La piel de una gota La constelación del miedo #2
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La constelación del miedo #2

Y, entretanto, una niña de seis años llamada Jimena deja de respirar en los brazos de su madre.

A las nueve menos seis minutos, las dos puertas de acceso que dan a las calles Duque de la Victoria y Teresa Gil están abarrotadas de gente.

Cuando ha entrado Carmen del Hoyo, encargada del supermercado, una señora le ha dicho que lleva allí plantada desde las seis de la mañana a pesar de que el toque de queda establecido por las autoridades es de diez de la noche a ocho de la mañana.

—Prefiero mil veces la multa que quedarme sin comer y beber —le ha justificado.

El marido de Carmen, que es funcionario de Justicia, le ha explicado que los militares que han sido desplegados por toda la ciudad no están para multar a nadie sino para arrestar a quien se salte la prohibición si lo estiman oportuno.

Esa es la cruda realidad.

La suya, a la que ahora debe enfrentarse, es que faltan cinco minutos para abrir y José Miguel, el director de la tienda, no ha aparecido.

El personal está preparado, pero ella no tiene la menor idea de cómo actuar cuando abra las puertas y la gente arrase con todo.

Los encargados de sección han revisado las existencias en el almacén y hay lo que tiene que haber un miércoles normal.

Presionada por las constantes cuitas de los empleados, Carmen decide llamar a José Miguel desde la zona de oficinas.

Al cuarto tono contesta una mujer.

—¿Diga?

—Hola, pregunto por José Miguel, soy Carmen, su compañera del Lupa.

Su oído registra mucho ruido de fondo.

—Ah, hola, Carmen. José Miguel no se puede poner. Estamos en el hospital esperando a que nos atiendan, pero esto es una locura. Una vergüenza.

—¡No me digas! ¿Y qué le ha pasado?

—Pues no sabemos. Se levantó a medianoche con pinchazos muy fuertes en la barriga y dolor de cabeza.

Se tomó un par de pastillas, pero no le han hecho efecto y ha ido a peor.

Al final le he convencido para venir a urgencias, pero al parecer hay mucha gente con los mismos síntomas.

Lo tengo aquí al lado, y si le vieras la cara...

—Vaya por Dios. Bueno, nada, es que yo tengo que abrir ya, y por la cantidad de gente que hay esperando esto puede convertirse en un campo de batalla.

—Pues nada, hija, suerte. Ya le digo que has llamado.

—Vale, gracias.

Al colgar consulta su reloj. Toma aire y da la orden.

La competición empieza con una lucha encarnizada por hacerse primero con los carros y luego con las cestas.

A pesar de las advertencias de las cajeras, son muchos los que se han apoderado de dos, por lo cual los que se han quedado sin ellos protestan de forma airada hasta que se dan cuenta de que están perdiendo un tiempo muy valioso.

Las carreras por los pasillos convergen hacia las mismas zonas, y productos como el agua, la leche, conservas varias y artículos de higiene personal desaparecen en cuestión de minutos.

Cuando Cecilia Rodríguez consigue llegar a la estantería del agua embotellada, solo hay baldas vacías.

En el call center del 112 circulaba el rumor de que el caos sanitario ha sido causado por una anomalía de origen desconocido en el agua, por lo que en cuanto ha terminado su turno ha decidido emplear las dos horas de descanso que les han concedido para ir a comprar alguna garrafa antes de incorporarse de nuevo.

Agotada física y mentalmente, no se le ocurre otra solución que apelar al sentido común de una señora de pelo cano que, a duras penas, empuja hacia la caja un carro repleto de botellas de agua.

Cecilia, que siempre ha creído en lo más elevado y puro del término justicia , aprieta el paso y se pone a su altura para llamar su atención.

—Oiga, por favor, podría darme solo una botella, si es tan amable. Cuando he llegado ya no...

—¡Ni lo sueñes! —le espeta la otra—. Haber venido a las seis de la mañana a hacer cola como yo.

—Mire, yo a esa hora estaba trabajando en el 112 atendiendo llamadas de...

—¡Como si estabas en un guateque! —le corta—. A mí déjame en paz.

Frustrada, Cecilia deja de creer.

—Pero ¡¿no se da cuenta de que no es normal que usted se lleve el carro lleno y los demás no podamos comprar ninguna?! Sea un poco cívica, por favor.

La señora, ya en la cola de caja, se convierte en una hidra.

—Pero ¡¿quién eres tú para insultarme a mí?! ¡Mira, lárgate de aquí antes de que llegue mi marido y te parta la cara!

—¡Es que ella tiene razón! —interviene un hombre que está en la misma situación que Cecilia—. No puede ser que unos pocos acaparen todo y nos dejen a los demás sin nada.

—¡Coño, pues si no quieren por las buenas tendrá que ser por las malas! —se suma la mujer que le acompaña.

