La piel de una gota La constelación del miedo
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La constelación del miedo

Distintos puntos de la ciudad de Valladolid

Cuatro días para la traca final

Sentada en el sofá del salón, Andrea Montalvo trata de aliviarse el picor que se ha adueñado del interior de los párpados.

Se ha pasado toda la noche pegada a la pantalla de su teléfono móvil intercambiando mensajes con distintos grupos de WhatsApp.

El más activo, sin duda, es el de padres del colegio.

Terrible.

Se ha convertido en un agujero negro que absorbe toda la rumorología del universo parental con respecto a la entrada en vigor del estado de excepción y sus consecuencias.

Cada uno de los miembros del grupo es un planeta que orbita alrededor de una estrella llamada confusión.

Entre todos han creado una gran constelación rodeada por energía oscura que se expande sin control alimentada por el miedo.

La constelación del miedo.

Esa, junto con otras constelaciones con las que también se comunica, conforman una galaxia inabarcable en la que Andrea se siente perdida.

Y sola.

Por suerte, hoy no es día lectivo y no tiene que llevar a las niñas al colegio, y aunque a ella no le han concedido el puente, su jefe la ha autorizado a trabajar desde casa, de la que no piensa salir al menos hasta el próximo lunes.

Su ex —con el que mantiene una relación bastante cordial— le ha propuesto llevárselas al pueblo, pero ni siquiera saben con seguridad si se puede o no salir de la ciudad porque se han reportado cortes en distintas carreteras por parte del Ejército y, a esa hora, la desinformación es el plato preferido en los menús que se sirven por internet.

—Mami, me duele mucho la tripa —oye decir desde la puerta a Jimena, la pequeña, de seis años.

Andrea resopla. Es la más débil de las dos, con problemas gastrointestinales desde los tres años.

—Vaya, lo que faltaba. Ven conmigo, cariño.

Jimena está pálida, tiene los ojos demasiado brillantes y el flequillo pegado a la frente.

Con los párpados entornados, camina como un zombi hasta donde está su madre y se deja caer sobre su regazo.

Lo primero que nota Andrea es la elevada temperatura y que está empapada en un sudor que huele bastante fuerte y en el que se aprecian trazas metálicas.

—Madre mía, estás ardiendo.

—Tengo cacas.

—Venga, que te llevo.

Conforme se va a poner en pie con la niña en brazos, escucha una arcada profunda y nota que un líquido viscoso le empapa el pecho. Sin inmutarse —no es la primera vez que una de sus hijas le vomita encima—, avanza al trote hacia el baño del pasillo y enciende la luz.

—Tranquila, cielo, no pasa nada. Siéntate aquí un segundo mientras preparo la bañera.

Nerviosa, deja a Jimena sobre la alfombra para quitarse la sudadera pensando en que es muy probable que termine en la basura.

Al mirarse al espejo detecta algo que le hace arrugar la nariz.

La mancha es demasiado roja. Nerviosa, lo primero que hace es intentar recordar lo que les dio de cenar.

Patri, la preadolescente, se terminó el pollo asado que había sobrado de la comida; Jimena, sin embargo, solo cenó leche con cereales.

Nada de color carmesí.

—Ay, por favor —murmura asustada.

Se agacha de inmediato para interesarse por ella y se la encuentra tumbada en posición fetal y con la parte de abajo del pijama manchada de otro color que desprende un olor fétido aún más desagradable que el vómito.

—¡Jimena, cariño! —grita.

Pero la niña, inconsciente, no reacciona.

Ella sí. Regresa corriendo al salón en busca del teléfono, pero al pasar por la habitación de Patri oye que esta la llama. Por el volumen y el tono de desesperación nota que algo pasa, pero la prioridad es otra.

—¡¿Y ahora dónde coño está el móvil?!

En el primer barrido visual no lo encuentra y oír los berridos de Patri no la ayuda. Finalmente lo encuentra bajo un cojín, y con él en la mano se dirige a atender a la mayor. Cuando abre la puerta y enciende la luz se la encuentra de rodillas a los pies de la cama.

Sobre la alfombra blanca, una mancha de líquido viscoso.

La atmósfera de la sala, normalmente fría, apática y silenciosa, se ha convertido desde hace horas en un hervidero en el que reina el calor humano, la anarquía y el ruido.

El panel del videowall muestra un nivel de saturación muy por encima de lo que el centro de coordinación autonómico del 112 está diseñado para dar respuesta, a pesar de que hace más de dos horas que se han visto obligados a recurrir a todos los operadores fuera de turno.

En ese contexto, Cecilia Rodríguez, veterana con diecinueve años de experiencia, intenta mantener la calma que hace tiempo que ya han perdido Ángel y Marta, los compañeros que están sentados a su izquierda y derecha.

Tiene muchas ganas de orinar de tanta agua que ha bebido para engrasar sus cuerdas vocales, pero sabe que no es momento de ausentarse aunque solo sea un minuto.

Su monitor de registro de actividad refleja que ha atendido un total de doscientas cuatro llamadas en las siete horas y veintiocho minutos que lleva en su puesto, unas treinta por hora, casi el triple de lo habitual.

