La piel de una gota La constelación del miedo #3
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La constelación del miedo #3

Es como si se estuviera persiguiendo a sí mismo.

Porque tiene la sensación, diría que la seguridad, de que hay un interruptor al alcance de su mano, y si logra accionarlo terminaría con esa oscuridad que le tiene bloqueado.

Sin embargo, por más que palpa la pared no da con él y, por consiguiente, sigue a ciegas.

Es una sensación realmente frustrante que muy a su pesar ni siquiera puede achacar al cansancio físico.

Después de sobreponerse al ataque de pánico, su cuerpo le exigió una tregua, y Sancho no tuvo más remedio que doblegarse.

Nunca mejor dicho, porque se vio obligado a acomodar su metro ochenta y siete de estatura a las dimensiones de un artilugio con forma de sillón que, desde luego, no está diseñado para descansar.

A Sara no le ha querido contar nada del suceso para no sumar la salud mental de su marido a su listado de preocupaciones.

La nota bastante fuerte de ánimo dadas las circunstancias, e incluso han compartido momentos durante la noche que podrían etiquetarse como divertidos.

La risa se les ha acabado en el instante en el que se han percatado de lo que estaba ocurriendo en el hospital.

Todo ha empezado con un goteo constante de personas que llegaban a urgencias con síntomas parecidos, pero, sobre las cinco de la madrugada, se ha convertido en una riada de familias desesperadas que ha desbordado la capacidad del personal sanitario en muy poco tiempo.

La información que llegaba desde otros puntos de la ciudad era similar, por lo que resultaba evidente que lo que estaba sucediendo no era algo puntual ni localizado.

Tras asumir que no podía aportar nada positivo para revertir la situación, y pensando en la jornada que tenía por delante, el pelirrojo ha resuelto que le convenía intentar sumar algunas horas más de sueño.

Eran casi las nueve de la mañana cuando un dolor punzante en la espalda le ha zarandeado hasta hacerlo despertar.

No sin esfuerzo ha logrado ponerse en marcha, y aprovechando que Sara y las niñas dormían, ha resuelto que lo siguiente era incentivar a su cerebro para arrancar de una vez.

No quedaba un metro cuadrado libre en la cafetería para sentarse, por lo que ha pedido el café y ha salido fuera a tomárselo sentado en un saliente de hormigón cualquiera.

Allí ha recibido la llamada de Patricio Matesanz, que en menos de cuatro minutos le ha puesto al día de los últimos acontecimientos antes de despedirse con un «te veo ahora» nada entusiasta.

Cansado de marear el café dentro de la taza, tira el palito a la papelera y se acerca el vaso de cartón a los labios. A medio camino se fija en que el contenido apenas desprende ningún olor que le incentive a probarlo y que por el color diría que es agua sucia.

—Agua sucia —verbaliza.

El interruptor.

Luz.

La concatenación de pensamientos la machihembra de inmediato con la información que le ha facilitado Matesanz. Acto seguido saca el móvil, abre el navegador y realiza una búsqueda. En cuanto lee los resultados, sonríe.

En su mente solo ve un grifo abierto.

—¡Eso es! Muy sencillo para un tipo como tú, ¿verdad? Y más teniendo experiencia en... Claro, joder, claro —se autoconvence.

Agitado por esas deducciones, que para él son indubitables, lo siguiente que hace es dar el aviso para que hagan las comprobaciones pertinentes, y acto seguido busca un contacto en su teléfono.

Necesita hablar con el tipo que más sabe de ese submundo: Nacho Llanes.

Sede de la Delegación del Gobierno

Dada la gravedad de la situación que atraviesa la ciudad y teniendo en cuenta la complejidad que supone la coordinación de todos los medios e instituciones afectados, la dirección del Centro de Coordinación Operativa (CECOP) ha sido dividida en dos con la idea de mejorar la gestión de la crisis.

La dirección estratégica, de corte político e institucional, está en manos del delegado del Gobierno de Castilla y León, Nicolás San Esteban, mientras que la dirección operativa recae en el secretario de Estado de Seguridad, Pablo Jimeno, y afecta a todos los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que se han movilizado para intervenir sobre el terreno.

Sus doce miembros llevan reunidos poco más de una hora en una sala mal acondicionada de la Delegación del Gobierno, pero si un experto analizara sus expresiones, comunicación verbal y gesticulación, diría que llevan ahí encerrados varios días.

Lo babélico de la tesitura a la que tienen que enfrentarse hace que la tensión sea palpable, porque resulta evidente que, si pudieran elegir, ninguno de los presentes estaría allí.

Por el momento, la prioridad ha consistido en evaluar los informes que les van llegando desde los distintos frentes que tienen abiertos con el propósito de tomar decisiones inmediatas.

Está hablando el delegado del Gobierno —quien se ha arrogado las funciones de anfitrión del CECOP— cuando la primera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Valladolid levanta el brazo y le quita la palabra.

