La piel de una gota Un condenado abrazo de verdad #5
70%

Un condenado abrazo de verdad #5

Se detiene un instante para retirar con el antebrazo el copioso y denso sudor que le chorrea por la frente y evitar que le entre en los ojos.

Cualquier desplazamiento, por corto que sea, requiere máxima concentración, y tiene muy claro que no debe confiarlo todo a lo que se percibe a través de la vista, sino también al olfato y al oído.

Las ratas, por ejemplo, no son nada sigilosas, sobre todo cuando se disponen a atacar y emiten un chillido intermitente y agudo, pero el olfato es vital para evitar tramos especialmente contaminados.

Predomina el olor a detergente, fruto de las descargas domiciliarias de los electrodomésticos y las duchas, pero eso no termina de matar el hedor de la putrefacción y las heces fecales que flotan por los cauces húmedos de la red de saneamiento.

Nada distinto a otros subsuelos que ha tenido la fortuna de visitar.

De todos ellos, el de Bagdad fue el que más impresión le causó.

Recorrer cada galería suponía un viaje a través de los miles de años de historia que contemplaban la ciudad.

Tanto fue así que, a pesar de que a su unidad le tocó pasar cinco días ahí abajo, a la espera de que los sudafricanos les dieran la autorización para volar el depósito de agua más importante de la ciudad, él supo disfrutar a su manera de aquella inhóspita experiencia.

El itinerario de regreso lo tiene memorizado, y, aunque el paseo no es plato de buen gusto, las prisas —que jamás son buenas— ahí abajo son nefastas.

Conviene optimizar el consumo energético por si surge cualquier imprevisto que requiera un extra.

Además, debe guardar fuerzas para llegar lo más entero posible a su destino de esta noche, con la dificultad añadida de tener que cargar con los quince kilos de fluoruro de sodio y los cinco del líquido inhibidor de cloración.

Al divisar el final del colector que conecta con la galería, sonríe aliviado por dentro.

Toca descansar y volver a repasar los planos.

Hoy, más que nunca, puede ser un gran día.

Para algunos.

Comisaría de distrito de Las Delicias

Durante el trayecto en taxi, Sancho ha podido comprobar los estragos que ha causado el pánico entre la población, que vive aterrorizada.

Es verdad que es festivo, pero no es en absoluto normal que a esa hora del día apenas circulen coches que no sean de la Policía Municipal o Nacional y no haya podido contar más de diez personas caminando por la calle.

Caminando rápido, como si un ente invisible las persiguiera.

En comisaría, sin embargo, parece un día de diario.

La actividad es frenética pese a que prácticamente todos los miembros de Seguridad Ciudadana están en la calle, y en los rostros de los compañeros con los que se cruza se percibe el peso que recae sobre los que, se supone, tienen que proteger a los ciudadanos.

Con Herranz-Alfageme ha hablado por teléfono con la excusa de ponerle al día acerca de su estado de salud y el de Greta, pero, en realidad, quería testar cuánto crédito le quedaba por parte de la superioridad.

Y la conclusión es clara: del comisario hacia abajo, todo; hacia arriba, nada.

Suficiente.

Lo que no le ha dicho a Copito es que tiene un dolor constante localizado en el costado y otro palpitante en la cabeza.

El primero se intensifica con el sobresfuerzo que le supone subir cada peldaño de las escaleras hasta la brigada; el segundo se convierte en un martillo neumático en el momento en el que Carmen Montes y Álvaro Peteira lo abordan al unísono y, sin ni siquiera preguntarle cómo está, le llevan a rastras a una de las salas de reuniones vacía.

—¿Se puede saber qué mierda os pasa? —pregunta extrañado.

—Será mejor que nos sentemos —propone Montes.

—Joder, jefe, menuda avería tienes en la cabeza —comenta Peteira.

—Ya te digo —corrobora Montes—. ¿Seguro que estás en condiciones de currar?

—Depende de lo que me toquéis los cojones.

Es Carmen Montes quien toma la iniciativa.

—Pues al lío. ¿Recuerdas que nada más incorporarte en octubre te pusiste a revisar todo lo que teníamos abierto?

—Sí.

—¿Y te acuerdas de que pusiste especial atención en dos suicidios que, bajo tu punto de vista, no estaban del todo claros?

—Un chaval joven que se había arrojado por la ventana a un patio interior y una mujer hallada muerta en su casa a causa de un cóctel de pastillas y alcohol —rememora.

—Exacto. Quédate con ella.

Sancho se masajea el lado de la cabeza que no tiene dañado como si así avivara sus recuerdos.