Y en el ochenta por ciento de los casos se repite lo mismo: personas que llaman para pedir asistencia por fuertes dolores abdominales, vómitos, diarreas, fiebres altas y desmayos.

La llamada número doscientos cinco parpadea en la pantalla.

—Emergencias, dígame —contesta.

—¡Por fin! ¡Llevo una eternidad esperando a que me atiendan!

—Lo siento, señora, pero tenemos las líneas saturadas. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Mis hijas! ¡Las dos han vomitado sangre, están descompuestas y la menor está medio inconsciente! ¡Necesito una ambulancia urgente!

—Dígame su nombre para poder dirigirme a usted.

—¡Me llamo Andrea!

—Muy bien, Andrea. Lo primero que le voy a decir es que trate de calmarse. Los servicios de emergencias están saturados y si le pido una ambulancia no sabría decirle cuánto tiempo puede tardar.

—Pero ¡qué me está contando! ¡Tengo que llevarlas al hospital ahora mismo y no tengo coche para llevarlas al hospital!

—En ese caso, le aconsejo que pida ayuda a algún familiar o vecino cercano.

La angustia de la mujer se filtra a través de los auriculares.

Un aviso en letras rojas le salta en la pantalla: SERVICIOS DE URGENCIAS COLAPSADOS EN TODOS LOS HOSPITALES Y CENTROS DE SALUD .

—Señora, ¿sigue ahí?

—Entonces, ¿no pueden ayudarme? —le pregunta con un hilo de voz.

—Lo siento mucho, pero creo que, teniendo en cuenta lo que puede tardar una ambulancia, sería mejor que buscara otra alternativa.

Un pitido constante es lo siguiente que escucha. Y por encima de ese tono, las voces acongojadas de sus compañeros explicando lo mismo que ella.

Y a Cecilia —que nunca ha sido muy religiosa y tras escrutar su entorno concluye que no cuentan con recursos para dar el servicio que necesita la gente— lo único que se le ocurre es pedir la intervención divina.

Rezaría alguna oración si no estuviera parpadeando en su pantalla la llamada número doscientos seis.

Acongojado mientras espera a que le atiendan la llamada, Julio Tomé contempla la entrada del hospital desde una distancia más que prudencial, donde se agolpan las personas que ni siquiera han podido acceder al mostrador de admisiones.

En sus rostros, expresiones de desesperación y enojo a partes iguales.

Le genera ansiedad pensar en lo que esa pobre gente se va a encontrar dentro en caso de que pueda entrar.

Todos los boxes de urgencias están repletos de pacientes a los que el personal médico se ve obligado a tratar al mismo tiempo, y no hay metro cuadrado en el suelo que no esté ocupado por una o varias personas afectadas.

Él, como responsable del servicio de urgencias, ha reportado varias veces a la gerencia de salud la situación que están viviendo, pero la respuesta y la solución han sido siempre las mismas: «No contamos con recursos suficientes. Haz lo que puedas».

—Julio —le responde por fin una voz.

—¿Se sabe algo nuevo?

—Nada.

—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? Aquí no podemos atender a nadie más y en los centros de salud nos han pedido que no derivemos más pacientes.

—Julio, entre tú y yo: nos han insistido en que no digamos nada, pero ya se han confirmado varias muertes de pacientes con patologías crónicas o de edad avanzada.

—No me jodas.

—Aparte de la sintomatología que ya sabemos, en las analíticas hay un denominador común: hipocalcemia severa.

—Coño, de ahí los hormigueos que dicen notar muchos y los calambres musculares. Pues aquí no creo que tengamos gluconato cálcico para administrar por vía intravenosa.

Un hedor a alcantarilla le hace arrugar la nariz al tiempo que se gira para comprobar su origen. Un operario de una empresa de mantenimiento que ha pasado a su lado no parece que pueda ser el culpable de tanta pestilencia, por lo que se centra de nuevo en la conversación.

—Estamos esperando a ver qué nos dicen a nosotros desde el SACYL, pero si necesitamos hacer hemodiálisis para los casos más graves, tampoco vamos a ser capaces de... Julio, te tengo que dejar.

—Vale, vale, llámame si...

Pero ya no hay nadie al otro lado.

Un frenazo capta su atención al otro lado de la calle. De un coche gris plateado desciende una mujer con el semblante desencajado. Casi al mismo tiempo lo hace el conductor, y cada uno carga con una niña, que tendrán sobre los seis y los diez años, ambas inconscientes.

Julio enseguida reacciona tratando de ayudarlos a abrirse camino entre una multitud reacia a dejar pasar a cualquier recién llegado.

—¡Por favor, por favor, por favor! —vocifera la madre—. ¡Que se me mueren!

El hombre, más decidido, embiste contra un grupo de personas que se han conjurado para no apartarse. Una señora le agarra del jersey para impedirle que avance, y él reacciona golpeándola en la cara con la mano que tiene libre.

—¡Dejadnos pasar, hijos de puta!

Julio interviene para evitar que el altercado vaya a más, pero ni siquiera su bata blanca hace que se propague un efecto pacificador.

Gritos.

Empujones.

Más gritos.

Más empujones.