La piel de una gota Un condenado abrazo de verdad #2
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Un condenado abrazo de verdad #2

El aislamiento digital que envuelve la madriguera le ha impedido informarse de la repercusión mediática del acto de ayer que, en buena medida, dependerá de las víctimas mortales que haya provocado.

No obstante, solo por lo estético y simbólico da por hecho que su primer objetivo está más que cumplido, y la libertad de los vallisoletanos se verá limitada más pronto que tarde.

Tampoco es lo que más le preocupa en ese momento teniendo en cuenta lo que tiene planificado para esa noche.

Si pudiera elegir le gustaría descansar, pero tiene que aprovechar el caos absoluto en el que está sumida la ciudad y el hecho de que sea un día festivo en todo el territorio nacional.

Con ese fin, el Témpano se pone en pie y va a buscar uno de los tubos de planos que encontró en la habitación que Cristina había habilitado como despacho.

Dentro están los ocho que son útiles para él, pero de todos ellos es uno en concreto el que ahora tiene que memorizar para llegar a su destino dentro de unas horas.

Antes de extender el plano y colocarlo sobre sus rodillas dedica una última mirada a los botes de fluoruro de sodio granulado al noventa y nueve por ciento de pureza y se masajea la nuca.

—Ya nos estamos acercando a la meta, cariño.

Hospital Río Hortega

No es el rostro que hubiera elegido ver al abrir los ojos.

Sentado junto a la cama, Antón Anchorena niega con la cabeza mientras teclea en su teléfono móvil.

La luz artificial, aunque tenue, se le clava en las sienes cual taladro percutor, y al respirar nota como si tuviera un ladrillo encajado entre las costillas.

Es un dolor firme, constante, pero son las incógnitas que tiene en la cabeza las que más le afligen.

Sancho trata de decir algo, pero después de varias horas bajo los efectos del cóctel de fármacos que le recorre el organismo tiene la lengua adherida al paladar. Molesto consigo, se ve obligado a levantar la voz a su cerebro para ordenarle que la despegue.

Un gruñido llama la atención de Anchorena.

—Vaya, has vuelto —le dice el navarro—. Igual estabas mejor donde estabas, compañero.

El pelirrojo señala el vaso de agua que descansa sobre la mesilla.

—Solo mójate los labios.

—Incorpórame... —balbucea.

El de la Comisaría General de Información pulsa el botón, y en cuanto el mecanismo se pone en marcha, Sancho aprieta los dientes para soportar el dolor de cientos de agujas clavándose en el costado.

—Dos costillas fisuradas. También te diste un fuerte golpe en la cabeza cuando la onda expansiva nos mandó a todos a tomar por culo; por eso tienes ese bonito turbante. Igual te tienen que realizar un par de pruebas para ver si te has quedado tonto. Más tonto —corrige.

En su esfuerzo por recuperar el último recuerdo que alberga en su memoria, Sancho se ve tratando de convencer a Gavilán de que no llevara a cabo otra masacre.

—Te lo cuento del tirón para que te lo administres tú como quieras.

Un puto desastre —resume Anchorena—. El muy cabrón había aparcado una furgoneta, probablemente la suya, en el segundo sótano con, creemos, al menos quinientos kilos de nitrato de amonio.

Al detonar esa carga en un lugar tan confinado, el efecto se multiplicó y... sus muertos, Sancho. Sus putos muertos.

Anchorena inclina la cabeza y se presiona el tabique nasal con el índice y el pulgar.

—Continúa, cojones —balbucea Sancho.

—El edificio entero se fue abajo. Todavía no hemos encontrado los cuerpos de los dos tédax que estaban en el interior, pero, vamos, no albergamos ninguna esperanza de hallarlos con vida.

—No...

—Y hay más. A Zunzunegui la onda expansiva lo pilló de lleno y lo reventó por dentro, igual que a cinco municipales que estaban en el cordón y a dos periodistas que se lo habían saltado.

Hay otros dos civiles muertos, un piragüista y un vecino de avanzada edad con problemas cardíacos cuyo corazón no lo aguantó.

Más de cincuenta heridos en las viviendas cercanas, varios de ellos niños.

En total, ese malnacido ya se ha llevado por delante a treinta y dos personas, Sancho. Un puto desastre.

Al pestañear, Sancho nota que los ojos se le han humedecido y, como si se avergonzara por ello, gira la cabeza hacia el lado contrario.

—A nuestra furgoneta la desplazó casi diez metros, y tú te has llevado la peor parte al golpearte en la cabeza y el costado. Otro de los técnicos también está ingresado con pronóstico leve. A ti te han hecho un TAC y, afortunadamente, no tienes nada grave.

—Zetazeta, joder —dice apesadumbrado.

—Quería sacar a sus compañeros del edificio cuando se dio cuenta de que la habíamos cagado. Ese Adro nos tendió una trampa, nos hizo creer que iba contra el cabo primero ese cuando en realidad quería atraernos al lugar para mandarnos al otro barrio. Nos la hemos comido enterita.

—Qué hijo de su putísima madre —murmura—. ¿Qué fue lo último que me dijo? Era algo relacionado con una flecha al sol o qué sé yo.

Anchorena toma aire y niega con la cabeza.

