La piel de una gota La constelación del miedo #5
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La constelación del miedo #5

—Ya, pero eso es solo lo que usted cree, no sé si me explico. De todos modos...

El de la CGI hace un gesto raro con la boca.

—¿Qué es lo que quieren saber que no sepan ya? —pregunta Malpica.

—Evidentemente, a qué nos enfrentamos —responde Murrieta sin ocultar su indignación.

—Vaya, ahora sí que estoy sorprendido, señores.

A estas alturas yo daba por hecho que las personas que tienen que tomar las decisiones correctas para afrontar esta crisis eran conscientes de que nos enfrentamos a un enemigo muy peligroso.

De cualquier modo —compone una mueca de corte infantil—, el que más sabe sobre este individuo es el inspector Sancho, que es el único que ha tratado con él.

—¿El inspector Sancho? —repite el secretario de Estado—. ¿Y por qué demonios no está aquí el inspector Sancho?

Y de nuevo todas las miradas se centran en Martín Pisón, que esta vez no tiene ninguna posibilidad de derivar la pregunta.

—Lo solucionamos de inmediato —dice.

Estación de Tratamiento de Agua Potable, las Eras

Han descendido por una arqueta hasta un colector general que han recorrido durante unos treinta metros hasta llegar al túnel de servicio que conecta con la planta potabilizadora.

Esta vez Sancho no ha necesitado ningún cursillo básico de cómo moverse ahí abajo. Le ha servido el que hizo tres años atrás cuando le tocó enfrentarse a un robo en el Museo Nacional de Escultura, al que accedieron a través del subsuelo.

—Mira —le indica Nacho Llanes con el brazo—, ese muro de allí ya es parte de la cimentación de la planta. Tiene que haber un acceso.

—¿Aquella puerta? —señala Sancho.

—Seguramente.

A varios metros de distancia para llegar, el pelirrojo sonríe a la vez que señala algo.

—¡Pues ya estaría! —grita.

—La cerradura está reventada —observa Llanes—. Tenías razón.

Sancho hace unas cuantas fotos con su móvil.

—Entró por aquí. Vamos a ver hasta dónde nos lleva.

Veinte minutos después, ambos salen de nuevo al exterior tras haber comprobado lo que Sancho sospechaba.

—Mil gracias por todo, Nacho.

—A mandar.

—Sí, pues prepárate, amigo, porque o mucho me equivoco o vamos a pasar más tiempo de lo que nos gustaría ahí abajo.

—Compadécete de otros, no de mí. Nos vemos —dice, y se despide con un apretón de manos.

Justo en ese instante le suena el teléfono. Es el comisario provincial Travieso.

—Sancho, ¿estás operativo?

—No sabes cuánto.

—Dos cosas: nos acaban de decir que la mujer de Herranz-Alfageme es una de las muchas personas afectadas por la intoxicación del agua, por lo que estará fuera de servicio hasta que la situación se resuelva.

—Hay que joderse.

—Dos: tienes que ir cagando leches a la Delegación del Gobierno.

—¿Y eso por qué?

—Te requieren allí, ellos te explicarán. Date prisa.

Sancho se mira de hito en hito. La siguiente palabra que verbaliza es la que mejor le define en ese momento.

—Mierda...

Sede de la Delegación del Gobierno

Las casi tres horas y media que llevan reunidos están haciendo mella en el manual de las buenas maneras. Los tonos de voz, en general, han ganado en crispación, y las interrupciones campan a sus anchas en esa sala cuya atmósfera está más intoxicada que el agua.

Han discutido sobre si el Gobierno debería aceptar o no las reivindicaciones de Gavilán, pero el principal enfrentamiento lo han mantenido el teniente coronel Martín de la Vega con los miembros del Ayuntamiento de Valladolid acerca de la política de comunicación que ha de seguir el CECOP.

El militar, amparándose en los poderes que le otorga la aprobación del estado de excepción, ha abogado por controlar los medios e informar con cuentagotas a la población de lo que está sucediendo, política que ha horrorizado a los representantes municipales.

El enfrentamiento ha terminado en tablas, pero ha quedado patente que en esa mesa hay demasiados caballos que tiran de un carruaje del que nadie se atreve a coger las riendas.

Es en ese terreno árido y pedregoso donde alguien decide arrojar una semilla pelirroja con el propósito de que de ella algo bueno germine, pero, en ocasiones, hasta las mejores intenciones son incapaces de florecer.

Cuando los presentes asisten al momento en el que un barbudo pelirrojo entra en la sala arrastrando la esencia aromática del subsuelo —las deportivas que calza están para incinerar—, un murmullo hostil va ganando en intensidad hasta que se convierte en un ruido molesto.

—¡Un segundo, por favor! —intercede el delegado del Gobierno—. ¡Por favor! —insiste.

El anhelado silencio tarda en aparecer.

—Antes la señora Murrieta expresaba su deseo de saber más acerca del sujeto que nos tiene a todos en jaque, y el señor Malpica aludía al inspector Sancho como la persona que mejor lo conoce. Pues aquí lo tienen. Por favor, inspector, tome asiento.

Sancho ocupa una silla que está libre entre Santiago Valtierra —que gira la cabeza al captar el olor que despide— y Celso Malpica. Sin importarle lo más mínimo la reacción de ese extraño, se acoda sobre la mesa, endereza la espalda y, tras unos segundos de escrutinio, toma aire.

