Sorpresa, sorpresa #8
Por primera vez, en el rostro de Zetazeta se refleja una grieta, un gesto de disconformidad relacionado con la anomalía en las transmisiones que están tratando de solucionar los dos técnicos de la furgoneta.
La cámara de Pablo del Fresno está fallando, y la imagen que le llega al monitor carece de la nitidez que necesita.
Las consecuencias de ese error conllevan el aislamiento de sus compañeros, lo cual, como responsable al mando, no puede consentir.
—Estupendo —responde con voz firme—. Tómate unos segundos mientras tratamos de solucionar un problema con la señal de tu cámara.
—Los aprovecharé al máximo.
No sin asumir riesgos, Carmen Corazzini ha logrado burlar el cordón policial y se ha parapetado junto a su cámara a unos veinte metros del acceso principal del edificio.
Lo que observa desde allí no hace sino confirmar sus sospechas: el desalojo del edificio no tiene nada que ver con ningún problema de sus infraestructuras.
Carmen es muy consciente de que no debería estar allí.
Y por eso, precisamente, está allí.
—Hay más policía aquí que en Ávila —comenta Pedro al tiempo que se enciende un pitillo y lo sujeta en la comisura del labio.
—¿Tienes que ponerte a fumar ahora?
El cámara le da dos caladas seguidas y lo tira al suelo.
—Joder, ni que estuviéramos en una trinchera. ¿Qué quieres hacer?
—Estoy esperando a que me den paso desde el estudio. En cuanto entremos en directo, vamos a levantar la liebre y se nos van a echar encima.
—Sobre todo de mí.
—Tú no dejes de grabar, que yo te aviso.
—A sus órdenes. Oye, no te lo dije, pero tengo un colega que se leyó tu último libro de asesinos y asesinatos y me dijo que, a pesar de no ser una novela, le gustó bastante.
—Pues le das las gracias de mi parte —dice por decir, más pendiente de lo que escucha por el pinganillo que del halago de su compañero.
—Ahora estás escribiendo una novela, ¿no?
—Sí, en ello estoy, pero, por lo que más quieras, Pedro, no te distraigas, a ver si va a pasar algo y nos lo vamos a perder.
El cámara chasquea la lengua.
—Lo que mande la jefa.
—Esa pregunta ya me la contestó —le dice el inspector Sancho.
Al igual que el Témpano, hay muchos vecinos asomados a sus balcones para seguir en directo lo que ocurre en los aledaños del Duque de Lerma. Él, sin embargo, lo hace de forma discreta con el fin de no llamar la atención de alguno que pueda darse cuenta de que ese piso debería estar vacío.
—Pero igual no le dije la verdad —contesta él.
—Eso solo usted lo sabe.
—Podrían haberlo descubierto si no hubieran desviado su atención hacia el lugar equivocado.
—No le sigo.
—Ya veo. Muy pronto sabrán a qué me refiero. De momento, solo saben mi nombre, obra y milagros, pero eso no es trascendente, créame.
El Témpano esboza una sonrisa perversa a la espera de comprobar cómo reacciona el inspector Sancho ante la noticia.
—Marco Antonio Gavilán Garrote.
—Ese soy yo —reconoce—. Doy por hecho que el mierda de Gérar no tardó mucho en convencerlos esta mañana, y que ya han puesto patas arriba la casa de Cristina y la mía del cabo de Gata.
Ahora los de la Científica estarán recogiendo las pruebas que necesitan para relacionarme con las explosiones, así que ya solo le resta detenerme para ponerse la medalla.
—Yo no busco ninguna medalla.
—Todos buscamos reconocimiento por lo que hacemos, y usted no es ninguna excepción. Igual ha llegado el momento de quitarse la careta.
—Se la hemos quitado nosotros.
—Gérar, en todo caso. Pero estaba previsto, créame. De hecho, todo lo que ha pasado, lo que va a pasar hoy y lo que va a pasar mañana está previsto.
De repente, un movimiento extraño que detecta entre unos arbustos le hace forzar la vista: un cámara de televisión y una mujer que sujeta una alcachofa.
«La curiosidad mató al gato», piensa.
—Así que lo tiene todo bajo control, ¿eh?
—Que no le quepa la menor duda, inspector.
En el interior de la furgoneta la presión va en aumento. Los técnicos no solo no han conseguido restaurar la imagen de retorno de la cámara de su compañero, sino que también les están fallando las comunicaciones del equipo de transmisión.
