Un condenado abrazo de verdad #3
—Mientras nos sea útil, cuente con él.
Malpica mueve los labios hacia los lados insatisfecho.
—Se lo tengo que preguntar: ¿por qué este cambio? Es decir, ¿hay algo que Anchorena haya hecho mal o simplemente se le sustituye porque hay que cortar alguna cabeza?
Fernández Villanueva no oculta su incomodidad.
—Mal no diría, pero está claro que muy bien tampoco, porque la única detención que ha hecho salió rana y ayer mismo le han tirado un rascacielos delante de sus narices.
—Ya, bueno, pero el mérito de una parte no siempre conlleva el demérito de la otra. Hasta donde yo sé, han averiguado la identidad del terrorista, lo cual no ha sido sencillo. Ahora solo hay que localizarle y detenerle.
—Pues eso es precisamente lo que se espera de usted, que lo localice y lo detenga.
—Que solo haya que hacer eso no significa que vaya a resultar sencillo, porque no creo que el fenómeno que está haciendo esto me lo ponga fácil por mi cara bonita.
Malpica sonríe por dentro cuando ve a Fernández Villanueva tratando de aliviar un picor que acaba de nacerle en la entrepierna.
—Una cosa más —prosigue el comisario general con ganas de terminar el encuentro—.
Esta misma tarde el Consejo de Ministros va a aprobar el estado de excepción para la ciudad de Valladolid.
El presidente la presentará a primera hora de la mañana en el Congreso, entrará en vigor a las cero horas de esta noche y permanecerá en vigor, mientras dure la amenaza, durante un plazo de treinta días prorrogable según las circunstancias.
Confío en que usted y su equipo lo remedien.
El otro no se inmuta.
—¿Y eso en qué lugar me deja a mí? Es decir, ¿voy a tener que aguantar que un general de brigada me tenga agarrado por los cojones? Y disculpe el lenguaje.
—No. Usted solo me rinde cuentas a mí, y únicamente usted está al frente de la investigación. Al Ejército se le encomienda la misión de garantizar que se cumplan las restricciones que conlleva la suspensión de determinados derechos fundamentales. Nada más.
«Los que mandan no tienen miedo de dejar de hacerlo, temen que la gente se acostumbre a desobedecer», piensa Malpica al tiempo que se levanta de la silla.
—Entendido. ¿Algo más?
—No, nada más. Bueno, sí. Al parecer desde Moncloa están valorando la posibilidad de que el presidente del Gobierno haga un viaje relámpago a Valladolid, pero de ser así no se le comunicaría la fecha hasta horas antes por cuestiones de seguridad.
—No sé yo si está la ciudad para recibir visitas, pero, claro, la foto es la foto.
—Exacto. Lo que sea será.
—Mateo, 13. Salgo ahora mismo para Valladolid. Ya sabe cómo localizarme.
Fernández Villanueva contempla cómo ese hombre de aspecto hético, que podría pasar por cualquiera de los mendigos que duermen en la Gran Vía, abandona su despacho.
Sacude la cabeza cuando antes de desaparecer por la puerta le parece escuchar una palabra larga que termina en «hampones» y se pregunta qué demonios habrá querido decir.
Hospital Río Hortega
No ha dejado de mirarla desde que trasladaron a Greta a la planta pediátrica después de superar el postoperatorio en la UCI. Las últimas horas que le han tocado vivir a Sara Robles han sido las peores de su vida.
Un auténtico suplicio.
Durante las casi tres horas que duró la intervención quirúrgica, su cerebro entró en modo latente.
Era como si alguien hubiera bajado el volumen de su entorno para evitar que el exceso de ruido la rompiera.
Una manera de defenderse ante las implicaciones que tendría un desenlace fatal.
Tanto fue así que Sara había tenido la sensación de que todo ese sufrimiento agónico por el que le tocaba pasar, en realidad, no le correspondía a ella.
Recuerda haber mantenido varias conversaciones con María —que no se movió de su lado hasta que terminó la cirugía—, pero no sabe sobre qué.
Tampoco tenía noción alguna del paso del tiempo, y cuando un hombre de bata blanca se les acercó para informarlas del desarrollo de la operación, ella lo recibió como quien oye el parte meteorológico.
Sin embargo, y esta es la parte que no logra entender, tan pronto como el doctor se dio media vuelta, ella se echó a los brazos de su acompañante y rompió a llorar como si esa coraza invisible que la había protegido se estuviera licuando a través de los lagrimales.
Estaba despidiéndose de María en la puerta del hospital cuando le vibró el teléfono y pensó que por fin era Sancho, que le devolvía las llamadas.
Nada más lejos de la realidad.
Al ver que se trataba de Patricio Matesanz se le arrugó de nuevo el estómago.
—Dime —contestó, a punto de sumergirse de nuevo en modo latente.
—Sara, es Sancho. No es nada grave, pero ha sufrido una fuerte conmoción y lo están trasladando al hospital.
—No es grave —sintetizó ella.
—No. Por suerte estaba dentro de la furgoneta cuando se produjo la explosión.