—¡Eso no te lo crees ni tú! —le reta la señora del pelo cano.

—¡¿Qué pasa aquí, Charo?!

El marido de la señora de pelo cano es un hombre de buena talla, espalda ancha y mentón cuadrado. Arrastra un carro repleto de latas, papel higiénico y botellas de lejía.

—¡Estos jetas, que me quieren quitar el agua porque se han dormido en los laureles, y ya les he dicho yo que por encima de mi cadáver!

Cecilia, que se ve respaldada por más personas, no se arredra.

—¡Una garrafa por persona hasta que se normalice la situación! —propone a voces.

—¡Una garrafa por persona! —repiten algunos.

El marido de la señora de pelo cano toma posición delante del carro y aprieta los puños.

—¡No! —se opone él—. Haber espabilado.

Es entonces cuando aparece Carmen para tratar de calmar los ánimos, pero con la pólvora ya esparcida, solo es necesaria una chispa. Y esta salta en el momento en el que una veinteañera que acaba de incorporarse a la fiesta agarra una de las garrafas por el asa y tira de ella hacia arriba.

Miles de años de civilización se olvidan en ese preciso instante.

El hombre trata de impedirlo, pero son muchas las manos que tiene que interceptar al mismo tiempo, y alentado por los gritos desesperados de su esposa fija un solo objetivo: la cara de Cecilia Rodríguez.

Resulta paradójico que nadie sostenga a una persona que lleva toda una vida sosteniendo con su voz la esperanza de cientos de personas, pero el hecho es que el puñetazo la hace caer de espaldas sin encontrar ninguna oposición hasta que su nuca impacta contra la esquina de la balda inferior de una estantería.

De este modo, la veterana operadora del 112 se convierte en la primera de las seis víctimas mortales que se producirán durante esa primera jornada de altercados.

Las cifras de los fallecidos por la ingesta de agua adulterada tardarán mucho más en hacerse públicas.

El operario de una empresa de mantenimiento accede por la puerta principal del Hospital Clínico Universitario esquivando como puede a las personas que allí se agolpan esperando a ser atendidas.

No le resulta complicado que se aparten debido al hedor a alcantarilla que desprende su mono azul de trabajo, mezcla de humedad pútrida y amoniaco.

Una gorra del mismo color y una caja de herramientas completan su disfraz.

Evita sonreír cuando comprueba que dentro la situación es aún peor, y se centra en localizar la señalética del centro: O NCOLOGÍA RADIOTERÁPICA. P LANTA -2 .

Con los ascensores colapsados, decide que es mejor bajar por las escaleras.

Allí se cruza con grupos de personas que, desesperados por llegar a algún sitio, ni siquiera reparan en él.

Al llegar a su destino se pierde el bullicio que reina en el resto de las instalaciones, e incluso percibe el zumbido casi sordo de los sistemas eléctricos.

Deduce que la saturación hospitalaria ha obligado a interrumpir los tratamientos menos urgentes, porque apenas registra actividad mientras recorre el pasillo comprobando la rotulación de las puertas.

Casi al final encuentra el almacén, que, como esperaba, está cerrado con llave.

Antes de forzar la cerradura se asegura de que no hay nadie a la vista y entra casi sin variar el ritmo de sus pulsaciones.

Dentro tiene que buscar uno o varios contenedores plomados.

Los halla encastrados en la pared que tiene a su derecha y, con calma, se toma su tiempo para examinarlos y decidir la mejor forma de abrirlos.

Le sorprende que no tengan cerraduras más sofisticadas, pero ¿quién querría jugársela con material radioactivo de emisión gamma?

En el primero de ellos encuentra las cápsulas selladas de iridio-192 que esperaba llevarse consigo, muy frecuentes en los tratamientos de braquiterapia, pero en el segundo le sorprende encontrarse cápsulas de cesio-137, casi en desuso por ser menos eficaz, pero con mayor longevidad y persistencia que el iridio.

Un cóctel de ambos es la solución ideal para sus intereses.

Dos de cada serán más que suficientes para lograr el efecto que busca.

Con el material a buen recaudo en el doble fondo de la caja de herramientas, el operario de mantenimiento deshace el camino sin que nadie se percate de su presencia más que por el olor que sigue desprendiendo al cruzarse con la gente.

Antes de bajar de nuevo al subsuelo por la arqueta de la desértica calle Relatores, inspira profundamente para llenar los pulmones de aire limpio, siendo consciente de que va a pasar bastante tiempo sin hacerlo.

Al cerrar la tapa metálica y descender por los barrotes metálicos, rememora la frase que le decía a Cristina cuando se despedía de ella antes de salir de misión:

«Un paso más, un paso menos».

Cafetería del Hospital Campo Grande

El palito de madera dando vueltas y más vueltas a un café muy poco prometedor es una analogía de lo que está sucediendo en el interior de la cabeza de Sancho.

Vueltas y más vueltas.