Un condenado abrazo de verdad #4
Para finalizar, su colega le ha confirmado lo que ya era un secreto a voces: en breve se va a decretar el estado de excepción en Valladolid.
—Se veía venir. Gracias por la llamada, te debo una.
Antón Anchorena ha pasado por comisaría para despedirse de su equipo, del comisario Herranz-Alfageme y del resto de los compañeros con los que ha compartido espacio y disgustos.
Pero la razón principal tiene que ver con un mensaje que quiere dar a Inés de Marco, y del cual no puede quedar constancia alguna.
—Antón, le estaba buscando —irrumpe Inés, regalándole el enésimo sobresalto.
—No, soy yo quien te andaba buscando a ti.
—Acabo de colgar con la psicóloga del Ejército que trató a Gavilán y...
—Luego me lo cuentas —le corta—. Siéntate un segundo.
Ella tuerce el gesto anticipándose a las malas noticias.
—Me devuelven a toriles.
—No me diga. ¿Ahora? ¡¿Les parece que tal y como va el partido es el momento de hacer cambios?!
—No vamos a perder el tiempo en apretar una tuerca que no tiene tornillo. Viene Malpica.
—¡Bueno, bien...! ¡¿El jodido Sintecho?! ¿No había otro?
—Otra tuerca sin tornillo. Inés, escúchame, porque conociéndole seguro que ya está de camino en su Mercedes clase C del 2000 antes de Cristo y no quiero cruzarme con él.
Fernández Villanueva no me quiere aquí, estupendo, pero ya sabes que no es tan fácil deshacerse de este perro viejo.
El problema es que Malpica va por su cuenta y es lo más hermético que ha parido madre.
Necesito que me informes puntualmente de todo.
—Entendido.
—Pero, además, quiero que estés del lado de Sancho, porque en cuanto llegue Malpica va a tratar de dejarlo fuera, y mi olfato me dice que ese jodido pelirrojo tiene la clave para llegar hasta Gavilán.
—¿Y eso?
—Es con el único con el que quiere hablar, por algo será.
—Pero Sancho está ingresado, ¿no? Y me he enterado de que han tenido que operar de urgencia a una de las niñas. ¿Usted cree que está en condiciones de seguir adelante?
—Pregúntaselo al médico al que le estaba comiendo la cabeza cuando me he ido para que le diera el alta inmediata. Ese pelirrojo es terco como una mula. Y duro de cojones.
—No sé a quién me recuerda...
Anchorena sonríe.
—Se repondrá.
—Eso espero.
—Confía en mí. ¿Harás esto que te pido por este carcamal?
Inés compone un gesto pícaro.
—Cuente con ello.
—Bien, ahora cuéntame qué te ha dicho la loquera de uniforme. Resumido al máximo, por favor.
—La evaluación es de septiembre de 2018 y el motivo fue lo que nos mencionó el cabo primero Méndez sobre la desaparición de Gavilán en la República Democrática del Congo durante nada más y nada menos que nueve meses.
—Joder, pero ¿la desaparición no fue en el 2013? ¿Le evaluaron cinco años después?
—Eso parece. Igual los mandos no querían prescindir de un tipo como él, así que imagínese cómo estaría de la cabeza el tipo para que...
—Sonaja total —completa Anchorena—. Por cierto, ¿qué sabemos de Méndez?
—Lo han puesto bajo protección, pero lejos de estar contento por haber salvado el pellejo está llorando por las esquinas porque su pisito ya no existe.
—Yo en su caso estaría igual. Sigue.
—Al parecer, cuando se reincorporó mostraba una conducta cada vez más errática e irascible, y su superior solicitó la intervención de los servicios médicos.
Se le hicieron varios test y una entrevista en profundidad, y las conclusiones se las leo: «El subteniente Gavilán presenta un cuadro persistente de trastorno de la personalidad esquizoide no atribuible a factores circunstanciales o adaptativos».
—¿Has dicho trastorno de la personalidad esquizoide? ¿Y eso qué coño es?
—Luego le cuento, que para eso he hablado con la psicóloga que le trató.
Termino. «Dicho perfil de tendencia atrabiliaria —continúa leyendo Inés— compromete seriamente su capacidad para desempeñar una actividad específica de alta peligrosidad como es el manejo de explosivos.
Y dado que cuenta con personal a su cargo, se considera que su permanencia en el Batallón de Zapadores de la Legión constituye un riesgo elevado tanto para el evaluado como para sus subordinados.
Se recomienda por tanto declarar a Marco Antonio Gavilán Garrote no apto para el servicio activo, y se aconseja iniciar el expediente para su licenciamiento por insuficiencia de condiciones psíquicas.
» A los cinco meses lo mandaron para casa con una pensión y una palmadita en la espalda.
—Cojonudo —evalúa Anchorena—. Lo del trastorno ese, explícamelo.
—Que vive desconectado del mundo. Rechaza las relaciones sociales y huye del contacto con la gente, incluso con su círculo más cercano. Pero cuidado, no es que esté loco ni nada parecido, es como si estuviera muerto por dentro y lo de fuera no le importara una mierda.
