La piel de una gota Un condenado abrazo de verdad
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Un condenado abrazo de verdad

Algún lugar en el subsuelo de Valladolid

Cinco días para la traca final

No es la primera noche que pasa allí. Durante la fase de preparación, antes de decidir dónde establecer la madriguera, Marco Antonio Gavilán recorrió muchos tramos del subsuelo vallisoletano.

En algunos de ellos, como es el caso, decidió pernoctar solo por vivir y medir la experiencia a la que se tendría que enfrentar llegado el momento.

Ese espacio, ubicado bajo la gran bóveda de lo que un día fue el ramal norte del río Esgueva, cumplía con los requisitos que buscaba: fácil acceso desde el exterior a través de dos arquetas situadas en calles poco transitadas; buena conexión con el resto de la red de saneamiento y abastecimiento de la ciudad; espacio amplio con presencia continua de aire renovado y un índice de humedad asumible.

Pero, por encima de todo lo anterior, ese lugar bajo el cemento urbano tenía una característica única que fue lo que le hizo decantarse por él: era el epicentro de un entramado de túneles y galerías que no figuraban en ningún plano del subsuelo y que, en caso de necesidad, podrían sacarle de un buen apuro.

No puede decirse que la madriguera sea confortable, pero sí que se ha ocupado en acondicionarla para que los cinco días que tiene pensado pasar ahí abajo no se conviertan en una tortura.

No en vano le ha costado prepararla y adaptarla a sus necesidades casi diez noches.

Diez duras jornadas nocturnas durante las cuales entraba desde distintos accesos cargando en mochilas y bolsas de obra todo el material que había previsto utilizar.

Allí dentro, optimizar el espacio es fundamental.

Alineadas contra la pared, seis garrafas de agua de cinco litros —que le costó horrores transportar a través de la galería— más cuatro blísteres de pastillas potabilizadoras.

En dos cajas de plástico guarda botes de comida en conserva variados, tabletas de chocolate negro, bolsas de frutos secos, café soluble y azúcar.

Sobre una losa plana, un hornillo Esbit con un cacillo de acero.

El botiquín incluye analgésicos, antibióticos y antihistamínicos, así como el material necesario para tratar alguna herida de poca consideración.

Cerca de lo que ha llamado el «área de descanso», compuesta por una esterilla aislante de espuma de célula cerrada y un saco de dormir con capucha, ha colocado un ventilador portátil, el jammer , mascarillas con filtro P3, varias lámparas LED, linternas, tres baterías de ciclo profundo y pilas, muchas pilas.

Y justo al lado, la pala plegable que va a necesitar el día de la traca final.

En un perchero improvisado, cuatro camisetas térmicas, un forro polar, dos pantalones tácticos, cuatro pares de calcetines gruesos, cuatro calzoncillos, unas botas de campaña y otras botas tácticas para desplazarse con garantías por los colectores y galerías del subsuelo.

También tiene colgados el mono de trabajo azul y la gorra que tiene pensado utilizar muy pronto.

No pueden faltar la navaja multiusos, una caja de herramientas, un cuchillo de combate y dos armas cortas no registradas que en su día le fueron entregadas por Executive Outcomes: una SIG Sauer P365 y una Glock 19 con la munición suficiente como para someter al ejército de ratas con las que tiene que cohabitar, y a las que respeta más que a los seres que viven en la superficie.

Casi en penumbra, con la mirada puesta en lo que un día fueron los sillares del antiguo puente de Poniente, el Témpano dedica unos minutos a recordar algunos de los buenos momentos que pasó con Cristina.

Imágenes fugaces que, sin saberlo, había guardado en algún rincón de su memoria.

En la mayoría de ellas la ve riendo a carcajadas, dando rienda suelta a esa risa tan estridente —y a la vez tan contagiosa— que tanto le gustaba.

A él, sin embargo, le costaba sonreír. «Joder, Marco, parece que te cobran por reírte», solía recriminarle ella.

Era cierto. Porque en su cabeza también albergaba otras remembranzas de sus misiones en el extranjero, escenas crueles, feroces, y que pesaban mucho más que las otras.

Así, conforme avanzó la relación y sus ausencias se hicieron más frecuentes y prolongadas, esos instantes de felicidad compartida se fueron marchitando hasta que simplemente dejaron de existir.

Transcurridos unos minutos, introduce la mano en la mochila y saca el diario de Cristina.

El pasaje que quiere leer lo tiene localizado porque la fecha coincide con la de la muerte del dictador de Zimbabue y genocida Robert Mugabe.

Alarga el brazo para llegar a la lámpara LED de campamento con la que baña de luz el rincón que ocupa, gira la ruleta para que le proporcione más iluminación y aplica el filtro ámbar, como si quisiera dotar de mayor calidez ese espacio tan luctuoso.