—Si me lo permiten, mientras esperamos a que nos traigan el informe que está elaborando el SACYL, me gustaría que dedicáramos unos segundos de atención al vídeo que me ha enviado Omar Fuentes, que, como saben, sigue convaleciente en el hospital.

Algo sorprendido, y visiblemente molesto, Pablo Jimeno accede con un fugaz movimiento de la mano.

En la pantalla de la tableta que sostiene la concejala aparece la cara del alcalde en un primer plano.

No puede decirse que tenga cualidades telegénicas, pero presenta mucho mejor aspecto que cuando compareció en televisión.

—Queridos compañeros y compañeras, os robo solo unos minutos para trasladaros todo mi apoyo desde esta cama en la que estoy confinado.

Todo esto por lo que estoy pasando es inefable, pero tengo muy claro que me encantaría poder estar ahí con todos vosotros y aportar mi granito de arena con el propósito de poner fin a esta locura que se ha desatado en Valladolid.

Como veis, pese a que los pronósticos eran muy pesimistas, en las últimas horas he experimentado una notable mejoría, que es fruto del espíritu combativo que hay en mi interior.

Y eso mismo es lo que os pido a todos y cada uno de vosotros: que luchéis por Valladolid y su gente.

Si un compuesto radioactivo no va a poder conmigo, ningún Rambo de pacotilla va a conseguir doblegar a toda una ciudad. Muchas gracias y mucha fuerza.

Las miradas de los presentes, abúlicas la mayoría, convergen en el delegado del Gobierno.

—Trasládele al alcalde nuestro agradecimiento y deseo de una pronta recuperación —dice el político sin que se le aprecie el tono sardónico—. Sigamos. Tenemos ya los datos a los que aludía Roberto Sanz, del gabinete de comunicación del SACYL. Seré lo más breve posible.

El político se toma su tiempo para abrir la carpeta.

—Los primeros casos empezaron a aparecer entre las once y las doce de la noche, y desde entonces no han dejado de producirse.

Hasta las diez de la mañana se han reportado tres mil setecientos treinta y dos casos de intoxicación a la sala de emergencias del 112.

De ellos, se ha atendido a mil ochenta y cinco personas en urgencias, y se han producido quinientas treinta y una hospitalizaciones, de las cuales veintinueve corresponden a pacientes que permanecen ingresados en la UCI.

San Esteban, que compone una expresión ceñuda, hace una pausa.

—Hay un total de nueve fallecidos, pero mucho nos tememos que esta cifra irá en aumento durante las próximas horas. A estos hay que añadir una víctima más que se acaba de producir en un supermercado del centro como consecuencia de un altercado entre clientes.

En la sala revolotean comentarios en voz baja.

—En efecto: todo lo que está ocurriendo es terrible.

Los murmullos cesan, sustituidos por el cavilar que implica el desconocimiento generalizado del significado de esa palabra.

—Estamos librando dos guerras —prosigue San Esteban—.

Una es sanitaria y la otra civil. En la primera, la mayor preocupación es la saturación del sistema.

En Valladolid hay mil quinientas cuarenta camas disponibles, con un porcentaje de ocupación que varía entre el ochenta y el ochenta y cinco por ciento.

Eso quiere decir que normalmente tendríamos unas trescientas camas libres en la ciudad, pero resulta que los atentados precedentes han dejado un volumen de heridos que han elevado esa cifra de ocupación hasta el noventa y tres por ciento.

Para muchos de ellos, hablar de cifras era solo una forma elegante de no admitir su inoperancia.

—Por ello, nos hemos visto obligados a reforzar el servicio de ambulancias para facilitar los traslados a centros hospitalarios de la provincia y de otras ciudades cercanas.

No obstante, y en previsión de lo que pueda pasar, urge habilitar un espacio para los casos leves, y ya estamos manos a la obra.

—¿Se sabe ya cuál será ese espacio? —pregunta la coronel Ramírez, la responsable de la UME.

—No, aún no nos ha dado tiempo —contesta la consejera de Sanidad de Castilla y León, Marta Murrieta, con aire fatalista—, pero será una decisión que estará tomada a lo largo del día.

—Todos conocemos ya los síntomas y los efectos que está provocando, pero las causas no las hemos determinado hasta hace unos minutos.

Como se sospechaba, los análisis han revelado dos compuestos químicos nocivos presentes en el suministro de agua de la ciudad.

Se trata del fluoruro de sodio y el tiosulfato sódico, que, dependiendo de la muestra, han sido hallados en concentraciones que varían entre quince y nueve miligramos por litro; es decir, unas diez veces por encima de lo que tolera nuestro organismo.

—Madre de Dios —dice el jefe superior de Policía de Castilla y León, Martín Pisón—. Qué hijo de su...