—Pablo, nosotros aquí te escuchamos muy mal, pero si me oyes, procede según lo hablado mientras tratamos de solucionarlo —le dice Zetazeta.
Este, que ahora sí tiene el rostro demudado por la tensión, clava la mirada en los dos técnicos, que no están siendo capaces de solucionar los problemas.
Es en ese contexto cuando le llega a Antón Anchorena una noticia que le hace tragar saliva con un cierto sabor acerbo. El navarro duda unos instantes a la vez que se seca el sudor de las manos en los muslos, pero enseguida llama la atención de Zetazeta.
—Ahora no puedo —le dice este.
—Acaban de denunciar el robo de quinientos kilos de fertilizante de un almacén agrícola.
Inmóvil, el jefe de los TEDAX parpadea dos veces.
—No —es lo único que dice.
—Me temo que sí.
—¿Quinientos kilos? ¡Si ha fabricado esa cantidad de ANFO, es imposible que lo haya subido hasta el quinto, hostia!
—¡¿Entonces?!
Sancho, que sigue tratando de alargar la conversación con Gavilán, frunce el ceño al oír gritar a Zetazeta.
—¡Atención, Pablo, sal de ahí inmediatamente! ¡Es una trampa!, ¿me oyes?
Anchorena se echa las manos a la cabeza.
—Hijo de la gran puta —murmura el de la CGI—, va a volar el puto edificio.
Zetazeta toma una decisión incorrecta: ir a avisar a sus compañeros.
—¿He perdido su interés, inspector?
—No, para nada, para nada. Todo lo contrario. Solo me preguntaba si de verdad es capaz de...
—¿De tirar el Duque de Lerma? ¿A eso se refiere?
—Gavilán, por favor, escúcheme. Hay gente dentro. ¡Gente inocente! ¡No lo haga, por lo que más quiera!
—Lo que más quería ya no lo tengo, inspector.
Pero no se preocupe demasiado, porque, después de esto, todo sigue.
Aún no he terminado. Por ahora lo único que he hecho ha sido captar su atención y que me tomen en serio, pero prepárense para sufrir de verdad cuando les robe la libertad, los mate de sed y envenene el aire que respiran.
Desde el balcón, el Témpano ve que un hombre sale de una furgoneta aparcada al otro lado de la avenida de Salamanca y la cruza corriendo en dirección a la entrada del edificio.
Suma dos más dos y le da cuatro, un resultado que le obliga a actuar de inmediato.
Regresa al interior, cruza el salón y apoya la espalda en la pared del pasillo.
Luego alarga el brazo de la mano con la que sostiene el pulsador y apunta hacia el exterior.
—Por favor, Gavilán —insiste el inspector Sancho, ahora en un tono que pretende ser conciliador—, deje que saquemos a nuestros hombres del edificio. Por favor, tenga un poco de compasión.
—Compasión, ¿eh? Como le dijo Adro al cazador: «Eso lo tendrías que haber pensado antes de disparar la primera flecha al sol». Ya hablaremos, inspector.
Carmen Corazzini espera impaciente a que le den paso desde el estudio.
Sabe que se va a ganar unas cuantas felicitaciones por parte de los suyos, y, por qué no, de la competencia.
Como en una tragedia griega, ha pasado por la hýbris al cruzar el cordón policial, como los héroes que desafiaban a los dioses, y por la anagnórisis al intuir con acierto que ahí estaba la noticia.
Solo le falta llegar a la catarsis.
Desde donde está ve a un hombre cruzar la avenida de Salamanca como si le persiguiera el diablo y dirigirse hacia el Duque de Lerma.
—Adelante, Carmen —oye por el pinganillo.
Carmen toma aire por la nariz y lo suelta muy despacio por la boca.
—Buenas tardes a todos desde Valladolid, donde estamos viviendo momentos cargados de tensión durante el desalojo de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.
Según nos han informado, todo se debe a un fallo en las canalizaciones de gas, pero no se descarta que tenga que ver con la oleada de atentados que...
A su espalda, un estruendo absorbe las palabras de la reportera.
Carmen Corazzini nota que el aire desaparece a su alrededor y, aturdida, pestañea dos veces sin dejar de mirar al objetivo de la cámara.
La onda expansiva es la catarsis que arrasa con su sueño de presentar los informativos de la cadena y de publicar su primera novela.
Pedro tampoco cumplirá el suyo de acostarse con ella.
Pero lo peor, aunque ellos ya no estén vitalmente capacitados para experimentarlo, está aún por llegar.
El colapso.