica el semblante y libera un suspiro de pura desesperación.

—Tengo la esperanza de que termine entendiendo el porqué de mis actos, aunque no lo comparta. Eso para mí es indiferente.

Sancho trata de no distraerse.

—Mucho me temo que eso no va a pasar.

—No digo que vaya a ocurrir ahora. Puede que sea cuando llegue la traca final y todo haya terminado.

Malpica le hace el gesto de las tijeras para que, tal y como habían acordado, sea él quien termine la conversación. Sancho frunce el ceño tratando de entender por qué tanta prisa.

El otro insiste.

—Inspector, ¿sigue ahí?

—Sí, pero si usted no está por la labor de detener esta locura, yo no pienso ser su mono de feria para alimentarla día tras día. Hemos terminado por hoy —le suelta antes de colgar.

Sancho le pide explicaciones sin necesidad de articular palabra. El de la CGI le desliza el papel que le ha entregado Inés, en el que se puede leer: «Omar Fuentes acaba de fallecer en el hospital».

—Que siga la fiesta —cierra Malpica.