—Qué más da... Yo estoy fuera, Sancho: esta mañana me ha llamado Fernández Villanueva para citarme en Madrid. Todavía no me lo han dicho, pero me van a sustituir. Estaba esperando a que despertaras para que te enteraras por mí.

—Pero...

—Sí, bueno, yo haría lo mismo. Nos tiene tomada la medida, así que lo mejor es que venga otro y se coma este marrón.

—Le pedí que no lo hiciera, traté de hacerle entrar en razón, pero...

—Pero nada, Sancho. No te comas la cabeza con eso.

Por cierto, una chica ha asegurado haberlo visto en el aparcamiento de un antiguo centro comercial del barrio de Parquesol junto a una furgoneta.

Fue el día y a la hora que hizo la primera llamada que no pudimos localizar.

Pues resulta que estaba a menos de cincuenta metros de una comisaría.

—Los tiene bien puestos o realmente es un tarado mental.

—Lo primero. En fin, hemos hecho lo que hemos podido, pero está claro que no ha dado resultado. Yo estoy fuera, no sé qué querrán hacer contigo. De todos modos... —Anchorena se rasca la pantorrilla incómodo—. Hay otro asunto que te tengo que contar. Pero no quiero que te alteres.

El pelirrojo ladea la cabeza para enfrentar la mirada del navarro.

—Sara ha venido a verte a primera hora y como estabas grogui me lo ha contado a mí. Al parecer, ayer te estuvo llamando para decirte que tenían que intervenir a una de las niñas por...

Sancho se tensa a la vez que agarra la sábana como si fuera a impulsarse para salir corriendo.

—¡¿Intervenir de qué?! ¡¿Cuál de las dos?!

—¡Tranquilo! —le dice al tiempo que le pone la mano en el pecho—. La niña está bien. Déjame que te lo cuente, hostias.

—¡Qué niña, joder!

—Greta. La han intervenido por una complicación intestinal, pero, como te digo, la operación ha salido bien. Le están haciendo pruebas, pero, según me ha dicho Sara, el equipo de cirujanos estaba muy contento porque lo han pillado a tiempo. Así que tranquilo, ¿vale?

—Tranquilo mis cojones, Antón, mis cojones. ¿Estamos en el Río Hortega?

—Sí.

—Vale. Avisa al médico que me esté atendiendo y luego ya te vas a Madrid si quieres. Pero llama al médico, por favor.

—Sancho, escúchame, joder. Greta está con su madre y tú lo que tienes que hacer es recuperarte. En cuarenta y ocho horas te darán el alta y...

El pelirrojo reúne todas sus fuerzas para extender el brazo y agarrar a Anchorena de la mano.

—Antón, por lo que más quieras, avisa al médico.

Complejo policial de Canillas, Madrid

Huele a ambientador de pino. No hay nada que le genere más repugnancia que eso.

Bueno, en realidad sí: el hombre que es titular del despacho en el que está sentado, que viste traje y corbata.

Lo detesta tanto que ni siquiera es capaz de respetarlo.

Para él, es un burócrata de mierda cuyo único mérito es haber acertado a la hora de elegir delante de quién arrodillarse y bajarle la bragueta.

Un error administrativo con corbata. Encaja a la perfección en el perfil de auténtico chupatampones que tanta animadversión le genera.

Tanto es así que en ese instante tiene toda su energía focalizada en no exteriorizar lo que siente mientras le escucha hablar por teléfono con el secretario de Estado de Seguridad. Se pregunta por qué le ha hecho pasar ya. Seguramente para que vea cómo se codea con las más altas esferas.

Cuatro minutos más tarde —tiempo que Celso Malpica Barrachina aprovecha para volcar todo su odio sobre él—, el comisario general Fernández Villanueva termina la llamada, hace un par de comentarios para sí —y para él— y se acoda en su mesa recién encerada.

—Muy bien, inspector jefe. Una curiosidad, ¿a usted cómo le gusta que le llamen?

Celso Malpica lo mira como si de repente hubiera aparecido frente a él de la nada.

—De ninguna forma, señor —responde barbián—. No me gusta que me llamen, pero aquí la gente me conoce como Malpica.

Fernández Villanueva no sabe cómo reaccionar.

—¿Sabe por qué le he hecho llamar?

—Lo puedo intuir, sí.

El comisario general, tirando de ataraxia, permanece a la espera.

—Entiendo que quiere que me haga cargo de lo de Valladolid.

—Entiende bien. Quiero que sustituya a Anchorena sobre el terreno. Y quiero que sea ya. Anchorena está de camino, en cuanto llegue se lo comunicaré personalmente y se hará oficial la sustitución. ¿Puede viajar hoy mismo?

—Puedo.

—Supongo que ha visto las imágenes de ayer.

—En este país es imposible no ver ni escuchar otra cosa que no sea eso.

—Ya... ¿Hasta qué punto está al corriente del caso?

—Sé lo que creo que sabe todo el mundo, que espero que sea bastante menos de lo que sabemos nosotros.

El comisario general de Información le entrega una carpeta de cartón marrón.

—Juzgue usted mismo.

—Lo haré. ¿Con qué equipo cuento?

—Con el que contaba Anchorena en Valladolid. Los conoce a todos.

—Por eso. Igual no me sirven.

—Pues se va a tener que conformar con lo que hay porque tiempo para hacer cambios no tenemos.

—¿Qué pasa con el inspector de Homicidios ese que se comunica con el terrorista?