La piel de una gota La constelación del miedo #4
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La constelación del miedo #4

—Luego, si tenemos tiempo, abrimos turno para comentarios y observaciones —le detiene San Esteban—.

Continúo. Nuestros expertos nos aseguran que esta concentración tóxica en el agua irá disminuyendo con el paso de las horas, pero en este momento lo que está claro es que no es apta para el consumo humano y, habida cuenta de la saturación hospitalaria, nos aconsejan que se corte de inmediato el suministro en toda la ciudad.

En las muecas, comentarios y ademanes de los presentes se atisba una inminente e irrefrenable confrontación. Un choque conceptual y de formas de proceder que no nace aquí, pero sí crece y se reproduce porque nunca muere.

Cafetería del Hospital Campo Grande

Su nivel de ansiedad aumenta con cada tono de llamada.

—Sancho, dime —le contesta por fin el jefe de la Unidad de Subsuelo con la aparente sequedad que le caracteriza.

—Nacho, ¿qué tal te pillo?

—Pues de momento de una pieza, porque vaya cristo que se está montando. Supongo que estás al corriente.

—Sí, sí, por eso te llamo. Tengo una teoría que me gustaría compartir contigo.

Al parecer, esta intoxicación masiva que está afectando a tanta gente viene por la ingesta de agua contaminada.

Este cabronazo al que nos enfrentamos es un entendido en sustancias químicas y podría ser que hubiera encontrado algo para contaminar el suministro de toda la ciudad.

¿Cómo? Pues muy sencillo —se responde él mismo—: entrando en alguna de las dos plantas depuradoras y vertiendo su mierda.

Pero, claro, por la puerta principal no lo ha hecho.

Nacho Llanes, que es de los que cuesta impresionar, no dice nada.

—¿Nacho?

—¿Sugieres que ha accedido a través del subsuelo?

—Sí. El tipo es experto en técnicas de combate subterráneo o algo así. Por eso te pregunto, ¿podría haberlo hecho de ese modo?

—Vamos a ver, Sancho. Por muy ducho en la materia que sea, si no sabe dónde se encuentra con exactitud difícilmente podría llegar a ningún sitio. Una cosa es saber moverse ahí abajo y otra muy diferente es cómo, no sé si me explico.

—Entiendo. Pero ahora lo que necesito que me confirmes es si se puede acceder a alguna de estas plantas potabilizadoras a través del subsuelo.

—Sí, a las dos. Ya comprobaste tú mismo la otra vez que se puede acceder a casi cualquier lugar a través del subsuelo.

Sancho aprieta el puño y lo agita como si acabara de ganar un punto decisivo en el tie break del último set de la final de Roland Garros.

—Pero te digo más —continúa Llanes—, si ese tipo es listo, que parece que lo es, y tu teoría se cumple, habría ido sin duda a la planta de la calle de las Eras, porque la de San Isidro da servicio a pocos barrios.

—Es listo, sí, pero es más dañino aún, así que sin duda habrá ido a esa. Y ahora no le hace falta volar un edificio para que cunda el pánico, le basta con que abran el grifo y beban.

Casi puede escuchar pensar a Nacho Llanes al otro lado del teléfono.

—Espera que hago memoria..., sí, estoy casi seguro de que el colector principal de Huerta del Rey conecta con un túnel de servicio que desemboca directamente en la planta.

—Cojonudo.

—¿Cojonudo, por qué? Ah, vale, que ahora es cuando me dices que quieres...

—Quiero —le interrumpe—. Dime dónde nos encontramos para bajar ahí.

Sede de la Delegación del Gobierno

Es Santiago Valtierra, el jefe de bomberos de la ciudad —cuyo cargo oficial se denomina director del Servicio de Incendios, Salvamento y Protección Civil del Ayuntamiento de Valladolid—, quien lanza la primera objeción.

—Señores: cortar el suministro de agua a toda la ciudad puede no ser la solución al problema que tenemos sobre la mesa, pero lo peor de todo es que podría convertirse en la causa de otro todavía mayor.

—Explíquese, haga el favor —le conmina San Esteban.

Este se quita las gafas con aire cansado y se introduce la patilla en la boca.

—Nuestros camiones cisterna llevan unos cuatro mil litros. Eso nos da para sofocar unos quince minutos de fuego en un piso en llamas. Si cortamos el suministro de agua, con los hidrantes secos, estaríamos vendidos.

—¿Alternativas?

—Sin red de abastecimiento, solo podremos recargar en el Pisuerga, el canal de Castilla, piscinas y depósitos industriales. Pero eso implica tiempo y logística, y, sin querer ser alarmista, resultaría insuficiente. Tendríamos que solicitar el apoyo de la UME y de otras unidades de bomberos, pero...

Valtierra tamborilea sobre la mesa.

—Les hablo claro: si a ese desgraciado se le ocurre provocar un gran incendio, y ya hemos visto que es capaz de todo, sería peor que el de 1561.

Bueno, no peor, pero sí muy jodido —rectifica—.

Ya hemos perdido dos bomberos en acto de servicio, dos compañeros a los que ni siquiera vamos a poder despedir como merecen en un funeral.