6 de septiembre de 2019

Querido diario:

Hoy empiezan las ferias. Son más de las nueve de la noche y aquí estoy, encerrada en casa, amargada de la vida.

Desde ayer he llamado a todas y cada una de las que puedo considerar amigas, pero está claro que no tiene pinta de ser recíproco.

Están todas liadas. Todas con sus planes.

Planes que no me incluyen a mí. Gracias, gracias, gracias.

Para más INRI (no sé si se escribe así), el baboso de Gérar me ha enviado un mensaje preguntándome si hago algo, que si me apetece ir de casetas.

Por supuestísimo que me apetece, chapas, pero no contigo.

Le he contestado que gracias, pero que ya había quedado con gente. Qué pena doy.

¿Y cuáles son mis planes? Trabajar como una idiota.

Ya te he contado que el lunes Gustavo Cuadrado me comunicó a través de un email que el proyecto de las fuentes se paralizaba porque tenían que revisar a la baja las partidas presupuestarias, presentarlo de nuevo y que fuera aprobado en el pleno del ayuntamiento.

En otras palabras, que todas las horas que le he dedicado estos meses no han servido para nada.

Como no sé cuándo el condenado tragaldabas miente, no tengo ni idea de si será cierto o no, pero te estaría engañando si te dijera que me la ha sudado.

Para compensar el bofetón, me han hecho un regalo fantástico, inigualable, en forma de nuevo proyecto.

Lo han llamado «Valladolid bajo tierra», y al parecer viene de la Concejalía de Turismo, que está superinteresada en llevarlo a cabo.

Consiste en rehabilitar varios kilómetros del antiguo cauce del Esgueva para convertirlo en un circuito turístico que atraiga a muchos visitantes a la ciudad.

Flipas. Lo que ellos digan. El tema es que el jeta de Ángel Luis me lo ha empaquetado a mí, y hoy, justo antes de irme, me ha entregado cuatro tubos que contienen decenas de planos.

Planos de saneamiento, abastecimiento de agua, gas, electricidad y telecomunicaciones.

Pero es que el anormal también ha incluido planos de infraestructuras subterráneas tipo túneles, galerías, estacionamientos...

¡Ole, ole y ole! No los he contado, pero igual son treinta o cuarenta planos detallados.

¿Y qué narices quiere que haga yo con todo eso?

¿Que me lo aprenda de memoria? ¿Que los ponga tipo póster en mi habitación?

De verdad que no puedo con más incompetentes.

—No te preocupes, cariño, que yo me encargo de darle buen uso —dice el Témpano.

El caso es que, como no tenía otra cosa que hacer, me he entretenido toda la tarde con los dichosos planos como buena pringada que soy.

Y mañana, que es sábado de ferias, sola todo el día.

Me pregunto qué coño estará haciendo Marco, pero claro, a él los planes que incluían fiesta se la sudaban.

Hace tiempo que no sé nada de él, y no voy a decir que le eche de menos, pero me acuerdo de su cara más de lo que me gustaría.

Y no lo entiendo. Bueno, sí, que soy imbécil y eso lo explica todo.

Porque, en realidad, mi problema siempre ha sido ese: que a pesar de todo le echo mucho de menos.

Hale, me voy a revisar unos planitos, a ver si me aficiono y todo.

A la mierda el que lo lea, sobre todo si eres una de las que yo consideraba amigas.

Un picor que nota en el interior de los párpados le recuerda que no ha dormido mucho.

Ni bien. Cierra el diario, lo devuelve a la mochila con sumo cuidado y regresa a sus pensamientos.

Ahora su cerebro le invita a realizar un viaje mucho más corto en el tiempo.

Ni siquiera han transcurrido doce horas desde que asistió al momento en el que, tras el golpe feroz de la onda expansiva, regresó al balcón para disfrutar de su obra.

El primer fotograma que registró su cerebro le hizo pensar que frente a sus ojos tenía un gigante de hormigón que, de repente, hubiera perdido su capacidad para mantenerse erguido.

Por desgracia, el efecto dominó hizo que esa idílica imagen se desvaneciera de inmediato.

Los forjados se arrugaron antes de ceder por completo, y el peso de toda la estructura venció la resistencia de los pilares.

Todo el conjunto se inclinó ligeramente hacia el río como un árbol podrido que rugía de forma agónica.

El impacto final contra el lecho del Pisuerga levantó una nube de polvo y agua que al disiparse reveló la miseria que se escondía en su interior bajo esa apariencia esbelta y arrogante.

Ya lo decía Arube Mbemba: «Hasta el árbol más robusto puede estar podrido por dentro».