—Otra explosión —repitió sin inflexión, como si hablara del tiempo.
—Sí, en el Duque de Lerma. Ya no existe.
—¿No existe?
—No, ese malnacido lo ha reventado.
—Vaya...
—¿Estás bien?
—Acaban de operar a Greta de urgencia.
La conversación no se extendió mucho más, pero cuando quiso darse cuenta el hospital se había convertido en un auténtico caos en el que reinaban la anarquía y el desconcierto.
El personal médico del centro no daba abasto para atender a las decenas de heridos que llegaban casi de forma simultánea, pero, sin duda, lo peor era la desesperación de los familiares que se agolpaban en el mostrador de urgencias en busca de una información que no iban a obtener.
Los llantos se solapaban con los gritos, y los primeros empujones y amenazas verbales no tardaron en aparecer.
Algunos miembros de la empresa de seguridad privada trataban de poner orden sin ningún resultado, y cada minuto que transcurría la tensión iba en aumento a pesar de que por megafonía se hacían continuas llamadas a la tranquilidad.
Pero en ese reducido espacio no se podía reconstruir todo lo destruido horas antes.
Desde la óptica de Sara, sobrecargada emocionalmente, aquel escenario dantesco la superaba por completo, por lo que salió del hospital y empezó a caminar sin rumbo.
Al regresar y comprobar que la policía había logrado calmar los ánimos entre los presentes, dedujo que había transcurrido más tiempo del que pensaba, circunstancia a la que no dio ninguna relevancia, y con inusitada calma se dispuso a esperar a que llegara su turno.
El parte médico de Sancho era, como le había anunciado Matesanz, leve, y siguiendo las instrucciones de la mujer que la había atendido se dirigió a la sala que habían habilitado para los familiares.
Allí, entre esas cuatro paredes en las que se respiraba desesperación y congoja, Sara encontró una esquina en la que sentarse a esperar sin saber muy bien qué.
En algún momento cerró los ojos y no los volvió a abrir hasta que la despertaron los sollozos de una mujer que acababa de recibir una mala noticia de una doctora con semblante compungido.
La noche se deslizó entre sobresaltos hasta que alguien dijo su nombre en alto para comunicarle que, tras pasar el postoperatorio sin complicaciones, procedían a trasladar a Greta a planta.
Algo más tarde le confirmaron que las pruebas realizadas a su marido no habían detectado daños cerebrales, por lo que en cuarenta y ocho horas recibiría el alta.
Le ofrecieron pasar el resto de la noche en cualquiera de las dos habitaciones y ella no se lo pensó.
Antes pasó a ver a Sancho, al que encontró dormido y con un aparatoso vendaje en la cabeza, visita que liquidó en unos minutos con un tembloroso beso en los labios antes de bajar a Pediatría.
Sin poder despegar la mirada de Greta, tan pequeña, tan vulnerable como ella, no se percata de que alguien ha entrado en la habitación.
—Sara, cariño —oye.
Tarda más de la cuenta en reconocer al hombre que la mira. Pero no es por el vendaje que le cubre la cabeza, sino porque la expresión que sostiene no se la ha visto jamás. No sabe cómo calificarla, pero algo en su interior le dice que necesita lo mismo que ella: un condenado abrazo de verdad.
De esos que, en silencio, traspasan la piel.
Comisaría de distrito de Las Delicias
Todavía no le han comunicado de forma oficial su sustitución y a Antón Anchorena ya le ha llegado un nombre a través de una llamada de teléfono que le acaba de hacer un colega de la Comisaría General de Información.
—No me jodas —ha reaccionado el navarro.
—Sí te jodo, sí. Aquí estamos a punto de abrir una botella de cava.
—No me extraña. Lo conozco de toda la vida y creo que he cruzado dos palabras con él.
—Estar una temporada sin ver el careto del Sintecho no tiene precio.
Así es como conocen en Canillas a Celso Malpica Barrachina, nacido en 1969 en Tarancón, Cuenca.
Hijo de un guardia civil toledano y una maestra de escuela oscense, el padre le había educado con mano de hierro; y, no obstante, en cuanto a severidad y rectitud, su esposa le dejaba a la altura del betún.
La infancia la pasó Malpica de cuartel en cuartel, lo cual le enseñó que no convenía apegarse a nada ni a nadie.
Magnífico estudiante con marcada vocación universitaria y conducta acendrada, cambió de rumbo tras fallecer sus padres en el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza perpetrado por ETA.
Su ascenso meteórico en la Policía Nacional fue consecuencia de su gran determinación y excelentes aptitudes, cualidades que, sin embargo, no destacaban tanto como su carácter hosco e impenetrable.
Lo apodan Sintecho no tanto por su aspecto físico descuidado rayano en lo desagradable y su dejadez en el vestir, sino porque se diría que no tiene casa a la que volver después de las intensas jornadas maratonianas de trabajo que dedica al Cuerpo.
Porque para Celso Malpica no existe frontera entre lo personal y lo profesional.