No creo que estemos en disposición de arriesgar más vidas.

Sin agua no combatiremos incendios, los contemplaremos.

El delegado del Gobierno se revuelve incómodo en la silla.

Nadie replica, y el eco de la última frase, abrasador, se queda flotando en el aire.

A esa primera discrepancia se le suman la de la responsable de la UME, y acto seguido llega la de la primera teniente de alcalde, apoyada por su concejala de Movilidad y Seguridad, fundamentada en el pánico que generaría el corte de agua en los ciudadanos y en la posible falta de suministro de agua embotellada.

—Muchas gracias a todos —interviene el secretario de Estado de Seguridad, Pablo Jimeno—.

Estamos aquí para escuchar las opiniones de los responsables de cada área, pero hay que tomar una decisión y en este caso me corresponde a mí.

Lo primero que tenemos que hacer es solucionar los graves problemas a los que nos enfrentamos ahora, y lo que no podemos permitirnos bajo ningún concepto es que aumente el número de intoxicados porque aquí estemos debatiendo escenarios hipotéticos.

Recuerden que ya hay fallecidos. Por lo tanto, lo que vamos a hacer de inmediato es emitir una alerta por la cual se prohíba el consumo de agua corriente hasta nuevo aviso.

—Estoy de acuerdo —se pronuncia San Esteban.

Jimeno aprovecha el silencio para mojarse la garganta. Con el botellín de agua en los labios, se detiene, reflexiona y clava sus ojos en la concejala de Seguridad y Movilidad.

—Aseguremos, por favor, el suministro de agua embotellada a todos los barrios de la ciudad. Es prioritario.

La concejala, sintiéndose aludida, bizquea.

—Nunca hemos dejado de hacerlo desde que ha empezado la crisis —se defiende.

—Muy bien, avancemos por tanto en el otro frente: el civil —propone el delegado del Gobierno—.

Tenemos que ser conscientes de que conforme avancen las horas y vayan llegando malas noticias, podrían producirse más altercados en las calles, o actos de pillaje, robos, asaltos...

, etcétera. Bajo mi punto de vista, hay que cortarlos de raíz.

—Como informamos al principio —retoma la palabra Jimeno—, ya ha habido un caso en un supermercado de la calle Duque de la Victoria, y no queremos que se genere un efecto dominó.

La entrada en vigor del estado de excepción nos otorga la potestad de controlar —hace el gesto de las comillas con los dedos— los medios, así que les hemos pedido que no reporten el caso —dice—. De momento —añade.

Clara Montes, responsable de Protección Civil, menea la cabeza en señal de desaprobación, gesto que no pasa desapercibido para el que habla. Sin embargo, para evitar generar más conflictos, el político hace caso omiso.

—Por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, nos acompañan el jefe superior de la Policía de Castilla y León, señor Martín Pisón; el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, señor Poveda; el teniente coronel del Ejército de Tierra, Luis Álvarez de la Vega y el inspector jefe de la Comisaría General de Información, Celso Malpica.

Señor Álvarez de la Vega, ¿nos puede hablar del dispositivo que han desplegado en la ciudad?

El interpelado se explaya más de la cuenta al explicar el cometido de los mil cuatrocientos ochenta soldados del Ejército de Tierra encargados de garantizar el cumplimiento de lo establecido en el estado de excepción.

—Si me lo permiten —interviene Marta Murrieta, consejera de Sanidad de Castilla y León—, creo que sería muy interesante saber en qué punto nos encontramos exactamente en la investigación policial y qué sabemos sobre ese ser abyecto.

Las miradas de los presentes convergen en Gonzalo Martín Pisón, pero este, con un excelente drive de la cabeza, las deriva hacia Celso Malpica.

Entretenido este desde que ha empezado la reunión haciendo anotaciones en su cuaderno —solo él sabe de qué naturaleza—, tarda en percatarse de que todo el mundo aguarda a que intervenga.

—Ah, sí —reacciona—. Buenos días. A ver, no sé qué esperan que diga, yo llegué ayer mismo a Valladolid para hacerme cargo de este jaleo que tienen aquí montado.

Malpica se expresa con extrema, casi desesperante, lentitud, como si le costara fabricar palabras en las cuerdas vocales o quisiera asegurarse de que la concurrencia entendiera su discurso. Su apariencia pacata genera desconcierto en la sala.

—Mi antecesor en el puesto, el inspector jefe Anchorena, logró identificar al individuo responsable de los atentados, que, casi con total seguridad, es quien ha intoxicado el agua.

Por lo tanto, lo único que tenemos que hacer ahora es localizarlo y detenerlo.

En este sentido, hemos distribuido una foto suya actualizada y...

—Sí, bueno —le interrumpe Murrieta, insatisfecha con la respuesta—, yo creo que eso ya lo sabíamos los que estamos aquí. Me refería a que si hay algún avance que...

—No, no lo hay —zanja Malpica—. De cualquier modo, tienen que saber que en este tipo de circunstancias hay cosas que se pueden contar y cosas que no.

—En este foro —interviene el delegado del Gobierno—, yo creo que puede hablar con total libertad, señor Malpica.

El otro ladea la cabeza.