—Mujer de mediana edad, envió un mensaje al exmarido, que andaba pescando por León, y este se puso en lo peor.

Al llegar al domicilio se la encontró con un hilo de vida y, aunque llamó a emergencias, cuando llegaron no pudieron reanimarla.

Creo que fue Matesanz el que le tomó declaración, porque Sara andaba con otro jaleo, y anotó que le había parecido muy frío y distante.

Poco afectado para haber vivido un hecho tan...

Silencio.

Palmada en el aire.

—Me cago en mi vida. ¡Me cago en mi puta vida! —grita—. ¡Me cago un millón de veces en mi putísima vida! ¡Gavilán!

—Gavilán —corrobora ella.

Sancho se tapa el rostro con las manos.

—Por eso me sonaba la casa de la mujer cuando entramos el otro día, joder, porque la había visto en las fotos que tomó la Científica.

— Manda carallo —comenta Peteira.

—Le cité para tomarle de nuevo declaración aquí en comisaría y le apreté un poco para asegurarme de que no había tenido nada que ver.

Sabía que era militar retirado, pero no profundizamos en su hoja de servicios.

Simplemente quería descartarlo por completo y ya.

Lo que pasa es que su conducta era tan extraña que el tema se alargó bastante. Igual más de una hora.

—Pues ya sabemos por qué te ha elegido a ti como interlocutor —apunta Carmen Montes.

—Me acuerdo de que en casa lo comenté con Sara. El tipo me pareció sincero, pero vacío por dentro, muerto. Era como interrogar a un androide.

—Pues igual no le sentó bien y ahora quiere hacértelo pagar —elucubra Peteira.

Sancho cavila durante unos segundos.

—El último día que hablé con él me hizo un comentario sobre mis hijas. ¡Sabe que están en el hospital! ¡¿Y si lo siguiente que tiene preparado es...?!

Ni a Montes ni a Peteira les da tiempo a reaccionar antes de ver salir a Sancho como si le persiguiera el diablo.

Algún lugar en el subsuelo de Valladolid

Ahí abajo le invade la sensación de ser un intruso explorando las entrañas de un ser abyecto, enfermo terminal, que parece tener las horas contadas pero nunca muere.

Tiene que reconocerlo: está más fatigado de lo que pensaba, y eso le incomoda porque sabe que corre el riesgo de que el cuerpo empiece a poner en duda decisiones que toma el cerebro.

Nota la zona lumbar muy cargada como consecuencia de caminar encorvado cargando más de veinte kilos a la espalda; sin embargo, no se arrepiente de no haber optado por la opción más cómoda.

Una ruta alternativa que le habría ahorrado la hora y media que lleva respirando inmundicia —si bien lo hace a través del filtro P3 de la mascarilla— de la red primaria de saneamiento que atraviesa la ciudad de este a oeste.

Hubiera sido tan sencillo como haber salido a la superficie y cruzar el Pisuerga por el puente Mayor o incluso por el de Poniente.

Luego solo habría tenido que elegir una arqueta del colector principal que atraviesa el barrio de Huerta del Rey para bajar de nuevo al subsuelo y recorrer los poco más de trescientos metros que le restarían hasta su destino final.

Esa elección le habría hecho llegar más entero, pero, a cambio, habría tenido que pagar el riesgo de ser identificado por la policía o los militares que, a buen seguro, pueblan las calles de Valladolid.

Demasiado caro.

Por ello, ahora se dispone a cruzar el río a través del colector que conecta los barrios de La Rubia con Arturo Eyries, a treinta metros de profundidad por debajo del lecho fluvial.

Invierte otros veinticinco minutos en hacerlo sin paradas —solo ha tenido que detenerse una vez para evitar un nido de ratas—, por lo que al llegar se ve obligado a concederse un respiro para beber agua y recuperar el aliento.

Según sus cálculos, aún le queda más de un kilómetro de distancia hasta la meta, pero ha memorizado las localizaciones de los pozos de registro y las cámaras de enlace donde poder descansar.

Casi dos horas más tarde, el Témpano alcanza el túnel de servicio que desemboca en la Estación de Tratamiento de Agua Potable enclavada en la calle de las Eras, responsable de suministrar agua apta para el consumo humano a más del setenta por ciento de la ciudad.

Allí, el agua es tratada en varias fases con reactivos, decantadores y filtros desde su captación a través del canal de Castilla.

Pero donde él va a intervenir para lograr su propósito es en la fase de cloración final, justo antes de su almacenamiento y bombeo a la red de distribución.