—Ustedes dirán.

—¿Qué nos puede contar de ese hombre?

Sancho deja caer la mirada pensando que es el tipo de pregunta que le hacen a un escritor cuando el periodista no se ha leído la novela: «Y, bueno, cuéntanos..., ¿de qué va tu nuevo libro?». Resignado, se acaricia los puntos que tiene en la cabeza con las yemas de los dedos y toma aire de nuevo.

—Es alguien cuyo propósito es destruir Valladolid por un motivo que aún desconocemos, y que tiene los conocimientos, la experiencia y los medios para conseguirlo. Tiene un plan y la voluntad suficiente para cumplirlo.

—¿Y ya? —insiste Murrieta, cuya naturaleza descontentadiza le obliga a ser beligerante en todo momento.

—¿Le parece poco? No sé si se ha percatado de que Marco Antonio Gavilán está mucho más cerca de conseguirlo que nosotros de atraparlo. Y, puede o no creerme, pero le aseguro que no se debe a la ineptitud de las personas que estamos empeñadas en ello.

—Pues estamos apañados —resume el subdelegado del Gobierno, que, de este modo estelar, interviene por primera vez en la reunión.

—¿Y por qué querría alguien destruir una ciudad? —pregunta el secretario de Estado de Seguridad.

—Esa sí es una buena pregunta —califica Sancho—.

Y la respuesta es tan obvia como absurda: porque Gavilán la considera su enemiga.

Y los motivos, aunque suene soberbio, tampoco nos interesan demasiado, porque no parece que sea alguien a quien se le pueda hacer cambiar de opinión.

Está claro que es un hombre atormentado y que no está del todo bien equilibrado aquí arriba —se toca la cabeza— por el tipo de vida que ha llevado.

Pero sin duda estamos en el punto exacto en el que Gavilán quería estar cuando lo planificó todo.

—Escuchándole hablar podría decirse que admira a ese hombre —comenta Murrieta.

—No, señora, no, en absoluto. Pero lo que no voy a hacer es cometer el error de pensar por un solo segundo que lo vamos a atrapar por arte de magia. Jefe —se dirige a Martín Pisón—, no sé hasta qué nivel de profundidad me puedo expresar en este foro.

—Con total libertad —responde contundente.

—Entonces les puedo decir que la razón por la que tengo este aspecto tan, cómo decir...

, desaliñado, es porque vengo de comprobar una sospecha, y para ello he tenido que hacer una breve incursión en la red de alcantarillado de la ciudad.

Estoy casi seguro de que Gavilán accedió a la planta potabilizadora de la calle las Eras a través del subsuelo, y que allí vertió algún compuesto químico que ha provocado la intoxicación masiva del agua.

—Tiene todo el sentido del mundo —opina el teniente coronel Martín de la Vega—. Pero, por otra parte, y sin intención alguna de meterme en su trabajo, ¿si se revisan todas las cámaras exteriores de la zona podremos...?

—Sería irrelevante. Gavilán sabe que conocemos su identidad, por lo que ya no tiene por qué ocultarse, solo evitar que le atrapemos.

Además, sabe moverse por el subsuelo porque le han formado para ello, se siente cómodo ahí abajo y no sería descartable que hubiera elegido ese entorno para operar desde ahí.

—Sería un error por su parte, ¿no? —conjetura el militar—. Sería cuestión de controlar los accesos, hacer bajar al número de hombres suficientes e ir cerrando el círculo hasta dar con él.

—Me temo que no sería tan fácil. Ahí abajo el gato es él, y nosotros los ratones, y, no se ofenda, pero creo que no se hace a la idea de las dimensiones que tiene el subsuelo de esta ciudad.

Lo tendrían que evaluar los expertos en la materia, pero me da la sensación de que no sería tan sencillo como cabría pensar.

—Menudo panorama —comenta alguien en voz baja.

Sancho chasquea la lengua.

—Yo, con su permiso, si no me necesitan para nada más, tengo que ir a comisaría.

—Muchas gracias por su aportación, inspector —le dice el delegado del Gobierno.

Celso Malpica se levanta al mismo tiempo que Sancho.

—Yo le llevo. Les mantendremos informados —se despide.

Cuando ambos salen se genera un silencio engorroso, perturbador. Un silencio que se rompe con el sonido del móvil de San Esteban.

—Disculpen, tengo que atender la llamada.

El político se levanta y camina por la sala mientras escucha.

—Que Dios nos pille confesados.

—Y con una botella de agua en la mano —añade el secretario de Estado de Seguridad con un exceso de ironía que no es muy bien recibida.

Hospital Clínico Universitario

Acaba de terminar la llamada que ha mantenido con la primera teniente de alcalde, a quien ha encargado que le mantenga puntualmente informado de lo que está ocurriendo en el CECOP.

Esta le ha hablado de la relación que existía entre una antigua empleada del ayuntamiento y el sospechoso, pero al alcalde le cuesta creer que esa sea la razón por la que él se ha convertido en un objetivo de ese perturbado.

Tiene que responder a razones más elevadas, motivos que tiene pensado averiguar en cuanto le den el alta.