La piel de una gota Un condenado abrazo de verdad #6
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Un condenado abrazo de verdad #6

Los cálculos no han sido complicados. Le ha bastado con acudir a las tablas de la OMS para conocer los límites de potabilidad y trabajar con dos componentes básicos: fluoruro de sodio concentrado —altamente tóxico a pesar de ser insípido, incoloro e inodoro—, que puede resultar letal si se ingiere en altas dosis, sobre todo para individuos con afecciones gastrointestinales, y por otra parte, el tiosulfato sódico, que le sirve como inhibidor del proceso de cloración, favoreciendo la proliferación bacteriana en el agua.

Combinados los efectos de ambos compuestos, y una vez disueltos en uno de los depósitos con capacidad para un millón de litros, obtendrá una toxicidad hasta diez veces por encima de lo admisible por el organismo.

Es cierto que no va a afectar al cien por cien de la población de Valladolid —solo espera que alguna de las falsas amigas de Cristina se vea afectada—, pero, en cuanto se produzcan los primeros casos y se identifique la causa, a las autoridades sanitarias no les va a quedar otro remedio que cortar el suministro de agua en toda la ciudad.

Pánico transformado en caos.

Tras reventar la cerradura de una de las puertas del acceso subterráneo —no le importa dejar evidencias del asalto—, sube por una escalerilla víctima de la oxidación hasta una compuerta de registro que solo tiene que empujar.

Una corriente de aire más limpio le confirma que ha llegado al corazón de las instalaciones.

Sabe que el poco personal que esté de turno en un festivo se concentrará en la parte superior de la estación, donde se ubican las salas de control, pero así y todo se toma unos segundos para escuchar, y sus oídos solo recogen el ronroneo lejano de las bombas de suministro.

El pasillo es estrecho y está mal conservado, con tuberías de acero que recorren las paredes y gotean formando charcos brillantes en el suelo fruto de la condensación.

Camina amortiguando sus pasos en la dirección que marcan los rótulos en los que se puede leer: D EPÓSITOS DE REGULACIÓN .

Al llegar, asciende por otra escalera vertical hasta la pasarela que rodea uno de los tanques.

El eco del agua golpeando contra las paredes le envuelve.

Se agacha, abre la trampilla de inspección, se quita la mochila y respira hondo para no inhalar aire durante el proceso.

Los quince kilos del granulado de fluoruro de sodio desaparecen en un parpadeo engullidos por la corriente.

—Esto por Cristina.

Acto seguido hace lo propio con los cinco litros de tiosulfato sódico, que se extienden como una mancha aceitosa y semitransparente sobre la superficie antes de difuminarse.

—Y esto por Kivu.

Luego cierra la trampilla y permanece unos segundos observando cómo el agua arrastra el veneno.

Su veneno.

No baja la guardia durante la retirada, y, ya sin el lastre de la mochila, regresa ligero a la madriguera. Una vez allí, agotado, se tumba sobre la esterilla y rememora una de las frases de Arube Mbemba:

—«Más cruel que el sol abrasador es el río cristalino del que no puedes beber».

Hospital Campo Grande

—Voy a por agua, ahora vuelvo —le dice a Sara.

No ha resultado nada sencillo que les autoricen el traslado de las pequeñas a otro hospital, tanto por las delicadas circunstancias de las niñas como por la tesitura general del sistema hospitalario, a punto de saturarse por las decenas de heridos del atentado del Duque de Lerma que han precisado atención médica de urgencia.

Más difícil aún ha sido explicarle a Sara los motivos que los fuerzan a tomar esa decisión, y, aunque enseguida ella ha comprendido los porqués, no puede decirse que haya accedido de buena gana.

Con un palpitar constante en la cabeza, agotado por completo pero con la sensación del deber cumplido, Sancho sale de la habitación y camina apenas tres pasos.

De pronto, el aire se espesa a su alrededor y se vuelve irrespirable.

Los pulmones, arrugados, son incapaces de cumplir con su función y el pecho se contrae como si alguien se lo atornillara.

La luz fluorescente que se escurre del techo, acusadora, le deslumbra al tiempo que las paredes del pasillo se estrechan cada vez más.

Quiere moverse, pero las piernas no le responden, por lo que se deja caer de rodillas y apoya las palmas contra el suelo.

Jadea.

Sabe que está vivo porque nota el corazón en la garganta, como si necesitara huir de ese cuerpo a punto de colapsar. Gotas densas de sudor despegan de la frente y se estrellan contra el suelo a cámara lenta. Los contornos de sus manos se difuminan a la vez que siente un frío aterrador.

Tiembla.

Cree estar hundiéndose en un líquido oscuro y viscoso del que no va a poder salir.

O más bien ser absorbido. Le encantaría perderse en sus profundidades, pero fuera le necesitan.

Sara le necesita. Greta le necesita. Asia le necesita.

Tiene que regresar. Es entonces cuando aprieta con fuerza los párpados y, enfadado, cierra los puños.

Se concentra para enderezar la columna y lo consigue.

Luego extiende los brazos en cruz con el propósito de inhalar el oxígeno que necesita.

Conseguirlo le aporta una dosis extra de confianza, y, al abrir los ojos, aunque borroso, reconoce el entorno.

—Vamos, cojones —se exige.

Con un gruñido logra incorporarse y se ayuda de la pared para no volver a perder la verticalidad.

En esa postura permanece unos segundos hasta que se siente con fuerza para llegar a un banco que está a unos diez metros y sentarse.

Aún no ha recuperado el oremus del todo cuando un molesto pitido que viene del bolsillo del pantalón le hace dar un respingo.

Es su móvil.

En la pantalla, un triángulo amarillo con un signo de admiración negro.

ALERTA 112

Debido al elevado riesgo para la población, se informa de que a partir de las 0.00 del 7 de diciembre y hasta nuevo aviso entra en vigor el ESTADO DE EXCEPCIÓN en toda el área metropolitana de la ciudad de Valladolid.

Siga en todo momento las instrucciones de las autoridades y fuerzas del orden.

Gobierno de España

—Hay que joderse.