—Cojonudísimo.
Hospital Río Hortega
Tras el estallido emocional que se acaba de producir, Sancho, tocado en lo físico y lo anímico, ha tenido que sentarse en el borde de la cama mientras Sara le explicaba a su manera la intervención a la que había sido sometida Greta.
Luego le ha tocado el turno a él, y la ha puesto al día de los hechos que ha vivido en las últimas horas, incluido el fatal desenlace en el Duque de Lerma y la dolorosa muerte de Zetazeta.
—Me siento como una auténtica mierda por no haberte podido atender las llamadas. No sé en qué momento puse el móvil en silencio y después... Después todo me pasó por encima.
—No puedes culparte por eso, estabas haciendo lo que tenías que hacer. Lo que pasa es que me he sentido muy desamparada. E inútil —añade—. Menos mal que estaba con María cuando me llamaron del hospital.
—Esa mujer es tu ángel de la guarda, pero debería haber sido yo el que estuviera a tu lado.
—Eso ya no se puede cambiar y...
—Sí, claro que se puede —la interrumpe—. Le voy a decir a Herranz-Alfageme que por motivos personales no estoy en condiciones de seguir en el caso. Él lo entenderá.
Sara lo mira como si tuviera delante a un extraño.
—Ni se te ocurra. Es la mayor estupidez que te he escuchado decir en mucho tiempo, Sancho.
—No, no lo es —se enroca él.
—¿Me puedes decir qué conseguirías con eso?
—Estar con vosotras, eso conseguiría.
—¿Y qué habría cambiado? A Greta la hubieran tenido que operar igualmente, y la operación habría salido del mismo modo estuvieras o no presente. No, Sancho. No ganamos nada.
—Al menos no hubieras tenido que afrontar este trago tú sola.
—Es lo que toca. Yo también he pasado mucho miedo, pero el miedo no puede decidir por nosotros.
Sancho se tira de los pelos del bigote como si de esa manera aliviara parte de la consternación que le embarga. Sara se levanta de la silla, se sienta a su lado y le agarra con suavidad por la nuca.
—Esto va a sonar muy épico, pero es la verdad —arranca ella bajando el tono de voz—.
Valladolid te necesita más que nosotras.
Ese tipo te ha elegido a ti por algún motivo, y si no conseguís pararle los pies, las cosas se van a poner cada vez más feas.
Ahora no puedes darle la espalda a la gente. Ahora no.
El pelirrojo busca sus ojos con la mirada como si quisiera escrutar la veracidad de sus palabras.
—Además, estoy segura de que tampoco me conviene demasiado tenerte cerca todo el rato, ¿sabes? Te pones un poco bastante moñas, y verte así me cabrea.
—¿Que me pongo moñas?
—Un poco bastante.
—Jodida cabrona.
—Lo prefiero a moñas —bromea ella—. En serio, quítate ese ridículo turbante que te han puesto y ve a comisaría. Ese Gavilán no sabe que hay otras aves rapaces más peligrosas que él.
—¿Eso quieres?
—Eso quiero. Y tú también.
Sancho se frota los muslos antes de levantarse y, sin muchos miramientos, se quita el vendaje de la cabeza. Luego extiende la mano y la posa sobre el cristal de la incubadora en la que duerme Greta.
—Vuelvo más tarde —dice.
—Ni se te ocurra irte sin darme un beso, jodido moñas —le reclama ella.
Algún lugar en el subsuelo de Valladolid
No es un sitio en el que pueda permanecer mucho tiempo, pero necesitaba conocer el alcance de sus actos. No es una cuestión de ego, sino de practicidad.
Decía el sargento Canales que la mejor manera de conocerse es a través de la autoevaluación, pero que solo es posible si uno logra despojarse de todas las capas que distorsionan la imagen de uno mismo. Y sus capas, que las tenía, las perdió todas en la selva tropical de Kivu del Norte.
En la pantalla de su móvil lee titulares de la prensa internacional acerca de lo que está sucediendo en Valladolid.
En YouTube, el vídeo en el que un particular capta el colapso del Duque de Lerma acumula más de tres millones de visitas.
Hasta cierto punto le sorprende de forma positiva que todavía no haya trascendido su identidad, pero asume que es solo cuestión de tiempo que su foto aparezca en los medios.
Satisfecho, desciende con cuidado por los barrotes hasta el colector principal que discurre bajo la calle San Quirce.
Con el haz de luz de la linterna frontal como guía, camina sobre los talones para evitar hundir las suelas de las botas en el fango y va lo más encorvado que puede con el fin de no rozar la cabeza con la parte superior.
Las paredes ovoides están recubiertas de la flora infecta que crece bajo tierra: hongos, mohos microscópicos y biopelículas bacterianas.
La fauna es más variada, y está compuesta principalmente por invertebrados, siendo las cucarachas la especie dominante por encima de moscas y mosquitos, arañas, lombrices y sanguijuelas.
Pero son las ratas, sin duda, sus mayores enemigas ahí abajo.
Agresivas por naturaleza, se han adaptado a ese medio hostil durante años y consideran al resto de las especies como amenazas susceptibles de ser atacadas.